Crítica kantiana del discurso de la pastora Marcela

¿Es, por ventura, el Don Quijote sólo una bufonada?

Hernnan Cohen

El discurso de la pastora Marcela (Quijote, 1, XIV), por ser parte de una de las obras más altas de la literatura española y universal, ha sido canonizado, excesivamente barajado, y por ende tiene que ser sometido a una minuciosa crítica. En una época como la nuestra, heredera del criticismo de Kant y gustosa de fascismos, imperialismos, dictaduras y atropellos en nombre de la palabra, es oneroso leer una obra de arte sin que contemos con una visión pertrechada con teorías filosóficas capaces de poner en claro cualquier ideología (metafísica conceptuada). La pastora Marcela, como cualquier persona que habla en público, como cualquier retórico, emitió su discurso ignorando la ideología para la que trabajaba.

En el presente trabajo procuraré descifrar la ideología o metafísica de la pastora Marcela (metafísica, para Kant, es la ciencia que se ocupa de la libertad, de la inmortalidad y de Dios y que enseña a la razón pura a ceñirse a la materia), y lo intentaré planteando las cuatro famosas preguntas kantianas, que adaptadas a lo que me atañe suenan así: ¿A qué metafísica servía Cervantes?, ¿cuál era la religión de la pastora Marcela?, ¿cuál su moral?, ¿qué era el ser humano para ella? Para tratar de responder tan profundas preguntas aplicaré al discurso de la susodicha las principales ideas de la filosofía de Kant, filósofo que escribió la Crítica de la razón pura, obra de la que obtuve los instrumentos de análisis que usaré.

Manejaré la traducción que García Morente hizo de la mentada obra filosófica por tres razones: a) porque me parece no la más precisa, sino la más filosófica; b) porque García Morente fue un filósofo verdadero y un aspirante a gran teólogo que amó profundamente a España, lo cual acerca su sensibilidad vital a la de Cervantes, c) y porque confío en los dictámenes del filósofo Julián Marías, quien aseguró que García Morente se distinguía por poseer saberes en extremo precisos. Este trabajo es un sedativo para lectores exaltados por la política.

Antes de analizar lo que algunas autoridades literarias han dicho sobre la ideología o metafísica de Cervantes, sobre las mujeres que imaginó para ponerlas en su obra y sobre el discurso de la pastora Marcela, será imperioso mostrar cuáles son las herramientas filosóficas kantianas que utilizaré. La intención de tal proceder es la de predisponer al lector para que sea crítico, para que no quede prendado de la elocuencia de la pastora, que bien sabía persuadir.

Kant, en su Crítica de la razón pura, en la sección llamada Antitética de la razón pura (Kant, 257-275), explica las cuatro antítesis que inexorablemente nuestra razón tiene que enfrentar sin poder resolver, que en forma de preguntas rezan así: ¿Hay o no hay límites en el espacio y en el tiempo?, ¿las substancias del mundo son simples o compuestas?, ¿todo tiene una causa o existe la libertad?, ¿existe un ser necesario, un Dios creador de todas las cosas? Las antinomias, primer óbice del conocimiento científico, porque no pueden ser resueltas generan dogmas y extravían nuestra razón. Señalaremos los que hay en el discurso de la pastora.

Kant, en la sección titulada Observación a la anfibología de los conceptos de reflexión, afirma que nuestros juicios, que son afirmaciones o negaciones de predicados, mucho yerran porque los dogmas causados por las antinomias nos hacen pensar conceptos sin objeto, objetos sin concepto, intuir quimeras y hacer conceptos contradictorios (Kant, 206). Simplifiquemos diciendo que un concepto sin objeto es una frase que habla de algo que no podemos intuir, que no tiene punto de toque en la materia, y que un objeto sin concepto es algo que podemos intuir, mas no asir con palabras; digamos que una quimera es un simple conjunto de condiciones para la percepción que aparenta formar un objeto, y además que un concepto contradictorio es el que trata de algo imposible. Tales anfibologías, sostiene Kant, hacen que pensemos en nada creyendo que pensamos en algo. El discurso de la pastora Marcela, que tan sólido parece, contiene más de dos anfibologías.

Pero Kant no se limita a dejarnos solos con nuestros dioses, o por mejor decir “fantasmas”, y nos explica cómo arreglar el desorden de nuestra razón enseñándonos algunos principios para comprobar que no estamos desvariando o poniendo la atención en el aire.

Kant, en la parte de su Crítica llamada Del Principio supremo de todos los juicios sintéticos (130), afirma que todo error se desvanece si conocemos los axiomas de nuestra intuición, las anticipaciones de nuestra percepción, las analogías con las que allegamos experiencias y los postulados del pensar empírico en general. Resumamos lo anterior afirmando que sólo la materia es objeto científico, que nuestra percepción sólo necesita un mínimo grado de sensación para hacer predicciones, que nuestro entendimiento sólo puede comparar lo durable, lo sucesivo y lo simultáneo, y que sólo recordando con disciplina lo anterior podemos distinguir lo real, lo posible y lo necesario. Y ya que hemos aprendido a distinguir objetos que pueden meterse en un concepto, a compararlos, a explicarlos por sus causas, por su lugar y tiempo, podemos emitir juicios verdaderos, nos dice Kant.

Kant, en la parte denominada Primera división de la lógica trascendental (Kant, 78 y 83), nos recuerda los tipos de juicios que solemos hacer, que son: cuantitativos, cualitativos, relacionales y modales. Los cuantitativos nos permiten saber si un objeto es singular (café con leche), parte de un grupo (café) o parte de una totalidad (bebidas). Los cualitativos nos habilitan para saber si algo surte o no efectos (luz sin calor) y cuáles son sus límites (perímetro de iluminación). Los relacionales sacan a la luz si algo es sustancial o accidental (materia y forma), causa o efecto (¿la campana del psicólogo hace salivar al perro o la saliva del perro hace que el psicólogo haga sonar la campana?) o una entidad con atributos simultáneos (como el hombre que es hijo y padre a la vez). Y los modales nos dejan conocer si algo es necesario o contingente (ley de la gravedad y ley matrimonial), posible o imposible (secesión de la guerra y estado de paz) y existente o inexistente (leyes iguales e igualdad social).

Expuesta la instrumentación kantiana que usaré, paso al estado de la cuestión, a mostrar rápidamente lo que sobre Cervantes y su obra han dicho comentadores de distintas calidades, tales como Borges, Gerchunoff, Paz, Bloom, Louis Imperiale y Francisco Crosas. Nadie ha hecho, hasta donde sé, una crítica kantiana del discurso de la pastora Marcela para acercarse a la metafísica de Cervantes, lo cual significa que los comentarios de los autores citados servirán únicamente como contexto y enfoque del mentado discurso.

Jorge Luis Borges, gran lector de obras de metafísica y teología, decía que el estilo de Cervantes es de los más deficientes que conocía, y que sin embargo es de los más eficaces, virtud que atribuía al “encanto esencial” (concepto metafísico) del autor del Quijote. Borges tenía a Cervantes por autor imposible de analizar retórica o lógicamente; dice: “A esa categoría de escritores que no puede explicar la mera razón pertenece Miguel de Cervantes” (Prólogos, 2005). Sean las líneas del argentino testimonio del gusto metafísico de Cervantes.

Alberto Gerchunoff escribió que las mujeres que Cervantes pintó son mujeres no acartonadas, ni rígidas, ni inútiles para la aventura, como las de Lope de Vega, sino gentes adecuadas para el ir y venir, para la navegación, la exploración y la conquista. Y también sostuvo lo siguiente: “el padre de Don Quijote de la Mancha creó mujeres de fantasía, no sujetas a apreciación demasiado material, sin duda para que no envejeciesen y se mantuvieran siempre en su donaire ruidoso en la escena popular o en su gravedad y en su irresistible atracción” (Retorno a Don Quijote, 1951). Parece que Cervantes dio un discurso preciso a Marcela, personaje impreciso.

Octavio Paz vio en la obra de Cervantes un lugar donde trágica y cómicamente se unen realidad y fantasía, al punto de que Sancho Panza, merced a la loca porfía de su amo, alguna vez llega a ignorar si Aldonza es Dulcinea o una simple labradora y hasta a creer que Clavileño es un corcel real (El arco y la lira, 1998). El discurso de la pastora parecerá cómico a los ojos de un marxista, que dirá que la libertad que Marcela tanto pregona se debe al “capital acumulado” heredado, y trágico para una intelectual, que verá en el alma de Marcela un ser incomprendido.

Harold Bloom compara a Shakespeare con Cervantes, los iguala, asevera que ambos son los escritores más altos que desde el Renacimiento tenemos y que toda personalidad ficticia moderna es mero reflejo de Hamlet o de Don Quijote, hombres, según el crítico de Yale, que siempre andaban en busca de “algo” (¿Dónde se encuentra la sabiduría?, 2006). La sátira de Cervantes, nos dice, no mata, da esperanzas, y también que el quijotismo es la verdadera religión de España, recordando a Unamuno. La obra total de Cervantes, hasta aquí, aparece como obra trascendental (lo trascendental es, afirma Kant, lo que más se interesa en nuestros modos de conocer que en los objetos que conocemos), es decir, inasible, flotante, tragicómica, metafísica.

Louis Imperiale, más politizado, en su trabajo Marcela como construcción ideológica de Grisóstomo: la dura realidad de la ficción (1994), destaca la visión harto peculiar del “original” discurso de la pastora Marcela, que dice puede ser paródico, pero sobre todo remarca el concepto de cuerpo femenino que detrás de las palabras de la susodicha hay, el de un cuerpo que no es ya una máquina reproductora de blandos cortesanos, sino una sensibilidad clara y distinta. Y finalmente mencionemos a Francisco Crosas, que en su texto ¿Quintiliano en el Quijote? (1995) analiza la arenga de la pastora desde la escuela de Quintiliano y que asegura que es un discurso clásico porque se fragmenta en exordio, narración, confirmación, refutación y epílogo y porque estiba su credibilidad en el juicio antecedente, la voz popular, los testimonios y las pruebas. ¿Es posible concebir un discurso revolucionario echando mano de la retórica clásica?
El anterior repertorio de arbitrios y análisis sobre la obra completa de Cervantes y sobre el discurso de la pastora Marcela justifica el análisis kantiano que haré. Borges, Paz y Bloom confirman que el fondo de la obra de Cervantes es metafísico (recuerde el lector que la metafísica versa sobre Dios, la inmortalidad y la libertad), mientras que Gerchunoff traza la universalidad de la mujer cervantina e Imperiale y Crosas definen la estructura de la consabida perorata libertaria.
Toda palabra representa un concepto y todo concepto o proposición es parte de un discurso, que a su vez es parte de una racionalidad, es decir, de una manera de acoplar lógica y fenómenos. Lógica y fenómenos componen eso a lo que llamamos cosmovisión. Pero como el cosmos, en sentido estricto, no puede ser visto, percibido, sino sólo imaginado, conjeturado, tenemos que una cosmovisión es una metafísica. Toda metafísica sin crítica da alma a las cosas, inventa dioses y supone que hay libertad donde sólo hay casualidad o ciega espontaneidad. La metafísica sin crítica es, recordando unas palabras de Borges, un “negro laberinto de ciegos átomos”.

Tomando en cuenta tales presupuestos, pienso que analizar filosóficamente el léxico y las proposiciones de la pastora Marcela hará posible vislumbrar alguna parte de la metafísica de Cervantes. Conocerla dificultará que cualquiera pretenda usar los discursos del Quijote para fines propagandísticos.

Empieza la pastora aseverando que sus detractores van “fuera de razón”. Quien cree en la razón, que ésta sirve para guiarnos en el mundo, también cree que es posible captar la realidad. La realidad, para serlo, necesita de un inicio y de un final (substancia y forma), es decir, límites. La pastora Marcela, luego, cree que el mundo tiene límites espaciales y temporales, y por eso confía en la capacidad de su discurrir, que sabe la puede llevar hasta la verdad. La frase “fuera de razón” contiene un juicio cuantitativo, esto es, universal. Éste pertenece a la categoría de pensamiento “totalidad”. Pensar que existe una “totalidad” de cosas hace que la pastora Marcela diga lo siguiente: “todo lo hermoso es amable”, que es también un juicio cuantitativo, pero dogmático, pues lo bello, la historia del arte lo demuestra, puede ser odioso.

Poco después la pastora dice: “siendo lo feo digno de ser aborrecido”. Ella cree, así, que el mundo está hecho de objetos simples, de “feos” y de “hermosos”. Pero luego cae en una contradicción, pues afirma que son o pueden ser “infinitos los sujetos hermosos”. Kant señala que el concepto de infinito es contradictorio, pues todo concepto, para serlo, necesita poner límite al objeto que expresa. Tal juicio de la pastora es cualitativo y obedece a la categoría de pensamiento “limitación”. ¿Cree la pastora que una mitad del infinito es fea y que la otra es hermosa?

Notas:

Fuente:  http://www.todoliteratura.es/noticia/8357/PENSAMIENTO/Critica-kantiana-del-discurso-de-la-pastora-Marcela.html

16 de abril de 2015.  ESPAÑA

Hay 0 comentarios

Deja tu comentario


¿Eres humano o robot?, escribe el código de arriba: