Cuando Cioran descubrio Francia

El 8 de abril de 1911 nacía en Rumanía Emil Cioran, pensador de la desesperación y uno de los más lúcidos y apasionados nihilistas de la Modernidad. El Cultural adelanta hoy los mejores fragmentos de su inédito Sobre Francia, que lanza Siruela la semana que viene, y en el que el escritor, en el París de 1941, escribiendo aún en rumano, toma partido por los vencidos de la Europa nazi. Además, Rafael Narbona explica por qué Cioran sigue siendo lectura obligada en tiempos de crisis y desamparo.


Cioran. Album/Akg-images/Marion Kalter

¿Qué ha amado Francia? Los estilos, los placeres de la inteligencia, los salones, la razón, las pequeñas perfecciones. La expresión precede a la naturaleza. Se trata de una cultura de la forma que cubre las fuerzas elementales y extiende sobre todo brote pasional el barniz bien pensado del refinamiento.

La vida -cuando no es sufrimiento- es juego.

Debemos estar agradecidos a Francia por haberlo cultivado con maestría e inspiración. De ella he aprendido yo a no tomarme en serio, salvo en la obscuridad, y, en público, a burlarme de mí mismo. Su escuela es la de una despreocupación saltarina y perfumada. La tontería ve por doquier objetivos; la inteligencia, pretextos. Su gran arte estriba en la distinción y la gracia de la superficialidad. Dedicar el talento a cosas insignificantes -es decir, a la existencia y las enseñanzas del mundo- es una iniciación a las dudas francesas.

Conclusión del siglo XVII, aún no mancillada por la idea de progreso: el Universo es una farsa del espíritu.

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Podemos creer en lo que queramos, podemos edificar divinidades ante las que prosternarnos u ofrecer sacrificios. Proceden del exterior, son absolutos exteriores. La verdadera divinidad del hombre es un criterio que lleva en la sangre y mediante el cual juzga todas las cosas. Desde qué ángulo juzgar la naturaleza, conforme a qué imperativo psicológico seleccionar los valores: ése es el absoluto efectivo, en comparación con el cual quien predica la fe es pálido e insípido.

La divinidad de Francia: el gusto, el buen gusto, según el cual, el mundo -para existir- debe gustar, estar bien hecho, consolidarse estéticamente, tener límites, ser un encantamiento de lo aprehensible, un dulce florecimiento de la finitud.

Un pueblo de buen gusto no puede amar lo sublime, que no es sino la preferencia del mal gusto elevado a la monumentalidad. Francia considera todo lo que supera la forma una patología del gusto. Su inteligencia tampoco admite lo trágico, cuya esencia se niega a ser explícita, como lo sublime. Por algo Alemania -das Land der Geschmacklosigkeit- ha cultivado los dos: categorías de los límites de la cultura y del alma.

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El gusto se sitúa en los antípodas del sentido metafísico, es la categoría de lo visible. Incapacitado como está para orientarse en el embrollo de las esencias, alimentadas por la barbarie de la profundidad, mima la ondulación inmediata de las apariencias. Lo que no encanta al ojo carece de valor: ésa parece ser su ley. ¿Y qué es el ojo? El órgano de la superficialidad eterna -la búsqueda de la proporción, el miedo a la falta de proporción- define su avidez por los contornos observados. La arquitectura, adornada conforme a la inmanencia; la pintura de interiores y el paisaje, sin la sugerencia de las lejanías intactas (Claude Lorrain: un Ruysdael de salón, avergonzado de soñar); la música de la gracia accesible y del ritmo medido, otras tantas expresiones de la proporción, de la negación del infinito. El gusto es belleza sopesada, elevado a refinamiento categorial. Los peligros y las fulminaciones de lo bello le parecen monstruos; el infinito, una caída. Si Dante hubiera sido francés, sólo habría descrito el Purgatorio. ¿Dónde habría encontrado en sí mismo suficiente fuerza para el Infierno y el Paraíso y bastante audacia para los suspiros extremos?

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El pecado y el mérito de Francia estriban en su sociabilidad. Las personas parecen estar hechas exclusivamente para reunirse y hablar. La necesidad de conservación proviene del carácter acósmico de esa cultura. Ni el monólogo ni la meditación la definen. Los franceses han nacido para hablar y se han formado para debatir. Si se los deja solos, bostezan, pero, ¿cuándo bostezan en sociedad? Ése es el drama del siglo

Los moralistas denostan al hombre en sus relaciones con sus semejantes; no se han elevado a esa condición en cuanto tal. Por esa razón, no pueden superar la amargura y la acritud… y tampoco la anécdota. Deploran el orgullo, la vanidad, la mezquindad, pero no sufren por la soledad interior de la criatura. ¿Qué diría La Rochefoucauld en medio de la naturaleza? Pensaría sin lugar a dudas en la duplicidad del hombre, pero no sería capaz de concebir qué sinceridad se oculta en el escalofrío del aislamiento que lo recorre en esos instantes de soledad metafísica. Pascal es una excepción, pero hasta él -hasta el más serio de los franceses- la oscilación entre el monasterio y el salón es evidente. Es un hombre de mundo obligado por la enfermedad a ser francés ya sólo por su forma de formular las cosas. En su resto de salud, no se distingue de los demás moralistas. Si le suprimimos Port-Royal, sólo nos queda un conversador.

Si aún en la actualidad leemos a los moralistas romanos de la decadencia, es porque ahondaron en la idea de destino y la emparentaron con las deambulaciones del hombre en la naturaleza. En los moralistas franceses -y en todos los franceses- no la encontramos. No han creado una cultura trágica. La razón -que, por lo demás, es menos ella misma que su culto- ha apaciguado la agitación tormentosa de nuestro fuero interior, que, por ser irresistible y perjudicial para nuestra quietud, nos obliga a pensar en el destino, en su falta de piedad para nuestra pequeñez. Francia está desprovista de la faceta irracional, de la posible fatalidad. No ha sido un país desgraciado. Grecia -a la que envidiamos por su armonía y su serenidad- sufrió el tormento de lo desconocido. La lengua francesa no soporta a Esquilo. Éste es demasiado potente. En cuanto a Shakespeare, suena en ella dulce y bonito, pese a que, después de una lectura de Racine, Hamlet o Macbeth parecen prender fuego al verso francés: como si el tumulto y la pasión de las palabras incendiaran la lengua. El infinito carece de lugar en el paisaje francés. Las máximas, las paradojas, las notas y las tentativas, sí. Grecia era más compleja.

Es una cultura acósmica, no sin tierra, sino por encima de ella. Sus valores tienen raíces, pero se articulan por sí mismos: su punto de partida, su origen, no cuentan. Sólo la cultura griega ilustró ya ese fenómeno del distanciamiento de la naturaleza… no alejándose de ella, sino logrando una suavización armoniosa del espíritu. Las culturas acósmicas son culturas abstractas. Están privadas de contacto con los orígenes y también con el espíritu metafísico y la impugnación subyacente de la vida. La inteligencia, la filosofía, el arte franceses pertenecen al mundo de lo comprensible y, cuando lo presentan, no lo expresan, al contrario que la poesía inglesa y la música alemana. ¿Francia? El rechazo del misterio.

Se parece más a la Grecia antigua, pero, mientras que los griegos combinaban el juego de la inteligencia con el aliento metafísico, los franceses no han ido tan lejos, no han sido capaces -ellos, que gustan de las paradojas en la conversación- de vivirlo como situación.

Dos pueblos: los más inteligentes bajo el sol.

La afirmación de Valéry según la cual el hombre es un animal nacido para la conversación es evidente en Francia e incomprensible en otros lugares. Las definiciones tienen límites geográficos más estrictos que las costumbres.

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Los países -lamentablemente- existen. Cada cual cristaliza una suma de errores denominados valores, que cultiva y combina y a los que da curso y validez. Su totalidad constituye la individualidad de cada uno de ellos y su orgullo implícito, pero también su tiranía, pues pesan inconscientemente sobre el individuo. Sin embargo, cuanto más dotado está éste, más se distancia de su presión. No obstante, como olvida -ya que vive- las deficiencias de su identidad personal lo asimilan a la nación de la que forma parte. Por eso, incluso los santos tienen carácter nacional. Los santos españoles sólo se parecen a los santos franceses o italianos en la santidad y no en los accidentes reveladores de su biografía particular, y conservan un acento identificable, que nos permite atribuirles un origen.

Cuando hablamos de Francia, ¿qué hacemos? Describimos los fecundos errores cometidos en determinada parcela de terreno. Apoyarlos u oponerse a ellos significa acostumbrarse a ellos o deshacerse de ellos.

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En dos ocasiones alcanzó la grandeza: en la época de la construcción de las catedrales y en la de Napoleón, es decir, en dos momentos ajenos a su genio específico. Las catedrales y Napoleón, ¡nada hay menos francés imaginable! No obstante, el pueblo vibró: cargó con las losas en la Edad Media y cayó a los pies de las Pirámides o en el Berezina. Los franceses crearon el estilo gótico, de esencia germánica, y en el plano militar siguieron al último representante del Renacimiento italiano. Así, se superaron en dos ocasiones; superaron su consumada perfección mediante el contacto con dos inspiraciones de naturaleza extranjera. En la creación gótica salpicó la sangre de los francos, el elemento germánico; en las campañas napoleónicas, el genio mediterráneo de las expediciones.

Fuera de esos momentos, Francia se ha contentado consigo misma: ni lenguas extranjeras ni importaciones de cultura ni curiosidades inspiradas por el mundo. Ése es el defecto glorioso de una cultura perfecta, que encuentra en su ley su única forma de vida.

Un país feliz en su espacio, con personalidad geográfica bien definida, lograda incluso en el plano físico. Nada despiadado hay en su naturaleza y ningún gran peligro en la sangre. Impuso una forma a los elementos germánicos de su estructura, cortó su impulso y los redujo a la horizontalidad. Por eso, el gótico francés es más delicado, más humano y más accesible que el alemán, que ataca a las alturas como un ultimátum vertical dirigido a Dios. En cierta medida, las catedrales francesas son compatibles con el buen gusto. No abusan de la arquitectura: no la comprometen con la búsqueda del infinito. Nos encontramos ante un pueblo de la inmanencia, que creó el género inimitable de los detalles sutiles y reveladores de la existencia en el mundo: el ornamento. Así, nada hay más francés que un tapiz, un mueble, un encaje o, en el plano arquitectónico, una casa solariega o un palacete. Un soplo de minueto recorre, suave y liso, una civilización feliz.

Sólo ha podido ser original con esos productos intimistas. Cuando quedaron desgastados, había agotado una buena parte de sus posibilidades. La decadencia no es otra cosa que la incapacidad para seguir creando, en el círculo de valores que nos definen. En el siglo XVIII, Francia llevaba la batuta en Europa.

Desde entonces, no ha ejercido ya otra cosa que su influencia. El simbolismo, el impresionismo, el liberalismo, etcétera, son sus últimos contactos vitales con el mundo, antes de hundirse en una ausencia fatal.

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Una civilización feliz. ¿Cómo no iba a serlo, si no conoció la tentación de las partidas? Si no hubiera sido por Napoleón, que llevó a los franceses por el mundo, éstos habrían seguido siendo la provincia ideal de Europa. Fue necesario que desembarcara de su isla para agitarlos un poco. Supo dar un contenido imperialista a su vanidad, también llamada gloria. Tal vez sea ésa la razón por la que todas esas expediciones son indisociables de la literatura. Se batieron para tener algo que contar. No tenían necesidad alguna de la gran aventura, sólo pretendían ser grandes ante París. Carecen de la enfermedad del viaje, sólo tienen la del hogar, del salón o la propiedad: sobre todo esta última.

Un Joachim du Bellay, que añoraba en Roma “la dulzura angevina”, que se sentía lejos de su pueblo y de los suyos en la Ciudad Eterna, ¡qué ejemplo tan significativo! O Baudelaire, aterrado por el miedo al aburrimiento y a la influencia de los poetas ingleses, que cantaba a las partidas, pero, ¡incapaz de huir del Barrio Latino! En su juventud, la nostalgia de París lo movió a interrumpir su viaje a la India.

Los franceses sacrificaron el mundo a Francia. ¿Qué iban a hacer en el extranjero? Por lo demás, ¿acaso no han sacrificado tantos extranjeros su país por París? Tal vez en eso estribe la explicación indirecta de la indiferencia y del provincianismo franceses, pero esa provincia constituyó en un tiempo el contenido espiritual del continente. Francia -como la Grecia antigua- ha sido una provincia universal. Son también los únicos países que utilizaron el concepto de bárbaro, la calificación negativa del extranjero… con lo que expresaban simplemente la negativa de una civilización bien definida a abrirse a la novedad. Uno de los vicios de Francia ha sido la esterilidad de la perfección, que nunca se manifiesta tan claramente como en la escritura. La preocupación por formular bien, no desgraciar la palabra y su melodía y concatenar armoniosamente las ideas: ésa es una obsesión francesa. Ninguna cultura ha estado más preocupada por el estilo y en ninguna otra se ha escrito con tanta belleza, a la perfección. Ningún francés escribe irremediablemente mal. Todos escriben bien, todos ven la forma antes que la idea. El estilo es la expresión directa de la cultura. Podemos encontrar los pensamientos de Pascal en todo sermón y en todo libro religioso, pero su forma de formularlos es única; su genio es indisociable de ella. Es que el estilo es la arquitectura del espíritu. Un pensador es grande en la medida en que expone bien sus ideas; un poeta, sus palabras. Francia tiene la clave de esa exposición. Por eso ha producido multitud de talentos. En Alemania, hay que ser un genio para expresarse impecablemente, ¡y aun así…!

Notas:

Fuente: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/28973/Cuando_Cioran_descubrio_Francia

SPAIN.  8 de abril de 2011

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