El bienestar en la Cultura

La reclamación del derecho a la felicidad en el horizonte del «Estado de Bienestar» tiene un precio. Algo que se paga muy caro.

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En los últimos tiempos, en el más allá de la posmodernidad, la libertad ha sido sobrepasada; casi cubierta por un deseo muy ambicioso y con mucha prisa: la felicidad. Urge, pues, recuperarla; la libertad, digo, porque de la felicidad de los individuos ya se ocupan los Gobiernos… No por nada (gratis total) las denominadas «sociedades desarrolladas» dicen disfrutar del llamado «Estado del bienestar», del cual nadie está dispuesto a renunciar, no importa el crecimiento galopante de la deuda soberana y el déficit gubernamental generalizado que alimentan el sueño, aunque no lo sostenga, ni que la incesante emisión de bonos y obligaciones del Estado con que costearlo, esconda en su seno un anhelo inconfesado de impago, pues toda deuda, ay, como la paz, sueña con ser perpetua. El Estado de Bienestar es el país de Nunca Jamás… Habrá Ahorro Ni Control Del Gasto Público. Con el tiempo todo se cura. Ya lo pregonó el gran economista británico J. M. Keynes: a largo plazo, todos calvos. Esto sí es sobrellevar el peso de la deuda sin conflictos metafísicos, sin sentimiento de culpa, tomando el pelo al personal.

La felicidad ya no convive con la virtud, según la entendían los clásicos. Hoy, la felicidad es sinónimo de bienestar, de comodidad, de seguridad social.

La libertad, por su parte, es algo que se da por hecho, aunque no esté nunca hecha ni completada ni garantizada, y acerca de su facticidad, pervivencia y porvenir, en una ligera pirueta que también sale gratis, el ciudadano contemporáneo ordinario suele tomarse toda clase de libertades. Por ejemplo, exige ser feliz porque por algo es libre y tiene derecho a todo. Hace siglos que ha sido decretado el derecho a la felicidad, y antes de saber lo que cosa tal cosa significa, antes de saborearla, tórnase de pronto un deber. Repárese en este portentoso recorrido categorial, del que yo, simplemente, doy fe: de la ilusión a la factualidad y de la factualidad a la obligación colectiva y mancomunada, todo ello de modo progresivo y galopante. Derechos crecientes, libertad menguante. Tal es el sino vertiginoso y arrebatado de la rabiosa actualidad.

La más grave contingencia no debilita el estado de ansiedad deseante ni aminora la inteligencia sentiente de quien vive empeñado (hipotecado, endeudado) en ser feliz a cualquier precio, sea por medios farmacológicos, psicotrópicos, políticos, espirituales, informáticos, o internáuticos (¿o será dirá «internéticos»?)... Según Immanuel Kant, la felicidad más que buscarla (y menos demandarla), es preciso hacerse merecedor de ella. Pero, Kant, como es sabido, era un viejo profesor muy aburrido, un aguafiestas… Hoy, la gente tiene prisa, gasta lo que puede y ahorra poco. No se para en pensar las cosas. Hace cosas sin más: Just do it. ¡Felicidad y bienestar, ahora!

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La defensa del derecho a la felicidad tiene un precio y se paga con dos tributos que son, por lo común, su consecuencia: la trivialidad del bien y la banalidad del mal.

Últimamente, a cualquier cosa le llaman «bien», y nada parece ser más sencillo que «estar bien», sobre todo cuando el ideal de felicidad se experimenta con el rigor de un juramento, sin excusa ni remisión. Comoquiera que el bien está al alcance de todos y de cualquiera, democratizado y socializado, quien cree no estar suficientemente bien, se queja e indigna, y exige su parte: pleno al quince, como mínimo. Basta con pedir y demandar apelando a los derechos, los que sean. O eso le han dicho que diga y pida. ¡No vaya a creerse que uno es menos que otro!

Triunfan por doquier la rutina, la vacuidad y el tedio, pero ¿quién será capaz de confesar estar mal por sentirse vacío o aburrido, si precisamente habita en la «era del vacío» y el primer síntoma del bienestar es el hastío? La desdicha, la auténtica desdicha, no representa más que el fracaso de la felicidad, aunque eso muchos no lo sepan.

¿Y el dolor? Lo mismo que el mal, es percibido como algo nefando a la vez que banal. Las emociones no saben de lógica. En las sociedades contemporáneas lo mórbido, igual que la muerte, ya no está sometido a la ley del ocultamiento, cosa habitual antaño. En nuestros exhibicionistas tiempos, los media transmiten la muerte en directo, comerciando con el dolor ajeno: el rostro del sida y cosas no menos lamentables están en el escaparate de las tiendas de moda; la cara del hambre y las moscas son el estandarte de organizaciones de ayuda al Tercer Mundo; la muerte violenta de niños ha llegado a erigirse en el más eficaz instrumento de propaganda política e ideológica; la pobreza, en la justificación del terrorismo.

La expropiación o desahucio de una vivienda, un plan parcial urbanístico que disgusta a algunos, son hechos tildados, sin más, de «holocausto» y «genocidio», y el ciudadano que ve frustrada cualquier demanda (o un crédito bancario, y no digamos una subvención, un curso de formación, la pensión o la Renta Básica), proclama con indignación que eso es como estar en Auschwitz.

Mientras tanto, penosas experiencias de enfermedad y desgracia son descritas con todo lujo de detalles en las redes sociales, porque lo importante es compartir, sentir la solidaridad etérea, vivir en común, etcétera. Así, fácilmente, cae uno en la Red. Porque las redes practican la pesca de arrastre. Tampoco faltan casos de quienes narran patéticas y feas intimidades, por todos los medios, buscando desesperadamente el abrazo de un amigo anónimo y/o virtual.

¿Y el ansia de paz? Para la mayor parte de la población la paz significa que le dejen en paz, que no les vengan con problemas, que las Autoridades los solucionen y ya está. Oiga, y todo esto… ¿quién lo paga? (Josep Plá).

Bien y mal, dicha y desdicha, placer y dolor, derecho y deber: pocas combinaciones no son bruscamente alteradas por la ilusión del derecho a la felicidad. Según la versión laica y actual del ideal de salvación, para el nuevo estupefaciente colectivo que es el culto al Bienestar, el non plus ultra de la Fraternidad consiste en desear sentir la desgracia ajena como propia y que la propia sea sentida como ajena. Quien tal cosa pregona dice haber alcanzado la empatía, versión psicologista de la utopía. Pascal Bruckner ha denominado a los héroes de la solidaridad contemporánea, «guerreros de lo inútil»: «Consuelo por comparación: necesitamos el desastre ajeno para ayudarnos a soportar el nuestro y comprobar que siempre sucede algo peor en otro sitio, que nuestra condición no es tan cruel.» (La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz, 2001, pág. 112). De esta suerte, de la felicidad cabe decir que somos sus víctimas y al mismo tiempo sus cómplices; o sea, culpables de ser felices y angustiados de no serlo. Sentirse bien representa, en fin, sentirse estupendo.

Por todo ello y con todo, la gente no esté contenta. La sociedad actual ha llegado a convertirse en el régimen de la queja institucionalizada, el santuario de la solicitud y el Monte de Piedad, el miedo permanente al malestar. Según Friedrich Nietzsche, lo que es justo repudiar del sufrimiento no es el sufrimiento mismo, sino lo que de absurdo e innecesario conlleva. Hay también un «sufrimiento saludable», aquel que brota de la unión magnífica que funda lo humano: la voluntad y la individualidad. Cada cual establece el baremo de los dolores de la vida que está dispuesto a soportar. No somos, por tanto, víctimas del dolor sino sus administradores. ¿En qué consiste el arte de vivir? En «un arte de resistencia que nos permita vivir con el sufrimiento y contra él.» (Pascal Bruckner, íbid.,p. 209).

El balance de la felicidad resulta un tanto triste, demasiado imperfecto, ilusoria por demás. Bien está que todo el mundo desee ser feliz, pero por orden y de uno en uno. A ver, pónganse en cola y espere cada uno su turno…

Notas:

Fuente:  http://www.nodulo.org/ec/2014/n151p07.htm

El Catoblepas • número 151 • septiembre 2014 • página 7

15 de octubre de 2014.  ESPAÑA

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