El origen del amor al prójimo y de la guerra, según Nietzsche.

¿Te has preguntado qué es el tiempo?

“El tiempo es una mente común a todos los individuos”.
Joseph Murphy.

El autor.

Exordio:

«“La noche y la mañana”».
Tomado de “Lipika”, páginas 364 y 365;
“Obras completas”, de Rabidranath Thakub Tagore.

He aquí que desciende la noche.
¡Oh, Sol, nuestro Señor! ¿A qué país, a las costas de qué océano se
ha ido tu mañana?
Aquí, en la oscuridad, la rajanigandha tiembla como la recién casa-
Da que se ha quitado el velo en la puerta de la cámara nupcial.
¿Dónde se abre la flor de kanat-chapa con las primeras luces de la
de la aurora?
¿Quién se ha despertado, ha apagado la lámpara que se encendió al ocaso, y arrojado la guirnalda tejida por la noche?
Aquí, se van cerrando las puertas una tras otra; allí se abren las [ventanas.
Aquí, las barcas están ancladas y el barquero duerme; allí, las [barcas
se dispersan en el viento.

Han salido de la posada y marchan con las caras dirigidas hacia el este.
Sus frentes se iluminan con la luz de la mañanera, y la barca que ha [de llevarles a la orilla no ha salido todavía.
Ventana tras ventana, les va siguiendo la mirada de unos ojos [negros,
[tiernos de nostalgia.
El camino extiende ante ellos la roja tarjeta de invitación, que dice:

En sus corazones, al ritmo de su sangre, suena el tambor de la [victoria.
Aquí, en la luz sombría, todos han cruzado ya por última vez.
En el patio de la posada todos han extendido sus mantas; unos están [solos, otros tienen cansadas compañeras.
No pueden ver lo que se extiende al final del camino; de lo que [quedó.
[Atrás hablan entre sí con voz baja.
Al hablar, van deteniéndose las palabras y ellos se quedan en silencio.
Luego, miran hacia el cielo y ven a los siete santos.
¡Oh, Sol, nuestro Señor! A tu izquierda está la noche; a tu derecha,
la mañana; únelas.
Que la sombra de la una se recoja la falda a la luz de la otra y le dé
un dulce beso.
Que la melodía de la mañana bendiga a la melodía de la noche y se
extinga.

Desde el origen del hombre sobre la tierra se han contabilizado un total de unas siete millones de guerras del hombre contra el hombre, cifra esta devastadora si la relacionamos con la cantidad relativa de seres humanos que han existido sobre la tierra desde su origen y el complejo evolutivo que les ha hecho primar –tener supremacía– sobre los ramos descendientes de las demás especies.

Las primaras guerras que nos refieren los distintos estudios de la biología y los orígenes evolutivos del hombre, ocurrieron por motivos naturales y biológicos llegados los primeros ímpetus adoptados el instinto animal y esa sensación causa efecto del dominio del territorio. Pero la verdadera lucha armada dirigida de la que se tiene memoria y fuente documental, tuvo, posiblemente, lugar en la Mesopotamia, lo que hoy conocemos como Iraq o Irak, y al otro extremo, Siria. Iraq es la tierra donde, según La Biblia, Dios plantó El Edén.

Veamos esta parte tanto desde el punto de vista del idealismo o creacionismo como desde la óptica científica y el materialismo. Esto lo haremos porque lo pensamos importante para la comprensión de este ensayo. Empecemos por La Biblia: “Y Jehová Dios (Yahvé o Alah, Divina Creación, Espíritu o Armonía Divina… para otros) plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado; e hizo nacer todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos; el nombre de uno era Pisón, el cual rodea toda la tierra de Havilla (o Evilla), donde hay oro; y el oro de aquella tierra es bueno; hay allí también, la existencia de bedelio y ónice. El nombre del segundo río es Gihón, el cual abraza toda la tierra de Cus. El tercer río es el Tigris (o Hidekel), que desemboca en el oriente de asiria. El cuarto río tiene por recibido el nombre de Éufrates. (Cap. 2, del Vers. 8 al 14, del Libro del Génesis).

Bíblicamente hablando se diría que el Iraq del que hablamos fue poblado por la generación de Ismael, sierva de Sara la esposa de Abraham; que es cuna de los asirios, los sumerios, acadios y babilonios. Que distante de Israel, tierra ocupada por Isaac, padre de Jacob, de la descendencia de Abraham, fueron aquellos espacios territoriales tomados por el hermano gemelo de Jacob, llamado Esaú el cual recibió posteriormente el nombre de Edom, lo cual ocurrió también con su hermano, el que fue llamado más tarde Israel.

Más en el presente ensayo no hemos venido a dar una clase bíblica sino a aplicar y explicar un concepto traído de la visión científica con que el gran científico nacido en Röcken, facción territorial del Imperio Alemán, Friedrich Nietzsche ve los orígenes de la guerra en el ser humano; es decir ese acto por medio del cual el hombre ha aprendido a asesinarse; a exterminarse a sí mismo con métodos cada vez más diabólicos, degenerados e incontrolables. Una visión dada por el gran filósofo, aborrecido por unos, incomprendido por otros, desautorizado por grupos minúsculos de la oscuridad del “conocimiento” o del desconocimiento, pero apoyado por otros que forman el gran número y que aprueban científicamente su concepto como parte del método de la investigación sociológica, experimental, fundamental y profunda.

Pero volvamos a ese primer enfrentamiento armado dirigido. Según datos obtenidos de la , edición del 1966 al 1977, Córcega, Barcelona, España.; con el título original de “History of Manking. Cultural and Scientific Development”. el primer acontecimiento bélico dirigido tuvo lugar en esta zona, La Mesopotamia, cuando entre los años 224 al 433 de la Edad Antigua, el pueblo de los sasanitas impuso a Babilonia, Asiria, Acad y Sumer la Dinastía Sasánida. Se podría decir que éste fue el primer imperio del mundo, y el grupo con civilización antigua que se planteara por primera vez la idea de conquista a estos fines.

Toda La Mesopotamia, hasta El Indo, fue dominado por ellos, con una duración de su dominio de dos años (es decir de 224 al 226 antes de la era cristiana) hasta la llegada de la conquista de los árabes en la región que tuvo lugar en el año 651 antes de nuestra era. Ése y no otro fue es el origen de lo que hoy llamamos guerra entre los pueblos. Todas, desde entonces, han tenido un denominador común y un máximo común divisor –ignorar, por favor el hecho de que estoy masticando una pastilla o analgésico matemático–, éste ha sido la sed de dominio y poder o, cuando no, por el detonante que ha originado este dominio sobre los pueblos más oprimidos o inermes del universo que nos une a todo en este lugar que ha sido capaz de aguantar las devastaciones más monstruosas y aterradoras cuando menos tortuosamente descorazonadoras en medio del germen de la muerte incesante a fuerza del fuego y boca de los infiernos y el asedio al sueño de la paz a veces redimida, resucitada en sus carnes utópicas; a veces sostenida sobre sus huesos ilusorios ante las apetencias de grupos humanos que no han cesado de hacer de la desdichada maldición de este mal la siembra inhóspita ante el futuro.

Pero luce extraño además que ese denominador común tiene siempre una justificación tonta –es mejor decir absurda–, capaz de contar con los prosélitos y acólitos más “`des-plomados´”, “des-{armados}” o, mejor dicho, `supra-armados´ y `desalmados´.

El otro ingrediente excusa es la religión; cosa esta que es lo más inexcusable, porque se trata de la religión o las religiones que proponen desde sus fundaciones, fundamentos y orígenes el amor a una Divinidad que está por encima de todos nosotros y el amor al prójimo. A este mismo respecto Joseph Murphy afirma esos “milagros” y Divinidad –por los que se pelea el hombre– ya existían antes que nosotros y antes de que naciera ninguna iglesia o ningún mundo. Que las grandes verdades y principios eternos de la vida son anteriores a todas las religiones”. En ese capítulo de su obra más renombrada “El poder de tu mente subconsciente”, que el nomina como: “En que crees”; Murphy asegura que “

Al contrario de lo que muchos piensan, no es aquello en lo que se cree lo que da una respuesta a la oración de una persona, sino que las oraciones tienen respuesta en un Centro Divino y Genérico que obra sobre todos ya que esta Ley de la creencia es el Principio operacional secreto común a todas las religiones del mundo. Que esta es la razón oculta de una verdad psicológica y que debido a ello, tanto los cristianos como los musulmanes, budistas o hindúes reciben respuestas a sus oraciones”. Sin embargo este ha sido ingrediente de múltiples conflictos bélicos mundiales que aún en nuestros días prevalecen.

Las Guerras Médicas, las Guerras Púnicas, las Guerras de Dracón o Dragón, la Guerra de los Cien Años, la de la Gran Armada, las guerras africanas en su totalidad erigidas en Egipto o cualquiera de los otros territorios de raza negra del continente de Mandela, así como las guerras matrices de las tierras amerindias o las dadas luego del encuentro entre culturas en América con los europeos y las posteriores y las de ahora mismo; las que acabamos de ver en el noticiero ayer y hoy, no han tenido otros orígenes; no han cambiado jamás.

Por ello es necesario dar un vistazo si cabe un recorrido de soslayo; una hojeada u ojeada a la visión del gran Friedrich Nietzsche. Acompáñame a las páginas 345, 346 y 347 –Párrafos 200, al 202– en la <>.

«(…) El hombre de esa época de descomposición en las que se mezclan unas razas con otras, lleva en su cuerpo la herencia de un ascendiente híbrido, instintos y criterios de valor contradictorios y, con frecuencia, incluso algo más que contradictorios, que se enfrentan entre sí sin concederse apenas tregua. Ese hombre de civilizaciones tardías y de rayos refractados de luz será por lo general un ser bastante débil: su aspiración más honda radica en que acabe alguna vez la guerra que él personaliza. De acuerdo con una medicina y con una mentalidad relajante (epicúreas o cristianas, por ejemplo), concibe la felicidad en términos de descanso, de tranquilidad, de saciedad, de reconciliación final consigo mismo en <>, por decirlo con palabras del retórico San Agustín, que era uno de esos hombres.

Ahora bien, si para una naturaleza de este tipo la oposición y la guerra representan un atractivo y un estimulante más de la vida, y si, por otra parte, sus instintos poderosos e inamortizables se añaden, en virtud de su herencia y de su crianza, una verdadera maestría y una sutileza en su lucha consigo mismo, esto es, en su autodominio y en su autoengaño, entonces aparecen esos seres prodigiosamente incomprensibles e inimaginables, esos pobres enigmáticos, predestinados a vencer y a seducir, cuyas más bellas manifestaciones serían Alcibíades y césar (además de ese primer europeo que fue Federico II Hohenstaufen, cuyo nombre añadiría yo de buena gana a los anteriores), y, entre los artistas, tal vez Leonardo da Vinci. Estos hombres aparecen precisamente en épocas en las que ocupa ese primer plano el otro tipo más débil que ansía el reposo.

Los dos tipos se relacionan entre sí y proceden de idénticas causas. Mientras que la utilidad imperante en las valoraciones morales sea únicamente la que corresponde al rebaño; mientras sólo se tenga en cuenta la conservación de la comunidad y se considere inmoral, concreta y exclusivamente, lo que parece atentar contra la supervivencia de la comunidad, no puede darse aún una moral del amor al prójimo. Aunque en esta época se practicaran, en un sentido reducido y constante, el respeto, la compasión, la equidad, la dulzura, la ayuda mutua; aunque en este estadio de la sociedad actuaran ya todos los instintos a los que después se les dará el honroso nombre de <>, las cuales acabarán coincidiendo con el concepto mismo de <>, todo ello no entrará todavía, en modo alguno, dentro del ámbito de las valoraciones morales; será aún extramoral.

En la mejor época de Roma, una acción compasiva, por ejemplo, no es calificada ni de buena ni de mala, ni de moral ni de inmoral: incluso aunque se la alabase, esa alabanza seguía siendo perfectamente compaginable con una especie de menosprecio involuntario, desde el momento en que se comparara dicha acción con cualquier otra que respondiese a los intereses de la totalidad, de la res publica. En último término con relación del miedo al prójimo, el <> es siempre algo secundario, algo convencional, en parte, algo aparentemente arbitrario. Tan pronto como la estructura de la sociedad en conjunto se afianza y parece hallarse al abrigo de peligros externos a ella, ese miedo al prójimo abre nuevas perspectivas a la valoración moral. Determinados instintos fuertes y peligrosos, como el afán gozoso de aventuras, la temeridad enloquecida, el ansia de venganza, la astucia, la rapacidad o la sed de poder, cuya satisfacción se consideraba como algo respetable, –aunque dándoles, claro está, unos nombres distintos–, e incluso como algo digno de ser desarrollado y cultivado por la utilidad colectiva que reportaba (habida cuenta de que se necesitaba, constantemente, la satisfacción de tales instintos cuando peligraba la totalidad del conjunto para defenderse de los enemigos de la colectividad); en el momento en que faltan vías por las que hacer derivar esos instintos, pasa a ser considerada, en un grado mucho mayor, como algo peligroso, llegando a ser paulatinamente de algo inmoral y siendo susceptible de difamación. (…). ¡Castigar es algo terrible! (…). Si se pudiera eliminar el motivo que motiva este miedo. «¡Deseamos que llegue el día en el que no haya nada que temer!» A la voluntad y a la vía que conduce a ese día, se les da hoy en toda Europa el nombre de progreso.

Friedrich Nietzsche.

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El texto del clamor de las palomas de lápiz.

A partir de aquí vemos ¡cómo se levanta la vida!; como palomar de un palo caído. Y las nubes se vuelven pájaros que besan un nido de azul y es lo querido. Pero existen montañas que saben beber la lluvia cristal. Rudimentarios yacimientos de cal que engendran el hierro, líquido de acero, que talan verduras como a una humanidad; y unas palomas con alas de lápiz sólo que claman: “¡Paz, paz, paz, paz!” Y no se callan.

Monedas de piedra, costo de la vida sin ningún valor. Lágrimas y ríos que buscan sus culpas y las del contendor: ¿dónde estarán? Y años se dura buscando dar pan, “sin ninguna suerte”, cuando el coste de un metal de muerte puede alimentar a los que gritan: “¡Paz, paz, paz!”. Y reciben alas.

Y el cielo se nubla, de truenos y un rayo fugaz. Como el cementerio, de flores, lágrimas de sal; tierra ondulada. Cometas radiactivos que vuelan lejano, rompiendo inocencias, en busca del blanco de los que gritan: “¡Paz, paz, paz!!” Y vibran más fuerte.

Apartado de la esperanza abierta.

Ahora desdigo a Nietzsche cuando la hostilidad armada y la guerra no deben seguir convirtiendo al hombre en la peor de las criaturas; ha pasado la huella de lo antiguo; del Medioevo; de la época de sombras sobre la luz y el renacer –el Renacimiento del hombre–, el aplomo de un nuevo tiempo y un nuevo porvenir con más vida que el alma del calendario del hoy y el nuevo futuro. Hace poco he soñado que el sapiens de hoy es humano de paz y nuevos horizontes de hermandad, alba y verdor distintos, y éste, al fin, ha dejado de ser el más feo de los hombres, porque la lluvia del amor se ha comido y vomitado en los pozos negros del universo las últimas bombas radiactivas probadas hace unos días después del paralelo 38.

Manuel Antonio Mejía

Notas:

Fuente:  http://www.amodominicana.com/2016/05/21/el-origen-del-amor-al-projimo-y-de-la-guerra-segun-nietzsche/

21 de mayo de 2016.  ESPAÑA

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