El siglo XX sucedió

Una mirada crítica del siglo XX y su legado histórico: exaltación de la reparación, la restitución, el totalitarismo, la utopía.


Roger Schall, L’incendie, 1966

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El siglo XX es un suceso

Alain Finkielkraut, en el ensayo La humanidad perdida. Ensayo sobre el siglo XX (1996), trae a la memoria la escena de un cruce de miradas sin encuentro posible, entre Primo Levi, víctima manifiesta de la pasada centuria, hombre marcado, señalado y reducido a una notación (Hättling 174.517) en el Kommando 98 de Auschwitz, y el Doktor Pannwitz, que lo contempla como un «no hombre», objeto y objetivo de la mirada deshumanizada del verdugo. He aquí el esbozo de un asunto, la metáfora, el signo y el símbolo del siglo pasado, algo que nos ha pasado, por lo que hemos pasado. Una centuria de la que todavía no nos hemos recuperado. Tras su paso, quedó consumado el proceso: el ideal de Humanidad, rebajado al grado de Hombre, no acabó ni siquiera en Nombre ni en Nomenklatura, sino en Número, y, finalmente, en Silencio. Agotada quedó la humanidad, conclusa en la reclusión, con todo el peso del pasado sobre las espaldas del tiempo. Después del siglo XX, en el que los fantasmas recorrieron el mundo, la realidad se tornó fantasmagórica.*

El siglo XX, siglo suicida, es un suceso, y nada más. Ha sucedido como una progresión de paradojas, sobre la que uno siente más perplejidad y desorientación que asombro y, no digamos, admiración. Si tomamos en serio la sentencia según la cual el siglo XIX había pensado lo que al siglo XX tocó realizar, cabe concluir, entonces, que del conflicto de facultades en la teoría pasamos a una contienda feroz que excedió el terreno de las ideas para sembrar un campo de ideologías y amapolas. Así habló el filósofo que no quiso serlo: el siglo XX ha sido escenario de una guerra por la dominación del mundo en nombre de unos principios filosóficos.

Al principio, después de todo, no fue la civilización, sino la cultura, y turbulentos son siempre los vientos que soplan para retornar al origen. La palabra de Dios dictamina que todas las criaturas son iguales entre sí y ante Él. Por su parte, la filosofía construyó una nueva visión del mundo, aligerándola de mitos y fortaleciéndola de logos. La ilusión del todo quedó en eso: mero espejismo y lodo. Las teologías medieval y renacentista debaten más tarde sobre las diferencias entre la igualdad y la semejanza: episodio de la Gran Polémica de Valladolid de 1550 entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de la Casas. El hombre mirándose a sí mismo en el espejo de la historia.

Las Luces de Era Moderna, revolviéndose contra la tradición en su conjunto, encienden la Razón teórica y la Razón práctica, dos faros del nuevo mundo descubierto, ya no revelado. Son otros tiempos. Entendimiento e imaginación avanzan juntos en un proyecto (ilustrado) de recuperación del humanismo, frente a quienes, mientras tanto, prefieren escarbar en la tribu, la lengua, la estirpe, la pertenencia, la extracción, la diferencia… El nudo gordiano del asunto, la lucha de contrarios, cedió, finalmente, ante el peso de la cuchilla de la guillotina, inaugurando así la Historia Universal.

El reconocimiento del hombre por el hombre es fruto ahora de la historia, y no de la naturaleza. Esto dictamina Claude Lévi-Strauss, quien no casualmente es uno de los responsables del retroceso de la antropología en beneficio de la etnología. Con estos mimbres se teje una red estructuralista que entiende el problema humano como un problema cultural, de enfrentamiento de culturas, no sujeto a la universalidad en los valores de la humanidad, sino al acontecer de los hechos definidos por la historia de cada cual. El estructuralismo (y después el post-estructuralismo) adopta una actitud conducente a ahondar en estratos cada vez más profundos. Promueve una idea de filosofía como arqueología (Michel Foucault), la cual ya no ve la historia como algo respetable, sino revocable. Exhuma códigos y códices que liberan otras historias, en las que el «hombre» pierde su significación. Todo pasa a ser materia de Interpretación.

El existencialismo redescubre, por su parte, el concepto de hombre para librarse, no del hombre, sino del concepto, del nombre. El existencialismo que quería ser un humanismo proclama los principios revolucionarios de libertad, responsabilidad y universalidad: «Así soy responsable por mí mismo y por todos, y creo cierta imagen del hombre que yo elijo; eligiéndome, elijo al hombre» (Jean-Paul Sartre). Comoquiera que no es bueno que el hombre esté solo: «Construyo lo universal eligiendo; lo construyo al comprender el proyecto de cualquier otro hombre, sea de la época que sea». No es preciso ponerse en el lugar del otro para entender lo que es el hombre y su circunstancia. Abandónese, pues, cualquier esperanza de empatía: el infierno es el otro.

Protesta, a la sazón, sin querer tener razón, Emmanuel Lévinas, para quien la humanidad sólo adopta un rostro humano cuando el «yo» se encuentra con otro hombre, con otro «yo», el yo-otro. Él es el otro y el otro, él. Ambos se solapan entre sí. La igualdad da paso a la transparencia y la transferencia. A la confusión, al desorden, al laberinto de las palabras. A la Diferencia.


Weegee, SeftPortrait, ca. 1940

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La Igualdad y la Diferencia también producen monstruos

Lejos ha quedado el simplista expediente que reduce y sanciona el nacional-socialismo y el comunismo como delirios del (sin)sentido, de mentes enfermas o delirantes. La perspectiva del caso adquiere un perfil todavía más dramático en el momento en que advertimos que tales criaturas ideológicas son monstruos creados por la Razón, astuta y contumaz, como lo son el odio y el resentimiento. Según la Razón totalitaria, el Mal es necesario cuando se somete a un plan superior benefactor para toda la humanidad, sea la «solución final», sea la «lucha final».

Adolf Hitler dice asumir su obra como un destino histórico, como un deber hacia la humanidad, como una práctica de la política entendida cual lucha por la vida que fomenta la supervivencia y la mejora de la especie humana (grosera y zafia manera de apropiarse de la ciencia de Charles Darwin; de ello el nazismo sabe mucho: lo mismo hizo con los textos de Friedrich Nietzsche). Y como resultado asoma un fúnebre mensaje que ennegrece el día y un ruido macabro que ahoga el sufrimiento: presagios que incendian «la noche de los cristales rotos».

De rupturas, revoluciones y otros quebrantos también entiende mucho el comunismo. Carl von Clausewitz proclamó el conocido adagio según el cual la guerra no es sólo un acto político, sino la manera de practicar la política por otros medios. Tras la era del Imperialismo, la guerra pasa a ser guerra civil. La izquierda totalitaria empuña la bandera del pacifismo, y al mismo tiempo que denuncia los desastres de la guerra, convoca a las masas a la insurrección, la revolución permanente, la guerra total, contra el enemigo absoluto (el burgués), en nombre de la Humanidad.

Rusia, tras la Revolución bolchevique, abandona la alianza contra el Kaizer alemán y monta la guerra por su cuenta. Empezando siempre por la guerra civil. El padre del bolchevismo, Vladímir Ilich Uliánov «Lenin», se desayunaba con frialdad cada mañana con un célebre proverbio: no puede hacerse una tortilla sin romper huevos. El Mal, el sufrimiento, no son más que medios necesarios para alcanzar el Bien supremo, y ante ellos sólo cabe la justificación ideológica o sencillamente mirar hacia otro lado. Siglo XX. Siglo de fracturas: de los cristales rotos a los huevos rotos.

Los ideales del Progreso y de la Historia difundidos durante el siglo XIX, así como los principios de la Razón que preconizaban la Ilustración y la astuta Razón hegeliana, anuncios del advenimiento de la Libertad, acaban componiendo una sinfonía de tinieblas de siniestros registros. El nuevo siglo, comienza a andar, y lo hace de manera torcida, como suele distinguirse el fuste de la humanidad. A poco de nacer, da a luz un primer vástago de terror: la Primera Guerra Mundial. La humanidad pierde por «KO técnico». Resultado: 8.700.000 muertos. Gran Guerra. La épica de la lucha en el barro dilapida su grandeza en el foso de las trincheras.

Y lo primero es el comienzo de una serie, una fatal secuencia que transcurre de la humanidad al hombre, del hombre al nombre, del nombre al número, del número al anonimato: la tumba al soldado desconocido.

La poesía se queda sin voz anhelando cantar al héroe. El silencio de las víctimas llena la escena. La emergencia de las masas y el anonimato componen la gran representación bélica del siglo XX, las ciudades, hacia donde va trasladándose paulatinamente el campo de batalla.

De inmediato, estalla la segunda explosión en la recién estrenada centuria, la Revolución rusa, y la tercera no tardará, la ascensión del nazismo, prólogo de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. El horror superará todos los récords. Explosiones en cadena con una espoleta común: el totalitarismo y su obsesivo objetivo de aniquilar al individuo.


Ansel Adams, Carretera, desierto de nevada, 1960

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Décadas prodigiosas

Los años 60 del siglo XX entonan himnos que piden una nueva oportunidad para la paz, medio que dé paso a otra Revolución. O acaso sea la misma: la Revolución permanente o estar permanentemente en estado revolucionario, la Lucha Continua. Confundida en la década, crece una nueva consigna más desesperanzada, más allá de ideologías y filosofías de la historia, incluso de ideales de paz. Siguiendo los pasos de la precursora Cruz Roja, las distintas variantes del Ejército de Salvación se proponen no tanto «parar» la guerra como «repararla». El mensaje humanitario sustituye al humanista, las maniobras de la piedad no conocen fronteras ni distinguen banderías, el protocolo suizo que oficializó la ayuda humanitaria y el modo organizativo (presuntamente no gubernamental) de entender la piedad fue considerado algo insuficiente. Rebrotan, como capullos en primavera, formas de actuación voluntaristas, voluptuosas, vulcanizadas, de revuelta (al pasado).

Las causas (conocimiento) comulgan con los efectos (sensibilidad); la razón se hermana con el sentimiento; de los grandes ideales (política) se baja a lo más urgente (consuelo y ayuda); la libertad adquiere aspecto de liberación; la igualdad aspira a la uniformidad; la camaradería vuelve a llamarse «fraternidad».

Avanza el principio de la socialización del sufrimiento y la pobreza. La nueva/vieja ideología en marcha necesita de la desgracia para su existencia y justificación. Síndrome del bombero pirómano. La diagnosis de semejante fenómeno no puede ser más desoladora: antes nos engañaba la ideología, ahora también el sufrimiento. Síndrome del miembro amputado que no cesa de doler.

Con todo, seguimos avanzando hacia la modernización de las sociedades, en un proceso que augura un hecho palmario. Desgraciadamente, el resultado no ofrece una imagen del hombre más libre y más universalista, sino un ser «angélico, ajeno como los ángeles a las penalidades de la vida en la Tierra y al orden de la encarnación, dotado como ellos del don de la ubicuidad y de la ingravidez» (Alain Finkielkraut). Es decir, el turista desorientado y el cibernauta orgulloso. Caricaturas de una firme realidad, pero perfil bastante ajustado de lo que ha quedado hoy del hombre; figuras resultantes de un plan humanista y universalista soñado por Hannah Arendt: «la disposición a compartir el mundo con otros hombres». We are the world…

Robert Frank: Trolley, New Orleans, 1955Robert Frank: Trolley, New Orleans, 1955

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¿Siglo perdido?

Siglo XX. Tantos interrogantes abiertos en canal… Un periodo de paradojas y de urgencias sin clara solución, aunque con continuidad. Probablemente, lo más juicioso y prudente consista en darlo por realmente clausurado, rebajar la tendencia arrogante que lo ha echado a perder y aprender de los propios errores. Esto ha sido el siglo XX. Esto ha sucedido. El siglo XXI no precisa más fórmulas redentoras o resolutorias. ¡Hay que ver…! Habrá que verlo.

El siglo XX sucedió y se torció no por culpa de la razón (porque error de cálculo) ni por la fe en la humanidad (aunque hubiera sido necesitado poner menos pasión en las creencias). Sea como fuere, de poco sirve el arrepentimiento. ¿Qué pasó, pues? Prudente será seguir la senda nietzscheana de meditación, al menos en este sentido, y respondernos: «“Algo ha salido inesperadamente mal aquí” y no “Yo no debería haber hecho esto”» (La genealogía de la moral). El sentimiento de culpabilidad fomenta más la reacción que la acción. La razón no es suficiente para salvarnos de la barbarie, pero sin su concurso estamos perdidos.

Si ha habido excesos superlativos en el siglo XX estos han sido la exaltación de la reparación, de la restitución, de la restauración, de la nostalgia, de la utopía.

Si de algo ha estado sobrado el siglo XX es de coros lamentadores, voces victimistas, visiones apocalípticas sobre el pasado, presente y futuro. Saturado ha estado, asimismo, de almas delicadas y contemplativas que proclamaban el ocaso de Occidente, al que tan sólo podían oponer su verso cansado.

¿Humanidad perdida? Más bien un terreno y un tiempo que se han perdido por efecto de la furia de la barbarie, destronada pero todavía amenazante. Para los más esperanzados, valga esta glosa o coda para tenerlo presente. Para los menos animosos, me permito recordarles estas palabras de John Stuart Mill, más de bienvenida (a la humanidad, que no al «nuevo hombre») que de despedida:

«Si la civilización ha prevalecido sobre la barbarie cuando la barbarie dominaba el mundo, es excesivo abrigar el temor de que la barbarie, una vez vencida, pueda revivir y conquistar la civilización» (Sobre la libertad).

Notas:

[*] El presente artículo es una reescritura, actualizada y aumentada, de la Nota Crítica, «La derrota de la humanidad», sobre el libro Alain Finkielkraut, La humanidad perdida (1998), publicada en Daimon. Revista de Filosofía, Universidad de Murcia, nº 16, enero-junio 1998, págs. 185-192.

Fuente:  http://www.nodulo.org/ec/2015/n160p07.htm

16 de agosto de 2015.  ESPAÑA

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