El Zaratustra de Nietzsche: la demencia del rebelde metafisico: Wolfgang Gil

Se comete un gran error al atribuir la genialidad de la obra de Nietzsche a la locura. Pero tampoco se puede excluir la demencia por completo. El mismo Nietzsche estableció una conexión esencial entre el pensamiento y la existencia. Su forma de filosofar es profundamente subjetiva y autobiográfica. De esto saca su fuerza y su validez. El centro del filosofar de Nietzsche nos da pistas del deterioro de su salud mental.

Buscaremos esas pistas en el Así habló Zaratustra, un libro para todos y para nadie, la obra maestra de Nietzsche. Fue escrita entre 1883 y 1885, pero publicada en 1891. En ella se conjugan la profundidad conceptual de su madurez intelectual con la maestría de su expresión poética. Desde Platón, pocos filósofos han logrado la proeza de alcanzar tal síntesis. Es una obra que impacta profundamente. Ha influido ampliamente en el desarrollo de la filosofía contemporánea.

Creo que la mejor introducción a la máxima obra de Nietzsche es el “Prólogo de Zaratustra”. Allí se introduce la fábula sobre la que girará toda la obra. Este prólogo contiene los dos momentos estelares de sus escritos que más han impactado la conciencia popular: la declaración de la muerte de Dios y la profecía del advenimiento del superhombre.

Zaratustra regresa al mundo

A la edad de treinta años, Zaratustra se refugia en la montaña. Durante diez años, disfruta de su propio espíritu y de la soledad. Finalmente, su corazón sufre una transformación que le hace decidir regresar al mundo y compartir con las personas su rebosante sabiduría. Al igual que el sol poniente, debe bajar al mundo. “Debo desaparecer, como tú, acostarme como dicen los hombres hacia los cuales quiero descender”.

El legendario profeta Zaratustra, el Zoroastro de los persas, no es elegido por casualidad. El personaje histórico fue el fundador de una religión dualista acompañada por una moral del ‘bien’ y del ‘mal’. Su doble mítico contemporáneo ha de venir ahora a destruir esa moral, a hacerla entrar en el ocaso y la caducidad definitiva.

El autor hace muchas alusiones al Nuevo Testamento y al ministerio de Jesús. Por ejemplo, Jesús comenzó su actividad a la edad de treinta años (Lucas, 3, 23). Se nos dice que Jesús también fue a buscar la soledad. Aunque en lugar de disfrutarla, Jesús pasó cuarenta días y cuarenta noches sufriendo las tentaciones y los tormentos provocados por el demonio (Mateo, 4, 1-11). Nietzsche deja implícita la idea de que Jesús carecía de la fuerza de voluntad para disfrutar de su soledad, pues no podía soportar estar sin compañía por mucho tiempo.

Dios ha muerto

En su camino, se encuentra con un hombre santo que vive solo en el bosque. Este santo hace tiempo amó la humanidad, pero se asqueó de sus imperfecciones. Ahora sólo ama a Dios. Le dice a Zaratustra que la humanidad quiere solamente a quien le brinde ayuda: necesita alguien para que le alivie su carga y le dé limosnas. La humanidad no aprecia los presentes de sabiduría que les ofrecen los solitarios. Al despedirse del santo, Zaratustra se percata con sorpresa que el viejo hombre aún no se ha enterado de que “¡Dios ha muerto!”.

Nietzsche contrapone dos actitudes existenciales opuestas. La de quien ama a Dios, pero desprecia a los hombres, y la de quien ama a los hombres pero desprecia a Dios.

Nietzsche escribió por primera vez “Dios ha muerto” en La gaya ciencia, el libro inmediatamente anterior a Zaratustra. La gente confunde, a menudo, esta frase con la afirmación metafísica de que Dios no existe. De hecho, Nietzsche diagnostica que nuestra idea de Dios no es ya lo suficientemente fuerte para servir como fundamento de la verdad y la moralidad. Albert Camus afirma: “Nietzsche no ha concebido el proyecto de matar a Dios. Lo ha encontrado muerto en el alma de su época…” (El Hombre Rebelde). Nietzsche no está afirmando que Dios no existe. Lo que afirma es que la idea de Dios ya no es universalmente aceptada como lo que da sentido a nuestras vidas. Si Dios era lo que antes daba sentido a nuestras vidas, un mundo sin Dios no tiene sentido. Nietzsche cree que su época se caracteriza por el nihilismo, el cual consiste en no admitir ninguna jerarquía de valores.

El superhombre

Al llegar a la ciudad, un volatinero, un equilibrista circense, se prepara para comenzar su acto acrobático. Zaratustra predica ante el público presente. Anuncia la pronta venida del superhombre. El hombre es una cuerda entre la bestia y el superhombre que debe ser superada. El camino a seguir está lleno de peligros, pero no debemos abandonarlo por esperanzas ultramundanas. Zaratustra exhorta a la muchedumbre a permanecer fiel a este mundo y a esta vida. Mientras habla, el equilibrista comienza su actuación.
El superhombre está destinado a ser la solución al nihilismo. Es el significado que debemos dar a nuestras vidas. La encarnación de los valores vitales que Nietzsche opone a los valores tradicionales. Nietzsche identifica al superhombre con el filósofo creador de valores, dominador y legislador, en oposición a los ‘obreros de la filosofía’ que son a los que usualmente se les considera filósofos (Más allá del bien y del mal).

La concepción nietzscheana del superhombre no tiene un significado político preciso. No obstante, ha servido como pretexto al racismo y a concepciones antidemocráticas de la política.

La nueva moral

Zaratustra exhorta a despreciar las virtudes morales demasiado-humanas: felicidad, razón, virtud, justicia y compasión. Ello prepara el camino al superhombre, que será el significado de la Tierra.

Nietzsche se refiere a la doctrina moral ascética del sacrificio y la virtud. Dicha moral conduce hacia la aniquilación de la propia voluntad. Es la moral propia de la cultura occidental que ha sido, para el autor, una de las invenciones más nocivas del judeo-cristianismo, mutilador del instinto y de la voluntad de vida que Zaratustra viene a anunciar.

El superhombre se enfrenta a un mundo sin Dios, y en lugar de dejarlo sin sentido, le da su propio significado. Por eso se indignan el ‘bueno’ y el ‘justo’, y los creyentes en la verdadera fe, pues aún no han llegado a reconocer el fracaso de la idea de Dios. Esencialmente, la diferencia entre los seres mediocres y el superhombre radica en que la mayoría pone su fe en algo externo, ya sea Dios o la ciencia, o la verdad, mientras que el superhombre pone toda su fe en sí mismo y no se basa en nada más.

El último hombre y el triunfo del conformismo

La gente se ríe de Zaratustra. El profeta sugiere que si bien estamos en capacidad de engendrar al superhombre, la humanidad se está volviendo cada vez más dócil y domesticada. Si sigue por ese camino, sólo será capaz de engendrar un tipo humano decadente, al cual llama “el último hombre”. Los últimos hombres serán todos iguales, como los animales de la manada. Disfrutarán de los placeres simples de la superficialidad. Serán temerosos de cualquier cosa demasiado peligrosa o aventurada. Dirán con insinceridad: “Hemos inventado la felicidad”. El pueblo le grita a Zaratustra: “¡Haznos semejantes a estos últimos hombres! ¡Quédate tú con el superhombre!”

El retrato del “último hombre” tiene el propósito de exponer el resultado final del nihilismo. Carente de cualquier creencia positiva o de aspiración de excelencia, la gente tendrá como único objetivo la comodidad y el menor esfuerzo posible. Pronto, todos se habrán uniformado en la misma mediocridad. Cuando proclaman el haber inventado la felicidad, sólo han llegado a un estado de autocomplacencia por la falta de todas las fuentes de preocupación y de lucha en sus vidas.

La muerte del equilibrista

El equilibrista camina por una cuerda tendida entre dos torres de la ciudad. Un bufón enano, con grandes habilidades acrobáticas, sale tras él y se burla de su torpeza y lentitud. De pronto, el bufón salta por encima del equilibrista. Esto molesta tanto al volantinero que le hace caer al vacío y estrellarse contra el suelo. Zaratustra se acerca al moribundo. El hombre le pide consuelo, pues teme su condenación eterna. Zaratustra le explica que no hay nada que temer, pues no hay diablo ni infierno. Entonces, el equilibrista expresa que, de ser así, su vida no ha tenido sentido y su existencia ha sido la de una simple bestia. Zaratustra intenta convencerle de lo contrario. “Nada de eso –insiste Zaratustra–: del peligro has hecho tu oficio; nada despreciable hay en ello. Ahora tu oficio te ha hecho perecer. Por ello, yo te enterraré con mis manos”.

La imagen de la humanidad como un puente se ilustra en la historia del equilibrista. Representa el progreso lento y peligroso entre el animal y superhombre. El bufón es un gemelo reducido y distorsionado de Zaratustra. Ambos coinciden en ser ágiles y ligeros. Más adelante en el libro, se afirmará que Zaratustra se distingue por la ligereza, pues es un gran danzarín. Ambos son ágiles pues pueden saltar por encima de aquellos que son más lentos. En otras palabras, pueden cruzar la cuerda hacia el superhombre. Para instar al equilibrista a darse prisa, el bufón le molesta y lo conduce a la destrucción. De manera similar, la predicación de Zaratustra sobre el superhombre puede perturbar y arruinar a muchas personas que son incapaces de entender el proceso.

Zaratustra y el cadáver

Zaratustra duerme junto al cadáver del equilibrista. Un mal día de pesca, reflexiona metafóricamente: no he pescado ningún hombre, sino un cadáver. Sin embargo, reafirma su intención de enterrar al equilibrista con sus propias manos.

Todavía muestra apego por los valores e ideas de la humanidad audaz. Pero ya sabe que están tan inertes como el cadáver que cuida. No obstante, muestra respeto por los restos de la audacia.

Encontramos ecos del Nuevo Testamento en la  reflexión de Zaratustra sobre el escaso éxito en la ‘pesca’ de seguidores. Jesús dice a sus apóstoles que los hará pescadores de hombres (Mateo, 4, 19).

El escarnio del bufón

Cuando Zaratustra se dirige hacia la salida de la ciudad con el cadáver a cuestas, el bufón se le acerca y le advierte que se vaya. El bufón le dice que ha sido reprobado por los buenos y los justos, así como por los creyentes de la fe verdadera. A Zaratustra se le ha permitido vivir porque no se le ha tomado en serio. Sale de la ciudad. Se encuentra a un ermitaño, quien insiste en alimentarlo a él y al cadáver.

Después de eso, Zaratustra se interna en el bosque y da sepultura al cuerpo dentro de un tronco hueco. Cansado, se retira a dormir.
Nietzsche quiere mostrar la relación inversa que Zaratustra y el bufón mantienen con los hombres. La mayoría toma en serio al bufón y toma en broma al profeta. Por eso debe alejarse de la muchedumbre. Luego evidencia que hay hombres más excepcionales, como el ermitaño, que no pueden distinguir entre lo vivo y lo muerto. Y, finalmente, con la sepultura, hace patente que Zaratustra se ha desapegado de la humanidad.

La vocación egregia

Zaratustra se despierta con la convicción de que debe abandonar la prédica a las masas, y buscar compañeros afines. En lugar de pastor, debe apartar a la gente lejos de la manada. Los buenos y los justos, así como los creyentes en la fe verdadera, le odiarán aun más por esto. Lo percibirán como un transgresor de la ley y los valores. Sin embargo, Zaratustra cree que esta transgresión será un glorioso acto de creación.

A diferencia de Jesús, Zaratustra dice explícitamente que él no quiere ser un pastor y conducir un rebaño de ovejas: quiere enseñar al individuo a liberarse de la manada. Nietzsche introduce aquí su doctrina de la transvaloración o inversión de los valores. Dicha doctrina consiste en colocar en el lugar de la tabla tradicional de los valores, fundados en la renuncia a la vida, los nuevos valores que resultan de la aceptación entusiasta, dionisíaca, de la vida, aun en sus aspectos más crueles (Ecce Homo y Genealogía de la moral).

Del orgullo a la locura

El sol brilla en el cénit. Se le aparecen juntos sus dos animales emblemáticos: el águila, símbolo del orgullo, y la serpiente, símbolo de la astucia, que también representa la prudencia. Pide asimilar esos atributos en su persona: “Ruego a mi orgullo que se acompañe siempre de mi prudencia. Y si algún día me abandona la prudencia, ¡ay, gusta de echar a volar, que pueda al menos mi orgullo volar con mi locura!’
La aparición de estos animales cierra el prólogo e indica el comienzo de un nuevo proceso evolutivo. Volverán a aparecer al final de la obra.
Zaratustra ha compartido con los hombres dos de las cuatro ideas más importantes del libro: la declaración de la muerte de Dios y el anuncio del advenimiento del superhombre. Pero reservará para sus discípulos la doctrina secreta, es decir, las otras dos ideas: la voluntad de poder y el eterno retorno.

Es muy vaticinadora la afirmación de Zaratustra: de no ser posible la complementariedad de orgullo y prudencia, preferirá al orgullo aunque eso signifique caer en la locura. Pocos años más adelante, Nietzsche perderá la razón.

La locura puede ser de dos tipos: primero, la exaltación de la vida, tal como ocurre en El elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam; segundo, la degradación de la vida mental. La filosofía de Nietzsche apunta conscientemente hacia la primera, pero, subconscientemente se ve arrastrada hacia la segunda. La clave de su demencia está en su declarada toma de partido por la soberbia. Él trata de divinizar al hombre. Eso implica darle una grandeza que está más allá de éste. Porque toda grandeza del hombre está dentro del propio hombre. Es una grandeza asociada a su humildad y al respeto, a la dignidad del otro. La imposibilidad de esa divinización terminó quebrando la personalidad del filósofo.

Notas:

Fuente:  http://prodavinci.com/2011/08/03/actualidad/el-zaratustra-de-nietzsche-la-demencia-del-rebelde-metafisico-por-wolfgang-gil/

4 de agosto de 2011

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