Entre Maquiavelo y Durango

¿Cuál fue la intención de Maquiavelo al escribir El Príncipe? Esta interrogante ha intrigado a los estudiosos de su vida y su obra. Estimamos que en la epístola del libro hay algunos elementos que permiten responder, en parte, dicha pregunta. Al respecto, cabe precisar que la epístola comienza y termina expresando con sutileza dos ideas que son similares y que están concatenadas de manera lógica, en cuanto la segunda es resultado de la primera. Nuestro autor empieza con estas palabras: “Los que desean ganarse el favor de un príncipe suelen presentarse a él, la mayoría de las veces, con aquellas de entre sus pertenencias que más estiman, o que él más aprecia… Por lo tanto, siendo mi deseo ofrecer a vuestra magnificencia algún testimonio de mi devoción a Vos, no he encontrado nada más estimado ni más querido que mis conocimientos…”. Y finaliza de la siguiente manera:

“Si alguna vez vuestra magnificencia, desde la cumbre de su poder dirige sus ojos a este humilde lugar, se dará cuenta de cuán indignamente tengo que soportar los continuos y duros ataques de una fortuna adversa”.

Maquiavelo comienza la epístola declarando que su deseo, es “ganarse el favor” de Lorenzo, pero para que esto ocurra primero debe dar testimonio de su lealtad a los Médici. Todo ello con el propósito de ganarse la confianza de Lorenzo para que éste lo redima de su desmejorada e indigna situación. Así, no resulta aventurado aseverar que una de las motivaciones del autor de El Príncipe es de índole tan práctica como obtener un empleo para poder subsistir. Sin embargo, también es posible encontrar otra intención en la epístola dedicatoria, que es más difícil de precisar porque está enunciada en un lenguaje metafórico.

La alegoría es la siguiente: “Tampoco quiero que se considere una presunción el hecho de que un hombre de baja, es más, de ínfima condición se atreva a discurrir y a opinar sobre el gobierno de los príncipes, porque así como los que dibujan ciudades se sitúan en la llanura para estudiar la naturaleza de las montañas y de los lugares elevados y suben a los montes para estudiar a las llanuras, para conocer bien la naturaleza de los pueblos hay que ser príncipe y para conocer la de los príncipes hay que ser pueblo”. En este párrafo, que hemos citado in extenso, nuestro autor juega con la dualidad de perspectivas (no siempre advertida) para abordar la descripción y el análisis empírico de la política.

En el texto no se menciona al Estado, a la actividad política, a la polis propiamente tal, por su nombre. Maquiavelo evita deliberadamente usar la palabra política; por tal motivo, alude a ella de manera figurada, simbólica o metafórica, usando imágenes sustitutas, como por ejemplo: “Mapa”, “paisaje”, “aldea”, “pueblos”, “ciudades”, y otras similares. El “dibujante”, “pintor” o “proyectista” que mencionan las diversas ediciones alude al observador, al analista; al sujeto cognoscente que describe, analiza y enjuicia la actividad política, es decir, al propio Maquiavelo.

El es el observador que se sitúa simultáneamente en dos planos o perspectivas diferentes: La montaña y la llanura. Tales perspectivas también constituyen dos claves de lecturas diferentes, pero que son perfectamente coherentes, simétricas, en El Príncipe. Si la obra se analiza desde la montaña, se puede leer como un manual de consejos para quienes ostentan o ambicionan posiciones de poder, esto es, para príncipes, líderes, jefes de Estado, caudillos, etcétera. Tal posibilidad de lectura está determinada por los contenidos de los capítulos I al XIV que están dedicados a las formas de principado, a las vías de acceso al poder y a los fundamentos del mismo, es decir, a los aspectos formales y estructurales de la dominación política.

Si la obra, en cambio, se lee desde la llanura el resultado es el desenmascaramiento del príncipe, lo que implica profanar los arcanos imperios, esto es, los secretos del poder y de la dominación política. Tal posibilidad de lectura está determinada por los contenidos de los capítulos XV al XXIII, en los cuales se estudian las cualidades del príncipe y se muestran las vísceras de la política, vale decir, la política por dentro. No sería del todo aventurado conjeturar que la afirmación de Maquiavelo que señala “para conocer bien la naturaleza de los pueblos hay que ser príncipe y para conocer la de los príncipes hay que ser pueblo”, es deliberada, puesto que existe una correspondencia, una simetría, entre el orden de la afirmación y la secuencia en que trata los temas.

En efecto, los primeros catorce capítulos están escritos desde la montaña, vale decir desde la perspectiva del príncipe, y ellos otorgan pautas para que el príncipe fundador convierta a un conglomerado humano o a un pueblo, en un Estado, es decir, en una asociación política autónoma. Y para que el príncipe tenga éxito en tal empresa requiere conocer la naturaleza de la materia a la que él va a imprimirle una forma. Por otra parte, en los nueve capítulos siguientes (XV al XXIII) prima la perspectiva de la llanura, del pueblo, en cuanto Maquiavelo analiza las expectativas de conducta que los súbditos tienen de su príncipe y enseña a éste último qué cualidades debe simular tener, cuáles debe abstenerse de practicar y cómo ganarse el apoyo y afecto de los gobernados.

Al hacer públicas tales estratagemas, nuestro autor está revelando al pueblo, a los dominados, los ardides del príncipe y con tal conocimiento aumentan las probabilidades de que los gobernados puedan evitar la manipulación por parte de éste. En conclusión, ambas claves de lectura son posibles, porque El Príncipe está escrito en dos registros diferentes; no obstante, estimamos que deja al lector en libertad para leerlo desde la montaña o desde la llanura. Visto desde la montaña, como ya lo señalamos, El Príncipe es un breviario de consejos que está dirigido primordialmente -pero no de modo exclusivo- a aquellos hombres que aspiran a instaurar un principado, es decir, a aquellos que pretenden fundar una asociación política nueva o a aquellos que quieren acceder, ya sea por conquista u otros medios, al poder de una entidad política previamente constituida.

Dicho con mayor precisión: se puede afirmar que el libro está dirigido básicamente tanto a aquellos que aspiran al poder para crear un nuevo Estado como a aquellos que ambicionan apropiarse del poder de un principado o república ya existente. Sin embargo, la obra también tiene por destinatario un público más amplio, ya que además está orientada a los príncipes dinásticos, esto es, a aquellos que han accedido al poder por fortuna.

De hecho, El Príncipe abunda en sugerencias que pueden ser útiles a cualquier gobernante que quiera preservar o aumentar su poder. Es pertinente recordar que el libro está dedicado, específicamente, a un príncipe de linaje, Lorenzo de Médici, primogénito de una familia que perdió el poder y que lo ha recuperado. En suma, uno de los propósitos de Maquiavelo es “explicar de qué forma se puede gobernar y conservar un principado”.

Mas, ¿qué sentido tiene escribir un tratado que versa sobre el príncipe nuevo para ofrendárselo a un príncipe de linaje? El Príncipe está dedicado preferentemente al príncipe nuevo; en circunstancias que Lorenzo es un príncipe natural. ¿Constituye ello una contradicción? Aparentemente sí, pero en estricto rigor no es tal, puesto que si bien es cierto que Lorenzo no es un príncipe nuevo para Florencia, sí podría serlo, eventualmente, para el resto de Italia. Maquiavelo asigna en la epístola dedicatoria de manera implícita una misión a Lorenzo, misión que será explicitada en el capítulo final de la obra. La tarea del heredero de la casa de los Médici es doble; por una parte, expulsar a los bárbaros de Italia y, por otra, unificar políticamente la península. En el supuesto que Lorenzo lleve a buen término su empresa será un príncipe nuevo para toda Italia, excepto para Florencia. Lorenzo, en tal caso, será un príncipe nuevo en un Estado nuevo.

Pero para que tenga éxito en una tarea de tal envergadura requiere simultáneamente de la concurrencia de tres elementos: En primer lugar, del favor de la Fortuna, en seguida, de su virtud y, finalmente, disponer de experiencia política, esto es, del saber político necesario. Dicho de otro modo, para Maquiavelo los protagonistas de la historia que está ad portas, de lo que está por suceder, son tres.

Primero, la fortuna que es la que configurará el escenario propicio para llevar a cabo la empresa; segundo, un operador dotado con las virtudes pertinentes para ejecutar el proyecto; y, tercero, el proveedor de los conocimientos precisos que potenciará tanto las virtudes como la gestión del operador. En otras palabras, los protagonistas son: la Fortuna, Lorenzo y Maquiavelo. ¿De qué índole es el conocimiento que nuestro autor ofrece a Lorenzo?

En primer lugar, se trata de un tipo de conocimiento empírico, ya que es un saber que proviene de la experiencia histórica de la antigüedad clásica, del estudio de los acontecimientos modernos y de la trayectoria política del autor, es decir, de la propia experiencia vital de Maquiavelo.

En segundo lugar, se trata de un conocimiento que tiene una ambición teórica, en cuanto el autor se propone inferir a partir de la información empírica disponible máximas de conducta para el príncipe, las cuales son concebidas como reglas universales que -según Maquiavelo- nunca o casi nunca fallan.

En tercer lugar, se trata de un conocimiento de índole práctica; dicho en negativo: No es un saber teorético que se sostiene a sí mismo en el vacío; por el contrario, las reglas de conducta que descubre Maquiavelo tienen por propósito guiar la acción del príncipe, con el fin de potenciar las probabilidades de que éste tenga éxito en el mundo de la política, en los asuntos de Estado. Uno de los tantos lugares comunes que existe respecto a Maquiavelo señala que él es un “técnico” al que no le interesan los fines últimos de la acción política; otro -más frecuente aún- asevera que el celebre secretario de la república florentina escribió un manual para déspotas y tiranos.

Estimamos, por las razones anteriormente expuestas, que ambas apreciaciones son incorrectas. En tales afirmaciones lo que está en juego, en el fondo, es el uso que puede tener la “ciencia política” maquiaveliana. En “El Príncipe” el conocimiento tiene una doble finalidad. Por una parte, si se lee desde la montaña constituye una guía para orientar la acción de los estadistas y, por otra, si se lee desde la llanura su resultado será alertar, advertir o revelar a los ciudadanos, los ardides que utilizan los gobernantes para seducirlos, apaciguarlos, conquistarlos o embaucarlos. Toda similitud con la política Local es mera coincidencia…

Sit caeca futuri mens hominum fati “Dejad que la mente humana permanezca sin saber su destino futuro”. Jóvenes Volver A pensar.

Notas:

Fuente: El Sol de Durango.

MEXICO. 20 de febrero de 2010

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