Estructura de un antropólogo [28-XI-1908 31-X-2009]

Lévi-Strauss era el último representante de una época brillante e influyente del pensamiento francés, a la que pertenecieron Sartre, Simone de Beauvoir, Merleau-Ponty, Althusser, Lacan, Foucault, Deleuze, Ricoeur. No soy historiador de la filosofía y mi relación con los pensadores es instrumental, dialéctica. Son colegas de los que aprendo, con los que discuto, a los que asimilo, a los que aplaudo o contra los que me irrito. Al hablar de ellos, tengo que hablar vitalmente, en primera persona, a partir de mi experiencia.

Con Lévi-Strauss he mantenido un contacto asiduo y conflictivo a lo largo de toda mi vida. Me fascinó su peculiar autobiografía ‘Tristes trópicos’, pero critiqué malhumoradamente su idea de que “el objetivo último de las ciencias humanas no es constituir al hombre, sino disolverlo” y el comentario en que afirmaba que “las sociedades humanas deben ser estudiadas como sociedades de hormigas”. Posiblemente me dejé llevar por la exageración de algunas de sus expresiones. Eran los tiempos en que en Francia se había despertado una cierta inquina contra el sujeto. Un grafiti decía: “Dios ha muerto, el sujeto ha muerto, y yo no me encuentro nada bien”. Yo, en cambio, defendía la restauración del sujeto.

Su vida científica comenzó con una serie de expediciones para conocer otras culturas. Le interesó estudiar ‘el pensamiento salvaje’, y descubrió que no era tan salvaje como decían. Pero como todos los antropólogos, no se contentaba con describir la diversidad de las sociedades, sino que deseaba averiguar si hay algo común en todas ellas.

Ahí, de nuevo, me enfrenté con él, y de nuevo tal vez por la excesiva contundencia de sus posturas. Criticó la escuela funcionalista, de la que me siento muy cercano, que sostiene que lo que hace semejantes a todas las culturas es que todas tienen que enfrentarse a los mismos problemas. Lévi-Strauss consideraba que esto era una superficialidad, que teníamos que profundizar más. Lo que había por debajo de esas diferencias no era una igualdad funcional, sino estructural.

En aquel momento, años 60, la palabra ‘estructura’ parecía dotada de poderes mágicos. Lo explicaba todo. Recuerdo que la sección de filosofía que yo dirigía en una interesante revista de aquella época llamada ‘Acento Cultural’, se llamaba precisamente así: ‘Estructuras’. La lingüística era estructural, el marxismo era estructural, la psicología de Piaget era estructural y el representante por antonomasia del estructuralismo era Lévi-Strauss.

Tomó el concepto de las matemáticas y de la música. Una estructura es una organización formal que se mantiene a través de múltiples variaciones. La idea de que lo importante era conocer las estructuras le enfrentó a Sartre y a Merleau-Ponty, partidarios de una visión existencial, concreta, de la realidad. Lévi-Strauss era, en cierto sentido, una especie de kantiano sociológico. Recuerden que Kant decía que toda nuestra experiencia está regida por unas formas a priori de la sensibilidad y por unas categorías, que son los moldes en que se reciben las experiencias. El conocimiento científico no está posibilitado por las experiencias, siempre inseguras, sino, precisamente, por esos moldes universales.

Pues bien, Lévi-Strauss consideraba que las estructuras sociales determinan la variedad de las sociedades reales. Lo explicó en dos de sus magnas obras: ‘Las estructuras elementales del parentesco y Antropología estructural’. Posteriormente, en su colosal serie ‘Mitológicas’, intentó descubrir las estructuras básicas de las mitologías de América del Sur. Pensaba que había una racionalidad oculta, inconsciente, que dirigía la racionalidad concreta de cada contador de mitos particulares. Por decirlo en expresión burda: Platón no pensó sus mitos, los mitos pensaron a Platón.

Ésta era la razón de su desinterés por el sujeto. Le parecía un mero vehículo de un inconsciente social absolutamente dictatorial. Hizo algo parecido a lo que el famoso Vladimir Propp había hecho estudiando los cuentos populares rusos. Pensaba que todos eran variaciones de unas cuantas estructuras narrativas básicas.

Esta reducción de la realidad a estructuras formales me pareció empobrecedora. Más tarde le entendí mejor. La estructura no era una especie de esquema lógico, estático, matemático: era un sistema de operaciones, eran estructuras generativas. Lo que estaba afirmando es que hay unas leyes formales del pensamiento humano que rigen la formación de las culturas. En cierto sentido estaba afirmando la existencia de una ‘naturaleza humana’ que se caracteriza, precisamente, por su inevitable necesidad de crear cultura.

Decía algo más interesante todavía: el paso del animal al hombre está marcado por la promulgación de normas, en concreto, por la prohibición del incesto, la única regla universal. “La prohibición del incesto es el proceso por medio del cual la naturaleza se trasciende a sí misma, alumbra la chispa bajo cuya acción una estructura de tipo nuevo y más complejo se forma, sobreponiéndose e integrando las estructuras más simples de la vida animal. Opera y, por sí misma, constituye un orden nuevo”. Esta capacidad de la vida animal para superarse es lo que yo denomino espíritu. Es la materia que se vence a sí misma. Y la obra de Lévi-Strauss me animó a considerar que la ética es la gran creación humana, el punto de despegue de su humanización.

Por entonces, interesado por la génesis de la cultura, me había dedicado a estudiar a Dilthey, y encontré algo que me permitió asimilar mejor la obra de Lévi-Strauss, otro apasionado de la cultura. Dilthey decía que para entender al ser humano no basta la introspección. Tenemos que estudiar las actividades a las que universal y constantemente se ha dedicado. El hombre es el ser que crea lenguajes, construye ciudades, pinta, hace música, inventa religiones, cuenta historias. Éstas eran las estructuras generativas de Lévi-Strauss.

Pero entonces me pareció que teníamos que ir aún más abajo, al subsuelo de esas estructuras, y que allí lo que descubríamos era un incomprensible sistema de deseos, de necesidades, que impulsaba a los seres humanos a embarcarse en esas actividades. Al fin llegaba a una especie de ‘estructuralismo emocional’ que me reconciliaba y me separaba de Lévi-Strauss.

Después de un diálogo tan largo, comprenderán que he sentido mucho la muerte de Claude. Con él desaparece una época de la filosofía francesa que ocupó parte importante de mi juventud. De él recordaremos su rigor científico, su independencia, y la tenacidad con que pretendió conocer y explicar la realidad.

Notas:

Fuente: http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2009/535/1261583978.html

SPAIN.  28 de diciembre de 2009

Hay 1 comentarios

January 19, 2010 - 6:41 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

muy bien por usted que a tenido tan altos privilegios pero esto en que ayuda a la humanidad,si hay nuevos planteamientos para solucionar la crisis comtemporanea del mundo como las oleadas de inmigrantes,calentamiento global,intervencionismo etc etc eso si importa porque involucra a todos no a una elite de salon…


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