Filosofía, Economía y Cambio Climático: un mènage à trois muy productivo

Estudio de campo que muestra cómo no basta un análisis científico y económico (costes/beneficios), sino que es necesario asumir un punto de vista político (estatal) del problema. Tras dejar constancia del estado de la cuestión, de las certezas e incertidumbres en torno al Cambio Climático, abordamos el problema en términos económico-políticos.

Comunicación defendida ante los XV Encuentros de filosofía, Oviedo 26-27 de marzo de 2010

«El problema con el mundo es que los estúpidos están totalmente seguros, y los inteligentes llenos de dudas.» Bertrand Russell

Estudio de campo que muestra cómo no basta un análisis científico y económico (costes/beneficios), sino que es necesario asumir un punto de vista político (estatal) del problema. Tras dejar constancia del estado de la cuestión, de las certezas e incertidumbres en torno al Cambio Climático, abordamos el problema en términos económico-políticos. Tras la cortina de humo ecologista, arraigada en el Mito de la Naturaleza, un análisis materialista de la realidad desvela cómo el célebre Protocolo de Kioto no es la resultante de la generosidad sino de los intereses eutáxicos de los distintos Estados firmantes, como ha dejado de manifiesto el fiasco de la reciente Cumbre de Copenhague, celebrada en medio de la crisis mundial. De hecho, el rastreo de los orígenes del movimiento contra el Calentamiento Global nos conduce a un personaje sorprendente: a Margaret Thatcher y sus planes y programas para el futuro energético de su país. Lo que ilustra que, al final, después de todo, la Ecología y la Economía están subordinadas a la Política. El Clima y el Mercado, por así decir, al Estado.

1. Escala del análisis
El «Cambio Climático» es un problema poliédrico, que tiene múltiples caras. Podemos, simplificando, imaginarlo como una suerte de tetraedro, donde cada una de las cuatro caras del sólido representaría una de las facetas o aspectos del problema. Distinguimos, por tanto, cuatro perspectivas en el momento de enfrentarlo: la cara científica, la cara económica, la cara política y, en último lugar, la cara que suele permanecer oculta a la visión, la cara filosófica. Sin embargo, lo primero que uno debe advertir es que no estamos ante un tetraedro regular, porque no todas las caras del problema son iguales. Unas son más grandes que otras. Unas pesan más que otras. El objetivo de esta comunicación es, precisamente, sopesar las distintas caras del problema: analizar cada una de ellas y determinar su contribución específica a lo que constituye uno de los temas estrella de comienzos del siglo XXI.

2. Cuestiones científicas: incertidumbres del Cambio Climático
Antes de centrarnos en las cuestiones económico-políticas, que son las que dan título a la presente comunicación, tenemos que introducirnos mínimamente en el contenido propiamente científico del Cambio Climático.
El Cambio Climático es un problema científico multidisciplinario, porque en él intervienen climatólogos, meteorólogos, físicos, geólogos, biólogos, economistas, &c. La causa de esta polidisciplinariedad radica en que el sistema climático es un sistema complejo, conformado por cinco subsistemas: atmósfera, hidrosfera, litosfera, criosfera y biosfera. Además, una de las señas de identidad de la investigación en torno al Cambio Climático es –como apunta Balairón Ruiz (2006, 141), Jefe del Servicio de Predicción del Clima del Instituto Nacional de Meteorología– que ésta es más teórica y observacional que práctica y experimental, dado que los únicos laboratorios de que se dispone son los informáticos en que se realizan simulaciones mediante modelos.
A día de hoy, la teoría del Cambio Climático consiste en la conjunción de tres hipótesis que no siempre suelen distinguirse, pese a que cada una de ellas posee un grado distinto de corroboración. Éstos son los tres pilares del consenso:

A. Existe un calentamiento global de la Tierra.
B. La causa principal del calentamiento global es el efecto invernadero.
C. La causa principal del efecto invernadero son las emisiones de CO2 de origen antrópico.

En otros términos: Cambio Climático Calentamiento Global + Efecto Invernadero + Origen Antrópico (CC A + B + C). El meollo del asunto es, como va dicho, que A, B y C no poseen el mismo grado de verificación, su franja de verdad es bastante diferente. A continuación, enumeramos y enunciamos las incógnitas e incertidumbres que plantea el Cambio Climático con respecto a cada una de las tres tesis. Una discusión en detalle puede encontrarse en nuestro Madrid Casado (2007a y 2007b). Otra de carácter más general en Toharia (2006, 267-272).

A) Incertidumbres del Calentamiento Global:

El Panel Intergubernamental para el Cambio Climático de la ONU (IPCC) cifra, en su Cuarto Informe de Evaluación, dado a conocer en 2007, el calentamiento global en 0.74º C, siendo éste más acusado en el Hemisferio Norte que en el Hemisferio Sur [Figuras 1, 2].

1. La Temperatura Global no se mide, se estima. Mientras que el tiempo meteorológico y la temperatura local en un cierto lugar se observan y se miden, el clima y la temperatura global del planeta son fruto de un cálculo previo, de una estimación. No existe algo así como un termómetro global que pudiéramos poner a la Tierra para conocer su temperatura precisa. La famosa temperatura global es el resultado, por así decirlo, de una cocina estadística. Es un promedio que puede calcularse de muy diferentes maneras a partir de los datos que arrojan las estaciones meteorológicas, los globos sonda y los satélites. Así, por ejemplo, para el GISS (EE.UU.), 2009 fue el segundo año más cálido desde 1900. En cambio, para el Centro Hadley de la Met Office y la Universidad de East Anglia (Reino Unido), no, como reconocía en una entrevista reciente de 2010 el investigador Gavin Schimdt del GISS, defendiendo por otra parte la actuación de su institución.
Además hay un problema de cantidad y calidad con los datos de partida: no existe una red de estaciones meteorológicas temporal ni espacialmente bien distribuidas (el uso de globos sonda se generalizó a partir de 1950 y el de satélites climáticos sólo a partir de 1980). En efecto, sólo los registros de 1000 estaciones del mundo abarcan todo el siglo XX, y todas ellas están situadas en ciudades europeas y norteamericanas. El mallado de observatorios con que se ha calculado la variación de la temperatura global a lo largo del siglo pasado es pobre y está mal repartido, con lo que la extrapolación queda sujeta a error. La mayoría de las estaciones meteorológicas están en tierra y en el Hemisferio Norte, quedando los océanos y el Hemisferio Sur en segundo plano [Figuras 3, 4]. Aún más: gran parte de las estaciones han quedado emplazadas dentro de las ciudades, bajo los efectos de la isla térmica o isla de calor que modifica las lecturas y que cada centro de cálculo corrige o maquilla a su manera. Recientemente, por ejemplo, los casos de las estaciones rusas en Siberia, las norteamericanas en Alaska o la Darwin Zero en Australia han salido a la luz, mostrando cómo la elección de las estaciones no es imparcial y cómo se normalizan los datos en bruto (Rodríguez Herrera: 2009).

Por su parte, en España, el GISS toma en cuenta apenas una veintena de estaciones, de las que únicamente cuatro están en medio rural, alejadas suficientemente de las grandes ciudades. Y de esas cuatro, sólo la estación de Navacerrada cuenta con un registro histórico suficientemente amplio. Si estudiamos la curva de temperaturas [Figura 5], lo primero que observamos es que las temperaturas medias anuales actuales se encuentran a los mismos niveles que las registradas en la década de los 40 y sólo un poco por encima de las registradas a comienzos de los 80. Además, la tendencia general de la temperatura en Navacerrada a lo largo del siglo XX ha sido –como muestra la recta amarilla– descender muy ligeramente, es decir, las temperaturas no muestran una tendencia ascendente o descendente realmente significativa. Si, para aumentar el ajuste, realizamos, en lugar de una regresión lineal, una regresión polinómica de orden 4 (porque la serie consta de unos 80 años, que al dividir entre 20 –la duración que recomienda la Organización Meteorológica Mundial para definir los valores del clima y optimizar la significación estadística es, como recoge Sanz Donaire (2006), de algo más, de 25-30 años– da 4 periodos, justo el número de tendencias que los polinomios de grado 4 muestran), observamos que la función cuártica obtenida minimiza notablemente el error cuadrático y permite predecir que al presente periodo de calentamiento le seguirá un periodo de enfriamiento (local, en Navacerrada, entiéndase).

2. La variabilidad es una de las características esenciales de la Temperatura Global y, en general, del Clima Terrestre. Dando por satisfactoria la construcción de ese estimador del clima terrestre denominado temperatura global y, por tanto, de lo que indica, del calentamiento global, podemos preguntarnos si resulta anormal el supuesto calentamiento del planeta en unas décimas de grado durante el último siglo. Vamos, si se nos permite la expresión, a enfriar el alarmante calentamiento global.

La verdad es que la temperatura media global está siempre cambiando como consecuencia de diversos factores (por ejemplo, la erupción del volcán Pinatubo en 1991 redujo la temperatura media en varias décimas, mientras que el intenso fenómeno del Niño en 1998 provocó que ese año fuera uno de los más cálidos del siglo) y, de hecho, pese a la imagen mediática de que durante el último milenio no hubiera pasado nada relevante hasta el calentón del siglo XX, esto ha sido siempre así, incluso durante el XX. En efecto, si uno mira con atención la gráfica de la evolución de la temperatura global desde 1880 hasta el presente (2010) [Figura 1], observa cómo la temperatura global ha subido y bajado hasta en los últimos 70 años, y que el actual calentamiento comenzó prácticamente en 1980, justo cuando terminó un periodo de enfriamiento que tuvo su inicio en 1940. Es más, como subraya Manuel Toharia (2006, 111):

«Lo ocurrido en el siglo XX resulta bastante intrigante: en pleno desarrollo industrial, con un enorme incremento de las combustiones de carbón e hidrocarburos desde unos decenios antes, el calentamiento se detiene y se inicia un descenso térmico bastante generalizado a comienzos de los años 40. En los años 70, durante ese periodo de frío relativo, la teoría más aceptada era la del enfriamiento global que parecía llevarnos a una nueva glaciación. La idea era que la contaminación atmosférica derivada de las industrias, los tubos de escape y las calderas de calefacción estaba haciendo que el aire fuera más opaco, dificultando la llegada de la radiación solar. Estaban en boga los modelos de invierno nuclear.»

No hay, pues, que ser un miope temporal y debe estudiarse con precisión la historia del clima de la Tierra. Así, en el último milenio, al actual periodo de calentamiento le precedió una Pequeña Edad de Hielo, como consecuencia de un mínimo solar sin casi manchas solares y de una elevada actividad volcánica, que duró del siglo XV hasta bien entrado el XIX, y que puso fin al Periodo Cálido Medieval, una era extraordinariamente calurosa, coincidente con un máximo solar.

En resumen, como apunta el Catedrático de Geografía Física de la Universidad de Barcelona Martín Vide (2006, 13): «En algunos momentos de la historia de la Humanidad o de la historia geológica del Planeta, sin emisiones destacables de gases de efecto invernadero, la temperatura media planetaria debió de variar en una proporción parecida a la actual, según han puesto en evidencia los estudios de diversas ramas paleoclimáticas».
Ahora bien, aún no se conocen por completo las causas de los calentamientos ni de los enfriamientos de los climas del pasado, porque hay demasiados factores en juego: el sol y sus ciclos (de mayor actividad cuando aumenta el número de manchas solares), las erupciones volcánicas, las corrientes oceánicas, el efecto invernadero (tanto el natural, que hace habitable la Tierra aumentando la temperatura del planeta en 33º C, como el antropoinducido), &c.; y todo esto supone una medida de la ignorancia en nuestro conocimiento actual.

Además, la brevedad de las series meteorológicas instrumentales para el análisis de las tendencias climáticas obliga al empleo de proxy-data (dataciones con isótopos de estratos de sedimentos lacustres, análisis del aire fósil atrapado en burbujas de testigos de hielo, la dendrocronología a partir de los anillos de árboles…). Y la reconstrucción de las temperaturas del pasado a partir de proxy-data no tiene por qué ser correcta, como puso de manifiesto la ya célebre controversia con el palo de hockey de Michael Mann, que llegó hasta el Congreso de los Estados Unidos. Aunque existen otros palos de hockey, éste es el más prominente y el que el IPCC tomó en 2001 como paradigma (el Informe de 2007 por fin lo rectificaba). Mann, Bradley y Hughes publicaron en Nature una famosa gráfica con forma de palo de hockey que recogía supuestamente la evolución de la temperatura global en el último milenio. En ella, tanto el Periodo Cálido Medieval como la Pequeña Edad de Hielo habían prácticamente desaparecido, y sólo destacaba el pico de temperatura del siglo XX. Sin embargo, varios grupos de investigadores –por un lado, Steven McIntyre y Ross McKitrick; y, por otro, Hans von Storch- publicaron importantes estudios críticos, que suavizan la diferencia entre la temperatura global actual y la del Óptimo Medieval (cf. Madrid Casado (2007a, 6)).
 
B) Incertidumbres del Efecto Invernadero:

3. Correlación entre Temperatura y CO2. El anhídrido carbónico o dióxido de carbono (CO2) es un gas de efecto invernadero que probablemente ha incrementado la temperatura de la Tierra. El precedente que marca una relación directa entre temperatura y CO2 lo constituye el artículo del científico sueco Svante Arrhenius, publicado en 1896, «Sobre la influencia del ácido carbónico en el aire sobre la temperatura de la superficie». Sin embargo, el CO2 no es, ni mucho menos, el principal gas de efecto invernadero, que es –atención– el vapor de agua (responsable del 60% del efecto invernadero). Además, la variabilidad natural y humana de los niveles de CO2 difícilmente explica el aumento de las temperaturas entre 1920 y 1940, cuando había bajos niveles, y mucho menos el enfriamiento producido entre 1940 y 1976, cuando se dio un crecimiento considerable de las emisiones de origen humano. De hecho, los estudios paleoclimáticos muestran que la temperatura no sigue estrictamente los niveles de CO2, sino al revés: los niveles de CO2 siguen la temperatura con una diferencia de aproximadamente 800 años; como puede verse en la gráfica adjunta [Figura 7], donde los picos de la temperatura aparecen antes que los picos en la concentración de CO2. Una investigación reciente, encabezada por el geólogo Lowell Stott y publicada en Science, apunta que el CO2 no causó el final de las eras de hielo, porque las temperaturas comenzaron a templarse 1300 años antes de que los niveles de CO2 en atmósfera empezaran a aumentar (Stott & alii: 2007). La dinámica del clima es, desde luego, mucho más compleja que decir que el CO2 aumenta y la temperatura sube.
 
C) Incertidumbres del Origen Antrópico:

4. Dudas con la explicación antrópica. El tercer eslabón de la cadena del cambio climático es que el efecto invernadero que está provocando una subida vertiginosa e imparable de las temperaturas está causado por las emisiones de CO2 de origen humano. El problema es que esta relación causal, al igual que la relación proporcional entre temperatura y CO2, no está del todo identificada. Es un hecho que, desde la Revolución Industrial, el hombre ha contaminado la atmósfera, cambiando su composición química (aunque como consecuencia de esto también ha duplicado su esperanza de vida). Pero no está tan claro que las emisiones industriales de CO2 estén detrás del incremento de la temperatura global; porque, como va dicho, el enfriamiento de los años 50 y 60 se produjo en un escenario de notable incremento de las emisiones, así como recíprocamente la crisis del petróleo del 73 no se tradujo en una bajada de los niveles de CO2 ni de la temperatura (aparte de que el CO2 no es tan contaminante como lo pintan: el Mesozoico, una era de vegetación lujuriante, como dice Uriarte (2003), presentó concentraciones de CO2 de 2000 ppm frente a las 380 ppm actuales). No sería todavía necesario recurrir, empero, a la explicación antrópica ligada al CO2.
Detrás de la subida de las temperaturas podrían estar otros factores, tanto naturales como humanos, de muy diversa índole. Por un lado, factores naturales como la radiación solar o los rayos cósmicos (cuyo papel en la formación de nubes ha sido resaltado por el físico Henrik Svensmark dentro de su cosmoclimatología, en vías de ser testada por el CERN). En el clima terrestre existe una fuerte influencia del ciclo solar de 80 años, denominado de Gleissberg, y que en algún momento del pasado ha podido ser tan influyente como el propio forzamiento de invernadero. Además, como anota Sami Solanki (2003 y 2004), la actividad inusual del Sol en los últimos 70 años comparado con los 11000 años anteriores puede estar detrás de hasta el 30% del calentamiento observado desde 1970, es decir, de casi 0.23º C de los célebres 0.74º C de calentamiento global. Por otro lado, procesos de origen humano no relacionados con la emisión de CO2 como el calor antropogénico generado por la urbanización de los continentes o por los cambios en el uso de la tierra pueden estar –como apuntan De Laat & Maurellis (2006)– significativamente detrás del calentamiento, pese a que el IPCC (2007) sólo les atribuye una subida de 0.0006º C/año y mantiene que los efectos de isla de calor son locales y despreciables. Kalnay & Cai (2003) estiman que los cambios en el uso de la tierra, como la urbanización o la agricultura, han sido subestimados y están detrás de un significativo calentamiento de 0.27º C/siglo. Juntando ambos factores, los 0.23º C atribuibles al sol y los 0.27º C atribuibles a los cambios en el uso de la tierra, sólo 0.24º C serían responsabilidad del efecto invernadero provocado por el vapor de agua, el metano y el CO2 entre otros gases{1}.

En España, por concretar, los estudios de Sanz Donaire (2006) y Pérez González (2006) muestran, respectivamente, que el cambio climático no se detecta estadísticamente en el análisis de la variación de las precipitaciones (donde aún podría ser que la variabilidad humana quedara compensada por la natural) ni de la curva de temperaturas de 48 estaciones meteorológicas seleccionadas entre todo el mundo (aunque la muestra sólo abarca hasta 1990). La disparidad apunta, a juicio de los autores, a una modificación de las condiciones climáticas debida al crecimiento urbano –caso de la temperatura– o a otras causas –caso de las precipitaciones– (de esta forma, por ejemplo, el crudo invierno de 2010, con borrascas entrando desde el sur de la Península Ibérica, se explica por la fase negativa de la Oscilación del Atlántico Norte, que es el modo dominante de la variabilidad del clima en la región norte atlántica).

5. Nuestro caótico clima y los límites de la predictibilidad. «La atmósfera es –como señala Martín Vide (2006, 6)– un sistema no lineal… y claramente caótico. En cuanto a esto último, el caos ha de entenderse no como algo aleatorio o desordenado, sino como un tipo de orden sin periodicidad». Una de las principales metas de la investigación puntera es, precisamente, encontrar modelos matemáticos correctos para este clima caótico, a fin de predecir lo imposible: el futuro.

Las herramientas de que disponemos para estudiarlo son, en todo caso, los modelos basados en las ecuaciones físicas del movimiento de un fluido compresible y estratificado –la atmósfera– sobre una esfera rugosa en rotación –la Tierra–. El modelo depende, claro, de las condiciones iniciales y de las condiciones de contorno.

Las condiciones iniciales –por ejemplo, las temperaturas a día de hoy– son de más trascendencia en la predicción meteorológica, mientras que las condiciones de contorno –por ejemplo, los distintos comportamientos del aire según esté en contacto con el océano o con la tierra– lo son más en la predicción climática. Los actuales Modelos de Circulación Global cubren toda la superficie terrestre; pero, como es lógico, dada su extrema complejidad, no tienen solución analítica conocida, y sólo pueden abordarse numéricamente. Naturalmente, esta resolución numérica tampoco es fácil, porque precisa de una increíble labor de cálculo. Además, tiene el inconveniente de que la necesidad de unos tiempos de cómputo razonables exige la consideración de una malla espacial no excesivamente fina (España, por ejemplo, queda cubierta por poco más de una docena de puntos), con la inconfortable artificialidad que esto conlleva.

A día de hoy, en la comunidad científica internacional existen múltiples grupos que han desarrollado modelos para sus investigaciones climáticas. Cada uno de ellos perfecciona los métodos de modelado de los procesos físicos y las técnicas de resolución numérica de las ecuaciones, conforme avanzan el conocimiento observacional y la capacidad simuladora de los ordenadores. Los resultados de los diferentes modelos computerizados no son idénticos y la disparidad refleja el grado de incertidumbre en nuestro conocimiento del clima terrestre. Por ejemplo: Sergey R. Kotov (2001 y 2003) ha considerado los datos de los núcleos de hielo de Groenlandia en términos de la Teoría de los Sistemas Dinámicos y del Caos, en vez de en términos estadísticos, y ha hecho una predicción que sugiere que el actual periodo de calentamiento aún proseguirá durante 200 años, pero será seguido por un periodo de tendencia contraria, de enfriamiento global, de unos 600 años de duración. Los resultados que producen estos modelos son, básicamente, escenarios o simulaciones con un importante componente profético.

De hecho, el Informe de 2001 del IPCC reconoció que la predicción a largo plazo de un sistema no lineal caótico como el clima es imposible, y prefiere emplear el término «proyección» al de «predicción» para referirse a los resultados de los «escenarios». Según asevera uno de los grandes físicos del siglo XX, Freeman Dyson (1999, 12): «Los modelos climáticos son, esencialmente, herramientas para comprender el clima, que todavía no son adecuadas para predecirlo [...] no hay que creerse los números sólo porque salen de una supercomputadora». La sombra de la impredictibilidad de nuestro caótico clima también aconseja prudencia.

3. Cuestiones económico-políticas: si Kioto es la solución, ¿cuál es el problema? De la Thatcher al hacker

Hay quienes piensan que el Cambio Climático podría ser, al igual que la Gripe A, un timo global. La única diferencia es que lo sería a una escala temporal muy distinta. Si éste se ha detectado en poco más de un año, aquél se tardaría en detectar por lo menos cien. El Cambio Climático podría ser un producto meramente cultural, sin contrapartida científica real, a la manera del flogisto o del éter. En consecuencia, convendría dejar de lado el enfoque gnoseológico del problema y asumir un enfoque sociológico. Pasemos, pues, de los modelos a su historia, de la ciencia a la sociedad.

1. Manual del buen ecologista. Habitualmente, los ecologistas suelen –y quien esto escribe puede dar fe de ello como comprobó en el Foro Social Mundial celebrado en Enero de 2010 en el Instituto Lope de Vega de Madrid– tildar a los escépticos de negacionistas o «eco-fascistas» (sic). Por una parte, afirman –envueltos por completo en una suerte de fundamentalismo científico– que el cambio climático es tan verdad como la gravedad. Sin ir más lejos, el activista George Monbiot escribía en The Guardian con fecha de 18 de enero de 2010: «La evidencia del calentamiento global es tan fuerte como la que vincula el tabaco con el cáncer de pulmón o el VIH con el SIDA». Mientras que el IPCC (1990) hablaba de que el calentamiento observado podía ser fruto de una variabilidad natural, el IPCC (1995) sugería una posible influencia humana y el IPCC (2001) sustentaba que había nuevas evidencias de ello, el IPCC (2007) defiende ya que el calentamiento reciente tiene origen humano con un 90% de seguridad. De este modo, los ecologistas responden sistemáticamente que doctores tiene el Santo IPCC que sabrán contestar las preguntas incómodas que se les formulen (pese a que el IPCC sea un órgano más político que científico, como quedó probado tras que el experto en huracanes Chris Landsea desertara por su politización).

Por otra parte, los ecologistas abrazan una lectura puramente sociologista en que la explicación de que este científico o aquel medio de comunicación sean escépticos o, simplemente, prudentes con el cambio climático se debe a que poseen intereses ocultos relacionados con el carbón o el petróleo. Así, el geólogo australiano Robert M. Carter, el climatólogo del MIT Richard S. Lindzen o el arriba antedicho Steven McIntyre trabajarían para compañías mineras y estarían pagados en último término por Exxon. Todo esto dicho sin reparar, por ejemplo, en que los estudios de éste último hicieron, primero, rectificar a Michael Mann su palo de hockey y escribir un corrigendum en Nature del que el IPCC (2007) acabó haciéndose eco, y, segundo, echar marcha atrás a James Hansen del GISS en su afirmación de que el año más caliente del siglo XX en EE.UU. había sido 1998, cuando había sido 1934, dado que –según probó McIntyre en una especie de auditoría– el efecto 2000 había modificado las estadísticas de la NASA. Además, pese a las críticas de vendidos a las petroleras, suele olvidarse que a día de hoy resulta más fácil conseguir financiación para una investigación a favor que en contra del calentamiento global. A su vez, dentro de los medios de comunicación, Alberto Recarte o Gabriel Calzada de Libertad Digital tendrían supuestamente acciones en una importante cementera, dicen. Pero, ¿por qué los ecologistas no escuchan? ¿Por qué, por encima de los intereses subjetivos que atribuyen gratuitamente, no contestan a las argumentaciones objetivas que puede haber detrás? El sociologismo ecologista se resuelve, en definitiva, en retórica en lugar de dialéctica.

Y, sin embargo, los mismos ecologistas no son simétricos en sus análisis. No guardan la debida simetría entre afirmacionistas y negacionistas. Cuentan cómo Libertad Digital o Telemadrid manipulan las noticias relacionadas con el calentamiento global, pero no dicen ni palabra acerca de cómo El País y El Mundo acallaron durante días la noticia del cracker que había encontrado e-mails comprometedores entre algunos gerifaltes del Cambio Climático. O, por proseguir con la lectura sociologista, cómo muchos de los defensores de Kioto poseen fuertes intereses en la energía nuclear y en las energías renovables.

Y esto por no mentar los vaticinios de los «algoreros» que se han revelado falsos: a) la idea de que las guerras del futuro serán medioambientales debido a la escasez de agua olvida que con el calentamiento global se incrementarán las precipitaciones al aumentar la evaporación con la temperatura; b) la Antártida no se está deshelando, como el propio Informe de 2007 del IPCC reconoce; c) las alarmantes temperaturas de Groenlandia son similares a las que se dieron en los años 30; d) el retroceso de la banquisa ártica no es nuevo, porque sabemos por el estudio de fósiles de ballenas jorobadas migratorias que el paso del noroeste estaba abierto hace unos 9500 años; e) el deshielo de los glaciares del Himalaya es físicamente imposible que se produzca en 2035, como predijo Al Gore –alias, como especifica Rodríguez Pardo (2008), Joaquín de Fiore por su milenarismo– y ha reiterado el IPCC (2007), haciendo caso a informes de activistas en vez de a estudios científicos (Eilperin & Fahrenthold: 2010); y f), por no seguir, el IPCC (2007) ha reducido la subida del nivel del mar en los próximos cien años que adelantó Al Gore en su película Una verdad incómoda –una especie de Fahrenheit 9/11 de Michael Moore en clave climática– de 7 metros a 0.34 metros, reduciendo a su vez la cifra del IPCC (2001) de 0.49 metros (y donde a veces se olvida que si el nivel de las aguas sube no será por el deshielo del Ártico –cuyo hielo ya está flotando– sino por la dilatación térmica del agua).

En España, esto último ha sido especialmente gravoso, con el fotomontaje diseñado por ordenador que Greenpeace difundió en que la Manga del Mar Menor aparecía completamente anegada por las aguas, y que ha acabado en los tribunales (donde se ha dictaminado que Greenpeace España ha actuado negligentemente). Lo peor no es sólo que los ecologistas aumentaran 10 metros el nivel del mar para asustar, sino que se saltaran a la torera lo que cualquier geólogo sabe a ciencia cierta: la Península Ibérica está basculando y el ritmo de ascenso de las costas del sur y del levante es mayor que el de las aguas (basta pensar que Colón salió del Puerto de Palos hace cinco siglos y, hoy día, Palos está tierra adentro). La pregunta válida ante esta telebasura fabricada sigue siendo la de Lenin: ¿qué hacer?

2. De la Thatcher al hacker. El ecologismo es, desde luego, una de las pocas señas de identidad que le quedan a la izquierda homologada («los verdes son como las sandías: verdes por fuera, rojos por dentro»). Pero lo mejor del caso es que, en lo que atañe al cambio climático y al calentamiento global, la figura responsable de ello es una que ningún antiglobalización quisiera ver ni en pintura: Margaret Thatcher, máximo exponente del Neoliberalismo Conservador europeo (Neo-Con).

Margaret Thatcher es la madre putativa de la teoría del calentamiento global, reivindicada hasta por la prestigiosa revista Nature en un editorial del 2 de Noviembre de 2006. La Dama de Hierro conocía bien, al llegar al poder en 1979, cómo las huelgas de los mineros ingleses habían derribado al gobierno tras la crisis del petróleo del 73. A resultas de esto, decidió potenciar la energía nuclear y el gas escocés frente al carbón y el petróleo, a fin de aflojar la dependencia del Reino Unido de estas energías fósiles y, de paso, desactivar los sindicatos mineros, mediante un programa inexorable de cierre de minas. Buscando un clima propicio en la opinión pública, Thatcher, antigua licenciada en Química, propició e impulsó la teoría del calentamiento global, pese a que a principios de los 80 la teoría en boga era precisamente la contraria –la teoría del enfriamiento global, junto a los modelos de invierno nuclear–, puesto que la temperatura media llevaba bajando desde los 40 y sólo recientemente había repuntado. La financiación de trabajos en esta dirección era políticamente útil, por cuanto relacionaba las emisiones de CO2 con un peligroso aumento de la temperatura, y así ponía de manifiesto los efectos nocivos del carbón.

En 1988, tras haber ganado la Coal War en 1984 (la huelga de casi doce meses de los mineros ingleses que dejó las casas sin carbón en invierno), Margaret Thatcher pronunció un famoso discurso ante la Royal Society en que señalaba al calentamiento global, el agujero de ozono y la lluvia ácida como líneas prioritarias de investigación y problemas medioambientales de primera magnitud. Con sus propias palabras:

«Recently three changes in atmospheric chemistry have become familiar subjects of concern. The first is the increase in the greenhouse gases –carbon dioxide, methane, and chlorofluorocarbons– which has led some to fear that we are creating a global heat trap which could lead to climatic instability. We are told that a warming effect of 1°C per decade would greatly exceed the capacity of our natural habitat to cope. Such warming could cause accelerated melting of glacial ice and a consequent increase in the sea level of several feet over the next century. […] The second matter under discussion is the discovery by the British Antarctic Survey of a large hole in the ozone layer which protects life from ultra-violet radiation. We don’t know the full implications of the ozone hole nor how it may interact with the greenhouse effect. Nevertheless it was common sense to support a worldwide agreement in Montreal last year to halve world consumption of chlorofluorocarbons by the end of the century. […] The third matter is acid deposition which has affected soils, lakes and trees downwind from industrial centres. Extensive action is being taken to cut down emission of sulphur and nitrogen oxides from power stations at great but necessary expense. […] We need to identify particular areas of research which will help to establish cause and effect. We need to consider in more detail the likely effects of change within precise timescales. And to consider the wider implications for policy –for energy production, for fuel efficiency, for reforestation. This is no small task, for the annual increase in atmospheric carbon dioxide alone is of the order of three billion tonnes. And half the carbon emitted since the Industrial Revolution remains in the atmosphere. We have an extensive research programme at our meteorological office and we provide one of the world’s four centres for the study of climatic change.»

[www.margaretthatcher.org/speeches/].

Con este discurso, leído el 27 de Septiembre de 1988, Margaret Thatcher se convertía en la primera jefa de gobierno en apadrinar públicamente la lucha contra el Cambio Climático. Sólo habían pasado dos meses desde que James Hansen (actual director del GISS) testificara al respecto, sin demasiado éxito, ante un comité del Senado de los EE.UU. Los ejes de este speech se repetirían en la Conferencia Anual ante el Partido Conservador del 14 de Octubre de ese mismo año, donde se comprometería a reducir el uso de combustibles fósiles y apostaría por la energía nuclear («We will work to cut down the use of fossil fuels, a cause of both acid rain and the greenhouse effect. And that means a policy for safe, sensible and balanced use of nuclear power. [Clapping]»), así como ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en Noviembre de 1989.

Dos años después, en 1990, Thatcher creó, a partir de una unidad especial para el estudio de modelos climáticos formada ya en 1988 en el Instituto Británico de Meteorología, el Centro Hadley para la Predicción e Investigación del Clima, uno de los puntales del actual IPCC de la ONU. Precisamente, uno de los principales auspiciadores del IPCC fue Sir Crispin Tickell, embajador del Reino Unido ante la ONU entre 1987 y 1990 (durante el último mandato de Thatcher), y fichado por la Dama de Hierro para asesorarla en cuestiones de cambio climático, economía y política (como ella misma cuenta en sus memorias: The Downing Street Years). Tickell era famoso desde 1977 por un libro, reeditado en 1986, titulado Climate Change and World Affair, donde profetizaba el calentamiento global (recientemente ha publicado Kioto2, tras una extensa carrera dedicada al periodismo ecológico donde también ha tenido tiempo para ser candidato a las elecciones generales en el Reino Unido por el Partido Verde en 2001). Tickell fue uno de los artífices de la creación del IPCC, bajo la presidencia fundacional de Bert Bolin –pionero en relacionar CO2 y temperatura– en 1988 (véase el documental El timo del calentamiento global de Martin Durkin). Con la caída de Margaret Thatcher y la llegada al poder de John Major en 1990, el interés por el cambio climático decayó notablemente en el Reino Unido. Quizá porque la transformación energética ya estaba realizada.

La política predominó, insisto, sobre la ciencia desde el comienzo de la lucha contra el cambio climático. Una contraprueba podemos encontrarla en lo que se ha llamado «Climategate» o «Watergate climático»: un hacker pirateó, en Noviembre de 2009, el servidor de la Universidad de East Anglia en el Reino Unido, que junto al Centro Hadley y al GISS constituye los pilares del IPCC de la ONU. Los correos cruzados entre los científicos muestran cómo estos discuten la posibilidad de manipular o cocinar ciertos datos y ciertas gráficas a fin de que cuadren con la teoría aceptada del calentamiento global (táctica, por otra parte, típica de los paradigmas, como sabemos desde Kuhn). Así, hay un correo del mentado Michael Mann en que éste aboga por «contener» la temperatura del Periodo Cálido Medieval. En otro, un colega se refiere al «truco de Mike» para elaborar el palo de hockey. Tom Wigley le comenta a Phil Jones, ex-director de la unidad climática (dimitido), que el calentamiento de la tierra ha sido el doble que el de los océanos, un dato que no debería salir a la luz porque apoyaría a los que defienden que los centros urbanos sesgan la temperatura global a causa del efecto isla de calor. Kevin Trenberth deja constancia, por su parte, de que la ausencia de calentamiento en los últimos años es inexplicable. En general, estos correos ponen de manifiesto la lucha intestina entre partidarios y escépticos del calentamiento global para copar las publicaciones de impacto, los medios de comunicación y, en especial, la opinión pública. Tal vez, el contenido de estos e-mails se ha exagerado, pero muestran la falta de simetría en el tratamiento de afirmacionistas y negacionistas (http://www.eastangliaemails.com).
 
3. De Montreal a Kioto. La Conferencia sobre Medio Ambiente de Naciones Unidas celebrada en 1972 en Estocolmo canonizó el principio de precaución como guía de las políticas medioambientales. Los bienes públicos medioambientales tenían que ser regulados internacionalmente para evitar los fallos del mercado. En la década de los 80, la negociación en 1987 y la entrada en vigor dos años después, en 1989, del tratado internacional conocido como Protocolo de Montreal, para eliminar los CFCs y proteger la capa de ozono, supuso el primer paso en esta dirección. Con la creación, en 1988, del IPCC –cuyos informes se han ido sucediendo: 1990, 1995, 2001 y 2007– la lucha contra el Cambio Climático desde la ONU también echó a andar. La Cumbre de Río de 1992 constituyó un hito (no en vano se la conoce como la Cumbre de la Tierra); porque se aprobó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que había elaborado ese grupo de expertos. Cinco años después, durante la Tercera Conferencia de las Partes, en 1997, se acordó el llamado Protocolo de Kioto, cuyo fin era reducir en un 5,2% las emisiones globales de los gases más importantes de efecto invernadero durante el promedio 2008-2012 en relación a las emisiones del año base, 1990. Este tratado requiere una reducción modesta de las emisiones en algo más de 1000 millones de toneladas de CO2 (aunque los seres humanos, sólo por respirar, emitimos unos 2500 millones anuales). En 2004, con la firma del Protocolo por la Federación Rusa, Kioto entró en vigor, puesto que ya lo habían ratificado más de 55 de los 167 países miembros de la Convención Marco.
El quid de la cuestión es que, como señalamos en la Sección 1, el problema del Cambio Climático presenta varias caras, y a las incertidumbres científicas del Calentamiento Global hay que añadir las incertidumbres relativas a los costes y beneficios del Protocolo de Kioto. Mientras que el Protocolo de Montreal generó un rápido consenso, porque sus costes no eran a fin de cuentas excesivos, los costes del Protocolo de Kioto sí lo son. De hecho, como apunta Lomborg (2005, 414), el IPCC ha dedicado de siempre poca atención a esto último; puesto que el objetivo de estudio del grupo III de trabajo cambió, en 1996, de la valoración socioeconómica a la evolución de las opciones de control y mitigación del cambio climático. Lo cual no deja de ser sorprendente, por cuanto la Economía pasa por ser una de las ciencias universales de nuestro tiempo, reconocida entre los Premios Nobel, y que por tanto tendría que tener su lugar dentro del grupo de expertos que abordan el Cambio Climático desde un punto de visto «científico».
En líneas generales, Kioto está trazado bajo la idea de que quien contamina, paga. El problema estriba en que, pese a que los daños por el cambio climático son supuestamente mayores que los costes del Protocolo (así lo mantiene el controvertido Informe Stern de 2007, encargado por el Reino Unido, y que cifra los daños de no hacer nada entre el 5% y el 20% del PIB mundial), su implementación tan solo reduciría el calentamiento global esperado en 2100 en 0.18º C, es decir, de 2.6º C a 2.42º C, en nada realmente significativo, pues el calentamiento sólo se retrasaría en unos seis años y en 2106 ya alcanzaríamos esa temperatura (Sala-i-Martín: 2007, IV). La comparación de los costes del Protocolo (hasta un 4% del PIB mundial) y de los beneficios de su implementación (una diferencia de 0.18º C entre ponerlo y no ponerlo en práctica) no es, por tanto, concluyente. Es más, si se piensa que la lucha contra el cambio climático no es sólo monetaria, sino que también existen costes no monetarios, en vidas humanas, el balance tampoco es concluyente: la cifra de fallecimientos atribuibles al cambio climático es relativamente poco importante en comparación con las producidas por las enfermedades que aún asolan el Tercer Mundo. Las muertes achacables al cambio climático no llegan siquiera al 5% de las muertes causadas por el SIDA (San Martín González & García-Verdugo Sales: 2006, 254-259). Lo que puede decantar la dedicación de los recursos disponibles a tareas más urgentes. Según ese «ecologista escéptico» llamado Bjorn Lomborg (2008), con la mitad del gasto total que supondrá Kioto (unos 8 billones de dólares) podría paliarse el hambre en el mundo. Porque, quizá, el hambre, junto al control de la natalidad, sean los verdaderos problemas del Tercer Mundo, y no el cambio climático o el respeto al medio ambiente. No en vano, frente a tanta «eco-hipocresía», África no necesita «agricultura ecológica» sino agricultura a secas y, análogamente, China e India exigen que se les deje contaminar para progresar como en su momento histórico hicieron Europa y Estados Unidos. En consecuencia, lo interesante sería más bien favorecer la transferencia de tecnologías no contaminantes a los países del Segundo y del Tercer Mundo, al tiempo que promover el ahorro energético –así como la energía nuclear inteligente y las energías renovables (hidráulica, eólica, solar)– e investigar la fusión nuclear en el Primer Mundo.

Pero, como decíamos, la cara económica está intrincada con otras, especialmente con la cara política («toda economía es, en el fondo, economía-política»). Pasemos, pues, del análisis económico al análisis político de Kioto. ¿Qué nos descubre una mirada desde el materialismo histórico? Muchas cosas. Y algunas de ellas bastante sorprendentes…

¿Por qué la Unión Europea y EE.UU. –secundado por Australia–, los dos principales emisores mundiales de gases de efecto invernadero (del 14,1% y del 23,4% respectivamente en 1990), y que son los que soportan el mayor peso económico de Kioto, mantienen posturas diametralmente opuestas con respecto al Protocolo? Respuesta idealista: porque los europeos están más sensibilizados con el medio ambiente y la ecología que los americanos. Respuesta materialista: porque los Estados con más peso en la UE –Alemania, Francia y Reino Unido– no se van a ver obligados a realizar tanto esfuerzo como parece para cumplir Kioto.
En efecto, desde 1990, el año base del Protocolo, han pasado muchas cosas en el mapa geopolítico. Con la caída del Muro en 1989 y la reunificación en 1990, la ineficiente industria pesada de la Alemania Oriental comenzó a ser desmantelada debido al colapso económico, y con ello obviamente descendieron las emisiones: en 1997 las emisiones de la nueva Alemania ya estaban un 12% por debajo de las del año base de Kioto, 1990. En el caso de Francia, para 1997 se había producido una estabilización de las emisiones (sólo +1,5%), debido al cambio en la fuente de suministro de energía primaria: en 2000 la energía nuclear representaba ya el 40% del consumo total francés. En el caso Reino Unido, para 1997 las emisiones habían experimentado una fuerte bajada del 6,8%, gracias a la previsora política energética de la ecologista Margaret Thatcher, consistente en la sustitución del carbón por el gas natural, que en 2000 copaba ya el 41% de la tarta energética británica. Y, finalmente, el apoyo dado a Kioto por los países de la antigua URSS se explica porque el desmantelamiento de la industria soviética ha producido un excedente de más de un 30% en las emisiones de CO2, que estos países –Rusia, Ucrania, &c.- han comenzado a vender en el mercado de derechos de emisión, obteniendo como ganancia hasta un tercio del PIB de Grecia (San Martín González & García-Verdugo Sales: 2006, 260 y ss.).

En resumen, Reino Unido, Francia y Alemania, así como Rusia, firmaron Kioto porque ya tenían parte del trabajo hecho, porque se fijaron objetivos que fácilmente iban a cumplir, y porque además iban a poder sacar beneficios con la venta de los derechos de emisión sobrantes. Y todo gracias, en el Reino Unido, al gas escocés; en Francia, a la energía nuclear pura y dura; y en Alemania y en Rusia, a la desindustrialización. Por su parte, EE.UU. y Australia no han ratificado Kioto –caso de EE.UU.– o lo han hecho muy tarde –caso de Australia– porque usan con profusión el carbón –EE.UU. es el segundo consumidor, sólo superado por China, y Australia es el primer exportador mundial–. Estos Estados no perciben el Protocolo como una inversión rentable. Obama, por ejemplo, tendría que retirar importantes partidas de gasto público dedicadas a pensiones, educación o sanidad para cumplir con Kioto, mediante la compra masiva de derechos de emisión, algo que el electorado norteamericano le reprobaría, y lo que explica la «falta de compromiso» de que le han acusado en la reciente XV Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático (o XV Conferencia de las Partes), celebrada en Diciembre de 2009 en Copenhague, en medio de la crisis económica mundial. En suma, las distintas reacciones de los Estados ante Kioto se explican, no por una suerte de generosidad o sensibilidad ecológica más o menos acusada, sino por toda una serie de intereses egoístas: los Estados no conviven en armonía, sino que compiten por su eutaxia en biocenosis.
 
Y, ¿qué decir de España? España firmó Kioto bajo el mandato de Aznar dejándose llevar (por firmar que no quede), aunque tampoco tenía el peso político para hacer otra cosa. Pero el PP no hizo nada durante su gobierno para cumplirlo, porque sabía del alto coste que iba a tener para nosotros (a diferencia de para nuestros civilizados vecinos europeos, que no lo negociaron tan ingenuamente como se cree). En cambio, Zapatero y el PSOE han hecho de Kioto su bandera, y los planes de emisiones de Narbona y de eficiencia energética trazados por Sebastián suponen el exponente de sus medidas. Pero España es el país que más ha incrementado sus emisiones desde 1990 (+45%). Kioto fue un objetivo mal negociado para nosotros; porque en 1990, el año de referencia, España era el país con la cuota de emisiones anuales por habitante más baja de la Unión Europea, y sólo se le permitió ampliarlas en un 15% sin reparar en que España iba a crecer sobremanera a finales del siglo XX y durante los primeros años del siglo XXI. Ahora, en 2010, cuando la Cumbre de México (la XVI conferencia de las Partes) se acerca, el riesgo de apretarse el cinturón y cumplir Kioto es que puede favorecer la deslocalización de empresas españolas a Marruecos, donde no habrá recortes ecológicos. Pero, tal vez, la brutal crisis económica que sacude España sea el modo de reducir las emisiones que ha pensado sesudamente Zapatero-Alicia, puesto que la recesión va a provocar una caída de hasta el 6% en la cuota de emisiones. No hay mal que por bien no venga.

4. Cuestiones filosóficas: el Mito de la Naturaleza como envoltura nematológica del Ecologismo

Una de las causas, si no la principal, por la que el «Cambio Climático» se ha convertido en uno de los temas estrella de esta primera década del siglo XXI es, otra vez, de signo sociológico. Cualquier episodio meteorológico extremo, que se salga de lo normal, aunque por definición no tenga nada que ver con el cambio climático (porque el clima es el estado más frecuente, es decir, menos anómalo de la atmósfera sobre un lugar), puede ser grabado por un videoaficionado y posteriormente emitido por las televisiones de medio mundo. Así, por ejemplo, los medios de comunicación atribuyeron sin más al Cambio Climático el tsunami de Indochina de 2004 o –como también hiciera Al Gore en su película Una verdad incómoda– los daños en Nueva Orleans ocasionados por el Huracan Katrina en 2005. Sin embargo, el cambio climático no fue el culpable de estas catástrofes, ya que la primera fue de origen sísmico y la segunda se debió más bien a que los diques estaban en mal estado.

Ahora bien, este alarmismo está más próximo a la ideología que a la ciencia a la hora de enjuiciar el estado real del mundo. De todos modos, las profecías agoreras y catastrofistas no son nuevas: primero fue Malthus, quien profetizó que el aumento de población acabaría con los recursos alimentarios, pero la fabricación de abonos químicos y, a día de hoy, de transgénicos han alejado este riesgo; después fue Jevons, que hizo cundir el pánico al señalar el agotamiento del carbón, pero los descubrimientos de la electricidad y los combustibles hidrocarburos, así como de la energía nuclear, dieron nuevas alas a la revolución industrial del XIX en el XX; y, por no seguir, el Club de Roma, que estimó a la baja los recursos energéticos restantes (sin contar, por ejemplo, con los del Ártico). Todos se olvidaron de la sentencia de Hegel: «Cuando el hombre convoca la técnica, la técnica siempre comparece».

Pero la nueva religión laica del Cambio Climático arraiga en uno de los mitos filosóficos por excelencia: el Mito de la Naturaleza, consistente en el uso que desde hace siglos se hace de la Naturaleza –con mayúscula– como una suerte de madre (o, a veces, madrastra) que todo lo envuelve (cf. Teatro Crítico, Debate nº 51, miércoles 3 de diciembre de 2008, http://www.teatrocritico.es). El ecologismo es una modulación positiva del mito de la Naturaleza en cuanto opuesto al mito de la Cultura. El mito toca la fibra de múltiples movimientos ecologistas –como señala Bueno (2001)– por cuanto éstos sienten una cierta nostalgia de la barbarie y, al igual que Rousseau (calificado de sofista por Feijoo), creen que la civilización ha hecho más daño que beneficios a la Humanidad (también con mayúscula). El mito está funcionando, pero nadie se da cuenta de sus inconsistencias; porque –como apunta Latour (2007)– la división tradicional del trabajo (para los científicos, la gestión de la naturaleza; para los políticos, la de la sociedad y la cultura) no explica la proliferación de híbridos, de objetos que no proceden de la Naturaleza ni de la Cultura (la contaminación de los ríos, los embriones congelados, el agujero de ozono, el virus N1H1, &c.).

Las raíces del mito están, atravesando la Natura latina, en la Physis griega, porque el mito cristalizó filosóficamente con Aristóteles (González Hevia: 2007). Paralelamente, la Naturaleza se fue coordinando con los valores de lo sagrado (númenes, fetiches y santos): por ejemplo, todas las órdenes monásticas terciarias, sean cristianas, budistas o taoístas, se retiraban al desierto, a tierras salvajes o vírgenes, a meditar. En el taoísmo, por ejemplo, el símbolo de la perfección espiritual es un hombre retirado a las montañas. Es la descansada vida de Fray Luis de León. Sin embargo, desde una perspectiva materialista, hay que decir que el romanticismo con que los ecologistas contemplan la naturaleza salvaje se traduce para los habitantes del Tercer Mundo en la obligación de seguir teniendo leones y monos en el jardín de su casa.

El ecologismo y la preocupación por el cambio climático son, por consiguiente, uno de los temas culturales más presentes en la ideología de las élites de políticos, periodistas y, sobre todo, del público indocumentado. Con palabras de Bueno (2007):

«El mito de la Naturaleza, sobre todo en la versión apocalíptica de tantos políticos del presente (señaladamente Al Gore, último Premio Príncipe de Asturias), constituye uno de los hilos fundamentales de esta nebulosa ideológica. En general muy pocos miembros de esta nebulosa entrarán en el debate científico sobre la cuestión, y ni siquiera se citarán obras recientes de divulgación sobre el asunto […] Incluso miembros de la élite afines al PP considerarán desde luego las recientes declaraciones de Mariano Rajoy que ponían en duda la visión apocalíptica del cambio climático, como un «patinazo», dando por supuesto que lo era, en lugar de tratar de justificar las razones objetivas que podrían apoyar esta opinión. Las élites mediáticas se adhieren también incondicionalmente a la cruzada antitabaco, a la cruzada antinuclear o a la cruzada anti CO2.»

El mito del Cambio Climático formaría parte de la constelación aureolada de la ideología antiglobalización, que concibe al capitalismo como un depredador y a Kioto como una hetería soteriológica, cuya realización pide en un futuro más o menos distante a fin de garantizar la salvación del Género Humano. Pero quizá, sus cofrades sólo sean una suerte de «tontos útiles», que sin ser conscientes de ello están alimentando una estrategia geopolítica para prevenir desde el Primer Mundo el desarrollo del Segundo y del Tercero mediante recortes «verdes».

5. Conclusión

Retomando la imagen del tetraedro con que comenzamos, cabe concluir que efectivamente no todas las caras del problema del Cambio Climático son iguales, pesan o importan lo mismo. Si las ordenamos por tamaño/peso (de mayor a menor), obtenemos lo siguiente:
1º Cara Política
2º Cara Filosófico-Ideológica
3º Cara Económica
4º Cara Científica

Lo que ilustra que, al final, después de todo, la Ecología y la Economía están subordinadas a la Política. El Clima y el Mercado, por así decirlo, al Estado. Nada nuevo bajo el sol.
 
Figura 13. La central térmica londinense de Battersea contaminando con CO2,
según la célebre portada del disco Animals de Pink Floyd
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Webs consultadas:
GISS (N

Notas:

Fuente: http://www.nodulo.org/ec/2010/n098p15.htm

SPAIN.  30 de abril de 2010

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