Filosofía, ¿para qué?

Filosofía crítica y profesores de filosofía en los institutos

«La supresión de la disciplina filosófica
en la Academia es un acto de barbarie.»
Gustavo Bueno

[El presente artículo surgió como una reacción a la desaparición o disminución de la filosofía en los institutos con la LOMCE o Ley Wert. Se creyó conveniente hacer un comentario sobre el asunto (no sobre la integridad de la Ley). El cauce para ello iba a ser la sección de Cartas al director de un periódico, pero a medida que se iba alargando e introduciendo referencias concretas al materialismo filosófico, parecía que pudiese ser pertinente traerlo aquí, y entonces, y aún sin desarrollar por extenso o compendiar detalladamente muchos de los supuestos y premisas que están detrás de este escrito (es un escrito «de urgencia»), sí se podía introducir alguna que otra cita, que en un diario hubiera sido más difícil y más esquemático.]

Suele ser complicada la elaboración de una ley, sea del tipo que sea, y en muchos casos resulta, a la postre, polémica. En el caso de la educación española lo es aún más, entre otras cosas por el «espíritu de partido» de la partitocracia española, que lleva a una cerril y sectaria visión de la realidad (en el anteproyecto de esta nueva ley educativa se dice que «es necesaria una reforma del sistema educativo que huya de los debates ideológicos que han dificultado el avance en los últimos años»). Queremos decir que gobernar no es tarea en absoluto fácil, exige meterse en harina, ensuciarse las manos y decidir, lo que conlleva necesariamente que no van a gustar a todo el mundo las decisiones adoptadas (acordémonos de la segunda fábula de El conde Lucanor de Don Juan Manuel: la del padre, el hijo y el burro).

Estos últimos días está de actualidad el ministro y sociólogo Wert por salir publicado el Anteproyecto o borrador (ya van tres) de lo que va a ser la LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa). En realidad, si se ha montado un guirigay mediático contra Wert (acusándole de franquista: así, por ejemplo, el programa La Tuerka, titulando una de sus ediciones como «¿Franco ha Werto? Las reformas de Wert», del 12 de diciembre de 2012) ha sido como consecuencia de la podredumbre o del estado absolutamente corrupto en el que está inmersa la sociedad española, y donde se ha llegado a límites tales como ver como algo absolutamente normal que en Cataluña se deba estudiar exclusiva y obligatoriamente en catalán y no en español, privando a los alumnos de estudiar en español ¡en España! (ejemplos de denuncias de padres que no pueden escolarizar a sus hijos en español hay a patadas –y no sólo en Cataluña–). Y máxime cuando el Anteproyecto se dedica a poner paños calientes y a hablar de «proporciones equilibradas» y «proporción razonable» (págs. 60 y 61 del segundo borrador, el del 3 de diciembre) en cuanto al español (castellano) y la lengua cooficial de turno se refiere.

Así las cosas, y con la campaña de inmersión lingüística y de manipulaciones históricas (efectuadas durante décadas), inventándose cuanto se antoje… con toda esa propaganda, decimos, cualquier intento de siquiera poner «un poco de por favor» (como se decía en una serie televisiva de hace unos años), es decir, de sentido común (el sentido común propio de la nación española, de España, el que garantiza el derecho –para lo que nos atañe aquí– de estudiar en español), de frenar el control absoluto nacionalista (con fines secesionistas) en cuanto a educación se refiere, será visto como un ejemplo de involución democrática, de la vuelta de la derecha «de siempre», la extrema derecha…, el fascismo…

En España, en los últimos tiempos, se han sucedido las leyes educativas de la Ley General de Educación (1970, de Villar Palasí), la LODE (Ley del Derecho a la Educación, 1985), la LOGSE (Ley Orgánica General del Sistema Educativo, 1990), la LOCE (Ley Orgánica de la Calidad de la Educación, 2002, que no llegó a instaurarse), la LOE (2006) y ahora la LOMCE. Hay que empezar diciendo que no es seria tal cantidad de cambios en leyes educativas en tan pocos años. Si bien no hay por qué mantener una línea que se considere errada (ya que esa coherencia puede ser fatal; si va mal, habrá que cambiarla y no estar presos del formalismo), el caso español muestra muy bien (el ejemplo de la LOGSE es de sobra conocido) cómo no puede sorprender a nadie los resultados del Informe PISA, donde los estudiantes españoles están a la cola en cuanto a distintos saberes y destrezas se refiere (competencias lectora, matemática y científica).

El asunto es que, a la hora de afirmar qué peso van a tener, o no van a tener, unas asignaturas u otras, hay que mojarse. El hecho de que el latín, el griego o las matemáticas sean obligatorias en el bachillerato, o no, qué peso otorgar al idioma extranjero, &c., es una cuestión que hay que decidir. Y como venimos diciendo, es difícil (no es ahora el momento para desarrollarlo, pero sí el de apuntar la perniciosa separación de «las dos culturas», de las que habló Snow). Y aquí resulta oportuno que contemos una anécdota. Hace años una estudiante de plástica, música o dibujo (no lo recordamos con precisión) venía recolectando firmas para que «su» asignatura se impartiera en los institutos como obligatoria (para que tuviera oportunidad de opositar tras acabar la licenciatura en esa especialidad). Nosotros le explicamos que era legítimo su proyecto (en plan gremialista) pero que las cosas no eran tan sencillas ni fáciles. El de Imagen Audiovisual reclama también su espacio o más horas lectivas, el de Tecnología, el de Educación Física, &c., las asignaturas están en competencia por la vida, y con un límite temporal a la semana (no cabe meter setenta horas a los alumnos), y esa dialéctica es la que hay que tener presente. El caso es que la joven se marchó enfadada (no sabemos si también indignada) porque no le firmamos la hoja…

En fin, dicho todo esto, llegamos al punto donde queríamos comenzar. El ministro Wert se ha mojado, y ha decidido que la filosofía sobra en los institutos (pero veremos que no del todo, ni mucho menos). Al menos como obligatoria (en 1º de bachillerato lo seguirá siendo). ¿«La» filosofía? ¿Acaso hay solo una? ¿De verdad sobra? ¿Qué sentido tiene hoy la filosofía si todo el mundo es filósofo? Digamos algo sobre esto pero antes aclaremos cómo quedan en la nueva ley las asignaturas impartidas hasta la fecha por los departamentos de filosofía.

La asignatura de 4º de la ESO de Ética (en los últimos tiempos, Educación ético-cívica) desaparece como obligatoria, y lo mismo sucede con la Historia de la filosofía de 2º de Bachillerato, hasta ahora común a los cuatro modalidades de bachillerato. La asignatura de 1º de Bachillerato Filosofía queda como está (obligatoria en todos los bachilleratos). Se suprimen como obligatorias la Ética de 4º y la Historia de la Filosofía de 2º (más la eliminación de Educación para la Ciudadanía en cualquiera de los tres primeros cursos de la ESO), pero pasa a ofertarse una asignatura de Filosofía como optativa en 4º de la ESO y en 2º de Bachillerato. En el primer caso, es una optativa entre ocho posibles para escoger de mínimo una y máximo tres; y en el segundo, es una optativa entre catorce para escoger dos o tres. Y figurará como optativa siempre y cuando la Comunidad Autónoma y el Centro Educativo la oferten. Finalmente, como alternativa a Religión se impartirá Valores Éticos, que si suponemos que se le asigna a los departamentos de Filosofía, recibirán un montón de horas que antes no tenían. Así, se eliminaría la Ética y la Historia de la Filosofía pero se introduciría Valores Éticos. Lo comido por lo servido. Incluso habrá quien piense que incluso de implementa el peso de los departamentos de filosofía al estar Filosofía como optativa en 4º de ESO y 2º de Bachillerato (siempre y cuando, recordemos, se oferte).

Presentado el estado de la cuestión cabe preguntarse, ¿por qué se elimina la Historia de la Filosofía? ¿Acaso debiera haberse hecho antes? ¿Sencillamente se hace porque hay cosas más importantes que ésta en nuestro presente? Precisamente las coordenadas de nuestro presente son las que hacen que se considere prescindible una Historia de la Filosofía en el Bachillerato español. Podríamos empezar por el propio hecho de que el bachillerato son dos años, por más que en este último intento haya un amago de que se convierta en tres (y eso sería imprescindible como eslabón en caso de pretender aumentarlo aún más). Y la filosofía se considera vulgarmente como un saber inútil, un saber sobre nada. A ello han contribuido mucho los profesores de filosofía realmente existentes y algunos (o bastantes) de los filósofos media. El asunto que tenemos entre manos es nada más y nada menos que el del papel de la filosofía en el conjunto del saber y en el conjunto de la educación.

En 1968 Gustavo Bueno escribió su primer libro (no «de texto») y lo entregó a la editorial (aunque saldría publicado dos años después). Llevaba por título El papel de la filosofía en el conjunto del saber. Es un libro excelente, de trescientas páginas, muy heterogéneo, una miscelánea donde se apuntan multitud de cosas que ulteriormente irá desarrollando Bueno con el paso de los años. Una auténtica obra seminal, donde se puede leer tanto apuntes críticos sobre el páramo o tiempo de silencio franquista como una ilustración de la Iglesia Católica y la Unión Soviética en cuanto instituciones totalizadoras (recientemente, en la conversación con Javier Pérez Jara titulada «Sobre el rótulo materialismo filosófico», ha expresado Bueno que evidentemente no son comparables una con la otra, y aunque entonces estaba in medias res, no cabe homologar un experimento de setenta años con una institución con dos milenios de historia a sus espaldas). Este libro, a pesar de ser todo eso, es recordado sobre todo por formar parte de una de las polémicas filosóficas más famosas de las últimas décadas en España. Este libro de Bueno era una respuesta al opúsculo de Manuel Sacristán El papel de la filosofía en los estudios superiores, en donde éste defendía que la filosofía estaba de más. Las ciencias nos descubrían el mundo y la filosofía sobraba. Una vez que los hijos han crecido y son autónomos mandan a la madre al asilo o directamente al cementerio. Esta visión propia del positivismo (seguramente también esté preso de ella, en mayor o menor medida, el ministro Wert, al que algunos comparan con Justiniano) es la que combate Bueno, defendiendo la necesidad del estudio de la filosofía.

La polémica Sacristán-Bueno, como decimos, es muy conocida y está referenciada en múltiples lugares y por numerosos autores (Abellán, Savater, Elías Díaz). En 1995 Bueno publica un opúsculo titulado Qué es filosofía. El lugar de la filosofía en la educación. El papel de la filosofía en el conjunto del saber constituido por el saber político, el saber científico y el saber religioso de nuestra época, donde se viene a continuar con las tesis anteriores (también en el prólogo a El sentido de la vida). Bueno hace una clasificación entre filosofías exentas del presente e inmersas (o implantadas políticamente: eso significa ese rótulo) en el presente, y a su vez se subdividen en históricas y dogmáticas, y adjetivas y críticas. Y para una filosofía crítica, inmersa en el presente, como lo es el materialismo filosófico, el tratar con las ideas del presente, el triturar las grandes mitologías de nuestro mundo… ese papel debe estar y debe hacerse en los institutos, es el lugar donde se pueden tratar de verdad los problemas de frente (contando, claro está, con las limitaciones del alumnado), y dirigidos a un público amplio, donde uno va a ser fontanero, otro abogado, otro dentista, otro abrirá un bar, &c., y no en el ambiente engolfado y endogámico de las universidades («el Instituto es un fractal de la Nación»).

El pasado martes 18 de diciembre de 2012 Gustavo Bueno grabó su tesela número 113, dedicada a este asunto titulada «La necesidad de la filosofía en la educación». En ella expone los problemas que nosotros estamos haciendo patente en estas líneas (y con ello –aunque no diríamos tanto– tomamos el hilo que deja Bueno al espectador de juzgar y profundizar, en aras de su buen entendimiento, para desarrollar y suplir lo que el tiempo le ha impedido hacer). Hace alusión al comunicado de prensa de la Conferencia española de decanatos de Filosofía del 14 de diciembre de 2012, que le sirve para mostrar la absoluta ambigüedad y vaguedad de los postulados que dicen defender. Y explica cómo los medios utilizados para defender la filosofía pueden provocar no alcanzar el fin deseado (el de preservarla en los institutos). Se puede estar de acuerdo en el resultado pero no en las argumentaciones que esgrimen, lo que lleva a separarse de ellos. Argumenta Bueno cómo históricamente las disputas (incluso los insultos) entre escuelas es algo normal y necesario en filosofía, por lo que no cabe una neutralidad aséptica en filosofía (se refiere a una especie de «integracionismo» como sostenía Ferrater Mora), si bien hasta cierto punto es necesario en un documento como el citado (aunque a costa de quedarnos con el «hombre desnudo»). Y esos filósofos suelen tragarse ruedas de molino, los mitos imperantes en nuestro presente, en vez de denunciarlos. Y así para Bueno se pueden resumir en tres fundamentales: el fundamentalismo científico, el religioso y el político (democrático).

El pasado mes de julio el curso de Santo Domingo de la Calzada que organiza anualmente la Fundación Gustavo Bueno y la Universidad de La Rioja, se dedicó a la Educación. En El Catoblepas están saliendo publicados algunos trabajos de los que allí participaron. Así, por ejemplo, Iñigo Ongay ha publicado su artículo «Enseñar a pensar… contra alguien: el papel del profesor de filosofía crítica en la educación secundaria» (número 129, noviembre 2012) donde desde la perspectiva del materialismo filosófico denuncia los cuatro fundamentalismos principales que hay que combatir desde las aulas, añadiendo a los tres ya citados anteriormente uno más: el fundamentalismo liberal.

Todo esto que venimos exponiendo tiene que ver con el asunto clásico de para qué sirve un filósofo. ¿Qué utilidad tiene la filosofía? Si es entendida como mera especulación (la célebre distinción de teoría y praxis) ajena a la realidad (filosofía exenta), es un mero pasatiempo como otro cualquiera. Y en cuanto a la utilidad de Historia de la Filosofía tal como usualmente se imparte (basta preguntar a casi cualquier alumno) es lo que dice un señor tras otro, una gente que tenía ideas muy raras, desconectados unos de otros (en el último curso incluso se quitó la pregunta que exigía al alumno relacionar épocas o autores distintos). A pesar de ese interés por las «grandes preguntas» que pululan por la cabeza de los adolescentes o jóvenes españoles, lo cierto es que suelen verlo como algo inútil (bien es verdad que también lo hacen con saberes de lo más variados).

Argumentaba Bueno en la tesela citada que en el terreno de la lucha con otras materias, los profesores de filosofía han sido muy torpes, al haberse otorgado el privilegio de que son los únicos que piensan o los que pueden enseñar a pensar:

«¿no padecen un «eclipse de sindéresis» los profesores de filosofía que apoyan la reivindicación de la filosofía en el bachillerato con el argumento de que «sin la enseñanza de la filosofía los españoles no podrán pensar»?» (El papel de la filosofía en el conjunto del saber, pág. 10).

«Desde luego, nos parece ridículo atribuir a esa educación reglada la responsabilidad de «enseñar a pensar» a los ciudadanos, como han argumentado tantos profesores y estudiantes con ocasión de los debates en torno a los efectos de la LOGSE. Argumentos contraproducentes, como debería haber sabido todo aquel que hubiese estudiado el Protágoras de Platón (319b-d)» (El papel de la filosofía en el conjunto del saber, pág. 85).

Así, y con permiso de los pedagogos oficiales o titulados (puede verse el artículo de Joaquín Robles, «La impostura pedagógica: análisis gnoseológico de las ciencias de la Educación», en El Catoblepas, número 130, diciembre 2012), se muestran como verdaderos sofistas. ¿Acaso el vendedor, el pescadero o el arquitecto no piensan? Seguro que sí, por lo que la diferencia estará en otro punto, bien sea en lo que se piensa o en el modo de pensarlo. Y buen ejemplo de esto lo encontramos en el lema, eslogan o rótulo que empezó a utilizar la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oviedo hace unos años, donde en un cartel con varias imágenes (de Einstein, de la bomba atómica, de Homer Simpson, &c.) figuraba las siguientes palabras: «¿Te gusta pensar?». No se sabe si es algo ridículo, pedante, puro confusionismo o simplemente una ocurrencia del creativo de turno (aunque sea oficioso). Pero este ejemplo oficial y académico es una traslación de lo que ocurre a pie de calle, cuando alguno que se las da de minoría elitista exhibe su gran reflexión: «Es que la gente no piensa». Efectivamente.

Gustavo Bueno dice una cosa muy importante en el prólogo de La metafísica presocrática: quien no sepa transmitir a los seres de su cercanía, de su entorno (familiares, amigos) la importancia de la filosofía (de su quehacer, de su oficio), que no se haga ilusiones en cuanto al reconocimiento social de la misma:

«Ningún profesor de Filosofía debe hacerse ilusiones acerca del reconocimiento de la necesidad de su oficio cuando él mismo no sepa hacerlo necesario entre quienes le rodean» (pág. 14).

Y algo de eso también hay. Se cae en la trampa. Como todo el mundo es autónomo, libre e independiente (el fundamentalismo liberal que denunciaba Ongay), ¿quién va a osar a decirle nada a nadie? ¿Quién se atreverá a decirme nada? Mi opinión vale tanto como la tuya. Democracia al poder. Abajo los fascistas. Y aunque se les dijese que a lo que tendrían derecho será a decir la tontería que quieran, pero que eso no quiere decir que por el hecho de decirla deje de serlo (o que deba ser tenida en cuenta como cualquier otra) de nada serviría.

La actualidad de esto (la justificación del «ponga un filósofo en su vida») la vemos también en un libro que acaba de publicar Carlos Fernández Liria titulado ¿Para qué servimos los filósofos? (donde toma sus textos manuales de Akal, firmados con Luis Alegre-Zahonero), en el que responde que para nada, pero, a la vez, que su función es gobernar, con una finalidad política (ya desde Platón).

Nos hemos topado con profesores de instituto, de universidad, abogados, &c. que esbozaban una sonrisa o te miraban por encima del hombro si les decías que estabas estudiando Filosofía o que venías de una charla o un seminario sobre la idea de Universo. A la vez uno enjuiciaba rápidamente a quien tenía delante por su cara o su respuesta. Esta diferencia entre quienes tienen las cosas clarísimas y quienes no (la docta ignorancia) se puede ver también en la anécdota, tantas veces contada, de Bueno con Severo Ochoa, donde tras decir el segundo que «Todo es química», incluso un libro, y tras preguntar el primero qué tipo de enlace unía a dos letras concretas, si iónico o covalente, el luarqués se sorprendía de la ingenuidad o imbecilidad de su contertulio (impresión recíproca).

El propio Bueno preguntado por la utilidad de la filosofía (en el libro de Santos Campos Leza, Conversaciones con Gustavo Bueno, 2008), ha dicho que sirve para responder adecuadamente a quien te hace esa pregunta. Así:

«¿Para qué sirve la filosofía?, para resolver problemas que están ahí, y siguen estando, aunque el que hace la pregunta no los vea, lo cual es problema suyo. Es más, se podría decir, llegado el caso, que la filosofía sirve para acumular las razones necesarias para despreciar a mucha gente que de otro modo no podríamos despreciar con razón (…) No podría darme cuenta de lo imbécil que es mucha gente por la manera que tiene de plantear las cosas, la ingenuidad, la fatuidad… si no me hubiera dedicado a estas cosas. Qué duda cabe que esto puede levantar contra ti muchos odios y que hay que saber llevarlo» (pág. 54).

Y en ¿Qué es la filosofía? de este otro modo:

«a la pregunta tantas veces reiterada: ¿para qué sirve la filosofía?, cabría responder: para que, por lo menos, en la plaza pública de hoy (las tertulias radiofónicas o los debates televisados), el carpintero, el herrero, el zapatero, el periodista, el político o el ama de casa que defiende una opinión sobre la libertad, el aborto o la objeción de conciencia, no haga el ridículo (aun cuando es muy difícil determinar ante quién podría hacerlo) presentando como propias tesis que forman parte de un sistema que ellos desconocen, o como si fueran descubrimientos o convicciones personales unos determinados lugares comunes de cuyo alcance no pueden tener siquiera noticia» (pág. 86).

Pero precisamente:

«Un público democrático que se alimenta de opiniones, reforzadas por ensayos radiados, televisados o expuestos en las columnas de los periódicos, y que complementa su formación con el cultivo de la lectura masiva de novelas y cuentos (de «cultura literaria») no es un público que pueda considerarse preparado para formar juicios fundados (precisamente en teorías). Y la democracia resultante de un público que opina sin cesar y que, en el mejor caso, se engolfa en las figuras concretas que le proponen sus escritores preferidos de novelas y cuentos, no puede ser la misma democracia que la que contenga, al menos, minorías influyentes acostumbradas no ya sólo a «opinar», sino a «teorizar» (El sentido de la vida, págs. 12-13).

Y el mismo Bueno reconoce en El papel…

«Personalmente, tengo la evidencia de haber colaborado modestamente, con mi crítica académica, a que dejaran de escribirse algunas novelas y dramas teatrales, que acaso hubieran podido seguir, por otra parte, «felicísimamente su carrera»» (pág. 274).

Si la filosofía trata de y con ideas, la filosofía se seguirá haciendo en los institutos, con y sin profesores de filosofía. Pero el «hueco» de la filosofía como asignatura será suplido por otras pseudofilosofías o pésimas filosofías. Así dice Bueno en El papel de la filosofía en el conjunto del saber:

«La supresión de la Filosofía como especialidad académica (incluyendo en la Academia los propios estudios del Bachillerato superior) abriría un hueco que sólo podría ser rellenado por una mitología dogmática, religiosa o política, o por una acumulación tecnocrática de conocimientos y saberes; es decir, por el adiestramiento del individuo en los valores de una sociedad de consumo, por la orientación del individuo hacia el nivel del «consumidor satisfecho». La supresión de la disciplina filosófica en la Academia es un acto de barbarie» (…) ¿Qué podría decir un profesor de Matemáticas, en cuanto tal, en un Instituto de Enseñanza Media, sobre Platón, o cómo podría «acordarse» de la filosofía de Descartes, sin salirse del plano estrictamente técnico que le incumbe? (…) Aún desde el punto de vista puramente histórico, el volumen del material de una Historia de la Filosofía, incluso al nivel del Bachillerato superior, es tal que sería absurdo pensar que un profesor de Historia general pudiera desempeñar la tarea de ofrecer una información mínimamente responsable sobre el asunto» (…) Es muy importante advertir al respecto que, ni cada una de las ciencias particulares, ni el conjunto de las mismas, incluye una actitud de ataque a la superstición» (págs. 274-312).

Y, en La Metafísica presocrática:

«Como ocurre con los problemas políticos, los problemas inherentes a la vida filosófica no son exteriores a quienes están comprometidos con ellos. Es utópico pensar en una demanda social efectiva de filosofía, en sentido estricto, que no esté estimulada muy directamente por una oferta, también efectiva, profesional. Cuando la filosofía desaparece de una ciudad, de un estado –como desapareció de Atenas a consecuencia del decreto de Justiniano- es muy difícil que espontáneamente vuelva a resurgir pasado un tiempo, en virtud de una demanda social, de una necesidad espiritual. Esta demanda existe, sin duda, pero será satisfecha por formas ideológicas más bajas» (pág. 14).

Y, en ¿Qué es la filosofía?:

«Nos referimos, principalmente, a la Sociología, a la Psicología, a la Etnología, e incluso, en nuestros días, a la Cosmogonía física. Estas disciplinas, de hecho, desempeñan el papel de «sucedáneos científicos» de la filosofía académica, y el sociólogo, el psicólogo, el antropólogo o el cosmólogo, desempeñan las funciones del filósofo de la sociedad democrática industrial. Pero este filósofo, en realidad, ¿no es -para decirlo al modo platónico- el verdadero sofista de nuestra época, es decir, la apariencia de la filosofía, la falsa filosofía?» (págs. 114-115).

Y en Conversaciones con Gustavo Bueno:

«El alumno tiene que ser crítico. En la enseñanza media es fundamental la tarea de destruir idioteces, mitos como el de la libertad, la felicidad, la conciencia, la democracia… Y para este fin el papel de la filosofía es fundamental, aunque este papel depende totalmente del profesor de filosofía» (pág. 63).

El problema es cuando el propio profesor de filosofía ha degenerado y el sustituto suyo como sucedáneo es apenas distinguible de él, más de lo mismo. El caso es que, aún si el profesor de turno imparte la asignatura doxográficamente, de modo asistemático, ¿no será conveniente que el alumno estudie y conozca a los Platón, Aristóteles, San Agustín, San Anselmo, Santo Tomás, Descartes, Hume, Kant o Marx? Puede ser, y por eso, aunque desaparece Historia de la Filosofía, hay más Filosofía en 4º de ESO y 2º de Bachillerato, para quien libre y democráticamente desee cursarla. Si no hay demanda, bajará la oferta y se extinguirá en muchos casos.

El problema gremial y laboral está a la vista, ya que presumiblemente repercutirá en la enseñanza universitaria de la filosofía (ya lo ha hecho con los nuevos grados del Plan Bolonia).

Abogamos por la importancia de la filosofía y de la Historia de la Filosofía, para conocer bien los caminos transitados y no descubrir mediterráneos, para pensar mejor, para ir aprendiendo que las cosas no son tan simples como muchos son y creen. Dice Bueno en El papel de la filosofía en el conjunto del saber:

«La filosofía se nos revela así como uno de los componentes imprescindibles en la restauración de la paideia: tal es la herencia socrática. La Filosofía académica tiene, entonces, una función eminentemente pedagógica, pero en el sentido más profundo de esta palabra, en el sentido en que la Pedagogía es una parte de la Política. Es imposible una educación general al margen de la disciplina filosófica. La Filosofía, como paideia, es una disciplina crítica, se sitúa precisamente en el momento en que los mecanismos de maduración y equilibrio de la conciencia individual deben comenzar a funcionar, a desprenderse de la «matriz social», que es siempre una matriz mítica (…) en absoluto cabe confundir la paideia, como educación filosófica general, crítica, con la polimatía, el saber enciclopédico de los concursos de televisión. No se trata de un saber acumulativo, sino de una disciplina crítica y regresiva» (pág. 275).

En ¿Qué es la filosofía?:

«Ciframos este saber (y aquí reside nuestro partidismo) principalmente en el dominio, no tanto de alguna doctrina concreta, cuanto de la técnica de discusión académica (escolástica) y polémica de las diferentes doctrinas dadas a propósito de puntos concretos, que puedan considerarse relevantes; lo que implica, a su vez, la posesión, que puede tener lugar en grados muy diversos, del «arte de la argumentación y de los tópicos» (…) Esta filosofía académica que forma parte de nuestras tradiciones culturales es la que no puede ser eliminada, y ello en función del mismo saber político inherente a esas tradiciones. No hablamos, por tanto, de la necesidad absoluta de la disciplina filosófica; decimos que, sin esa disciplina, el funcionamiento de las democracias sería diferente» (pág. 114).

Y en el reciente artículo «Educación, ¿para qué?» (El Catoblepas 129:2):

«El objetivo propio de la «filosofía crítica», más que orientado a construir o hacer sistemas, o realidades que permitan el descubrimiento de esos sistemas, habría que formularlo como un objetivo de trituración, como un deshacer las Ideas eternas, es decir, las nebulosas ideológicas con las cuales nos encontramos en cada época histórica».

Es decir, sin filosofía crítica estaríamos situados en una democracia corrupta, en una sociedad bárbara. Y como cada cual debe asumir su culpa o su responsabilidad, termina la primera parte del libro ¿Qué es la filosofía? con la siguiente reflexión:

«En España, en nuestro presente, la educación filosófica es universal a todos los ciudadanos, a menos desde un punto de vista legal; sin embargo la presencia de hecho de una filosofía crítica puede considerarse como prácticamente nula. ¿No debe ser esto uno de los principales motivos de reflexión autocrítica para el cuerpo de funcionarios del Estado a quienes se les ha encomendado la educación filosófica de la Nación?» (pág. 92).

Y, en sobre el porvenir de la filosofía («El porvenir de la filosofía en las sociedades democráticas del presente (IV)», El Catoblepas 103:2):

«Y a los Gobiernos tampoco les interesará la filosofía, porque ellos, para resolver los problemas inmediatos, confían en la ciencia –los «políticos» profesan un fundamentalismo científico mucho más radical que los propios científicos–, en la armonía preestablecida, en la predicación, a cargo de profesores y periodistas, de las virtudes democráticas, de la tolerancia, la solidaridad, la paz, los derechos humanos, la libertad, la ciudadanía, la felicidad, la cultura, o la alianza de las civilizaciones. Esto no quiere decir, sin embargo, que las democracias procedimentales del porvenir próximo sean enemigas de la filosofía. A lo sumo podría decirse que son enemigas de los filósofos tradicionales, en la misma medida en que son amigas de los músicos populares, de los escritores de novelas y cuentos, de los creadores de modas o de espectáculos, es decir, de todo lo que tiene que ver con la cultura circunscrita, extendida al pueblo, para entretener su ocio creciente y su aburrimiento».

Terminamos este escrito de urgencia, que iba a ser, como dijimos al principio, más corto, remarcando la idea de que sí es importante el estudio de la filosofía en el bachillerato (desde nuestros presupuestos), y desde aquí ponemos nuestro granito de arena en su apoyo y en la medida en que pueda rectificarse alguna cosa en la definitiva Ley (en parecida situación nos encontramos en 2005: pueden verse la portada de La Razón del 13 de mayo de 2005 y de La Nueva España del 3 de junio de 2005), aunque debamos ser hoy no ya pesimistas, sino realistas al respecto.

Por cierto, en su día, nosotros no estudiamos Historia de la Filosofía en el bachillerato. No tuvimos siquiera la opción de elegirla…

Notas:

Fuente:  http://www.nodulo.org/ec/2012/n130p03.htm

El Catoblepas • número 130 • diciembre 2012 • página 3

31 de diciembre de 2012

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