Intelectuales contra el nacionalismo

De Camba a De Gaulle, pasando por Huxley y Unamuno: intelectuales contra el nacionalismo

Destacados personajes de la Literatura, la política y las artes han criticado con severidad el nacionalismo en todas sus vertientes. He aquí un repaso de estos detractores

Un pequeño repaso de las opiniones de destacados personajes sobre el nacionalismo indican que éste no tiene muchos defensores, más bien al contrario. Y estos personajes no son unos cualquiera sino gente de alto nivel. DeJulio Camba a Mario Vargas Llosa, pasando porPío Baroja, Miguel de Unamuno, Josep Pla, Salvador de Madariaga, José María Gil Robles, Juan Negrín, Manuel Azaña, Bernard Shaw, De Gaulle, Albert Camus, George Orwell, Aldoux Huxley, Nietzsche, Andrés de Blas, Fernando Savater y Jon Juaristi, hay un variado muestrario donde elegir.

Camba y Fernández Flórez:

Por ejemplo, Julio Camba, calificado como el gallego con humor más inglés de toda la historia, no tenía entre sus predilecciones el galleguismo, al que siempre llamaba regionalismo. En su libro «Playas, ciudades y montañas»(Ed. Espasa-Austral, 1947) y bajo el significativo título de «La cursilería del regionalismo», apunta el humorista arosano: «El regionalismo tiene en todas partes un defecto fundamental, que ya lo señaló Pío Baroja al regionalismo catalán: el de sustituir con un problema casero los grandes problemas de nuestro siglo. En el caso concreto del regionalismo gallego, apenas si se trata algo más que de una tertulia literaria. Si por azar se refieren alguna vez los regionalistas al problema agrario, por ejemplo, lo hacen de tal modo, que este problema parece exclusivo de Galicia. En una velada gallega celebrada el otro día en el Teatro Español, el recaudador de contribuciones se presentaba en escena acompañado del Juzgado para embargar la casa de un campesino que debía no sé cuántos recibos.

-¡He aquí lo que se hace con los gallegos!- decía el campesino.

Un amigo vallisoletano que se sentaba a mi vera, se indignó:

-¿Es qué acaso en Valladolid no nos cobran la contribución?

La obra era mala y al final yo no quise aplaudir.

-Es usted un mal gallego- me dijo el vecino del otro lado.

-No. Es que la obra es mala.

-La obra es gallega y basta.

Ya lo saben los currinches que quieran tener éxito. Escriban en gallego».

No obstante, hay que advertir que el otro gran humorista gallego del siglo XX, Wenceslao Fernández Flórez, ofrecía más alternativas y frente a sus puyazos antinacionalistas, hay que destacar los elogios a su íntimo amigo Castelao (le llamó en varias ocasiones «el Gandhi gallego») y a los sufridos paisanos que soportaban a los caciques y a los políticos cuneros.

Castelao, del que ahora quiere apoderarse el Bloque Nacionalista Gallego, escribía en su libro «Sempre en Galicia»: «Quiero proclamar en letras de molde lo que dijimos muchas veces en mítines de propaganda: Creemos que el separatismo es una idea anacrónica y solamente lo disculpamos como un movimiento de desesperación que jamás quisiéramos sentir» (pag 57, op. citada, Ed. Akal; Madrid, 1977).

Baroja y Unamuno:

Dos de los grandes escritores españoles del siglo XX fueron Pío Baroja y Miguel de Unamuno. Ambos criticaron severamente el nacionalismo y de ahí venga el que en un libro editado por un organismo oficial vasco sobre los cien vascos más destacados del pasado siglo no figurasen entre los seleccionados, aunque si aparecían dos figuras «históricas» de ETA. «De todos los factores del nacionalismo –apuntaba don Pío-, para mi en el catalanismo y en el vasquismo influyen, más que nada, la vanidad, la antipatía y el interés» (pags 261-62, «La caverna del humorismo»), a lo que añade: «El nacionalismo vasco quiere basarse sobre la idea de la raza, así es de endeble y de raquítico. Es una teoría de chapelchiquis» (pag 258, op. cit). Y puestos a comparar, señala: «Ni San Ignacio de Loyola ni San Francisco Javier se sintieron vascos y desde que salieron de su país no se ocuparon para nada de él. Eran universalistas» (pag 1002, «Ensayos», Ed. Círculo de Lectores). Pero, quizás, su frase más sonada fue: «El carlismo se cura leyendo y el nacionalismo viajando». Su sobrino y discípulo, Julio Caro Baroja, tenía una parecida opinión: «La violencia no debe utilizarse como forma de presión, enseguida toma forma propia y no puede dominarse», y añadía: «El mundo del nacionalismo vasco ha arrancado de esa idea de que somos distintos y somos superiores. Para Sabino Arana, el maqueto era un señor moreno y bajo, lujurioso, irreligioso; en cambio, el vasco era guapo, alto, noble, casto, etc. Pero, ¿quién puede creer eso? Hay que tener una cabeza un poco especial…».
Unamuno lo definió como «petulante vanidad de un pueblo que se cree oprimido»
Unamuno no fue menos severo que Pío Baroja. Así definió al nacionalismo: «Petulante vanidad de un pueblo que se cree oprimido». En una carta enviada a Maragall, en febrero de 1907, señalaba: «Maeztu, Bueno, Baroja, Salavarría, yo y otros hacemos más por nuestro País Vasco que todos los bizcaitarras de espíritu estrecho y en el fondo tímido». Y en las Cortes de la Segunda República, manifestó: «Un día recibí una carta del propio Joaquín Costa, lamentándose de que el vascuence desapareciese siendo una cosa interesante para el estudio de las antigüedades ibéricas. Yo hube de contestarle: Está muy bien, pero no por satisfacer a patólogos voy a estar conservando lo que creo es una enfermedad».

El pedo de Pla y el yoísmo de Madariaga:

Más festivo fue Josep Pla, el gran escritor catalán del pasado siglo (que nunca recibió el premio de las letras catalanas por sus flirteos con el franquismo durante la guerra civil), dijo: «El nacionalisme es com un pet, no més li agrada a qui seŽl tira» («El nacionalismo es como un pedo, solo le gusta al que se lo tira»).

El coruñés Salvador de Madariaga, de origen vasco, apuntaba en su obra «Anarquía o jerarquía»: «El separatismo catalán que niega a España es lo más archiespañol que da la península ibérica (...) Lo más yoísta que hay en España es el “nosaltres sols”». Y en su espléndido ensayo «España» escribe: «Cuanto más separatista es el vasco y el catalán, más español demuestra ser. Cuanto más se aparta de lo español en la forma, más se hunde en lo español en la esencia (...) Al entregarse a la pasión separatista, se afirman como españoles de la peor clase, pues es evidente que para Vasconia y Cataluña el separatismo es el camino más fácil y perezoso. Es el camino de los que desean abandonar la lucha. Pero el camino real, el más duro, el más viril, es el que lleva a construir a España en un esfuerzo común de todos los españoles» (pags. 191-92, Ed. Espasa, 1978).

Los temores de Prieto y la opinión de Gil Robles:

Juan Pablo Fusi recoge en su libro «El País Vasco. Pluralismo y nacionalidad» (Alianza Editorial, 1984), esta frase de Indalecio Prieto, otro vasco excepcional: «Temo más al nacionalismo vasco por reaccionario que por nacionalista (...) Veo en él una fuerza histórica e ideológicamente regresiva. Lo creo por dos motivos: por el carácter ultracatólico del PNV y por las connotaciones antiliberales de su lenguaje y de su doctrina» (pag. 123, obra citada).

Otro político de la República, José María Gil Robles, escribió, después de la muerte de Franco, en su libro «La aventura de las autonomías» (Ed. Rialp): «Casi todos los nacionalismos modernos se caracterizan por una primera etapa de recuperación cultural y defensa de la lengua vernácula, confinada hasta entonces en limitados sectores de población o en selectos círculos intelectuales. Tras de esa recuperación surge el esfuerzo para probar una diferenciación étnica y una personalidad histórica susceptible de configurar en el orden político una nacionalidad que, a través de un derecho de autonomía, cuya legitimidad es justo reconocer, no vacila en formular reivindicaciones difícilmente admisibles» (pags. 138-39).

Las críticas de Negrín y Azaña:

Don Manuel Azaña, la encarnación de la Segunda República, de la que fue ministro, presidente del Gobierno y jefe del Estado, no se anduvo con florituras en sus «diarios» al criticar el nacionalismo. Quizás la frase más severa es cuando transcribe estas palabras de Juan Negrín, su jefe de Gobierno: «El presidente (Negrín) está muy irritado por los incidentes a que ha dado ocasión el paso de Aguirre (lendakari vasco) por Barcelona. Aguirre –dice- no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido –agrega- lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas me indigno. Y si estas gentes van a descuartizar España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuere. Pero estos hombres son inaguantables. Acabarán por dar la razón a Franco. Y mientras tanto, venga a pedir dinero, dinero y más dinero» (pag. 176, tomo II, Ed. Grijalbo, 1978).

El propio Azaña escribió sobre Companys, el presidente de la Generalitat: «Companys me repitió verbosamente los más sobados tópicos del nacionalismo de Prat de la Riba o del doctor Robert. No faltaba ninguno, ni siquiera el de que la Península era una meseta estéril, rodeada de jardines, que el pueblo castellano produjo en otros tiempos un tipo de hombre delante del cual hay que quitarse el sombrero», pero ha degenerado y ahora las cualidades cívicas y humanitarias residen en los nacidos en la periferia (pag 132, obra citada). «Companys habla como un iluminado, como hombre seguro de su fuerza, del porvenir, empezando por el triunfo fácil que le había procurado el Gobierno» (pag. 133).

Y remacha sus críticas con esta denuncia: «Companys repite ahora que el presidente de la Generalitat es el representante del Estado en Cataluña. Perfecto. Pero con dos observaciones. 1.- Que esa representación obliga al presidente de la Generalitat a cooperar lealmente con el Estado en los fines que le son propios y en modo alguno le autoriza para interponerse como un estorbo; 2.- Es lastimoso que Companys no se haya acordado en tantos meses de que tenía, como presidente de la Generalitat, aquella representación. Su deber más estricto, moral y legal, de lealtad política, e incluso personal, era haber conservado para el Estado, desde julio (de 1936), sus servicios, instalaciones y bienes que le pertenecían a Cataluña. Se ha hecho todo lo contrario. Desde usurparme el derecho de indulto para abajo, no se han privado de ninguna transgresión, de ninguna invasión de funciones. Asaltaron la frontera, las Aduanas, el Banco de España, Montjuich, los cuarteles, el Parque, la Telefónica, la Campsa, el Puerto… ¡Para qué enumerar! Crearon su Consejería de Defensa, quisieron conquistar Aragón, decretaron la insensata expedición a Baleares, para construir la Gran Cataluña de Prat de la Riba…» (pags. 290-91).

Otras opiniones:

Repasando opiniones foráneas, leemos esta frase de Bernard Shaw: «El nacionalismo es la extraña creencia de que un país es mejor que otro por virtud del hecho de que naciste ahí». Breve fue esta definición del presidente Charles De Gaulle: «Patriotismo es cuando el amor por tu propio pueblo es lo primero; nacionalismo cuando el odio por los demás pueblos es lo primero».

Camus: «Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista»
El premio Nóbel Albert Camus reduce aún más su definición en esta frase: «Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista». Y George Orwell, el autor de «Rebelión en la Granja y «1984», señaló: «El nacionalismo es hambre atemperada por el autoengaño (...) El nacionalismo no sólo desaprueba las atrocidades cometidas por su propio lado, sino que tiene una extraordinaria capacidad para ni siquiera oír hablar de ellas». Otro escritor inglés, Aldoux Huxley, concretó: «Tanto el capitalismo como el nacionalismo son frutos de la obsesión por el poder, el éxito y la posición social».

En cuanto a filósofos, bueno será recordar la frase de Nietzsche: «Es bien sabido que la ciencia y el nacionalismo son cosas que se contradicen, aunque los monederos falsos de la política nieguen ocasionalmente ese saber». Ortega y Gasset apuntaba que el nacionalismo era «una enfermedad de la política».

Un filósofo más reciente, Fernando Savater, amenazado de muerte por ETA, señalaba irónicamente: «El nacionalismo, en el fondo, no es otra cosa que el viejo caciquismo español de siempre, con autonomía y banda de música. De hecho, el nacionalismo se entiende con el Gobierno central con los mismos mecanismos que ya usaban los caciques, que consiste en decirle “tú déjame a mi mano libre en mi territorio, que yo te apoyo a ti en el Parlamento con mis diputados”. Cánovas y Sagasta gobernaron así durante decenios» (

, 24-11-09), añadiendo: «Lo malo es que se ha creado la impresión de que todo el mundo, para lograr ventajas políticas, tiene que poner cara de nacionalista. Y así, lo que ocurre es que nadie quiere ser como los demás, cuando lo perfecto sería que en un estado de Derecho, todos fuéramos como los demás, iguales en derechos y garantías».

Jon Juaristi, catedrático de Filología, es otro de los profesores que ha tenido que marcharse del País Vasco por la persecución terrorista. En una entrevista publicada en el número 3 de «Diván el Terrible», en 1998, manifestaba: «La identidad colectiva del nacionalismo es una metáfora, pero una metáfora que funciona. Es como una escalera que se usa para llegar a cierto punto al que interesa llegar. Una vez allí se puede prescindir perfectamente de la escalera, le pueden dar una patada que es lo que ha hecho el nacionalismo vasco con su mitografía originaria. Está Sabino Arana, pero él es como el tótem de la tribu, al que, por supuesto, ni leen ni citan (por la cuenta que les trae). En este sentido soy pesimista porque creo que toda crítica al nacionalismo, sobre la base de unas des-construcciones históricas o de una hermenéutica de cualquier tipo, no tiene efectos políticos. Nadie va a dejar de ser nacionalista, porque Juan Pablo Fusi haya escrito un libro muy riguroso sobre el nacionalismo o Azurmendi publique «La herida patriótica» o yo «El bucle melancólicos».

Andrés de Blas Guerrero, catedrático de Ciencias Políticas de la UNED, también en el disparadero de los guardianes de las esencias nacionalistas, se preguntaba, en el libro «Las tribus de Europa», del periodista Ramón Luis Acuña (Ediciones B, 1993): «¿Puede un pueblo, una nacionalidad cultural, es decir, un grupo étnico con rasgos diferenciados, con una lengua, por ejemplo, ejercitar el derecho de autodeterminación? En el mundo debe haber de 3.000 a 5.000 pueblos de estas características y eso nos daría el mismo número de Estados mientras que hoy no llegan a los 170 (...) ¿Por qué una lengua va a dar más derechos que una religión, o que una circunstancia geográfica, económica, histórica, de clase o de pura voluntad?» (pags. 322-23).

Y el propio periodista Ramón Luis Acuña, en el citado libro, hace esta consideración: «El nacionalismo se concibe como la recuperación de la memoria y la búsqueda de la identidad propia, y eso le honra. Pero enseguida da lugar a conflictos de legitimidad y las naciones tienden a pasar de oprimidas a opresoras e incluso a crear miniimperios a imagen y semejanza del que se desprenden. El nacionalismo cae a menudo en una puja por la peculiaridad a toda costa que roza el ridículo y en una imposición de una circunstancia histórica a otra que conduce a la violencia» (pag. 120).

Un político socialista,Joaquín Leguina, desengañado de su propio partido, manifestaba, a comienzos de 2010, en una entrevista de Telemadrid: «Los nacionalismos han matado más gente que las bombas atómicas».

El punto de vista de Vargas Llosa:

Uno de los más duros detractores del nacionalismo es el escritor peruano y universal Mario Vargas Llosa. En sus artículos de prensa publicados en el diario «El País» puede comprobarse su tono. «El nacionalismo –escribía el 15-1-06- es la cultura de los incultos, una entelequia ideológica construida de manera tan obtusa y primaria como el racismo (y su correlato inevitable), que hace de la pertenencia a una abstracción colectivista –la nación- el valor supremo y la credencial privilegiada de un individuo».

En «El Cultural» del diario «El Mundo», 19-5-05, puntualizaba: «El nacionalismo es siempre fuente de crispación, de confrontación y de violencia, y eso no excluye al nacionalismo que juega a la democracia al mismo tiempo que a la exclusión. Es, y sigue siendo, el gran desafío».

No menos clarificadora es esta frase, entresacada de una entrevista en el diario ABC: «Creo que, en última instancia, el nacionalismo está reñido con la democracia. Aunque hay que diferenciar el nacionalismo de pistoleros terroristas del nacionalismo burgués de CiU o del PNV. Pero si usted escarba en las raíces ideológicas del nacionalismo, éstas son un rechazo de las formas democráticas, un rechazo a la coexistencia en la diversidad, que es la esencia de la democracia. Por eso yo combato el nacionalismo en todas sus manifestaciones».

En unas declaraciones realizadas durante la XIX Feria del Libro de Guadalajara (México) en 2005, incidía: «El nacionalismo es una ideología colectivista que convierte en un valor el accidente más banal, que es el lugar de nacimiento de una persona, y hace de eso un valor y, en alguna forma, un privilegio (...) No hay ningún valor en él, es puro desvalor». «Yo creo que al nacionalismo hay que atacarlo frontalmente como lo que es: una aberración ideológica, una forma de religión laica nacida apenas en el siglo XIX, pues comienza en el XVIII pero nace en el XIX, y que sólo nace para producir catástrofes en la Humanidad».

En el aula magna de la Universidad de Comillas, en 2006, señaló que «el nacionalismo debe de ser combatido intelectualmente para defender la democracia y la libertad, que son incompatibles con esa ideología».

Notas:

Fuente:  http://www.abc.es/espana/20140313/abci-nacionalismo-201403131348.html?utm_source=abc&utm_medium=rss&utm_content=uh-rss&utm_campaign=traffic-rss

15 de marzo de 2014.  España.

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