La cabeza de la pasión

Sobre el libro Conversaciones con Marx y Engels, editado por Hans Magnus Enzensberger en 1973 (Insel Verlag, Frankfurt), con traducción al español por Anagrama de Barcelona (1974 y 1999).

Para Mariana Grajales Rosales, que lo ha entendido todo


Marx y Engels [Wir sind unschuldig: somos inocentes]

La crítica no es una pasión de la cabeza sino la cabeza de la pasión.

Crítica de la filosofía del derecho de Hegel.

Conversaciones con Marx y Engels se llama este libro. Fue editado por Hans Magnus Enzensberger en 1973 para Insel Verlag de Frankfurt del Meno. La versión en español, en solvente traducción de Michael Faber-Kaiser, apareció al año siguiente en la colección «Documentos» de Anagrama de Barcelona. Una segunda impresión aparece bajo el mismo sello, pero en la colección «Crónicas», en 1999. Es un libro perfecto.

Se trata de una silueta en negativo a través de la que se dibujan los perfiles de dos de las figuras más importantes y luminosas de la historia del mundo moderno, y que con más potencia, explosividad y dramatismo han influido en su devenir político e ideológico. Es una obra gigantesca y generosa, en la que el editor, Enzensberger, se anula por completo para ofrecernos, en un trabajo historiográfico de gran valor y dedicación, esa silueta en negativo a partir de una doble ausencia, pues prácticamente es nula la referencia directa a textos de uno o de otro. Enzensberger antepone solamente una modesta nota introductoria, para pasar luego a un trazado hecho por entero en función de lo que amigos y enemigos, seguidores y perseguidores, espías, discípulos y periodistas lograron captar de estas dos intensidades cardinales de la filosofía y el pensamiento europeo del siglo XIX, sirviéndose de cartas, informes policiales, testimonios, anécdotas familiares, reportes de partido, glosas a artículos o comentarios a su obra que son dispuestos como espejos encontrados a partir de cuya colisión de imágenes queda refractada esta doble trayectoria de la historia.

Lo que traba todas las partes que estructuran este libro cuyo título nos remite de inmediato a las Conversaciones con Goethe de Eckermann, y que le otorga la solidez y consistencia de una roca, es la pasión que circunda a los fundadores del materialismo histórico, bien sea en un sentido positivo hacia su figura, bien sea en un sentido negativo y de desprecio incontenible hacia sus teorías, su influencia ideológica y a su poderío intelectual. En el prólogo en cuestión Enzensberger es preciso:

Incluso al cabo de cien años –nos dice– esos dos hombres no pueden ser plasmados bajo ningún canon; han impedido cualquier tipo de clisé. Sus retratos, tal como quedan al descubierto en la presente obra, parecen violentamente desgarrados por las luchas de partidos.

Todo aquel que los conoció personalmente, quedó absorbido por un campo de pruebas y de fuerzas que no admitía ningún tipo de neutralidad. En la mayoría de los casos el resultado consistió en una polarización casi inmediata: los testigos presenciales se dividieron en compañeros y enemigos, en fieles y renegados. Detrás de cada una de esas opiniones se oculta el interés de quien escribe el texto. Debido a ello, los informes reproducidos aquí no son más que una simple exposición de Karl Marx y Friedrich Engels desde unos ángulos poco conocidos y a menudo sorprendentes. (p. 9).

La ausencia de uno y otro es tal que ni siquiera se perciben los momentos de sus respectivas muertes (Marx en marzo de 1883, Engels en agosto de 1895) en los materiales recopilados, es decir, que en ningún momento se inserta comentario alguno sobre su fallecimiento, dejando más bien que sea el torrente poderoso de su energía y vitalidad para el trabajo y la acción lo que ocupe y dé vida al cuerpo entero de este libro magistral y bello y lleno de fuerza, que no te permite descansar hasta terminarlo.

Marx fue un hombre que había destruido su salud por exceso de trabajo en el British Museum, dice en todo caso, eso sí, Maxim Maxímovich Kovalievski (p. 406). Afirmando luego lo siguiente:

El demagogo se reconcilió en su persona con el filósofo social, con uno de esos sabios que están convencidos de haber encontrado la llave para la comprensión no sólo del pasado, sino –y esto es lo que lo hacía tan atractivo pero tan alta y terroríficamente peligroso, I.C.- del presente. Esa llave lo constituía en mi época para Marx la doctrina de la plusvalía del trabajo, un valor que cae en manos de los empresarios capitalistas. Ya después de la aparición del segundo y tercer volumen de El Capital, de los que se desprende que Marx reconcilió su teoría de la plusvalía con la teoría del precio de mercado determinado por la oferta y la demanda, sus partidarios comenzaron a subrayar en mayor medida su materialismo histórico, así como el hecho de que había mostrado todos los acontecimientos del pasado y del presente a la luz de aquellas transformaciones que se realizan en la técnica de la producción y que por lo tanto también arrastran transformaciones en la formación económica y la superestructura política de la sociedad…

El primer encuentro entre Marx y Engels desembocó casi en una ruptura. Marx era por aquel entonces un hegeliano tan empedernido como Engels partidario ortodoxo de Schelling. Ambos sistemas eran irreconciliables. (p. 407)

Pero no son nada más los perfiles en negativo de dos personalidades gigantescas lo que se configura a partir de la penetrante y aguda selección de Enzensberger, como si del montaje de un sui generis trabajo biográfico se tratara. Es también el ambiente apasionado e intempestivo de toda una época mundial lo que aquí se respira; es la marcha viva de la dialéctica de la política del mundo moderno que expandía las estructuras de su morfología capitalista hacia todos los rincones del planeta para producir ahí donde se instalaba su respectiva y procedente crítica: nosotros no creemos en la infiltración de los partidos burgueses, nosotros infiltramos al pueblo, decía Engels.

Una crítica cuyo centro de operaciones estratégicas se distribuía según los desplazamientos de esta poderosa pareja de teóricos y políticos revolucionarios, de París a Bruselas, de Londres a La Haya, Zúrich o Viena o Berlín, y en cuyo itinerario vital queda reflejada y comprimida a altísima presión una certeza de estatuto histórico: porque así como con el descubrimiento y conquista de América por España durante el siglo XVI dio inicio la era de los descubrimientos, con Marx y Engels alcanzó su cima apasionada, dramática y fascinantemente teórica la era de las revoluciones. Revoluciones que, por lo demás, se concebían no ya como procesos forzados por la voluntad humana, mucho menos por la sutileza o radicalidad de tal o cual teoría, sino por la estructura y la dinámica mismas del proceso productivo en su conjunto al descubrimiento de cuyas leyes internas consagraron Carlos Marx y Federico Engels la totalidad de su vida, rodeados siempre de socialistas, mujeres fascinantes y de gran inteligencia y capacidad de sacrificio, de críticos y escritores del mundo entero.

Dice Karl Kautsky, entre 1887 y 1889, comentando las vicisitudes de Federico Engels para la recopilación de los materiales constitutivos del tercer tomo de El Capital –tarea considerada por él mismo como «la obra de su vida»–, que:

La expansión del movimiento socialista a países que hasta entonces lo desconocían, también representó para Engels un aumento de la correspondencia y de los objetos de estudio. Porque no le gustaba impartir ningún consejo acerca de situaciones que no dominara a fondo. Así, en la última década de su vida se ocupó especialmente de los problemas de Austria y de los Estados Unidos, cuyo estudio vino a añadirse a los problemas alemanes, franceses, ingleses y rusos, que desde hacía tiempo se encontraban en primera línea. Aquí sólo se han nombrado aquellas naciones que él estudiaba más a fondo, pero su amplia mirada abarcaba siempre el conjunto de los movimientos mundiales, y no había apenas ninguna nación sobre la cual no estuviera informado, ya se tratara de Turquía o de Egipto, de Italia o de España, de Dinamarca o de Bélgica.

Austria le interesaba por aquel entonces en especial por el incremento extraordinariamente rápido de su movimiento socialista, mientras que América le atrajo por el extraordinariamente rápido auge de su capitalismo, que prometía colocar a este país a la cabeza de las naciones capitalistas, y que en primer lugar desarrolló aquéllas organizaciones empresariales que caracterizan el capitalismo moderno. (p. 460).

En ambos períodos históricos, el de los descubrimientos y el de las revoluciones, se tuvo noticia de que la vida de muchos hombres alcanzó los registros heroicos de la aventura, y a esa altura fue que llevaron la suya Marx y Engels. Pero a diferencia de muchos militantes, héroes también que vivieron en medio del hervidero de la lucha permanente, ellos –Marx y Engels– tuvieron además la potencia del genio teórico –un genio y una potencia que se dan quizá solamente una vez cada siglo– para apresar y comprender la compleja dialéctica de las interrelaciones y de las desconexiones de la dinámica global del proceso económico–productivo intercalado con el político–ideológico y el estratégico–militar.

Era la grandeza del genio que, para explicarla, hacía posible ver en una batalla cualquiera, acaecida en una trinchera cualquiera de cualquier ciudad o de cualquier campo europeo o americano o asiático la presencia del heroísmo trágico de un personaje de Esquilo o de Walter Scott, o la encarnación, en un gesto combativo, de la ausencia de miedo ante la muerte bella –que era la muerte en batalla– a partir de la cual Aristóteles definió la idea de valentía en la Ética a Nicómaco.

Es ahora Paul Lafargue, entre 1865 y 1868, el que habla:

Vico dijo: «El objeto es sólo un cuerpo para Dios, que lo sabe todo; para el hombre, que sólo conoce las apariencias externas, no es más que una superficie». Marx comprendía las cosas según el modo del Dios de Vico: no sólo veía la superficie, sino que penetraba en el interior; analizaba todos los efectos y repercusiones mutuas de los elementos componentes; aislaba cada una de esas partes y remontaba la historia de su evolución. Luego dejaba el objeto para pasar a su contorno, observando los efectos de aquél en ése, y al revés. Se remontaba al origen del objeto, a las transformaciones, evoluciones y revoluciones que había sufrido, penetrando al final en las repercusiones más alejadas. No contemplaba una cosa en sí misma y sola, desligada de su entorno, sino que veía un mundo entero, complicado, en constante movimiento. Y Marx quería reproducir la vida entera de este mundo, con toda su diversidad de efectos y repercusiones en continuo cambio. (pp. 239 y 240)

La poesía remitía a la épica de la política, que a su vez era percibida como trama de la historia entre cuyas estructuras de determinación estaba la producción económica: esa forma moderna de conjugación de la idea de objetivación de la filosofía clásica alemana con la de fabricación procedente de la economía política inglesa. La llama dialéctica del mundo industrial fundía la praxis humana dentro de las categorías del valor–trabajo que Adam Smith había perfilado. Maurice Dobb dijo que Marx había en realidad coronado el sistema clásico inaugurado por Smith. Le faltó añadir que se trataba de una corona de espinas, pues con su crítica desgarró e hizo sangrar no ya nada más al sistema de la economía política clásica sino a la estructura entera del mundo emanada de la doble revolución política y económica provenientes, respectivamente, de Francia e Inglaterra, haciendo entonces de Alemania el cuartel central de los estrategas de la revolución. Fue solamente hasta Lenin cuando Rusia reemplazó a Alemania no ya nada más como lugar de los estrategas de la revolución sino como la verdad de la revolución marxista.

Sobre el escenario del mundo moderno sobrevolaba Carlos Marx a una escala filosófica, moviéndose a sus anchas con la sentenciosidad trágica de los héroes de Shakespeare, como un Rey Lear entre las paredes de ese poderoso edificio medieval que era el sistema de la filosofía del espíritu de Hegel, que puso en términos alemanes la transformación de la filosofía griega hecha por el cristianismo, afirmando que en la trinidad es donde está lo especulativo del cristianismo, y que es ahí precisamente donde la filosofía encuentra la razón. Ha sido Gustavo Bueno el que ha subrayado que es en el dogma de la encarnación en donde radica no ya nada más lo especulativo o lo racional del cristianismo, sino que es además ahí donde radica la apoyatura materialista del edificio entero del catolicismo como fortaleza de la racionalidad filosófica occidental, que, contra Averroes, es, por vía tomista, corporeísta.

Marx quería, en todo caso, como Balzac, apropiarse del mundo moderno comprendiéndolo hasta sus primeros niveles de configuración ontológica. Napoleón, Balzac y Marx son así tres figuras representativas del mundo moderno, pues lo tres quisieron apropiarse de manera absoluta, y a su manera –las armas, las letras y la teoría–, del mundo entero.

En el caso de Marx se trataba de una ontología política incardinada dentro de la matriz de la capa basal de la sociedad política. Es la capa de las formaciones económico–productivas, en donde hizo descansar el contenido trágico y heroico del mundo moderno de la misma forma que el cristianismo hizo de la vida mundana y prosaica la materia primigenia de la prosa elevada y de las formas refinadas del sacrificio trágico, bajando los cielos de la épica de los héroes griegos, que eran todos ellos o guerreros o estadistas, pero nada más, a la tierra de los héroes cristianos, que eran carpinteros. Para Marx, la política era un estudio, dice Wilheml Liebknecht.

Odiaba a muerte a los politicastros y el politiqueo. Y, de hecho, ¿cabe imaginar algo más insensato? La historia es el producto de todas las fuerzas que actúan en los hombres y la naturaleza, así como del pensamiento, las pasiones, las necesidades humanas. La política, por el contrario, es teórica –la cognición de esos millones y billones de factores que tejen en «el telar de la época»– y práctica –la actuación condicionada por esa cognición–. Por lo tanto, la política es ciencia y ciencia aplicada; y la ciencia política o ciencia de la política es en cierto modo la esencia de todas las ciencias, dado que abarca todo el campo de la actividad humana y de la naturaleza, actividad que constituye la meta de toda ciencia. (p. 175).

La eterna discusión entre las relaciones entre base y superestructura, o entre economía y política, llevada a niveles de vulgaridad insoportable por miles de insolentes que no han hecho otra cosa que leer manuales de Marta Harnecker, y que citando con desprecio tales manuales piensan que, al tiempo de evidenciar su cortedad intelectual y teórica al ser sólo esos manuales aquello con lo que se miden, quedan salvados para poder así entonces moverse con la consciencia tranquila pero intelectualmente limitada y blanda dentro de los marcos de su palidez teórica democrático–liberal o formalista y kantiana, no dialéctica ni apasionada; esa discusión queda por entero desbordada por la infinidad de materiales, intereses, temáticas y campos del conocimiento sobre los que Marx y Engels se volcaban de manera permanente, llevando siempre cualquier cuestión o problema a sus niveles de implicación filosófica y desde una perspectiva de larga duración histórica.

Ante la pregunta: ¿cómo debe comprenderse la relación entre base y superestructura? ¿Es estática o dinámica?, que hubo de hacerle Charles Rappoport, Engels se dirigió en automático a su biblioteca para traerle la Física de Kirchhoff, y mostrarle el pasaje en donde la «estática» se estudia como un fenómeno límite de la dinámica (p. 490).

En otra parte, A. M. Voden, enviado de Plejánov –circa 1893–, dice sobre Engels esto:

Engels no me permitió el acceso a los manuscritos de Marx, hasta que no estuvo seguro de que yo estaba en situación de profundizar en los detalles de la historia de la filosofía alemana. A este fin no me sometió, sin embargo, a un examen regular, tal como había hecho Plejánov, sino que prefirió una conversación sin ceremonia alguna.

Aparte de ello, Engels se mostró interesado por la situación rusa en general, no sólo en el aspecto económico, sino también en el ideológico. Me preguntó qué obras de Marx se leían en Rusia, qué nivel debía presuponerse en los lectores de El Capital, a qué utopistas se estudiaba. Se mostró interesado por las variantes del liberalismo en la capital rusa y en provincias, las formas concretas que adoptaba el tolstoianismo, la producción literaria de los narodniki, y la crítica literaria rusa, por cuyos representantes clásicos sentía una enorme admiración. (p. 492 y 493).

Y más adelante añade Voden:

Engels quería saber también qué filósofos se leían en Rusia, aparte de los filósofos de moda como Schopenhauer. Nombré a los neokantianos, y me preguntó si yo había estudiado a Riehl y qué opinaba de Cohen y Natorp. Cuando mencioné cómo Riehl se burlaba de la filosofía natural de Hegel, se animó en seguida y me dio una excelente lección particular sobre historia natural, destacando la riqueza de contenido que quedaba escondida bajo las torpes y difíciles formulaciones de Hegel. (p. 496).

En otro momento de su encuentro con Engels, Voden consigna las consideraciones compartidas por él con relación a la filosofía griega, con motivo de la tesis doctoral de Marx. Cuando le preguntó por el grado de hegelianismo que era dable atribuirle, la respuesta de Engels fue del siguiente tenor:

…me contestó [Engels] que precisamente la tesis sobre las diferencias entre la doctrina de Demócrito y de Epicuro demostraba que Marx –quien entonces ya dominaba perfectamente el método dialéctico de Hegel, sin que el curso de sus estudios le hubiera obligado a sustituirlo por el método del materialismo dialéctico– había demostrado al principio mismo de su carrera literaria su total independencia de Hegel, precisamente al emplear la dialéctica de Hegel en el campo que podía considerarse el fuerte de Hegel: la historia de la filosofía. Engels afirmó que Hegel había evitado la reconstrucción de la dialéctica inmanente en el sistema de Epicuro, dando en su lugar sólo una serie de observaciones despectivas sobre ese sistema. Marx, por el contrario, había comprendido correctamente la estructura de la dialéctica del sistema de Epicuro, aunque sin idealizarla, sino señalando su pobreza de contenido en comparación con Aristóteles. Engels me explicó con todo detalle la profunda diferencia que veía a este respecto entre Marx –quien de inmediato dejó patente su independencia de Hegel– y Lasalle –quien no logró pasar más allá de una actitud colegial frente a Hegel. (p. 498).

La biblioteca de Marx, su vida privada, trágica y miserable casi siempre económicamente hablando a la vez que tan llena de detalles de padre y esposo cariñoso y tierno; su concepción de la política puesta en práctica en función de la complejísima tarea de organizar a la militancia en un plano internacional, y a los estados mayores, y del imprescindible arte del ejercicio del poder; su generosidad con los amigos en contraste dialéctico con la severidad y odio por los enemigos, dentro de los cuales se destacaba su enemigo mortal y de siempre: el anarquista Bakunin, en cuyas críticas dejó clara la distancia abismal que, en términos teóricos y prácticos, separan al marxismo del anarquismo. Su personalidad y su genio poderoso lleno de luz, dentro de cuyo radio de proyección quedaban iluminados siglos enteros de historia y lucha política, y fuera del cual quedaban eclipsados y en la sombra, cual si se tratara de un infierno dantesco, sus detractores y enemigos políticos.

Todo esto queda resumido en este libro apasionado y verdaderamente magistral de Hans Magnus Enzensberger, que tenía desde hace años en mi biblioteca sin que me haya detenido en su lectura hasta que me compré un segundo ejemplar, habiéndome olvidado de que ya lo tenía. El segundo ejemplar se lo regalé a mi mejor alumna. Pero quizá por esa feliz duplicación y olvido (un olvido común entre bibliómanos) fue entonces y así que me dispuse –ahora sí– a leerlo a consciencia. Y una vez comenzado no te puedes detener, quedando atrapado por la fascinación definitiva e increíble que Marx, sobre todo Marx, produce ante un lector del siglo XX. Es estremecedor saber que, como cuenta su esposa, Jenny Marx, a finales de 1851 Louis–Napoleón había llevado a cabo su golpe de estado, y en la primavera siguiente Karl escribió su Der 18. Brumaire des Louis Bonaparte [El 18 de brumario de Luis Bonaparte], que fue publicado en Nueva York. Elaboró la obra en el pequeño piso de Dean Street, en medio del barullo de los críos y de los ajetreos domésticos….

Y es estremecedor saber también que, según la misma Jenny Marx:

Por Pascua de aquel mismo año de 1852, nuestra pobre y pequeña Franziska contrajo una bronquitis. La pobre criatura tuvo que luchar tres días con la muerte. Sufrió enormemente. Su pequeño cuerpo sin alma descansaba en el cuartito trasero; todos nosotros nos trasladamos al cuarto delantero, y al llegar la noche nos acomodamos en el suelo, donde las tres criaturas vivas dormían con nosotros, y todos llorábamos por el pequeño angelito que yacía frío y pálido en el cuarto contiguo. La muerte de nuestra querida criatura coincidió con el período de nuestra máxima pobreza. (p. 193).

Es aleccionador e instructivo políticamente hablando saber también, por otro lado, que, como señala Friedrich Lessner, entre 1864 y 1865,

En las sesiones del Consejo Central de 1865 se discutió también, aparte de cuestiones de organización y laborales, la situación en Polonia. Marx era un gran amigo de este país y no se cansaba de explicarnos la trascendencia de una Polonia libre, independiente. No eran menores sus simpatías por los irlandeses. La «Internacional» coadyuvó en gran manera a alarmar la opinión pública de Inglaterra por el denigrante tratamiento que se dispensaba a los presos irlandeses en las cárceles inglesas. De esta forma el gobierno inglés se vio precisado a mejorar la suerte de esos «criminales» políticos. En general, Marx se esforzaba por incluir en el ámbito de las discusiones todas las cuestiones políticas de envergadura, con el fin de capacitar a los trabajadores para «penetrar en los misterios de la política internacional y vigilar las tretas diplomáticas de los gobiernos». (p. 229 y 230)./em>

¿Y cómo no sucumbir también ante la inspiración fascinadora que producen las palabras con las que Paul Lafargue describe por las mismas fechas la organización del gabinete de trabajo de Marx, cuando nos dice que

Sin embargo, en aquel gabinete de trabajo de Maitland Park Road –donde desde todas las partes del mundo civilizado confluían los camaradas para consultar al maestro de la causa socialista– no se me apareció como el incansable e incomparable agitador socialista, sino como erudito. Aquel gabinete es histórico, y es preciso conocerlo para poder penetrar en la vida intelectual de Marx por el lado íntimo. Estaba situado en el primer piso, y la amplia ventana que confería tanta luminosidad al cuarto, daba al parque. A ambos lados de la chimenea, y frente a la ventana, las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros, y cargadas hasta el techo con manuscritos y paquetes de periódicos. (p. 235)

Cómo no quedar atrapado entonces, digo, por esta intensidad y pasión intelectual? Porque, además, hay que tomar en cuenta, según Lafargue, que

Para la colocación de sus libros no se guiaba [Marx] por la simetría externa, y así podían verse mezclados los formatos en cuarto, en octavo y los folletos. No ordenaba los libros por su tamaño, sino según su contenido. Los libros no eran para él objetos de lujo, sino herramientas intelectuales: «Son mis esclavos y deben servirme según mi voluntad.» Maltrataba sus libros sin respetar el formato, la encuadernación, la belleza del papel o la impresión. Doblaba las esquinas, cubría los márgenes de trazos de lápiz y subrayaba las líneas. No hacía anotaciones en sus libros, pero en ocasiones no podía evitar un interrogante o una exclamación cuando algún autor se pasaba de la raya. El sistema de subrayados que utilizaba le permitía encontrar con la máxima rapidez los pasajes buscados en cualquier libro. Tenía la costumbre de volver a leer siempre de nuevo los pasajes señalados, incluso después de años, con el fin de retenerlos bien en su memoria, de extraordinaria agudeza y exactitud. Siguiendo el consejo de Hegel, entrenó su memoria desde la juventud, aprendiendo de memoria versos en alguna lengua desconocida para él. Conocía de memoria a Heine y Goethe, a los que citaba a menudo en sus conversaciones. Leía continuamente poetas escogidos de entre todas las literaturas europeas. Cada año leía a Esquilo en su texto original griego. A éste y a Shakespeare los veneraba como a los dos máximos genios dramáticos producidos por la humanidad. A Shakespeare, al que profesaba una admiración sin límites, lo había hecho objeto de profundos estudios, conociendo incluso los personajes más insignificantes. La familia entera profesaba un verdadero culto al gran dramaturgo inglés; sus tres hijas se lo sabían de memoria. Cuando después de 1848 quiso perfeccionar el idioma inglés, que ya sabía leer con anterioridad, buscó y ordenó todas las expresiones propias de Shakespeare. Lo mismo hizo con parte de la obra polémica de William Cobbett, por quien mostraba gran estima. Dante y Burns también formaban parte de sus autores predilectos…

¿Y qué decir de la manera tan diáfanamente elogiosa con que Moses Hess describe a Berthold Auerbach desde Colonia la impresión que en él produjo su primer contacto con Marx, según deja constancia en carta del 2 de septiembre de 1841?

Te alegrarás de poder conocer aquí a un hombre que ahora también formará parte de nuestros amigos, a pesar de que viva en Bonn, donde muy pronto impartirá sus enseñanzas en la universidad. Si Braunfels ya te hubiera hablado de él, no hay que dar el menor crédito a sus palabras, ya que tiene menos juicio que una criatura acerca de hombres y afanes que, como en el presente caso, se hallan muy por encima de su horizonte.

Se trata de una personalidad que, a pesar de que me muevo en el mismo campo, ha producido en mí una enorme impresión. En resumidas cuentas: puedes prepararte a conocer al máximo, acaso al único auténtico filósofo actualmente en vida, que muy pronto, en cuanto se presente públicamente (en escritos y desde la cátedra), atraerá la mirada de Alemania.

Tanto desde el punto de vista de su tendencia como de su cultura intelectual filosófica, no sólo va más allá de Strauss, sino también de Feuerbach. ¡Y esto último significa mucho! Si pudiese estar en Bonn cuando imparta sus clases de lógica, yo sería su más aplicado oyente. Siempre había deseado tener a un hombre así como profesor de filosofía. Ahora me doy cuenta de lo ignorante que soy en el campo de la filosofía pura. ¡Pero paciencia! ¡Ahora todavía aprenderé!

El doctor Marx –así se llama mi ídolo– es un hombre todavía joven (tendrá a lo sumo veinticuatro años), que asestará el golpe mortal a la religión y a la política medievales. Combina la más profunda seriedad filosófica con el chiste más mordaz. Imagínate Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel combinados en una sola persona; digo combinados, no amontonados. Y entonces tienes al doctor Marx. (p. 16 y 17).

Es imposible seguir, pues las 583 páginas de que consta Conversaciones con Marx y Engels no hacen más que añadir, una detrás de la otra, descripciones desplegadas en un tenor como el que aquí ha quedado consignado. Carlos Marx fue un genio que logró reunir en su cabeza siglos de conocimiento, y en cualquier discusión de coyuntura o de táctica política, por mínima o circunscrita que esta fuera, columbraba él el despliegue de siglos de pensamiento, de combate y de desarrollo tecnológico y productivo dentro de cuyo marco incorporaba la coyuntura o táctica en cuestión.

Pero el libro de Enzensberger no es una simple acumulación erudita de elogios y diatribas. Es un libro vivo, histórico, que contribuye milimétricamente, con cada texto, carta, testimonio o informe, y con todas las críticas de Bakunin contra el comunismo autoritario y estatal de Marx y Engels, a la configuración de un fresco definitivo y contundente de una parcela de la historia mundial que hoy, a la distancia, nos produce la más atractiva y apasionada fascinación intelectual y personal.

También nos produce, es la verdad, cierta nostalgia. Una nostalgia que no se puede saber muy bien si es el fruto de la insignificancia que nos embarga ante el conocimiento de que vidas así fueron posibles, y que nos dejan deslumbrados e indefensos ante la incertidumbre de saber si una vida de aventura heroica puede ser todavía hoy para nosotros una alternativa ofrecida por el mundo, por la historia y la política.

Este libro de Enzensberger me ha dejado estremecido, y me ha hecho pensar, entre otras cosas, en T.E. Lawrence, otro que también hizo de su vida una aventura de la historia.

Me alegro mucho por haber tenido ese olvido al comprar una segunda copia, porque así me fue posible dárselo a alguien que –estoy seguro– sabrá extraer las mismas lecciones que sobre la cabeza de la pasión he extraído yo.

Del epistolario de Lawrence, ese apasionado lector de Melville, Nietzsche y Dostoyevski, recuerdo esto:

El coronel Lawrence, Ned, era el águila de las águilas desde sus días de Oxford. También él estudiaba historia; también a él le gustaban la poesía y el griego. Pero la actividad y la intensidad devoradoras que ponía al servicio de su apetito de descubrimiento aterraban. Su pasión era descubrir, y descubrir por sí mismo, en el instante, ya como muchacho, cuando examinaba una excavación en Oxford, buscando restos de cerámica medieval, o como hombre joven, cuando trepaba descalzo las ruinas de los castillos de Palestina para encontrar los hechos que buscaba para sus tesis universitarias. Había en el fondo de él una voluntariosa independencia, que siempre hallaba su camino propio; a veces se transformaba en travesura y su dirección se torcía en arabescos. Velocidad y el viraje repentino hacia el fin, en la vida y en la muerte…

Notas:

Fuente:  http://www.nodulo.org/ec/2014/n154p04.htm

31 de diciembre de 2014.  ESPAÑA

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