La Cuestión Judía y Martin Heidegger

A proposito de la aparición en inglés de dos libros sobre Heidegger:

• The Introduction of Nazism Into Philosophy in Light of the Unpublished Seminars of 1933-1935
By Emmanuel Faye, Translated by Michael B. Smith, Yale University Press.

• Hannah Arendt, Martin Heidegger, Friendship and Forgiveness
By Daniel Maier-Katkin, W. W. Norton & Company.

Puede parecer sorprendente que se sigan escribiendo tantos libros debatiendo
la adhesión al Nacionalsocialismo de Martin Heidegger, ya que el hecho que
Heidegger fuera un nazi nunca ha estado en discusión. ¿Cómo podría
serlo, cuando el gran filósofo tomó posesión como rector de la
Universidad de Friburgo en abril de 1933, precisamente, para llevar a cabo
la Gleichschaltung, o la “Nivelación” aria de la universidad con el nuevo
partido-estado de Hitler? ¿No le dijo al cuerpo estudiantil, en un
discurso, ese mismo noviembre de 1933, que “el Führer y sólo él es el
presente y el futuro de la realidad alemana y su Ley”? Después de la
guerra, ¿no se desvivió para minimizar los crímenes nazis, incluso
describiendo al Holocausto, en un famoso ensayo, “La pregunta por la
Técnica”, como una expresión más de la tecnología moderna, como la
agricultura mecanizada?

Sin embargo, para su ochenta cumpleaños, en 1969, Heidegger había logrado,
en gran medida, separar su trabajo y su reputación de su adhesión
incondicional al Nazismo. El sello de su absolución fue puesto por la
filósofa Hannah Arendt, en un discurso de cumpleaños difundido por la
radio de Alemania Occidental. El nazismo de Heidegger, explicó, fue una
“aventura”, un error, que ocurrió sólo porque el pensador, ingenuamente,
“sucumbió a la tentación… de ‘intervenir’ en el mundo de los asuntos
humanos”. La moraleja que se desprende del caso de Heidegger fue que “el
‘Yo’ pensante” es completamente diferente del yo de la conciencia”, de
modo que el pensamiento de Heidegger no puede estar contaminado por las
acciones del simple hombre.

La historia erudita acerca de Heidegger, en los últimos 20 años, ha sido
la gradual demolición de este consenso de perdonar, endosado por Arendt.
Por un lado, el auto-retrato de Heidegger como un idealista equivocado
convertido en disidente, ha sido demostrado que es pura invención. El
filósofo, está ahora claro, fue un comprometido nacional-socialista
durante muchos años, un admirador de Hitler que purgó a colegas judíos,
presidió una quema de libros en la plaza de la Universidad de Freiburg
(aunque parece que la lluvia pudo haber impedido la efectiva quema de los
libros) y - a diferencia de los genuinos disidentes - continuó enseñando,
publicando y viajando durante todo el período nazi. Al mismo tiempo, y más
significativamente, la supuesta división entre Hombre y Obra, ha sido
minuciosamente socavada, cuando los estudiosos examinaron la profunda
afinidad del pensamiento de Heidegger con las ideas irracionales y
chauvinistas de la derecha alemana de entreguerras.

Lo que distingue a Heidegger: La introducción del nazismo en la filosofía,
de Emmanuel Faye, que fue publicado en 2005, con una fuerte controversia en
Francia, es que lleva estas críticas a Heidegger hasta su lógica más
extrema. La mayoría de los lectores estarán de acuerdo que Heidegger era
un nazi, y que esto tiene importancia para su filosofía; le ha quedado a
Faye argumentar que Heidegger fue un filósofo nazi, lo que quiere decir que
no era un filósofo en lo absoluto, y que sus libros son verdaderamente
peligrosos de leer. De hecho, está muy cerca, en la última página del
libro, de decir que las obras completas de Heidegger deberían ser
prohibidas en las bibliotecas: “Son… tan destructivas y peligrosas para el
pensamiento actual como el movimiento nazi lo fue para la existencia física
de los pueblos exterminados… el hitlerismo y el nazismo seguirán
germinando a través de los escritos de Heidegger, con el riesgo de desovar
nuevos intentos de completa destrucción del pensamiento y de exterminio de
la Humanidad”.

Faye, una autoridad en Descartes, es conducido a este extremo de acusación,
por su estudio de los seminarios, hasta ahora no traducidos o no publicados,
que Heidegger enseñó durante los años 1933-35, en el primer arrebato de
su entusiasmo nazi. En estas clases, Faye demuestra sin lugar a dudas, que
somos testigos “de la introducción del Nazismo en la Filosofía”, la
rotunda transformación del pensamiento de Heidegger en una herramienta de
adoctrinamiento de la ideología nazi. Cuanto más familiar está un lector
con la obra de Heidegger, más impactado estará al verlo emplear sus
términos clave - Ser, Existencia, Decisión - como eufemismos de
Nacionalismo y de Culto a la personalidad del Führer Adolf Hitler. Así lo
encontramos, en el invierno de 1933-34, declarando que “la cuestión de la
conciencia de la voluntad de la Comunidad, es un problema que se plantea en
todas las democracias pero es uno que, por supuesto, sólo puede llegar a
ser fructífero cuando la voluntad del Führer y la voluntad del Pueblo se
identifican esencialmente”. Al mismo tiempo, Heidegger les dice a sus
estudiantes - “muchos de los cuales”, señala Faye, “se convertirían en
combatientes a principios de la década siguiente en el frente oriental “
– que “para un nómada semita”, la “naturaleza de nuestro espacio alemán”
es inherentemente extraña.

Faye demuestra, a lo largo de estos textos, la fusión misma entre Hombre y
Pensador, nexo que Heidegger más tarde taradrá de negar. Sin embargo los
Seminarios y discursos que analiza Faye datan principalmente de los años
1933-1935, es decir: desde el año del Rectorado de Heidegger y pocos años
después, cunado su nazismo era rampante. Para demostrar que Heidegger
continuaba siendo un nazi hasta 1945, o incluso para el resto de su vida,
sería necesario encontrar el mismo tipo de propaganda a lo largo de todos
esos años. Pero a diferencia de los Seminarios que Faye ha descubierto, los
escritos de Heidegger de la época posterior a 1945 son bien conocidos y
además, salvo algunos pocos casos notorios, la retórica nazi ya no se
encuentran rastros en ellos.

Con el fin de reforzar su caso, entonces, Faye tiene que recurrir a algunos
métodos un poco dudosos. Citando a un memorandum escrito por Hitler en
diciembre de 1932, Faye sugiere que su lenguaje y las ideas mismas se
parecen a las de Heidegger. Ya que “parece materialmente imposible que el
Führer pudo haber escrito en su totalidad por sí mismo” todos sus
discursos y notas, Faye continúa, y ya que “no sabemos exactamente cuáles
eran las actividades de Heidegger entre julio 1932 a abril 1933” - , pero
Faye así no puede explicarse lde manera satisfactoria la implicación que
Heidegger estaba funcionando como una suerte de escritor fantasma de Adolf
Hitler.

Pero la debilidad de esta deducción sólo se pone de relieve los problemas
con la conclusión general que plantea Faye. Lo que realmente quiere Faye no
es hacernos pensar de una manera diferente sobre Martin Heidegger, sino que
nos exime de tener que pensar en él en absoluto, lo expulsa de las filas de
los filósofos para hacerlo sumergir en el pozo negro donde habitan
ideólogos nazis como Alfred Rosenberg. “En la obra de Martin Heidegger,”
Faye concluye, “los principios mismos de la Filosofía son abolidos”.

Si esta conclusión general es aceptada, tendría graves consecuencias para
la reputación de Hannah Arendt, cuyo nombre está íntimamente ligado al de
Martin Heidegger. Arendt fue no sólo una de las mayores defensoras de la
reputación de Heidegger, sino como una estudiante de dieciocho años fue su
amante secreta y Heidegger tuvo gran influencia formativa tanto en su
pensamiento, como en su desarrollo emocional. Tiene sentido entonces que en
el libro sobre la relación Arendt-Heidegger el profesor de Criminología de
la Universidad Estatal de Florida, Daniel Maier-Katkin, trate de minimizar
los pecados políticos y filosóficos de Heidegger: “El abarzo de Heidegger
a los nazis puede considerarse entre otros innumerables actos de
acomodamiento que llevaron a cabo los ciudadanos”, escribe, para quienes “el
optimismo y el oportunismo sirvieron de base para una Entente (un acuerdo
tácito)”

Lo conduce en parte a esta afirmación su admiración incondicional por
Arendt. Porque si Heidegger era meramente un oportunista que tuvo un
“aventura” –esta bizarra palabra, extraña e inadecuada, que Maier-Katkin
toma prestada de la propia Arendt– entonces Arendt tenía plena razón
para responder por él en su defensa en el año 1969. Es más: ella también
está plenamente justificada para la reanudación de su amistad en 1950,
después de no haber tenido comunicación alguna con Heidegger desde la toma
del poder por los nazis en 1933, cuando se vió obligada a huir de Alemania.
“Esta noche”, escribió Arendt a su viejo maestro después de la reunión,
“fue la confirmación de toda una vida.” Si por cualquier motivo ella no
hubiera podido re-encontrase con él “habría cometido un actor realmente
inexcusable de infidelidad… por orgullo, es decir, una estupidez de pura
locura. No por razones.”

Éste es uno de los muchos momentos en el que el libro de Maier-Katkin se
queda corto cuando sus temas merecen ser sometidos a una presión mayor a la
que el autor está dispuesto o es capaz de aplicar. Porque la verdad es que
Heidegger era mucho más que un ciudadano despierto que se “acomoda” al
regimen nazi y Arendt, como filósofa, tenía buenas razones para aplicarle
a él un patrón de juicio por lo menos tan implacable como el que ella
utiliza tan notoriamente como una de las figuras judía europeas más
destacadas al buscar los responsables de permitir que ocurriera el
Holocausto (como en Eichmann en Jerusalén).

Mucho menos convincente es la sugerencia de Maier-Katkin que Heidegger debe
entenderse sólo como un poco más inteligente que Adolf Eichmann, ya que
“estaba menos motivado por la ideología racial que por las oportunidades de
hacer carrera, combinado con la irreflexión general.” Arendt se
horrorizaría de dicha caracterización del hombre que se hacia llamar en la
intimidad “el Rey secreto en el Imperio del Pensamiento”. Lo que hace que el
nazismo de Heidegger sea un verdadero desafío –en comparación con ser
simplemente un escándalo– es que no deriva del Mal, sino que es un camino
para entrar en él. Y una vez que reconocemos el poderoso atractivo de su
obra, estamos obligados moralmente e intelectualmente a explorar qué parte
de dicha atracción se debe a las ideas con un potencial para el Mal. Ni
Faye, ni Maier-Katkin se embarcan en este cuestionamiento más difícil, que
nos pide hacer frente so sólo a Martin Heidegger sino a nosotros mismos.

(Traducido por Nicolás González Varela)

Adam Kirsch

Es un editor senior de “The New Republic” y columnista de la revista “Tablet”.

Notas:

Fuente: The New York Times
E.U.A. 
Traducido por Nicolás González Varela

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