La degradación de la autoridad: el asalto al poder por los anti–poder

Desde la caída del muro de Berlín, la estupidez ideológica se ha ido extendiendo como una mancha de aceite.

Estupidez ideolóogica

Parece ser que fue uno de los Goytisolo el que lo dijo, y aunque desconocemos el contexto preciso de lo dicho, para nosotros, ajustando las cosas, tiene razón: el ser humano ha conocido tiempos más sombríos; tan bobos, posiblemente no. En las últimas décadas, por lo menos tras la caída de la Unión Soviética, y más acusadamente en lo que va del siglo XXI, una ola de protestas sociales de diversa magnitud e intensidad ha venido cobrando fuerza inusitada en diversos países del área occidental, es decir, del área de difusión greco–romana, judeo–cristiana y de democracias de mercado homologadas, desde Grecia a España pasando por Francia o México, aglutinándose primero en función de la dicotomía globalización–antiglobalización, y luego en contra del neoliberalismo, engendro ideológico maniqueamente interpretado que ha pasado a convertirse para muchos en la fuente ontológica de todos los males del mundo.

Los agrupamientos en masa de estas protestas tienen siempre como variable de definición fundamental una dicotomía más, igual de oscura y confusa: la dicotomía izquierda–derecha, que se apuntala además, y por si fuera poco, con la polarización moral de buenos y malos. La resultante general de todo este proceso, decantado al compás de la dialéctica geopolítica y económica que ha producido una de las más importantes crisis económicas globales de la historia moderna, es la ideología del fundamentalismo democrático. La globalización, el neoliberalismo, la derecha, los malos, la crisis, el Estado, el poder, la casta política, serán vencidos con Democracia –con mayúscula, auténtica y real, ya–. La pregunta es: ¿qué pasará luego de que la globalización, el neoliberalismo, la derecha, los malos, la crisis, el Estado, el poder y la casta política sean anulados o desactivados gracias a esa Democracia Real Ya? O para parafrasear a Lenin, ¿democracia para qué?

En semejante yuxtaposición de maniqueísmos, estos grupos parecen poner el punto de mira no en las «divergencias sociales objetivas» y efectivas sino en representaciones o «divergencias sociales subjetivas», individuales, pero en todo caso no formalmente políticas, como si estuviesen pensando el poder político desde la fase «natural» de las sociedades políticas.

Las redes sociales y los medios de comunicación producen por otro lado un efecto de inmediatez a escala planetaria, generando situaciones ridículas por exageradas o sobredimensionadas y por tanto oscuras y confusas, como puede serlo la protesta en alguna comarca perdida de Francia o de Barcelona o de Berlín, en donde jóvenes de la burguesía y la alta burguesía mexicana organizan happenings para manifestar su descontento por la desaparición de 43 estudiantes de una escuela rural miserable –que jamás verán en sus vidas– de una aldea del estado mexicano de Guerrero, de nombre Ayotzinapa, ejecutados en medio de una red de complicidad criminal y corrompida fruto de la degeneración del régimen político mexicano, que nadie niega pero respecto del cual enredo es muy probable que se desconozca todo o casi todo en Barcelona o Berlín, haciendo en realidad grotesca y boba la manifestación del hipster progre que en las calles europeas grita indignado, desde luego que con el Twitter y el Instagram como sus armas revolucionarias, «¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!», «¡Fue el Estado!», «¡Fue el neoliberalismo!», «!Es la globalización!», «¡No a la Guerra!». En efecto: el hombre ha vivido épocas más sombrías, tan bobas, posiblemente no.

Es la misma estupidez cándida, la misma bobería – ‘cambiar el mundo sin tomar el poder’, es la consigna de estos adolescentes políticos– que se observó en México cuando legiones de europeos –sobre todo italianos y españoles–, anarquistas y desocupados casi todos, semi–analfabetos ideológicos lo suficientemente resentidos como para estar «contra el sistema», qué sistema no importa (y no pasó mucho tiempo para que sociólogos desorientados comenzaran a pergeñar la basura ideológica de los «nuevos movimientos sociales anti–sistémicos», para justificar así el descontento de este o aquél resentido inadaptado y holgazán, víctima, por supuesto, del sistema), se lanzaron en manada al sureste mexicano, a partir de 1994, embrutecidos por el misterioso –y financiado en realidad por no se sabe quién y trabajando también para no se sabe quién carajos– alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en cuyo líder, el impresentable payaso Subcomandante Marcos, quisieron ver la salvación en esa lucha a muerte contra la globalización, el neoliberalismo, la derecha, los malos, la crisis, el Estado, el poder, la casta política.

Para Promacos la alarma no puede ser mayor, sobre todo porque, en algunas partes como España o Grecia, el resultado de toda esta oleada de protesta social, de esta bobería, en medio de una crisis económica y política de magnitudes mayores que desde luego no negamos, y en el ambiente de imbecilidad e infantilización mercadológica en que ha desembocado de manera inevitable el mercado electoral, es decir, la democracia en donde cualquier imbécil, si tiene dinero, sensibilidad, sonríe bien y le gustan las redes sociales, gana una elección, ha sido la toma del poder político.

Y no es que estemos, en política, contra la toma del poder ni mucho menos. Contra lo que estamos es contra la toma del poder de los antisistema, de los anti–globalización, de los anti–estado, es decir, de los anti–poder, de los buenos, de los pánfilos y cursis universitarios zapatistas posmodernos. ¿Por qué? Porque lo que vemos estarse produciendo, una vez que semejantes plataformas ideológicas se hacen con el poder político, es la degradación de la autoridad, fundamento nuclear del Estado a partir del cual se estabilizan las relaciones sociales en función, precisamente, de la asimetría en el ejercicio del poder. ¿Cambiar el mundo sin tomar el poder señores? ¿Y qué haremos ahora?

No hay nada peor para la vida del Estado, y de la nación, que alguien, que no sabe qué es y para qué es el poder político, lo tenga en sus manos. Pero si durante décadas se ha venido madurando la ideología de que la fuente de todos los males sociales, económicos y políticos es el poder y la autoridad; un poder frente al que se opondrá como solución maestra a la democracia y la transparencia, de las que se desprenderá correspondientemente –y en automático– la paz, la tolerancia, la solidaridad, la felicidad y la calidad de vida; si fue esto lo que se ha repetido cientos, miles de veces en foros, asambleas y debates televisivos, entonces lo que procede es transformar el Estado, desde el poder, en una ONG donde nadie se atreverá a tomar decisiones trágicas y de autoridad, precisamente, y donde se crearán ministerios para el bienestar animal y la diversidad de familias, o para la espiritualidad, la multiculturalidad y la felicidad, o contra la obesidad infantil y contra la depresión de todas y todos.

Los ciudadanos, es decir los buenos, que no usamos corbata, podemos hacerlo mejor; la culpa es de los políticos, es decir los malos, que siempre usan corbata. Esta es, al parecer, la complejísima matriz conceptual que está detrás de nombres de partidos y de eslóganes de campaña. El nivel retórico, por infantil, es repugnante. ¡No al neoliberalismo! ¡No a la Guerra! Pero hoy, en muchas partes, gente de este nivel ha tomado el poder político, y si puede que deseen suspender el pago de las deudas asumidas por el gobierno en cuestión, medida que tiene que ser analizada y ponderada según su grado de viabilidad y prudencia (caso de Grecia), lo que es de todo punto insoportable e inadmisible –y que pone en tela de juicio su seriedad política– es el hecho de que quieran quizá transformar también, por qué no, el ministerio de Defensa en, pongamos por caso, un ministerio de Paz y Amor. ¡No a la Guerra!

Sí señor, el ser humano ha conocido tiempos más sombríos; tan bobos, posiblemente no.

Notas:

Fuente:  http://www.nodulo.org/ec/2015/n160p08.htm

21 de agosto de 2015.  ESPAÑA

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