La fragilidad de los sabios y el fin del pensamiento [Libros]

Sobre el libro de José Carlos Bermejo La fragilidad de los sabios y el fin del pensamiento. Editado por Akal en 2009.

La fragilidad de los sabios Este libro de José Carlos Bermejo constituye una puesta en evidencia del panorama intelectual de hoy día. Está vertebrado en cuatro secciones y expone tres tesis principales, con bastante claridad y sin rodeos. La primera parte se ocupa de la posible desaparición de la universidad moderna, hecho que vendría dado por la dejadez de sus propios profesores. De acuerdo con Bermejo, una gran parte de los miembros (…) ha dejado de creer en los principios que dieron una vez sentido a esa institución, sentando así las bases para su próxima liquidación, o radical tansformación.{1}

La primera tesis está fundamentada por la concepción de la universidad como institución donde se garantiza el libre pensamiento, donde los intelectuales tienen un espacio en el que realizar su labor y avanzar en sus respectivos campos. Las causas a las que se atribuyen la caída en picado de la institución en cuestión son dos: por un lado, la desidia del propio cuerpo docente que lo compone, vanidosa y ególatra, obsesionada con la acumulación de publicaciones (y con ellas, de renombre en el mundo académico) y, por otro lado, la de los intereses de las empresas.

De modo que el primer capítulo nos muestra los avatares históricos a los que tuvo que enfrentarse el colectivo de filósofos a lo largo de la Historia hasta, final y felizmente, la aparición de la Universidad, entendida como un espacio dedicado a la creación y transmisión de conocimiento. Bermejo comienza señalando a los especialistas religiosos y artesanos especializados (identificados como sacerdotes y escribas, respectivamente) como los precedentes de lo que constituyen, en siglos próximos, la figura de los sabios o intelectuales.{2} Después, la figura del filósofo de la Antigua Grecia aparece como clave en el proceso para comprender el desarrollo histórico de Occidente, gran acierto por parte del autor, que, sin embargo, se sigue de un error, al defender justo a continuación la tesis de la filosofía como madre de todas las ciencias: y es que sostiene que el filósofo no era aquel que cultivaba la filosofía, sino toda persona que cultivaba un saber (sobre todo las matemáticas).{3} Es curioso como Bermejo se acerca así a la tesis del materialismo filosófico (la filosofía presupone un determinado nivel de desarrollo científico) al señalar el interés de los filósofos presocráticos por las matemáticas, si bien sus palabras dejan entrever como trasfondo la tesis opuesta y que juzgamos equivocada, a saber, que la filosofía es la madre de las ciencias, que progresivamente, se fueron emancipando.

Continúa el desarrollo histórico y surgen figuras como la del filósofo consejero, por los intelectuales de la edad media, básicamente monjes,{4}sin problemas económicos dada la estructura de los monasterios, así como la del teólogo pastor (con ingresos asegurados) y finalmente, la del intelectual libre y precario (condenado a vivir de sus pobre ingresos o del noble de turno que decidiera protegerlo económicamente: el autor ejemplifica sendos perfiles con Spinoza y Leibniz). Tras ellos, aparece lo que posibilitó la vida digna a nivel profesional: la Universidad moderna. Algo que sucedió en los últimos años del siglo XVIII en Alemania.

La institución se fue consolidando conforme corrían los años del XIX, cuando se crea la figura del profesor.{5} Tras la Segunda Guerra Mundial, en plena Guerra Fría, sale a la palestra un nuevo tipo de intelectual caracterizado por un academicismo que lo aísla del ámbito mundano, y que, separado de la realidad, realiza sus investigaciones. Bermejo, apoyándose en Gellner, señala a los filósofos analíticos como los iniciadores de esta maniobra fatal. En esa época, los gobiernos tomaron conciencia de que la victoria en las guerras estaba vinculada a la capacidad industrial, algo que facilitó que se dispararan el número de científicos (en campos como la química, informática, farmacología, etc.), construyendo así la ciencia postacadémica.{6} Y es que la victoria en las guerras se deriva del poderío en lo relativo a producción industrial, que a su vez es viable únicamente disponiendo de conocimientos científicos, que a su vez requieren de tecnología. Y es así como nace el entramado de la tecnociencia,{7} regida por criterios económicos.

De esta manera, la eficacia matizada por la rentabilidad es la piedra de toque en el terreno militar. Y así, si los valores del conocimiento y la dignidad e independencia académicas se sustituyen por los de la eficacia y la rentabilidad, se sientan las bases para el desmantelamiento o adelgazamiento de la universidad.{8} Esta parte de la obra concluye señalando la auténtica misión de dicha institución, esto es, la producción de conocimiento y de enseñanza, enmarcado en el reconocimiento de los derechos humanos.{9}

La segunda sección es una extensión de la primera, en tanto que se ofrece un ejemplo concreto de la corrupción del panorama universitario a la hora de investigar. De acuerdo con la argumentación que se ofrece, el autor señala la arbitrariedad y la petición de principio a la hora de ofrecer nuevos estudios, poniendo como ejemplo una realizada en Galicia. Con un proceder fraudulento, se pueden llegar así a construir teorías a partir de la nada, como la de la alineación astronómica de «A Ferradura» o la catedral de Santiago como «santuario de Lug».{10}

No sé si procede del todo en un libro de divulgación popular (esto es, no de profesores para profesores, sino de profesores para todo el público) tiene sentido ofrecer este testimonio sin posibilidad de que el lector consulte fuentes. En cualquier caso, independientemente de que el autor tenga razón en lo que pone en evidencia, quizás esto puede ser utilizado como arma para los que –de acuerdo con el autor– pretenden poner precio a la universidad en aras de purgar a todo el favoritismo y corrupción que el propio Bermejo señala.

En la tercera parte, el autor defiende la tesis de que los seres humanos no somos seres racionales, sino que sólo queremos tener la razón.{11} Para ello, realiza un recorrido histórico de la racionalidad (interpretado en clave de tener razón o, mejor dicho, de la voluntad de tener razón)c on otro recorrido histórico que parte de Homero, Platón y Aristóteles y acaba enlazando con la idea de locura (con el nacimiento del tratamiento científico de los denominados locos). Lo que Bermejo pretende señalar son las consecuencias abominables que pueden derivarse de un enfrentamiento por poseer la razón, si se va más allá de la una simple discusión, poniendo como ejemplo más extenso el de las torturas con electroshocks derivadas del psicoanálisis a pacientes catalogados como «enfermos» o «desviados».

Finalmente, llegamos a la cuarta y última sección, en la que la obra se cierra denunciando sin tapujos el fundamentalismo científico dominante. Ahora, Bermejo sostiene que la cosmología que se ofrece actualmente (el Big Bang, la Teoría de cuerdas, etc.) es una narración, basada en el principio antrópico y en el principio de razón suficiente. Ambos dicen más de quien los defiende a capa y espada… que de lo real.{12}

Ambos principios son el muro de carga de las fábulas de nuestro tiempo, donde los científicos tratan de revestir la tan antigua y denostada cadena del ser apelando a una falsa convergencia de teorías científicas para agrupar una serie de fenómenos de naturaleza diversa. Tiene razón Bermejo cuando señala que, si bien hemos perdido la fe en la perfección del cosmos a nivel ontológico, no lo hemos hecho a nivel epistemológico{13} (y de ahí este fundamentalismo científico). Y es que sucede exactamente lo contrario: hay irreductibilidad de unas ciencias a otras (los fenómenos químicos no pueden ser reducidos a la esfera de la física, aunque exista una ciencia física (…) que no cese de buscar esa convergencia).{14} Ante este argumento, los defensores de las fábulas suelen escudarse en la complejidad de los cálculos matemáticos que las fundamentan, imposibles de comprender para el público no-científico.

Flaco argumento, ya que como bien señala Bermejo, la sofisticación matemática en la que puedan estar fundadas no anula nuestra capacidad de comprensión de la teoría (…). Porque ellos mismos dicen que son capaces de exponer lo fundamental sin recurrir a la formalización matemática, y (…) porque lo que a nosotros nos interesa son sus supuestos metafísicos, que no son matemáticamente formulables.{15}

Tanto la primera como la última sección de este libro constituyen una honrosa excepción dentro de la bibliografía que hoy día suele ofrecerse en las facultades de filosofía de España por parte de la mayoría del profesorado, algo que hace que la obra sea digna de lectura.

Notas:

{1} Bermejo Barrera, J-C. La fragilidad de los sabios y el fin del pensamiento.Ed. Akal. 2009. Pág. 7.

{2} Ibíd. Pág. 9. Términos utilizados como sinónimos.

{3} Ibíd. Pág. 11.

{4} Ibíd. Pág. 16.

{5} Ibíd. Pág. 17.

{6} Ibíd. Pág. 25.

{7} Ibíd. Pág. 25-26.

{8} Ibíd. Pág. 28.

{9} Ibíd. Pág. 32.

{10} Ibíd. Pág. 44.

{11} Ibíd. Pág. 71.

{12} Ibíd. Pág. 77.

{13} Ibíd. Pág. 84.

{14} Ibíd. Pág. 90.

{15} Ibíd. Pág. 79.

Fuente:  http://www.nodulo.org/ec/2013/n142p10.htm

11 de enero de 2013

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