La razón de Descartes a Auschwitz

El predominio de la razón, en la que ya hemos perdido la fe y ahora es sentido como una dictadura esclavizadora, es una involución que el progreso técnico acelerado, una de sus consecuencias, disimula al punto de hacernos creer que estamos cada vez mejor, cuando ya hay demasiados síntomas de que no es así...

En una obra conjunta, “Dialéctica del iluminismo”, los filósofos de la escuela de Frankfurt, Teodoro Adorno y Max Horkheimer, hicieron un balance de la actuación histórica de la razón en los últimos siglos y consideraron el encadenamiento lógico que lleva a las peores aberraciones del siglo XX, ante todo el nazismo y el holocausto.
 
Los campos de concentración nazis, que el racionalismo maltrecho pero todavía vigente atribuiría con gusto a una inesperada vuelta a la barbarie del pueblo más culto de Europa, serían en cambio resultado extremo e igualmente inesperado de la razón instrumental separada de las demás facultades humanas, que se inició en el Renacimiento, tuvo su expresión religiosa en el protestantismo y filosófica con Descartes y luego con la ilustración.

Ya Heidegger había sacado al sujeto pensante, al “cogito” cartesiano, del centro de la reflexión filosófica, con el argumento de que se había olvidado el ser y se había concentrado en el dominio del ente: la técnica moderna y el “progreso” del que somos cada vez más dependientes.

Francia se mantuvo fiel a Descartes y a la “clarité”, pero con Foucault tomó cuerpo una reacción que de acuerdo con Heidegger y con Nietzsche se dispuso a cambiar el punto de vista cartesiano por otro en que el centro no fuera el sujeto pensante sino la estructura, donde el sujeto no era sino un punto de una vasta red y además determinado histórica y socialmente.

En los juicios de Nürnberg un jerarca nazi fue preguntado si era posible matar a miles de personas por día en los campos de concentración. “Sí, como no iba a ser posible; la dificultad estaba en deshacerse de los cadáveres”, contestó.

Podemos tomar esta respuesta como el resultado de siglos de evolución de la razón cartesiana, depurada de intuición, voluntad, sentimiento y todo lo demás, librada a sí misma y en pleno uso de sus atribuciones propias.

Prosigue así el largo camino que va desde Descartes, el primero que expuso el programa racional moderno, hasta el iluminismo, el positivismo, el materialismo y a Auschwitz y las cámaras de gas, las bombas atómicas, el sistema financiero internacional, el mantenimiento de la ilusión consumista y la construcción de refugios en previsión de una hecatombe final.

En las cámaras nazis morían por millares seres humanos dentro de un plan perfectamente trazado; pero los mismos seres humanos se creen con derecho a construir establecimientos donde mueren cada día miles de animales masacrados para comerlos, o con la misma razón perfectamente instrumental, con derecho a mantener en jaulas donde apenas caben zorros que no pueden caminar por atrofia de las patas, y solo esperan sin saberlo el momento en que les introduzcan un electrodo en el ano y lo hagan morder (la rabia es del animal, no es racional) otro electrodo de modo de recibir una descarga que lo mate sin quemar nada. Esto es así para que ningún golpe, corte ni herida perjudique el valor económico de su piel, que se usará para la industria. Aquí estamos totalmente dentro del racionalismo, no ya el de la “razón autónoma” de los teóricos, sino de la razón instrumental práctica.

Estos establecimientos, si consideramos que los humanos no tenemos más dignidad que las briznas de pasto o que los astros, son como Auschwitz una muestra de la razón instrumental actuante. La planificación del nazi tenía un punto débil: la dificultad para eliminar los cadáveres; pero los frigoríficos no tienen ese problema porque todos los cadáveres están colocados de antemano: nosotros los comemos.

Al hablar de la razón nazi la referencia es a una razón anticapitalista, aunque le hiciera el juego al capitalismo, sobre todo financiero, en muchos aspectos. Al hablar de los frigoríficos, de las bombas atómicas, de los refugios y del “taylorismo” la referencia es al capitalismo, que usa la razón eficaz al servicio de la rentabilidad máxima. O si la máxima no parece conveniente, de la rentabilidad “necesaria” para que todo el sistema se mantenga y no genere resistencias internas que lo hagan peligrar.

Ya entre los griegos, tan imaginativos y propensos al mito y la fantasía, se daban los elementos rudimentarios de la evolución que llevaría al racionalismo. Pero fue necesario el Renacimiento como “regreso” a la antigüedad clásica para que esos rudimentos comenzaran a perfilarse. El resultado no fue meramente un renacimiento, sino algo nuevo.  Luego vino la Reforma, que aceleró en paso y más tarde las consecuencias de la Revolución francesa y el establecimiento de un reino de banqueros, cuya mentalidad no ofrece dudas.

Desde Descartes, que dividió la realidad en dos partes irreductibles: pensamiento y extensión, el ser humano ya no pudo verse como unitario, sino como dividido en cuerpo y alma, razón y sentimiento, voluntad e intuición, lógica y presentimiento, razones del corazón y razones de la mente.

La unidad perdida no se ha recuperado, al contrario, se aleja cada vez más,  porque no hay conciencia de lo que se ha perdido. Las culturas tradicionales hablan invariablemente de una facultad de conocimiento que los hindúes llaman “boddhi”  que es supraindividual y que consiste en la intuición directa de la verdad, sin mediación de la razón discursiva.

La diosa razón, que pasearon los revolucionarios y que luego obnubiló a Augusto Compte, era esta razón discursiva, un modo de conocimiento inferior para los antiguos pero que ahora estaba por encima de todo, al punto de merecer la deificación como expresión de lo más noble del ser humano.

No era en realidad lo más noble, y sus frutos, cuando maduraron, fueron los que nos mostraron los nazis y analizaron Adorno y Horkheimer, los que resultan de la crítica que hoy, con las cartas vistas,  se puede hacer de las ilusiones de la ilustración.

La consecuencia de semejante enjuiciamiento de la ilustración fue la negativa a reconocer ninguna verdad racional y a hablar de las verdades particulares de cada uno, que así presentadas no son más que opinión, de “interpretaciones” necesariamente individuales antes que de hechos, de disolución en una anarquía en que porque todo vale,  nada vale. La contracultura abrió su camino, que fue un callejón sin salida.

El postmodernismo, que desde el inicio en Iberoamérica se definió por relación al modernismo de raíz ilustrada, sumó heridos y descontentos de variado origen: feministas, negros, homosexuales, teólogos disgustados con la iglesia, estudiantes con más entusiasmo que horizonte intelectual, marginados sociales y artistas que sentían agotado el modernismo.

Todos con el denominador común de rechazar y superar la civilización moderna o alguno de sus aspectos sin saber qué hacer con ese fin. Cuando Europa y los Estados Unidos se interesaron en la cuestión del postmodernismo, Iberoamérica fue sistemática excluida de las discusiones que se habían iniciado en ella.

El predominio de la razón, en la que ya hemos perdido la fe y ahora es sentido como una dictadura esclavizadora, es una involución que el progreso técnico acelerado, una de sus consecuencias, disimula al punto de hacernos creer que estamos cada vez mejor, cuando ya hay demasiados síntomas de que no es así.

Mientras tanto, hay neoliberales que pretenden seguir aplicando para beneficio propio hoy, aunque la herencia sea el desierto, la razón instrumental pura. Los socialistas y reformadores de todo tipo del otro lado los denuncian pero siguen usando las herramientas racionales tal como sus contrincantes. Unos y otros se disputan la ciencia, que es la aplicación más consecuente y utilitaria de la razón. Fuera de ella no consideran sino la barbarie, el nivel “prelógico”, primitivo o infantil. Se les escapa por completo aquello que Aristóteles llamó “intelecto agente” del que hizo participar al hombre, y que sostenía que era más cierto que la ciencia porque era su fundamento.

La restitución no está por debajo, por inspiraciones subsconcientes ni por encierros en la “verdad” individual ni en el irracionalismo, sino por arriba;  pero el camino está cerrado por ahora.

Tan cerrado que suele considerarse como un error propio del estado de la ciencia en su época la afirmación de Aristóteles de que la sede del pensamiento es el corazón. Sin embargo, entendida a la luz del simbolismo, esta afirmación alumbra de otra manera.

No se trata del órgano que bombea sangre en el centro del pecho, sino de lo que simboliza: el centro del ser total, aquél que está en comunicación, justamente por su condición central, con los estados superiores del ser, donde resplandece la intuición intelectual o “intelecto agente”.

Allí está el sol que irradia el pensamiento, tal como el sol astronómico irradia su luz, que es reflejada por la luna.

El cerebro incluso para nosotros tiene una función “reflexiva”. Esta palabra está relacionada con “reflejo”. Por eso el cerebro es “lunar” según el simbolismo: actúa “reflexivamente” produciendo un reflejo de la luz que emana del centro del ser, figurado por el corazón.

Este es el sentido de la frase de Aristóteles, antes que un error fisiológico. Justamente la idea moderna de que pueda tratarse de un error es un síntoma de que hemos perdido la comprensión del saber antiguo. Al piano que tocamos le faltan algunas teclas y las que le hemos incorporado, desafinan.

Como ejemplo del primitivismo de las explicaciones físicas de Aristóteles se ha presentado su idea de los conocimientos “sublunares” como si se tratara de cuestiones astronómicas relacionadas con la luna.

La luna es un símbolo de ciertas cualidades, en general pasivas,  y lo “sublunar” es solamente lo experimentable y verificable, el conocimiento sensible. Lo “supralunar” es lo que está por encima de la experiencia, propiamente lo metafísico. No hay primitivismo ni ignorancia en Aristóteles, solo pérdida del pensamiento simbólico en nosotros.

En el siglo IX, el sabio hindú Shankara dijo que la razón no es útil para conocer el absoluto, porque no hay método ni lógica que conduzca a él, y nunca estamos ni más cerca ni más lejos de él gracias a ningún esfuerzo. Alcanzarlo es algo que meramente acontece.

Algo tardíamente, en el siglo XIX, Nietzsche cayó en la cuenta de que dios había muerto, (agonizaba en el siglo XV) lo que significa que los hombres de occidente tienen el acceso impedido a estados superiores del ser, aquellos que simbolizan los dioses.

Al comentar esta frase, en el siglo XX,  Heidegger dictó su sentencia contra la razón a modo de amonestación y como descubrimiento personal: “el pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensar”. Y pensar es para él buscar la esencia original del hombre.

Para el simbolismo tradicional el “pensamiento”, no propiamente individual, ni siquiera humano,  y el logos, la palabra, son dos aspectos de una misma realidad inseparable.  Y el logos es uno de los nombres de aquel Dios muerto y suplantado por la razón que ya no resucitará para nosotros.

Notas:

Fuente: http://www.aimdigital.com.ar/ver_noticias.php?id_nota=98805

ARGENTINA. 10 de enero de 2010

Hay 1 comentarios

February 04, 2011 - 5:20 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Cuando el hombre se separa de lo sagrado que hay en él, el pensar se vuelve mecánico y simplemente se reacciona, no se acciona, pero para accionar el hombre debe primero descubrirse. Y esto no puede ser hecho desde afuera o ser enseñado.


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