La ruptura de la metafisica

Más allá de los postulados de Heidegger, para Lacan, el que cree desconstruir la metafísica sigue construyéndola sin saberlo. Así, desvía la anti?metafísica hacia la problemática de un no?saber constitutivo, núcleo del inconsciente.

El deseo de metafísica es muy fuerte en todos nosotros, se oía decir en una reciente y docta emisión radial (France Culture, “Les vendredis de la philosophie”).

¿Cómo entenderlo, en una actualidad filosófica que reitera en diversas formas, desde hace más de medio siglo, el “fin de la metafísica” promulgado por Heidegger?

A menos que ese prolongado final se entienda como una convalescencia (según la expresión de Gianni Vattimo) que repite una ruptura que la debilita sin destruirla. Si fuera así, la “desconstrucción” de la metafísica ¿no terminaría por hacer resurgir, ruptura mediante y en otro lenguaje, lo que la metafísica clásica decía sin decirlo del todo, aún antes de que se decidiera de su final? Hay algunos que lo piensan, entre ellos Jacques Lacan.

Que hubo ruptura, es innegable. Reivindicar lo metafísico desde adentro de su cuestionamiento, no nos devolverá jamás a Platón o a Hegel. Cuando Heidegger desmontó el principio de razón suficiente transformando el enunciado metafísico:

Nada es sin razón en: La Nada es sin razón, lo hizo de tal modo que esa Nada, alojada en nosotros, ente en medio de otros entes, nos convierte en el “ahí” donde se revela el Ser (a través de la angustia, el tedio, el lenguaje poético). Pero esa revelación -y en eso consiste la ruptura- se produce en una absoluta inmanencia, no tiene carácter objetivo.

Al no ser sustancia, al perder carácter referencial, el Ser aparece y desaparece en una inapresable “diferencia” con los entes, diferencia imposible de suturar de un modo referencial con conceptos (el de causa, por ejemplo). La pregunta de por qué hay ser en vez de nada no tiene, pues, respuesta especulativa, no es más que un síntoma de ese abismo abierto en el ente que pregunta.

El psicoanalista J. Lacan entra en la filosofía francesa inscribiéndose en la ruptura de Heidegger. Lo prueban sus múltiples apelaciones a la revelación/ocultación del ser, la idea de que al hablar, no hacemos sino responder al lenguaje, la prosopopeya de la “Cosa freudiana” (mejor dicho heideggeriana), la inserción del sujeto del inconsciente en el fin de la teología marcado por Hegel. Es cierto que Lacan no hizo demasiado caso de las tendencias hermenéuticas (Derrida, Ricoeur). Desvía más bien la anti?metafísica hacia la problemática de un no?saber constitutivo, núcleo del inconsciente. Piensa que el saber filosófico es, en sus orígenes, negación y hasta “censura” de un no?saber originario, imposible de relevar por el pensamiento. Pero esto hace, paradójicamente, que ese pensamiento sea imposible de suprimir.

El hecho reconocido por el propio Heidegger, de que la desconstrucción de la metafísica occidental no implica su eliminación sino que al operarla no se sale de ella, toma sentido para Lacan desde Freud: “[Freud] muestra que la esencia del Yo sé que pienso no es otra cosa que la acentuación excesiva del Yo sé para olvidar el Yo no sé, que es su origen real [...], dice el 23/4/1969.

¿No sienten que hay allí uno de los correlatos esenciales de lo que en nuestra época se clama como fin de la filosofía? [...]

A ese supuesto fin, se puede hacer una objeción de estructura, o sea, que filosofía o mejor aún, metafísica, nunca hizo más que eso, considerarse como llegada a su término. No hay que creerse que sacar a relucir a Kierkegaard, Marx o Nietzsche, como se dice, basta para agotar los límites de esa epuración?. Lacan aplica a la anti?metafísica la lógica moebiana, o sea, el que creía desconstruir la metafísica la sigue construyendo sin saberlo y al revés, el que la construía había empezado a desconstruirla. El que creyó que al matar a Dios “todo está permitido” se equivoca, la muerte de Dios consolida la ley.

Lacan no opone un sistema filosófico a otro como si alguno de ellos detentara la verdad. Por esa razón, no arranca de cuajo la metafísica:

“¿Qué pasa -pregunta- con las relaciones de nuestro esfuerzo con la metafísica?

¿Con un cuestionamiento de la metafísica que se cuidaría de no perder el beneficio de su experiencia?”

Es obvio que sustraer un significante al Otro haciéndolo inconsistente implica negar el Ser en sentido metafísico. Pero negar no es suprimir. La pregunta por la causa, o la referencia a un Sumo Bien o, en la duda cartesiana de si nuestra existencia es o no un sueño, la necesidad de un principio garantizador de realidad

¿no forman parte acaso del corpus del neurótico?

Una persona que inicia un análisis, aunque no lo formule en términos filosóficos,

¿no está buscando algo como la verdad?

Se trata, por supuesto, de que su pregunta elabore una respuesta que rectifique el nivel imaginario de aquélla. Pero la respuesta nunca eliminará del todo lo imposible de contestar en la pregunta. En este sentido, nada habrá marcado tanto a Lacan como la paradoja especulativa creada por Heidegger de un Grund “suelo o fundamento”, presentado como una forma del Abgrund (abismo, falta de suelo). Las respuestas anti?metafísicas a las cuestiones metafísicas conservan una preocupación de tipo metafísico (que no es sinónimo de religioso, aunque a veces lo roce). Se lo olvida en general pero en la suspensión de esa contradicción reside, entre otros, el sentido del recurso al matema.

Sara Vassallo

Psicoanalista. Es autora de Sartre/Lacan, Le verbe être, entre concept et fantasme, Paris, L’Harmattan, 2003 (en castellano en Catálogos, Buenos Aires, 2006), Escribir el masoquismo, Buenos Aires, Paidós, 2008 y artículos en revistas latinoamericanas y europeas. e?mail: .(JavaScript must be enabled to view this email address)

Notas:

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-18600-2009-05-21.html

ARGENTINA. 21 de mayo de 2009

Hay 2 comentarios

February 22, 2010 - 1:23 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

ANALISIS   METAFISICO


  Los elementos están ahí, a la vista; no se trata de espejismos; son reales; se los puede ver. Estos son visibles. Pero existen otros elementos que no se los puede observar, mas se sabe de su existencia, gracias a que se los percibe con otro sentido. La presencia de estos últimos pone en movimiento las aguas. Algunos comentaristas aseguran haberlos visto cuando hacen el recorrido de la orilla del mar hacia las casas. Pero no existen pruebas de su visibilidad; de éstos solamente se tiene la sensación de su existencia debido a la presión ejercida por ellos sobre los objetos y sobre el agitarse de las aguas. Se sabe de otras criaturas del agua, que también pueden hacer daño, pero son visibles. También existen otros elementos situados, según su naturaleza, entre los corpóreos y los incorpóreos. Ubicando estos últimos en la serie d, e, f, tenemos que e se puede confundir con f, mas no con d, y mucho menos d con f, porque d es completamente opuesto a f.

    Algunos comentaristas se atreven a decir que los elementos f obedecen a simples apariencias, por lo tanto no se les debe acoger. Otros proponen que sí se les debe “recibir”, si es posible, pero sólo para someterlos a estudios muy rigurosos buscando descubrir en ellos signos de violencia; siendo así, se los debe encarcelar de inmediato y sumarlos a los otros condenados a muerte.

    Lo más sorprendente de todo esto es lo expresado por otros críticos no menos prudentes, quienes hablaron sobre el elemento c, de mayor expresividad en el espacio, con un peso corporal semejante al humano. Este elemento c, al igual que los otros, se expresa en un punto donde el conjunto o resto de cuerpos son todos de una misma naturaleza. Otros críticos más osados se atreven a lanzarse a la aventura para hallar otros componentes anteriores a f, pertenecientes a esta línea descendente; no con el propósito de encontrar la parte negativa sino la contraria, y de este modo ponerlos al servicio del hombre. Estos últimos, los anteriores a f, son extremadamente opuestos a d, por eso no se sabe si en verdad existen. En caso de que existan, su valor no lo determina su peso ni su apariencia, sino su origen, pues en este caso serían de naturaleza única; no vendrían siendo el último, sino el principio; porque en la medida de su distanciamiento con las formas y el peso, se hace más notable su cercanía con la fuente. Ya se ha dicho que, sea cuales sean sus funciones y su estructura, todos provienen de la fuente, y todos deberían tener un mismo valor; sin embargo las cosas han cambiado mucho a partir de la Reforma, de cuando se elaboraron los estatutos, donde se establecieron las nuevas reglas, entre éstas la de no regresar al lugar de nacimiento ni meterse más con las cosas ocultas, como la de abandonar el cuerpo, invocar la figura de cinco puntas con sus respectivas letras, la de invocar espíritus de fuerzas descomunales; a todo esto lo llamaron algunos críticos el principio, otros se refieren a esto como la fuente. Volver “allá” es atrayente. Sin embargo todo eso quedó bajo llave, porque la naturaleza oculta allí, si se la toca, arrastra a otras costumbres, ya desechadas por los de las nuevas generaciones. Se presume que aquí se hallan los elementos anteriores a d. Por todo lo anterior, si el elemento d ha quedado casi que en el mero recuerdo, pese a no estar prohibido, simplemente ya no se lo utiliza, qué se puede ganar trayendo otros elementos sí prohibidos; sería absurdo; se estaría arriesgando mucho. El elemento d también se dejó de lado, dándosele entrada solamente al elemento e, de menor peso, menos problemas, menos riesgos. Sin embargo sería bueno que este elemento se manifestara, pues se harían más simples y fáciles algunas cosas; pero se da el caso de que su ausencia significa la retirada de elementos dañinos; su ausencia ayuda a la prolongación de la vida, si bien se posee una salud plena. Además, ya no se aspira a nada distinto que la presencia del regulador.

 

                APUNTES METAFÍSICOS   II


  Durante el proceso, los intercambios pueden ser favorables o desfavorables, teniéndose en cuenta el enfrentamiento entre dos fuerzas principales y otros impulsos de otros órdenes dispuestos en líneas descendentes. En este caso, en cada bando existe la fuerza principal y la subsiguiente. Como en toda acción bélica, todas las tropas de ambos bandos funcionan bajo las órdenes de la cabeza, es decir el rey, pudiendo ser éste, casi en todo tiempo, un General, encontrándose bajo éste otros generales, y en dicho orden otros cargos, hasta llegar al soldado sin título. De modo que el rey imparte órdenes al segundo comandante y lo coloca al frente de situaciones más delicadas con relación al resto de estados. Por lo general, el rey asume los compromisos de mayor relevancia.

  Es infaltable lo relacionado con la embestida de la fuerza contraria poco después de haber caído, constituyéndose este proceder en una constante. La tropa vencedora debe saber esto; así no es sorprendida: al vencer, debe prepararse para volver a vencer; jamás debe aceptar la idea de caer: el enemigo aprovecha este espacio y envía sus flechas cargadas del perfume capaz de emborrachar a los soldados, conduciéndolos a fijar la mirada en el abismo; así, éstos terminan volviéndose en contra de sus propios compañeros. Nadie ha puesto esto en duda, jamás; sin embargo, pese a la advertencia, no se puede asegurar lo de no ser atrapado por la idea de claudicar frente a cualquiera de las trampas utilizadas por el enemigo.

  Nadie sabe cómo se da este caso del contrario, de cómo es posible su renacer tan pronto, de entre las cenizas. El renacer del sujeto conocido como Sócrates, Galo, etc., tiene sentido, pues “éste” se prepara para ello. Pero el enemigo, es dceir los humedanos, no debían contar con este atributo. Los humedanos son elementos del agua, de los pantanales; su sola presencia frente a los secuanos, causa daño a éstos, los debilita; aquéllos tienen la facultad de pudrir todo lo que tocan. Hay quienes aseguran que el mal es invencible por tener las raíces bien aferradas en las profundidades del suelo. Por eso renacen; siempre quedan sus raíces.

    Se conocen dos fuerzas principales propiciadoras de vida: los secuanos y los humedanos.  Estos se hallan en todos los tratados metafísicos y alquímicos, obviamente con otros nombres. Vamos a dar dos nombres, uno correspondiente a los secuanos y otro a los humedanos; o sea una fuerza benigna y otra maligna; una sana, otra enferma; la sana corresponde a Alejandro Magno; la otra a Darío; es lo mismo que decir: el caballero blanco y el caballero negro; esto se conoce en Metafísica como los dos hermanos, la disputa entre las dos fuerzas que representan los bienes y los males

    Esto parecerá extraño, lo de la necesidad de esta fuerza maligna como dadora de vida. No es ningún misterio: simplemente la fuerza maligna contiene la tierra abonada con los nutrientes; en este caso el principio maligno en benigno. Sin embargo, también contiene lo contrario a los nutrientes. Es como una mina, de donde se extraen las piedras preciosas y se desecha el material inservible. La guerra se da en este punto, cuando la fuerza exterior selecciona el material. La vida, entonces, es la selección del material contenido en la sustancia.

  También es sabido que después de un triunfo, la tropa cae en un estado de calma, por poco tiempo. Todos los soldados sienten como si entraran en un mundo celestial. Para darse este caso, se hace indispensable que la contienda sea de alta calidad, un combate limpio, sin artimañas vulgares. Nunca se debe aparentar debilidad como artimaña, como dice Sun Tzu, porque para fingir debilidad se debe tocar el punto sensible; o mejor: no se puede aparentar debilidad sin tocar el punto sensible (no se debe olvidar que el punto sensible representa las sustancias sensibles universalmente admitidas. En los tratados de alquimia, al referirse a este punto, se dice: “Ni le toquéis, para que no muráis”, lo cual es cierto); por eso se recomienda no tocarlo. Es tan significativo este punto, que en los relatos académicos se los relaciona con “lo que no se nombra”; por eso la gente toca madera cuando habla de culebras…; es lo mismo.

    Esta situación vital es otra constante, sin ser una isla o punto de apoyo (esto en cuanto al ataque de los humedanos); la isla es otra cosa. En el primer caso se perciben otros factores de tipo visual, algunos; otros se relacionan con la paz trascendental, y lo más importante, se capta el sentimiento de triunfo, la buena relación con elementos de altos cargos. Entonces se recibe, por parte de los superiores, el nuevo uniforme, el de gala; sin ostentar la exageración de los adornos decorativos de los uniformes de las tropas enemigas en sus tiempos gloriosos.

    Los estudiosos de estos temas se encontraron siempre con ríos, sea en la lectura de los escritos de los filósofos, sea sintiéndolos en la sustancia. De igual manera se tropezaron con nombres de mares. Entre los ríos pueden ser el Eufrates, El Tigris, El Nilo, siendo éstos los más nombrados en los tratados filosóficos. Precisamente por la mala costumbre de recurrir a estos tratados a fin de acomodar la Historia, los etnocidas historiadores dejaron los nombres de estos ríos como elemento base para “colocar” en esta zona el inicio de la civilización. Así comienza esto: “En las tres cuencas, la del Nilo, la del Eufrates, la del Tigris y la del Indo, es donde la civilización aparece.” Vemos cómo nos hablan de tres cuencas y señalan cuatro. La del Indo la señalan por añadidura, tal vez bajo la fuerza del impulso de la indecisión: había otras historias de ese otro lado del mundo, historias tan “creíbles” como las otras; leyendas sobre Paraísos, otros “primeros” hombres, otras “creaciones de mundos” con sus dioses de comportamiento igual al de los demás, a todos; con sus seres celestiales. Tal vez se trató del remordimiento de la conciencia quien los obligó a incluir la cuenca del río Indo junto a las otras tres, desconociendo, obviamente, que nada de esto se ajustaba a la realidad.

    Esto no lo dijeron basados en la experiencia, porque esto se haya comprobado científicamente, lo dijeron obedeciendo a la terquedad impuesta por su propia infamia de abolir la Filosofía real y darle paso a ideas destructoras. Con esto se iniciaba el nuevo orden, el oscurantismo. No importa si fue Fulano o Zutano o Mengano, si fueron Kelbi, Bossuet, Jean Bodin, Voltaire o Vico, porque todos ellos y los demás se agarraron de ideas “del otro mundo” a fin de acomodar la Historia.

  Una cosa debe ser la Historia real, y otra, los conceptos filosóficos. Estos no se debieron tocar para armar la Historia. Pero se tocaron al considerárselos del plano físico. Quinto Curcio Rufo no se refiere a hechos del plano físico cuando escribe: “La Arabia, lugar célebre por la abundancia de sus perfumes, quedaba a su izquierda en la marcha. Hay un camino llano que pasa entre el Tigris y el Eufrates, por una tierra tan rica y fértil que, según dicen, han de retirar al ganado del pasto por temor a que la saciedad lo mate. La causa de esta fertilidad es la humedad de ambos ríos que casi inunda aquella tierra con las filtraciones de sus aguas. Los mismos ríos bajan de las montañas de Armenia y luego, con gran separación de las aguas, recorre cada cual su camino. Su distancia mayor alrededor de las montañas de Armenia ha sido calculada en dos mil quinientos estadios. Cuando estos ríos empiezan a surcar los campos de la Media y de los gordios poco a poco van acercándose con mayor proximidad, y cuanto más avanzan, más estrecho es el espacio que dejan entre sí. En donde más próximo se hallan es en las llanuras que los habitantes denominan Mesopotamia cuyos dos lados rodean estos ríos. Por fin, atravesando los campos de los babilonios, desaguan en el mar Rojo.” 

  ¿Qué tenemos aquí? En primer lugar se nos habla del perfume. Arabia es una estación, un estado o situación, un lugar ubicado en “cualquier” punto del recorrido hacia el lugar del oro: Oriente. En este caso Arabia se halla cerca al lugar atrayente. En todo tratado sobre Metafísica donde se hable de Arabia, se está haciendo alusión al perfume, la fragancia, principio del peligro.

  También se nos habla de los dos ríos cuyos nombres son los más influyentes en dichos trabajos. Son nombres metafísicos, de aquí se los tomó. Por tal razón los del plano físico fueron posteriores. Nos estamos refiriendo al Tigris y al Eufrates.

    Todo lo relacionado con agua está emparentado con la presencia de las sustancias sensibles; el agua sensibiliza o ablanda la materia; por eso, a mayor humedad mayor debilidad. En el Popol Vuh, refiriéndose a esta condición de la sustancia, se dice: “Entonces fue la creación y la formación. De tierra, de lodo hicieron la carne (del hombre). Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener.” Además, toda humedad, todo lo relacionado con agua, contiene aroma, puede ser mucha o poca, dependiendo del grado de humedad. En este punto o lugar, el sujeto debe luchar contra estas dos fuerzas combinadas: Arabia más los ríos Eufrates y Tigris. Cuando se llega a este punto, sin embargo, pese al peligro, a la lucha sostenida con los elementos, se intenta por varios medios mantenerse aquí. Lo de ser ricas estas tierras o puntos se debe precisamente a la abundancia de información recibida, no es otra cosa: la riqueza es conocimiento metafísico, luz; en este caso el ganado está representado, aunque parezca extraño, en la fuerza de los caballos. Esta riqueza se la interpretó de otra manera en el plano físico, llegándose a la confusión total con pasajes como éste: “Y Abram era riquísimo en ganado, en plata y en oro.” Es lo mismo; en este punto Alejandro Magno está representando a Abram (aunque todos los personajes de los tratados metafísicos representan lo mismo en determinados momentos). La tierra fértil aquí representa la vida; la tierra fértil está compuesta por la materia en descomposición; por eso este principio es acertado: la vida se da en la materia en descomposición. Pese a estar rodeado de la carne representada en el ganado, el sujeto se alimenta de yerba, representación de la paz: el paz-to o pasto.

  Hay otra verdad cuando Quinto Lucio Rufo dice: “Cuando estos ríos empiezan a surcar los campos de la Media y de los gordios poco a poco van acercándose con mayor proximidad, y cuanto más avanzan, más estrecho es el espacio que dejan entre sí.” Es un hecho: a mayor proximidad con Oriente, lugar del oro, mayor trabajo, más difícil el avance: las aguas están más cerca, representando esto mayor peligro: la ebullición de los elementos se intensifica, así mismo, por tal razón, la fuerza de los caballos: la decisión final está cerca. Llega un momento en que las aguas se cierran, dándose la claudicación debido a la sensibilidad total en la sustancia. No obstante, pueden ocurrir milagros, como la separación de las aguas. Todo esto en el plano metafísico, naturalmente.

    El Mar Rojo es un patrón insustituible en la escena filosófica; se trata de la mucha sangre ocasionada por la abundancia del agua. En la antigüedad, ya en el plano físico, pretendiendo ajustarse a los patrones filosóficos, los jefes de algunas tribus acostumbraban sacrificar animales, preferiblemente vacas, bajo la creencia de que la sangre derramada sobre la tierra propiciaría la lluvia, juntando de esta manera los dos principios: agua y sangre. Este derramamiento de sangre ocasionado por la fuerza de las aguas, elimina a los elementos indeseables en la sustancia, lo cual prolonga la vida del sujeto. Este juicio aparece en todos los tratados sobre Metafísica.

    El Mar Rojo representa el agua y la sangre, no es otra cosa. El Mar Rojo del plano físico es una figura tomada del plano metafísico, así mismo Mesopotamia, Babilonia. Partiendo de estos principios, podemos darnos cuenta de que cuando Quinto Lucio Rufo escribió sobre el Mar Rojo donde “desaguan” los ríos Tigris y Eufrates, se estaba refiriendo al plano metafísico. Mucho tiempo después los etnocidas, pese a todos sus intentos por cuadrar de la mejor manera posible la Historia, el Mar Rojo “quedó” entre Egipto y Arabia, y los ríos Tigris y Eufrates desaguan en el gran río Shatt al-Arab o Arvand- Rood, y éste en el Golfo Pérsico. ¿Por qué esto? Sencillamente porque no podían existir dos “Mar Rojo”, y la historia sobre Moisés cruzando el Mar Rojo era más impactante. Nosotros sabemos que ambas escenas, la de Moisés y la de Alejandro Magno corresponden al plano metafísico, jamás se dio este hecho en el plano físico. No obstante, buscando cuadrar la Historia, los etnocidas se ven en la necesidad de inventar cualquier cantidad de despropósitos, diciendo vaguedades como: “El Mar Rojo era llamado ‘golfo arábigo’ por la mayoría de los europeos. Este nombre deriva de las viejas fuentes griegas, como Heródoto, Estrabón y Ptolomeo, que lo llamaban “Arabicus Sinus”, reservándose el nombre “Mare Erythrias” (Mar Rojo) para las aguas del sur de Arabia, la región que hoy conocemos como océano índico.”  También dicen: “El nombre del Mar Rojo no hace referencia a un verdadero color rojo, es probable que el nombre haga alusión a las estacionales afloraciones de la cyanobacteria…” Otra teoría supone que el nombre se refería a las montañas cercanas, ricas en minerales rojos…” Otra hipótesis es que el origen del nombre proviene de un error de traducción de los textos bíblicos del Exodo al pasar del hebreo al griego…” Y déle con las suposiciones, pero sin dar con la verdad. Los límites del Golfo Pérsico son: Irán por el Noreste; la península Arábica por el Sureste. En el Occidente se hallan los emiratos Arabes, Arabia Saudí, Quetar y Kuwait; Irak en el extremo Norte; Irán en la orilla Oriental.  Entre el Mar Rojo y el Golfo pérsico se interpone el reino de Arabia Saudi. Podemos decir que los hombres de esas época, bien pudieron ponerle el nombre de Mar Rojo a muchos de los mares de esa parte del mundo; así como muchos ríos llevaron los nombres de Tigris y Eufrates en honor a los ríos con estos mismos nombres en los libros escénicos o metafísicos.

 


      ESTADO Y ASOCIACION POLITICA EN METAFISICA
 
  La asociación es el cúmulo de interés por un bien general, sin dejar de lado, no obstante, los obstáculos. Estos se presentan al ponerse en marcha todo proyecto, y puede decirse que forman parte del proceso. Por tal razón, sin obstáculos no hay proceso, siendo éstos uno de los elementos de soporte para los cálculos, las mediciones. De esta manera puede llevarse un registro exacto en cuanto a la calidad de los componentes de la asociación.
 
  El Estado se forma con la suma de asociaciones examinadas, rectificadas, escogidas. Estas asociaciones se van agrupando a fin de crear un gran volumen de fuerza, representando esto el conocimiento. En este punto, pese a haberse llegado a la cima, también se es sometido a prueba. Nos estamos refiriendo al cúmulo de asociaciones. Porque el obstáculo posee el don de renacer, de dejar las raíces en alguna parte del cuerpo donde no sea fácil su localización cuando se da el espulgue. En ese lugar el obstáculo queda como una partícula difícil de detectar, pero viva, cargada con toda la fuerza necesaria para recorrer todo el espacio comprendido entre su mundo y el de los elementos conformadores de las asociaciones. De modo que una de las ventajas del Estado, o sea del cúmulo de asociaciones, es el logro del conocimiento, al contar con un jerarca el cual dispone de la autoridad para matar a los violadores del orden. En este caso el mandatario deberá ser intocable, y de hecho lo es, pero solamente hasta cuando es sorprendido por algún obstáculo de esos que persisten.

  Contra el soberano, los obstáculos, o sea los elementos de otras corrientes políticas, operan de distintas formas a fin de bajarlo del trono. Cuando aparecen, no lo hacen frente a él, sino a una distancia prudencial, preferiblemente donde no los vea nadie; por eso escogen los montes. Desde allí lanzan dardos venenosos al jerarca, lanzan y se esconden, sabiendo que algún dardo, algún día, dará en el blanco.

    Hay quines dicen que estos elementos de ideas contrarias a las del gobernante jamás han dejado las filas de las asociaciones, sino que supieron cómo burlar las revistas, los exámenes, las inspecciones, y permanecieron allí, en el círculo de los mandatarios del reino. A veces se lanzan voces refiriéndose a este elemento, durante las asambleas: “No es ningún traidor, pues ése jamás fue de los nuestros; simplemente es un infiltrado.”

  Esta clase de muerte del soberano no es considerada una enfermedad, según las propuestas de algunos, a fin de que no se pensara en la enfermedad maligna y vergonzosa que flagela a todo rey avanzado en edad, sino que se habla de una traición de parte de uno de sus allegados.

    Casi nunca el jerarca es reemplazado por su asesino, sino por su primogénito o, a falta de éste, por otro miembro de su familia. Al homicida lo matan a pedradas o lo emparedan. Ciertamente resultaría más fácil degollarlo, pero esta práctica puede volverse habitual, como sucedió en el pasado, degenerándose así todo el Estado. En cuanto a lo otro, lo de matar a pedradas al condenado, o emparedarlo, es necesario la utilización de los hombres más fuertes, y esta labor es más demorada, lo cual conlleva al cansancio.

  Con todo lo anterior puede apreciarse lo de la dificultad de crear un Estado y mantenerlo. Algunos dignatarios dicen que es más fácil crearlo que sostenerlo, porque en la última etapa se lucha contra todas las fuerzas del propio Estado, y estas fuerzas son superiores a las de las asociaciones.

  En Metafísica los elementos representan al pueblo, todos los pueblos de la filosofía escénica, todos los individuos, todos los personajes de las obras de Platón, Aristóteles, Homero, Esquilo… Así, en todo el contenido de La República, La Política, Diálogos… encontramos solamente elementos pertenecientes a la Metafísica; en ningún caso reflejan sujetos del plano físico.

  Los pueblos están conformados por familias, regidas éstas por el padre; el conjunto de los padres crea al núcleo de los ancianos, conocidos en este plano como los sabios; este conjunto, a su vez,  establece al mandatario. De esta manera tenemos la divisibilidad de los elementos asociados. No obstante los elementos no son divisibles en su individualidad, porque de estos sujetos, o de cualquiera de éstos, emerge la mónada; es decir, todo sujeto es una mónada potencialmente. También, en esta forma, cada elemento es un jerarca potencialmente, mas ninguno alcanza el reinado de forma individual, sino con la integración del conjunto, las asociaciones. Por esta razón, la muerte del jerarca implica la muerte del reino, de todas las asociaciones, el Estado. Afortunadamente detrás de los elementos caídos vienen otros emergiendo de la tierra, con la disposición, siendo aún jóvenes, de formar sociedades. De esta manera se inicia otro ciclo.

  Las estructuras de las sociedades están demarcadas, entre unas y otras, por la fuerza dispuesta en cada asociación, aumentando esta fuerza en la medida de la posición jerárquica de las asociaciones, siendo el soberano la mayor concentración de potencia. Bajo este principio encontramos una línea conductora del parentesco, donde se aprecia la unificación entre el primero y el último, teniendo de esta manera las corrientes inversas, la una con relación a la otra: el jerarca es igual al cúmulo de asociaciones, y cada elemento es una parte del aquél. Así, la cabeza de cada asociación es un gobernante menor, monarca de un reino menor.

    En estas proposiciones vemos cómo el jerarca existe gracias a las partes, mas las partes pueden existir sin la manifestación de éste. Vamos a ver ahora por qué es necesario el gobernante.

  El jerarca, en metafísica, no administra, y en caso de hacerlo es por poco tiempo. Aunque se debe tener en cuenta que en metafísica el tiempo es diferente de cómo se percibe en el plano físico. En metafísica un tiempo corto puede bastar para conformar una generación, alcanzándole al gobernante para corregir errores. Además, entre todos los seres, éste es el único con la facultad de comunicarse con lo alto y conseguir beneficios difíciles de alcanzar por los demás seres. El jerarca es inclusive un prolongador de la vida, gracias a esta comunicación con lo alto. También es el propiciador del conocimiento, pues con él están los ancianos. El puede curar a los enfermos, si éstos acuden a él en busca de la salud. Ahora, él no es independiente del conjunto, él es la cabeza del conjunto, siempre lo ha sido, así sea potencialmente en los inicios del proceso, cuando todavía no hay un gobernante sentado en el trono. No obstante, en este periodo anterior, las funciones de éste son nulas, porque el jerarca aun se encuentra potencialmente en el resto de elementos, siendo este tiempo el correspondiente a las sustancias sensibles no admitidas universalmente.

fragmentos del libro: “LA REAL METAFISICA”, autor:  ANTONIO RAMOS MALDONADO


February 24, 2010 - 12:35 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Lo que se entiende de la metafísica y la filosofía de Antonio Ramos Maldonado es la condición de un tiempo y un espacio diferentes del nuestro, como si el metafísico se moviese entre dos o más mundos paralelos, situación planteada ya por otros filósofos. Da la impresión de que fuese ésta una ciencia muy particular, cuyos estudios no están al alcance de todo el mundo; es también como si se tratase de una ciencia secreta, de las manejadas por Aristóteles. Su doctrina ha suscitado una problemática que se puede centrar en tres cuestiones fundamentales: a), las distintas interpretaciones que se han dado en sus pensamientos; b,  el desarrollo de las ideas aristotélicas y kantianas; c, el problema de la autenticidad de sus obras. Estos trabajos de Antonio Ramos Maldonado nos recuerdan mucho a los escritos exotéricos aristotélicos Diálogos y Protréptico,  y los esotéricos Corpus Aristotelicum..
Ese es nuestro pensar frente a semejantes logros filosóficos.

Vemos con profundo asombro y admiración el manejo envidiable que Antonio Ramos Maldonado le da a sus trabajos metafísicos y filosóficos, utilizando esa alta calidad dialéctica de los grandes maestros del tipo Aristóteles, Kant, entre otros.

Leyéndolo a él, ¿qué nos queda pensar a nosotros los filósofos de estos tiempos, que nos hemos trasnochados buscando los misterios de la ciencia magna, conformándonos apenas con migajas, si es que alcanzamos a eso, en comparación con esa otra filosofía y esa otra metafísica desconocidas para muchos, sino para todos los que nos hacemos llamar filósofos por el solo hechos de haber pasado por una universidad? Propongo que debemos retomar las riendas de la filosofía, buscar otros principios, que debe haberlos, pues ahí están presentes y desafiantes en estos trabajos de este filósofo que aparece como una esperanza para conectarnos con aquellos grandes maestros…


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