La teoria critica de la sociedad y la actualidad colombiana

Vinculación de los estudios y postulados políticos y filosóficos de la llamada Escuela de Frankfurt, asi como la realidad alemana del siglo pasado, con la realidad colombiana de los últimos 10 años,

“En tiempos oscuros, el pensamiento tiende a exagerar las consecuencias de los fenómenos y a apresurar las conclusiones, lo que le hace perder la prudencia de juicio en el análisis de los asuntos de que se ocupa”.
RUBEN SIERRA MEJÍA (2008, p. 13)

Presentación

Mi objetivo en la presente ponencia es, en realidad, una provocación. Con provocación me refiero a la invitación que la ponencia hace a vincular la realidad alemana del siglo pasado, especialmente la de las tres primeras décadas, así como parte de los estudios y postulados políticos y filosóficos de la llamada Escuela de Frankfurt, con la realidad colombiana de los últimos 10 años. Por consiguiente, la ponencia brindará los elementos teóricos necesarios y será el auditorio- y el eventual lector- quien saque las conclusiones a la pregunta que se plantea. La pregunta es la siguiente: ¿es el estado colombiano un estado totalitario? Tal vez la respuesta pueda parecer obvia para algunos, pero en filosofía lo obvio nunca es la primera respuesta. En este caso, se debe ponderar detenidamente -alejando los apasionamientos- cada uno de los instrumentos teóricos dados en la exposición y el cotejo con la realidad colombiana.

Para desarrollar el tema procederé de la siguiente manera. Primero, mostraré sucintamente la situación en la Alemania en los años 20 del siglo pasado y haré una breve caracterización del nazismo. Esa caracterización permite hacer un parangón con la realidad colombiana actual para tratar de encontrar posibles semejanzas. En una segunda parte, expondré algunas notas principales de la Teoría crítica de la sociedad, la cual surge en el contexto de los años 20 y en medio de la discusión por la crisis de Occidente que había desatado Spengler. Y, por último, aludiré al totalitarismo. En esta caracterización tomaré en cuenta a distintos autores clásicos y actuales, todo siempre y cuando sirvan para dilucidar el fenómeno totalitario.

Con esto espero no caer dentro de la crítica hecha por el filósofo colombiano Rubén Sierra Mejía, en su reciente libro La crisis colombiana. Reflexiones filosóficas, donde ha cuestionado el hecho de que los filósofos no hablen de las circunstancias inmediatas por temor a equivocarse y por el rechazo a lo que él llama “pensamiento provisional” (2008, p. 21-22).

1. Los años 20: época de crisis
La época europea comprendida entre 1890 y los tres primeras décadas del siglo XX son fundamentales para comprender la vida política y espiritual de Europa. El cambio de siglo fue una época de transición, de escisión espiritual. Como todo cambio de época se produjo una tensión entre el pasado y el porvenir. En estos casos, es el presente el que sostiene la tensión. Esto se debió a cambios muy concretos producidos en el Viejo Mundo a partir de la segunda mitad del siglo XIX. En efecto, el auge del positivismo, los avances en la ciencia, la teoría de la evolución de Darwin, los descubrimientos en la física, la química, el átomo, la máquina a vapor, el ferrocarril, el telégrafo, etc., junto con la consolidación de la “era del capital” (Hobsbawn) producido por las exploraciones en la periferia de Europa, así como imperialismo reinante en África y Asia; la inserción del posteriormente mal llamado Tercer mundo a la división internacional del trabajo como productor de materias primas; el crecimiento de las ciudades y de la población, el ascenso de la sociedad de masas, etc., generó el surgimiento de una “mentalidad escindida”. Esa mentalidad generó una tensión entre los viejos valores comunitarios, sociales, solidarios, orgánicos y los nuevos valores impuestos por la sociedad burguesa: el individualismo, la competencia, la insolidaridad, el egoísmo, el afán de lucro, la nueva velocidad de la vida. Fue la tensión que sociológicamente describió Tönnies en Comunidad y sociedad de 1887. Es decir, la tensión era entre los valores antiguos, clásicos, y los nuevos valores impuestos por el capital. Se pensó que la sociedad burguesa producía un “ahuecamiento del espíritu” (Simmel), un empobrecimiento cultural e interior del hombre. Todo esto al ser el individuo sometido por la ciencia, la técnica, la tecnología, la industria, el mercado. Se criticó también la impersonalidad que producía la ciudad y se contrastó esta actitud con la del campo y los pueblos. Lo que se criticaba, pues, era la “pérdida de los valores”, el “desarraigo”, el “desamparo”, producido por la racionalización y la secularización de las sociedades europeas, ambas producidas por la “era del capital”.
Lo anterior llevó a que se plantearan serias críticas a la civilización y a que se denunciara la pobreza espiritual de la época, la cual se veía vacía y sin horizonte definido. Esto dio origen, entre otras corrientes, a las filosofías de la vida, en las cuales encontramos a Max Scheler, Bergson, el mismo Simmel, parte del pensamiento de Ortega, el conservadurismo vital-cristiano de Unamuno, entre otros autores. La época fue, pues, propicia para el advenimiento del pensamiento conservador baluarte de los viejos valores, así como de las múltiples recetas para enfrentar el presente y construir el porvenir, incluyendo, incluso, la mística y todo tipo soluciones espontáneas. Parte de esa desazón espiritual se refleja en estas palabras de Martín Heidegger: “la sofocante atmósfera, el hecho de ser un tiempo de la cultura exterior, de la vida rápida, de una furia innovadora radicalmente revolucionaria, de los estímulos del instante, y, sobre todo, el hecho de que representa un salto alocado por encima del contenido anímico más profundo de la vida y el arte” (Citado en Safranski, 2003, p. 45).

En este contexto, la Primera Guerra- mal llamada- Mundial es definitiva. No sólo porque refuerza esa desazón, sino porque impone la llamada Decadencia de Occidente proclamada por el intelectual- teóricamente afín al nazismo- Oswald Spengler. Las consecuencias no sólo espirituales de esa guerra perdurarán hasta mitad de siglo con el fin de la segunda guerra en 1945. Como es sabido, la “Gran Guerra” del 14, como se la llamó, es producto de tensiones imperiales entre Alemania, Francia, Rusia, Inglaterra, el Imperio Otomano, etc., que en el caso de occidente, significaba una clara lucha por el control de los mercados. Era la competencia internacional en la fase del capitalismo monopolista. Además, Francia quería revancha por su derrota en la guerra franco-prusiana de 1871. Esa guerra es perdida por Alemania y todas las cargas le son impuestas en el Tratado de Versalles firmado en 1919. A Alemania se le fragmenta su territorio, se le quitan sus colonias que son ahora aprovechadas por los vencedores, se le imponen reparaciones, se le limita el ejército y toda pretensión de armamentismo.

Asimismo, en 1919 se proclama la República con la llamada constitución de Weimar. Alemania pasa a ser un estado federal, con presidente de elección popular. En este ambiente el clima político es efervescente. Están los comunistas alentados por el triunfo de la Revolución rusa de 1917; los socialdemócratas, como siempre algo ambiguos, y en el peor de los casos se alían con los conservadores, y está la derecha. Todo en Alemania empezó a empeorar, excepto por unos cortos años, pero la crisis continúa con la Gran Depresión del 29. En Alemania las cargas impuestas por Versalles se hicieron asfixiantes, cada día aumentaban los parados, no había suficiente comida, y la baja clase media empezó a decaer. Esta clase, según Erich Fromm en su clásico libro El miedo a la libertad, acostumbrada a la autoridad del imperio sustituido por la República, a los viejos valores, al amor al fuerte, odio al extranjero, su concepción estrecha de la vida, etc., fue la cuna del resentimiento en Alemania, resentimiento contra el Tratado de Versalles, al cual veían, junto con la República de Weimar, como los causantes de la sumisión y la humillación alemanas (2006, pp. 178-186). Este fue el argumento de Hitler y de la derecha.

Hitler supo canalizar todo este descontento. Se vivían pues momentos de crisis, la nación estaba destruida, pasando por su peor momento. El desaliento era general. son estos momentos de crisis los que generan mayor confusión, inmediatismo, operatividad del pensamiento, tendencia a las respuestas rápidas y efectivas, esto es, las crisis son propicias a esa corriente filosófica llamada pragmatismo o lo que en relaciones internacionales se conoce como realismo político. Y en época de crisis, como bien lo ha descrito la genial filósofa española María Zambrano- hija también de esa época- se “muestra las entrañas de la vida humana, el desamparo del hombre que se ha quedado sin asidero, sin punto de referencia; de una vida que no fluye hacia meta alguna y que no encuentra justificación”, por eso “cada crisis histórica nos pone de manifiesto un conflicto esencial de la vida humana, un conflicto último, radical…” (2005, pp. 93-94. Resaltados agregados, D.P).
Hitler creó el Partido Nacionalsocialista. En pocos años, este logró adhesión masiva de la desesperada población. Tras su intento de Golpe en Baviera en 1923, Hitler fue arrestado. En ese tiempo en prisión escribió Mi lucha, que se convertiría en el fundamento del nazismo. Ahí estaban en realidad todos los principios del movimiento.

El fenómeno Hitler puede sintetizarse- siendo un poco esquemáticos- en los siguientes postulados:

1) Identificación de su persona con la nación, la patria.
2) Por lo tanto, abanderar los intereses nacionales en todos los aspectos: económicos, sociales, políticos, culturales.
3) Llamado al nacionalismo, a la “unidad nacional”.
4) Definición y delimitación de la nación en términos raciales: la superioridad de la raza aria. Su providencial destino y la inferioridad correlativa del resto de los pueblos. El darwinismo fue utilizado para legitimar científicamente el ideario nazi.
5) Promesa de recuperar la dignidad de la patria sometida y humillada.
6) Derogación del Tratado de Versalles y las cadenas que mantenían al país en la sumisión. Lo que implicó un desconocimiento al derecho internacional, en especial, a la Sociedad de las naciones, institución anterior a la ONU.
7) Derogación de la República y la Constitución de Weimar. Lo cual se logra en 1933.
8) Creación de enemigos externos e internos, en este caso, comunistas y judíos y, finalmente, todo aquél que no se acoja a los nuevos principios del nazismo. Igualmente, los países que ultrajaron la dignidad nacional en la “Gran Guerra”
9) Esa lucha contra el enemigo y la recuperación de la dignidad, implicó el afianzamiento del militarismo y el expansionismo hacia el resto de Europa. La expansión y el secuestro de niños arios en otros territorios, era parte de la política de superioridad del régimen. Esa expansión traía para Alemania nuevos mercados a la vez que los triunfos reafirmaban su superioridad.
10) La difusión de la ideología del partido era posible por medio de la propaganda totalitaria, el adoctrinamiento y, finalmente, el terror. La propaganda se expresaba en paradas militares, marchas, música, cantos, estandartes con los símbolos, etc., que buscaban, principalmente, “mistificar el líder”, quien representaba la seguridad que la población en una sociedad en crisis necesitaba. Un análisis del fenómeno de la propaganda puede verse en el fundamental Los orígenes del totalitarismo de la filósofa alemana Hannah Arendt (2004, pp. 425 y ss).
En términos de teoría política-jurídica el nazismo se sustentó en:
11) Definición de la política en términos de amigo-enemigo, tal como lo hizo en sus tratados de derecho constitucional el jurista Carl Schmitt, lo cual había tomado del español Donoso Cortés.
12) La relación amigo-enemigo era necesaria para afianzar la identidad (Schmitt).
13) Crítica del liberalismo por propiciar el individualismo y la ruptura de la identidad nacional.
14) Crítica a las instituciones del liberalismo, entre ellas, la representación y el pluripartidismo. Estas instituciones no representaban realmente los intereses nacionales, sino los intereses privados, económicos, lo cual fragmentaba más a la nación que, precisamente, necesitaba “unidad”.
15) Proclamación del unanimismo político y, por ende, el rechazo al deliberacionismo.
16) En este sentido, como sostuvo Schmitt, era necesario recuperar la soberanía, una soberanía que sustentara el orden mismo y que fuera la titular del “estado de excepción” condición de posibilidad de la existencia misma de la comunidad política. Como el estado legislativo era desintegrador de esa unidad, se requería una especie de vuelta a la soberanía encarnada por el Estado absolutista, por el Leviatán, que precisamente en los inicios de la modernidad había posibilitado la integración de la comunidad en términos identitarios.
17) El soberano, en términos de Schmitt, está por “encima de la legalidad”. Es así porque el soberano es el que hace posible la existencia de cualquier orden jurídico, posibilita su existencia. En este sentido, Schmitt se oponía a la legitimidad legal-racional de Max Weber (Serrano Gómez, 2002, pp. 3-20).
18) El derecho debe dejar maniobrar al soberano, en este sentido, hay sumisión de los demás poderes públicos ante quien represente esa soberanía.
19) En la época de crisis en Alemania, esta doctrina era salvacionista y se basaba ante todo en el decisionismo político (exclusión del otro, de la deliberación y una apuesta contundente por el presente y la construcción del porvenir). Ese decisionismo es asemejable con el pragmatismo y con el ocasionalismo.
20) Como corolario, Hitler representó esa soberanía. Él encarnó a la patria, la nación, al pueblo; él fue el Führer, el Líder, el Tercer Reich. Él estaba por encima del orden jurídico, era su sustento. Él era la realidad de Alemania, como sostuvo Heidegger; su voluntad era la ley, aseveró Carl Schmitt.

¿Qué produjo el éxito de Hitler en Alemania? La respuesta es simple. La crisis, sus promesas de salvación, su inmediatismo, la concreción de su propuesta, la composición de la sociedad alemana, factores económicos y psicológicos y, una vez instaurado en el poder, el militarismo, la propaganda, el terror y el apoyo incondicional de los Jünkers (terratenientes, viejos señores feudales) y el ejército disciplinado a su mando.
El salvacionismo de Hitler produjo la adhesión, incluso, de intelectuales como Heidegger, Schmitt, Ernst Jünger, etc., quienes fueron seducidos por el Líder. Ellos vieron en él, el retorno de la Alemania perdida, vieron un nuevo comienzo; sucumbieron a la desesperación de la crisis y se aferraron a la tabla de salvación. Su error y su ingenuidad la pagaron caro. En el caso de Heidegger, esto lanzó siempre una sombra sobre su carácter ético, sobre su filosofía misma, así como la prohibición de dictar clases por un corto periodo en Alemania. Con todo, la mayoría de intelectuales no fueron tan ingenuos y otros debieron salir necesariamente por su ascendencia judía, entre ellos, los miembros de la Escuela de Frankfurt, Hannah Arendt, Hermann Hesse, Thomas Man, etc.

2. La Teoría crítica de la sociedad: algunos postulados definitorios.

¿Cómo se inscribe la Escuela de Frankfurt en este contexto? ¿Cuáles fueron sus preocupaciones teóricas?

En el contexto alemán de los años 20 la Teoría crítica de la sociedad irrumpe en medio de las tensiones propias de la política alemana: las izquierdas, la derecha, la socialdemocracia. Fue una opción teórica, no explícitamente ni organizativamente política, a la confusión y a las tensiones presentes en su sociedad, aunque no sólo en ella. Intentaron rescatar la vieja tradición alemana proveniente del siglo XIX y, específicamente, como tercera vía, enriquecer el marxismo con otras perspectivas. En el Instituto de Investigación Social (más tarde conocido como Escuela de Frankfurt), inaugurado oficialmente en 1923 (Jaramillo Vélez, 1991, p. 17), se amplió la interpretación del marxismo y se abrió a miradas provenientes de distintas disciplinas. Eso era notorio en las fuentes recuperadas, Kant y Hegel, el diálogo con intelectuales de la época, Weber y Lukács, y la incorporación del psicoanálisis a esos estudios. Representaron una verdadera renovación en los estudios sociales de la época y fundaron la Revista de Investigación Social donde publicaron sus investigaciones. A la escuela llegaron a pertenecer hombres como Max Horkheimer, su director a partir de los años 30, Herbert Marcuse, incorporado en 1933, Theodor Adorno, quien ingresó en 1938, y otros intelectuales cercanos como Erich Fromm y Walter Benjamin quien realizó sus estudios sobre París financiado por el Instituto. A la escuela también se asocian nombres como el de Leo Löwental y Pollock.
Ahora, si bien la Escuela se inscribía en este contexto el cual definirá parte de sus orientaciones teóricas, no hay duda de que lo que ellos percibieron fue una crisis general de la civilización occidental, de Europa, de la modernidad. Su crítica pues se dirigió a la sociedad acuñada por el sistema capitalista. Quisieron descifrarlo, mostrar sus mecanismos de funcionamiento, opresión y perpetuación; la forma como subyugaba al individuo y lo performaba adaptándolo, su carácter ideológico, la instrumentalización que éste hacía del arte y la cultura. En síntesis, criticaron la racionalidad dominante y, negativamente, dieron pautas para la superación de ese estado de cosas, tal como aparece claramente en la obra de Herbert Marcuse. Esquematizando un poco, de nuevo, podemos señalar los siguientes puntos fundamentales en torno a la Escuela de Frankfurt:

1. La creación de una nueva teoría, la Teoría crítica de la sociedad en oposición a la teoría tradicional. De este asunto programático de su teoría se ocuparon tempranamente Herbert Marcuse y Max Horkheimer en Filosofía y teoría crítica (1934) y en Teoría tradicional y teoría crítica (1937).

2. La nueva teoría ve la sociedad como totalidad- siguiendo a Hegel en aquello de que sólo la totalidad es lo concreto- y enlaza en todas sus relaciones los fenómenos, a la vez que critica el positivismo reinante donde la división del trabajo afecta también la investigación lo que lleva a la parcelación especializada de la sociedad, esto es, a estudiar los hechos aisladamente.

3. Se tuvo conciencia de que el investigador no sólo lleva a proposiciones científicas la realidad, sino que él también está inmerso dentro de la sociedad que estudia. El investigador no es “exterior” al objeto de investigación.

4. La ciencia es vista como determinada por la sociedad imperante.

5. La teoría tiene que ser crítica, es decir, mira la totalidad social, su racionalidad o irracionalidad y a partir de allí vislumbrar caminos de superación de lo existente.

6. La teoría aparece ligada a la ideología- en el buen sentido- al tenerse consciencia de que la crítica se pone al servicio de un determinado modo de sociedad, una sociedad que supere la irracionalidad reinante, pues a esta teoría “le interesan los hombres con todas sus posibilidades” (Horkheimer, 2000, p. 80 y ss).

7. La Escuela realiza una crítica de la razón moderna, no sólo de sus promesas, sino de su perversión y de su fracaso. Es decir, si la razón desde la Ilustración prometió instaurar el mundo del progreso, la igualdad, la fraternidad, la libertad, etc., lo que estos teóricos estudian es cómo la razón se desvió de sus fines, es decir, cómo se convirtió en razón instrumental (Horkheimer) que se puso al servicio de la dominación. Esta crítica incluye la técnica, la ciencia, la tecnología como parte de esa racionalidad dominante (racionalidad tecnológica), que ha sometido más al hombre negándole su libertad (Herbert Marcuse). La denuncia es clara cuando Horkheimer y Adorno en su clásico libro Dialéctica de la Ilustración sostienen que la Ilustración “ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad” (2001, p. 59).

8. En este sentido, la escuela se propuso recuperar el papel crítico de la razón, su papel negativo y transformador, su potencial emancipatorio para así construir una sociedad racional. No ya con una razón pervertida, sino una sociedad donde el hombre pueda materializar todas sus facultades y potencialidades; una sociedad realmente libre con condiciones materiales dignas.

9. En este sentido, la Teoría crítica de la sociedad reivindica la utopía, tal como lo hizo especialmente Herbert Marcuse en su libro Eros y civilización, donde uniendo a Marx y Freud, y apoyándose en otros teóricos, busca eliminar la represión excedente a partir del uso liberador de la automatización del trabajo. Así se libera un tiempo libre donde el hombre podrá realizar todas sus potencialidades como individuo (Marcuse, 1969; Pachón, 2008, capítulos II y IV).

10. Dado el contexto y el análisis de la sociedad burguesa, la Escuela de Frankfurt se interés por temas como la familia, la autoridad y, por supuesto, el fascismo. Esto incluyó el análisis del totalitarismo y sus mecanismos de funcionamiento. En este sentido, un punto crucial en su estudio del fascismo fue lo que Adorno y Horkheimer llamaron “Industrias culturales”, aspecto crucial para comprender cómo la sociedad se reproduce y cómo logra adaptar mediante la radio, la televisión, el cine, etc., a los individuos al status quo, eliminado, a la vez, la posibilidad de una lucha, rebelión o revolución contra el sistema. Esto les permitió mostrar, que en las sociedades industriales avanzadas a pesar de las múltiples ofertas el individuo realmente no es libre ya que de antemano todas esas posibilidades están prefabricadas y logran manipular al sujeto. Es así al divertirse, al comprar y en general, en todo aquello que implique elegir. Así lo expresó Adorno al decir: “Libertad organizada es libertad obligatoria…” (2003, p. 57). Marcuse lo expresó de la siguiente forma: “La libre elección de amos, no suprime ni a los amos ni a los esclavos”.

Una vez en este punto, después de haber mostrado el contexto alemán de principios del siglo pasado, después de haber caracterizado esquemáticamente el nazismo y mostrado el surgimiento de la Teoría crítica de la sociedad, sus intereses investigativos y principios, es más fácil comprender por qué la Escuela de Frankfurt se interesó sobremanera en el problema del fascismo, lo que los llevó, junto con Arendt y otros, al análisis del totalitarismo. De tal manera que podemos preguntarnos para el caso colombiano: ¿qué parecidos tienen esas realidades tan aparentemente lejanas con la realidad colombiana de los últimos 10 años? ¿Es la sociedad colombiana una sociedad irracional que se disfraza de racional? ¿Qué papel juegan aquí las “industrias culturales” en la reproducción del régimen político actual? ¿Qué papel debe jugar una teoría crítica en nuestro medio? Todas estas son preguntas que desbordan el marco de esta intervención, pero que quedan como provocación.
Ahora, en lo que sigue me centraré específicamente en una caracterización del totalitarismo. Para ello me basaré en mi libro La civilización unidimensional. Actualidad del pensamiento de Herbert Marcuse, en especial, en el capítulo donde se estudia el libro El marxismo soviético y la caracterización de Rusia como estado totalitario. En nuestro caso, se trata de dilucidar si dadas las actuales condiciones en Colombia es posible hablar aquí de un “estado totalitario”. En eso consiste la provocación propuesta en esta ponencia. Entremos, pues, al tema:

3. Una aproximación a la naturaleza del totalitarismo.

R. Aron, el intelectual conservador francés, ha hecho un delineamiento básico de lo que comporta el totalitarismo. Dentro de las características que señala se encuentran: la existencia de un partido único que monopoliza la función política, la voluntad de imponer una ideología oficial a toda la colectividad, el control por el Estado de los medios de información y comunicación, la sumisión de las actividades civiles y económicas al poder del Estado, el establecimiento de un terror ideológico y político. Sin embargo, todo lo anterior no es posible de entender y explicar sin unos modelos culturales específicos (Cf. Hermet, Comp., 1991, p. 119 y 124). Es en este marco en que me moveré en adelante, para realizar la descripción del totalitarismo.

1. El totalitarismo es una administración sobre la sociedad, pues se posa como un gran pulpo sobre ella, no dejando espacio alguno fuera de su jurisdicción; cualquier muestra de desorden en esta sociedad es fácilmente controlado por uno de los tentáculos del sistema, tentáculos que funcionan sistemáticamente y de una forma coordinada y que se dirigen hacia el mismo fin: garantizar la armonía funcional del sistema. En realidad es una disciplinación de la sociedad, es el poder controlando los cuerpos y sus acciones, es, en últimas, la administración total sobre la vida tal como lo llamaba Marcuse o la disciplinación de la vida, tal como lo denominó Foucault (1994, p. 21). El totalitarismo disciplina la cotidianidad y promueve comportamientos uniformes; busca que la sociedad marche al unísono y se comporte como unidad inescindible y necesaria; promueve la creación de masificaciones obedientes, que deben manifestarse en bloque. Por otro lado, esa administración total sólo es posible con un panoptismo omnipresente. Para que un régimen totalitario sobreviva se necesitan cientos de ojos que vigilen a los sujetos día y noche. Foucault puso de presente cómo actuaba el individuo cuando era vigilado: “El que está sometido a un campo de visibilidad, y que lo sabe, reproduce por su cuenta las coacciones del poder; las hace jugar espontáneamente sobre sí mismo; inscribe en sí mismo la relación de poder” (1998, p. 206). Es decir, para Foucault es claro que las estructuras del sistema logran moldear de una manera determinable el comportamiento de los sujetos, en este caso, cuando el sistema logra una dominación instintiva “sobre el individuo”, este empieza a comportarse como un autómata.

2. El régimen totalitario no sólo se basa en la coacción física, pues como ya se puso de presente, éste también incluye el dominio sobre las conciencias; este dominio requiere acudir a otros instrumentos, entre ellos, los medios de comunicación, los cuales ayudan a crear y recrear la situación de dominio. Según Jacques Rupnik, el mérito de la novela de Orwell consiste en que muestra la mentira institucionalizada como una de las bases del sostenimiento del régimen. En efecto, Orwell predijo en su novela que en la época totalitaria que él describía la “paz” equivaldría a la guerra, la “verdad” a la mentira, etc., es decir, una época en que se manipularía tan fácilmente el sentido del lenguaje a favor del sistema que las palabras estarían fetichizando la “realidad”. Esto es lo que Marcuse llamó “la funcionalización del lenguaje”.

De la utilización de la mentira por parte del sistema se percató Kolakowski, para quien este nuevo instrumento implicaba la manipulación de los medios de información, para destruir los criterios de verdad “puesto que la verdad es cambiante, en función de las necesidades del poder, la mentira puede convertirse en verdad, o más bien, es la noción misma de verdad la que desaparece” (Cf. Hermet, compilador, 1991, p. 62). En el totalitarismo la única verdad es la del régimen, es la oficial. La existencia del control y el monopolio exclusivo de la información es un fenómeno que puede verificarse históricamente en Rusia, Alemania o Italia, donde el Estado era quien decidía qué se publicaba, se difundía o se daba a conocer a la sociedad.

Edgar Morin, quien laboró marginalmente para el sistema soviético y luego se retiró, respecto al tema del monopolio de la información: “Así se comprende lo que representa el monopolio de la información y de la comunicación: no es solamente la posibilidad de controlar la información y de producir pseudoinformación, sino que también es el poder de controlar las palabras, de imponer el vocabulario, la lógica, la verdad del partido como reflejo objetivo de la realidad del mundo (Morin, 1985, pp. 67-68)”.

Es este dominio de la información el que le permite al régimen manipular la sociedad, mintiéndole, preformándola y dirigiéndola. Así es posible elevar la ideología del sistema a dogma, el cual sólo requiere actos de fe para ser reafirmado.

3. Es preciso decir que los totalitarismos son idénticos a las religiones, no sólo por la estructura vertical, sino por la forma cómo actúan. Tanto la religión como el totalitarismo, que suelen tener un líder, forman una “comunidad de amor”. En toda “comunidad de amor”, según Freud, existen unos lazos verticales que denotan el amor por el líder y unos lazos horizontales muestra del amor por los semejantes; esa “comunidad de amor”, que está unida por unos lazos libidinales, es excluyente y no acepta otras “comunidades de amor” que no compartan las mismas convicciones. Así se expresa Freud: “en el fondo, toda religión es una religión de amor para sus fieles y, en cambio, cruel e intolerable para aquellos que no la reconocen” (1993, p. 2581). Los totalitarismos han compartido con la religión las mismas características: exigen una sola creencia, son excluyentes, son intolerantes con la disidencia y con los extraños a sus modelos, no admiten el pluralismo, son dogmáticos, y autoritarios, pierden el sentido de la realidad, son idealistas a ultranza. Hay en el totalitarismo una conciencia religiosa, la cual puede ser definida en los siguientes términos: “El seguidismo, la disciplina a todo trance, el culto a la personalidad de líderes, la persecución de herejes y renegados, la abolición de la crítica y la conversión de tesis sociales discutibles en dogmas de fe, son fenómenos que acreditan la existencia de una conciencia religiosa” (Botero, 2002, p. 169).

4. El fenómeno del totalitarismo es complejo. Los regímenes funcionan apoyados en la coacción y el miedo correlativo de las masas, pero en otras ocasiones, las multitudes apoyan abiertamente las políticas de sus dirigentes. En este último caso parece materializarse la sentencia de Nietzsche: “En la historia de la sociedad hay un punto de delincuencia y de debilidad enfermiza, en que la sociedad misma toma partido por quien la perjudica” (1999, p. 128).

Es aquí cuando las multitudes “inconscientes” se tornan más peligrosas, tal como sucedió en la Alemania nazi; allí Hitler y su ejército estaban acompañados por masas asesinas. Otra actitud religiosa es el fanatismo, el cual lleva el dogma al extremo del delirio. El fanatismo pone la sangre caliente, envalentona y es proclive, en un grado inimaginable, a las actitudes autoritarias y a la violencia. Estas expresiones religiosas alientan y expanden los dogmas y los credos, perpetuando la intolerancia y los prejuicios sectoriales. Por otro lado, el autoritarismo es una característica religiosa, que no sólo se encuentra en los totalitarismos, sino que es compatible con estructuras más democráticas, donde la organización no es tan vertical. La presencia del líder en un totalitarismo es importante pues él es el ídolo a adorar y a seguir ciegamente; él es la figura que engloba para sí un ideario que ha sido extendido. El líder es un mito, es una representación valiosa idealizada, sin la cual pierde fortaleza el movimiento. Las multitudes fanáticas que sustentan un régimen son tan ciegas, que en la mayoría de los casos, no perciben el hecho de que son instrumentalizadas, no pueden volver en sí y darse cuenta que el líder monta sobre ellas y que las dirige según su conveniencia.

5. Lo anteriormente descrito resulta imprescindible para el totalitarismo. Todos estos mecanismos y procedimientos, acompañados por un burocratismo excesivo, son necesarios para lograr la perpetuación de la dominación. En Rusia se dio una de las más grandes burocratizaciones vistas en la historia del siglo XX. La predicción de Max Weber en torno a la burocratización del socialismo se hizo realidad. Para Weber la burocracia era el más eficiente sistema de administración. Dentro del sistema burocrático el individuo tiene una función establecida que se concatena con un todo. Decía Weber: “es todavía más horrible pensar que el mundo pudiera algún día poblarse de nada más que de pequeñas ruedas dentadas, de hombrecitos asidos a pequeños puestos esforzándose sólo por alcanzar otros de mayor importancia” (1980, p. 606). Para Weber, la burocracia no era más que una parcelación del alma; representaba un espíritu coagulado y seco. Él era un hombre de cultura, pesimista ante el progreso, creía que la burocratización acabaría con toda manifestación cultural, además de encargarse de apabullar al individuo; la burocratización era una expresión del racionalismo. El pesimismo de Weber tenía serios fundamentos, pues: “Como lema de toda investigación en torno al racionalismo debería figurar este sencillo principio, olvidado a menudo: que es posible racionalizar la vida desde los más distintos puntos de vista y en las más variadas direcciones”, tal como sostuvo en su popular La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Por su parte, en Economía y sociedad, su obra más importante, afirmó: “El futuro es de la burocratización”, pues el progreso de ésta es “incontenible”.

7. El estado totalitario se vale de los medios culturales para lograr una mayor domesticación de la sociedad, así es posible crear un cúmulo de significaciones aprehensibles por los sujetos, lo que resulta útil para la invención totalitaria. En este sentido, la educación debe servir para formar individuos-tipo útiles a la maquinaria estatal. Si seguimos a Lois Althusser, es justo afirmar que el Estado para lograr su permanencia utiliza tanto los Aparatos Represivos del Estado (ARE) como los aparatos Ideológicos del Estado (AIE), teniendo en cuenta que: “Lo que distingue a los AIE del aparato (represivo) estatal es la diferencia fundamental siguiente: el aparato Represivo del Estado funciona esencialmente en la forma de violencia, mientras que el Aparato Ideológico del Estado funciona esencialmente en base a (sic) la ideología (S.f, p. 26).

Según el autor citado, la escuela es uno de los medios de dominación ideológica más efectivos; con la ideología que esta permite extender, el Estado totalitario busca disminuir la coacción física sobre los integrantes de su “comunidad”, pues sabe que la violencia no es el mejor instrumento para conservarse y que, por otro lado, hace falta otro tipo de mecanismos donde la evidencia de la brutalidad no sea tan evidente. Por ello no es extraño que el Estado totalitario tienda siempre a monopolizar la educación.

8. El totalitarismo es la negación concreta del individuo. En un régimen totalitario el individuo es disuelto en la multitud domesticada; el individuo en el totalitarismo carece de autonomía, de independencia, de iniciativa, de intereses, de perspectiva. Sus expresiones pulsionales son reprimidas y amoldadas a cánones, motivos, razones e ideales predeterminados. El totalitarismo impide la realización humana. Nietzsche decía que el amor perdonaba hasta el deseo. En efecto, el “amor”- que es posesión- del sistema hacia el individuo quiere adueñarse de sus anhelos, sus sueños, quiere inocularlo y en este caso, el amado, el individuo sometido, no tiene más alternativas que seguir el horizonte obscuro trazado por su guía, es decir, el Estado totalitario. Esta armonización del individuo con el sistema se logra: por su aceptación o por la imposición. Es preciso decir que la disolución del individuo en la totalidad es una de las características básicas de la teoría social moderna, pero los fracasos han sido evidentes. Esas pretensiones desembocaron, en vez de en un orden social armónico, en una anomia social enfermiza, violenta e insolidaria. Esa pretensión totalitaria de la teoría social es sólo causa de un racionalismo a ultranza. En ella no se ha entendido que la teleología absoluta puesta a un sistema político arrastra con la individualidad. Es oportuno decir que “el exceso de lo social sobre lo individual o la subordinación del amor individual por el amor abstracto filantrópico, serían los fundamentos últimos de todo totalitarismo” (Téllez, 1984, p. 137).

9. El totalitarismo es represivo con la intelectualidad. Si bien en varias ocasiones algunos intelectuales han tenido una actitud tolerante o condescendiente, por decirlo de alguna manera, con los totalitarismos- Sartre con el régimen soviético-, de Heidegger con el nazi- lo cierto es que en la mayoría de los casos la actitud de los intelectuales frente a los regímenes autoritarios y totalitarios ha sido de rechazo lo cual ha sido funesto para los pensadores. Basta mencionar el trato dado en Italia a Antonio Gramsci y, recientemente, a Antonio Negri; en la España franquista a Gaos; en Argentina la dictadura persiguió a Enrique Dussel y a Arturo Andrés Roig; en Alemania a Freud, Hesse, Mann, Marcuse, Horkheimer, Adorno y Walter Benjamín. Estos ejemplos son suficientes para comprobar la incompatibilidad del autoritarismo mezquino con la crítica intelectual. Un sistema que miente no puede admitir críticas a sus “verdades”. Antonio Gramsci ha puesto de presente que en el decurso histórico el papel de la intelectualidad ha sido fundamental tanto para la sociedad como para el poder, tal como sucedió en el ocaso de la Edad Media, lo cual resulta comprensible, pues el intelectual ha sido una pieza clave en el desenvolvimiento de la historia. En sintesis, como dijo Saramago: “Es regla invariable del poder que resulta mejor cortar las cabezas antes de que comiencen a pensar, ya que después puede ser demasiado tarde” (2006, p. 140).

10. Hay un último aspecto sobre el totalitarismo al que quisiera referirme. El totalitarismo, por lo menos de acuerdo a la experiencia histórica, se ha fundado sobre el partido único, el cual está teorizado -por paradójico que parezca- en Rousseau. Esto se explica porque para Rousseau la existencia de varios partidos imposibilitaba la configuración de la voluntad general debido a la pluralidad de posiciones ideológicas que no consolidarían fácilmente un consenso. En el sistema de Rousseau no pueden haber intereses diferentes a los de la comunidad, no puede existir una noción de sociedad parcial e, incluso: “Para que el pacto social no sea un formulario vano, implica tácitamente el compromiso, único que puede dar fuerza a los otros, de que el que se niegue a obedecer a la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo” (1985, p. 168). Es preciso decir aquí, que Bobbio, el intelectual italiano, no considera que Rousseau haya sido teórico del totalitarismo, pues él impuso límites al poder. Sin embargo, cabe anotar que el partido único, que se encuentra en la teoría de Rousseau, fue el causante de miles de muertes en Alemania, en Rusia y en el recientemente depuesto régimen iraquí.

11. El totalitarismo está ligado- inescindiblemente- con la violencia. Y en el caso del socialismo la violencia ya era considerada por Marx como la partera de la historia y fue concebida en varias de sus obras como un instrumento para utilizar en la revolución. Por otro lado, muchos advirtieron que el marxismo tenía una contradicción, pues aún en la etapa comunista se necesitaba una organización centralizada y autoritaria para el manejo de la economía lo que contradecía sus principios de libertad, esto lo advirtió el jurista Hans Kelsen. En efecto, así lo reconoció también Kolakowski, para quien “cualquier doctrina socialista de control central de la producción y de la distribución es inseparable de la tentación de controlar los espíritus” (Véase Hermet, 1991, p. 74). Las experiencias históricas parecen haberle dado la razón a Kolakowski, pues esa sentencia se ha materializado en todos los “socialismos” que han existido y en los que aún existen.

La pregunta que hay que reiterar después de esta exposición es: ¿Se dan en Colombia cada uno de estos elementos definidores del totalitarismo? ¿Se dan sólo algunos? ¿Es posible hacer extensivos estas notas a la realidad venezolana, por ejemplo? ¿Se alcanza a configurar en Colombia un estado totalitario o es posible, a decir por el curso y la tendencia de los acontecimientos, que se esté configurando en nuestro suelo un estado tal? De nuevo la provocación. Eso sí, con la exigencia en la mesura del análisis.

Bibliografía citada
ADORNO, Theodor (2003). Consignas. Buenos Aires: Amorrortu.
ALTHUSSER, Lois (S.f). Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado, Bogotá: Ediciones Los comuneros.
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ZAMBRANO, María (2005). Hacía un saber sobre el alma. Buenos Aires: Losada.
Publicado por Nuevas ideas damian en 14:04

Damián Pachón Soto

Abogado Universidad Nacional de Colombia; Magister en Filosofía Latinoamericana por la Universidad Santo Tomás. Ha publicado 7 libros, entre ellos, “La civilización unidimensional. Actualidad del pensamiento de Herbert Marcuse” (2008), “Ensayos de Filosofia del derecho” (2008), “E.M Cioran o el arte de Calumniar la vida” (2006), “Esbozos filosóficos, Volúmenes I y II” (2006-2008), Filosofía vitalista y economía solidaria” (2006), “Notas críticas” (2006). En proceso de edición se encuentran los libros “La concepción de Hispanoamérica en Rafael Gutiérrez Girardot” (Tesis Summa Cum Laude, que publicará la Universidad Santo Tomás de Bogotá)y del libro “Estudios sobre el pensamiento colombiano, Vol., I”. Ha sido profesor de “Pensamiento y filosofía Colombiana” en el Departamento de Ciencia Política, Universidad Nacional de Colombia (2008); de “Filosofía antigua” en la Universidad Santo Tomás. Actualmente es el Director de la Colección Biblioteca Colombiana de Filosofía(USTA) y dicta la cátedra de “Filosofia política” en la Facultad de Filosofía Y Letras de la misma Universidad. Igualmente se desempeña como profesor de Tiempo Completo en el Departamento de Humanidades (USTA)

Notas:

Fuente: http://nuevasideasdamian.blogspot.com/2009/11/la-teoria-critica-de-la-sociedad-y-la.html

COLOMBIA.  2 de noviembre de 2009

Hay 1 comentarios

February 06, 2011 - 10:12 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

      En relación con su interesante articulo, la teoría critica de la sociedad y la realidad colombiana, con toda consideración y respeto,me permito comentarle y sugerir,que para su mejor utilidad como marco teórico para el análisis de la realidad política de Latinoamerica empezando por Colombia y Venezuela, debería actualizarse desde el punto de vista de los hechos históricos, tomando en cuenta el tiempo transcurrido desde la publicación del artículo y la fecha de estos comentarios, (6-2-2011)  que actualmente el presidente de Colombia ya no es Uribe sino Santos, y que en Venezuela tenemos un Presidente que ya tiene 12 años en el Poder y que aspira mantenerse según su decir por muchos años más.
      Tambien desde el punto de vista del marco teórico, de ser posible
sería muy interesante ampliarse para incluir, a pesar de su complejidad el pensamiento de Jurgen Habermas el más importante pensador de la última generación de la Escuela Crítica Alemana.Esta inclusión nos permitiría acceder a información en la Web, de muchos escritores,de variada competencia que desde distinto paises de latinoamerica como Mexico,Argentina,Chile y Perú además de Colombia y Venezuela están analizando,criticando e interpretando desde diversos ángulos,las ideas de este importante filósofo y sociólogo.Desde mi posición de abogado con muchos años de practica del derecho y actualmente en giro intelectual desde la filosofía del derecho a la filosofía en general y con intereses en la filosofía ética y política, me resultaria placentero y retador participar de alguna manera, en su interesante “provocación”.Atentamente Adolfo Granados,


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