Meditación peregrina

La palabra tiene Nombre

su origen es el Verbo

su universo el Silencio

su timbal el hombre.

Al recibir la cordial invitación para participar en la celebración de este trigésimo quinto aniversario de la Sociedad argentina de filosofía desde la reflexión sobre el poder, la educación y la justicia, nos preguntamos ¿qué convendría plantear entorno a estas realidades cuya precariedad actual parece tornar en clamor la propuesta?

¿Hay algo que el humano considerar pueda sin poner bajo el mismo signo del planteo el sentido de su existencia? ¿No aprendimos de Platón que lo humano conlleva un riesgo vital; que la pregunta se engendra preñada del principio de su respuesta? ¿Su amado maestro no probó con la propia vida que la areté de la polis reposa sobre el sacrificio del polités? ¿El más egregio discípulo de La academia no cinceló la tensión constitutiva de la cultura en las categorías capitales de la peregrina filosofía? ¿Qué nos regresa a la caverna? ¿Cuándo la tensión acrisolante del amor a la sabiduría mutó en despojo nihilizante? ¿Hasta que punto puede la apariencia aniquilar el Verbo? ¿Hasta dónde los ritos acédicos trastornan la sesera?

Teodoro Haecker, Romano Guardini, Gabriel Marcel y otros tantos de no inferior vuelo, nos recuerdan que el hombre debe remontar su libertad hasta las fuentes, no sólo ya como ejercicio abrevante de su humanidad, sino a raíz de que un cierto fomes del habitus viene transformando en imperativo actual la conveniencia de la cual depende la posibilidad misma de lo humano.

Johann Wolfgang von Goethe, Soren Kierkegaard, José Ortega y Gasset, Rudolph Arnheim, Marshal MacLuhan y Alfonso López Quintás entre muchos, coincidieron en señalar como engendro de la voluntad de poder la creciente babelización de la aldea, es decir la pérdida de humanidad en los aldeanos, por suplantación de los fines naturales por medios artificiales.

El idealismo sumió la realidad en las sombras de su proyección eidética. El relativismo en su determinismo despeñó la palabra, por naturaleza siempre y cada vez nueva, tornando la levedad de su luz en oscurantismo iniciático. El igualitarismo insiste en sepultar la belleza del encuentro en el crematorio de los consensos ideológicos. La realidad enferma.

El bufón del rey sin rostro, nada menos que en nombre de la comunicación, preside consagrando al culto de tánatos casi cada útero de humanidad. En lugar del Cristo presidiendo las alcobas, en lugar de los abuelos a la cabecera de la mesa, en lugar del silencio y el canto hogareño, una ilusión inclina la masa crítica social hacia el reino del como-si, deconstruye, formatea y aliena, suplantando el cultivo amical de la labranza agapea, según la inercia masificante de la prestidigitación mediática. ¿Quién está hasta qué punto exento?

Extraña resulta la poesía orante, anacrónica la voz del orfebre que con ecos del logos templa la partitura de la cultura civilizante. Cuasi omnipresente la mudez del estruendo artificioso . . . ¿cómo retornar al crisol del peregrino?

Habíamos aprendido que la cultura se aquilata según la profundidad del culto que la sustenta. Hemos visto que el culto al hombre arrastró a Dios al patíbulo. Que el Holocausto convirtió la civitas en sepulcro anónimo que al suicidio espiritual empuja.

Experimentamos la imposibilidad de desandar los tiempos. Volver a la fuente nunca ha sido otra cosa que atenerse a la naturaleza. Pero la naturaleza es manifestación dinámica, no proyección postrera ni representación muerta. Las ideas no se matan, aunque suelen anticipar la muerte cuando la intencionalidad reemplaza lo real por aquello que sólo lo representa.

¿Podremos reconocer que no hay discernimiento sin abstinencias? ¿Estamos dispuestos a despojarnos para salir al encuentro? ¿Desatarnos de qué hábitos?

La reflexión es personal. La restauración comunitaria. Lo que viene a señalar el mismo río desde distinta vera porque la tensión existencial se ordena articulando en presente las notas de eternidad manifiestas en el rostro del hermano como senda de su excelencia, al servicio de cuya realización todo poder se legitima, toda educación adquiere sentido y toda justicia se ordena.

Decir persona y decir comunidad es nombrar dos dimensiones de una misma realidad. Se distinguen en lo que concuerdan: no existe una sin la otra. Afirmaciones que suponen haber optado por una concepción cuya razonabilidad, por principio también queda sujeta a demostración posterior. Demostración fundada en testigos del pasado y en el testimonio actual en tanto aceptamos reconocer que, si bien el hombre puede llegar a creer cualquier cosa, ello mismo prueba su capacidad para discernir la conveniencia de lo que elija aceptar como fundamento de su creencia.

Con todo lo cuestionable que puedan resultar las expresiones antecedentes, no parece quedar sujeta a cuestionamiento sin resolución la afirmación de que se han dado, como en la actualidad constatamos, la existencia de formas configurativas de la convivencia que resultan más humanas, más justas, a contrapelo de las cuales se observan otras indeseables al menos por la violencia que acarrean.

Vivir humanamente implica obrar según el orden del Logos. Una tensión insoluble.

Nos disponíamos a esta reflexión pensando que en el concepto de gobierno converge de modo singular la tríada propuesta. No pudimos avanzar ajenos a la situación actual de esta Patria nuestra de cada día, lacerada por actos contrarios al cultivo de la paz en la cual poder, educación y justicia concuerdan como responsabilidades capitales de gobierno.

La violencia ideológica viene progresiva pero sostenidamente deconstruyendo los cimientos de la convivencia, sembrando bajezas, motivando odios, corrompiendo inocencias, legalizando la protervia, con la impuesta anuencia de una falsa mayoría: el relato despótico de la media verdad tiende a imponerse como simulacro imperativo.

¿Qué contemplaciones demanda hoy la conciencia?

¿Quién pagará rescate por la filosofía, esclava irreconocible para los que en el mercado cuentan?

Parafraseando a Chesterton[1], nos preguntamos intentando comprender su respuesta:

- ¿Qué está mal con el mundo?

- ¡Yo mismo!

- ¿Qué está mal en el mundo?

- El imperialismo o error acerca del hombre; el feminismo o error acerca de la mujer; la educación o error acerca del niño; y la sociología o error acerca de los hechos.

- ¿Qué pasa con el mundo?

- Al parecer Señor Chesterton, muy pocos desaprobamos la prostitución, y además, los medios masificantes se empeñan en imponer la creencia de que somos aún menos los dispuestos a promover la decencia, la pureza y el orden.

- ¿Por qué está mal el mundo?

- Porque nos negamos a reconocer el Bien.

- ¿No resulta exagerado?

- Depende. ¿Queremos convivir en paz o simplemente tener razón? Porque la razón da para cualquier cosa. De gente que cree tener razón está el mundo lleno, incluyendo hospitales, prisiones, escuelas y ministerios. ¿No es evidente que la sola razón merma?

Merma el tenor de lo humano cuando el esteticismo deviene en medida de lo divino. Razonable resulta quien ama la verdad obrando el bien. Amar la verdad y obrar el bien requieren el ejercicio de las facultades humanas según ciertos principios a los cuales debe atenerse quien quiere marchar con sentido hacia algún destino proporcional a la naturaleza personal. Y la configuración política es relativa a esta justicia que opera desde la interioridad de cada cual; sin ella, el fariseísmo y la demagogia imperan. La bestia irrefrenable y resuelta atenta contra la Bella.

Platón en el Gorgias distingue con meridiana claridad la alternativa radical entorno a la cual se cierne el verdadero dilema de la humana existencia: o la vida individual y comunitaria se fundan sobre un Bien cuya realidad no depende del arbitrario querer humano, o en ausencia del mismo, la utilidad se erige en valor supremo. La primera es la senda de la virtud enunciada por Sócrates. La segunda, aberración por rechazo de la virtud, actitud característica de los sofistas.

Cuando la virtud es despreciada la justicia resulta imposible porque la norma no se ordena a lo justo, sino según la voluntad de poder predominante. En tal caso la educación no puede superar la cota del amaestramiento despersonalizante que tanto más envilece a quien lo promueve cuanto más afecta a quien como pena lo padece.

Miles de años fundados en la memoria del tiempo de los dioses acrisolaron desde el mito una paideia sacramentada en la Pascua del Verbo. Luego de que El-eterno confirmó el tiempo como abrevadero del cielo, el romanticismo intentó un retorno a imaginados estadios previos, imposible como todas las revoluciones, cuyo fracaso engendró el culto al futuro hipotético. Del neopaganismo enciclopédico al negocio de la muerte sólo hubo de desbarrancarse la masa informe en la que se transforman los pueblos enceguecido por las añadiduras a las que encadena el miedo a la muerte, el tiempo desanclado de Lo-eterno, el hombre de tripas afuera.

Cuando la praxis deviene en axis la justicia tiende a la venganza, la educación al zafarrancho y el poder a la mascarada.

La restauración de la justicia depende de abstinencias en la administración de los poderes. Para ello, hemos de ser educados uno a uno, sin prisas, sin pausa, a pesar de los resuellos en los que la autocompasión se rebela contra el misterio manifiesto en potencias susceptibles de cimas superiores a la mera naturaleza. De lo contrario, berrinches y cacerolazos, adolescentes expresiones de deseos sin logros proporcionales posibles por falta de orden en el cultivo de los talentos. Objetos de deseos tanto más ilusorios cuanto más se cifra su condición de posibilidad en la cantidad, en la suma, en la presión, en la reacción, en la pasión, en el consumo, en la usura, es decir en los medios según la inercia de la corrupción con que cronos devora sus incestos.

Como la autonomía cultural es utópica por imposibilidad ontológica, ignorado el espíritu, la cultura tiende a disolución de las estructuras vivientes a partir de las cuales florece, se inclina hacia la nada. Nada también imposible al hombre. Intento que sólo acarrea muerte prematura por falta de sentido, mal que nos pese y a pesar de los consensos.

Volver suena bien con ritmo de tango. Y algo de cierto los versos del puerto enseñan. Lo que la nieve del tiempo cubrió puede florecer en colores de esperanza en las nuevas generaciones si a pesar de los errores somos capaces de remontar en busca del decoro de la casa paterna. Y hasta la frente retoña cuando el corazón se endereza según los amores eternos. Volver es servicio a lo imperecedero. Volver a servir al Señor de la historia en el aquí y ahora de los rostros prójimos. Volver a amar la sabiduría en lo inefable que sólo en la contemplación se intuye porque los principios se recuerdan. Volver a priorizar la justicia según el bien común en juego.

¿Por dónde empezar?

Por la belleza natural y la educación de los sentidos. En ese orden. Desde la propia interioridad y a partir de la experiencia austera. Todo el poder remanente dentro de nuestros ámbitos de responsabilidad directa comprometido en la restauración de la percepción sensible como acto de elemental justicia que nos compete. El dominio sobre el poder se ha de fundar desde el espíritu, no fuera, no en el sistema.

Todo lo que la inteligencia contempla ha pasado por los sentidos, reza un principio de la escuela. Pero hoy la percepción sensible está casi exclusivamente reducida a formas mediatizadas por intencionalidades ajenas: el medio no sólo ha suplantado al mensaje, sino al mensajero. Cristo, el único en quien mensaje y medio son idénticos ha sido reemplazado por un emisor anónimo para receptores alienados. Singular profanación sistémica. Sin embargo su suplantación es, aunque voluntaria, indirecta.

La autonomía se pretende arbitrio del sujeto, pero un sujeto privado de experiencia directa de la realidad extramental, reducido a contenidos de conciencias ajenas. Aquellas por medio de cuyas representaciones se pretende la construcción del conocimiento. De lo contrario carecería de posibilidad la fabricación de consensos. Ni la verdad lo requiere ni la mentira lo demanda. Sólo la media verdad, la más insidiosa forma de lo falso, extrávica por consentimiento. Beneplácito pasional que exponencialmente precipita sus consecuencias sobre la misma masa que lo sustenta.

Los acuerdos son lo propio de los humanos entuertos. Pero sin principios la provisionalidad de los paradigmas no superan la imposición de la voluntad de poder que domina los medios. Para restaurar los fines, los principios han de ser el punto de partida. Único punto al que nos es dado regresar. Lo cual resulta imposible si los sentidos son expuestos a representaciones tan alejadas de la naturaleza de las cosas como actualmente se viene promoviendo. Este es el primer sentido de la abstinencia, del silencio, de la contemplación aludida en párrafos previos. Acostumbrar los sentidos a la percepción de los hechos naturales, a la percepción de la belleza en sus manifestaciones auténticas.

Restaurada la función de las facultades sensibles, el hombre adquiere en el mismo ejercicio de habituación que ello requiere, poder personal sobre el poder autónomo bajo cuyo dominio languidece lo humano. Se trata de un audaz encuentro con la luz. En medio de las tinieblas actuales sabemos que es posible porque las sombras, como la media verdad, dependen de la luz, de la verdad, del bien al que parasitan, Jamás, por imposibilidad metafísica, puede llegar a ser invertido este orden fundamental.

El desafío actual, si es que el orden político ha de servir a la continuidad de la vida, consiste en que la voluntad común se ordene al bien común, a la plenitud de la persona. Persona al servicio de la cual la educación ha de tener por misión principal, la formación del carácter y la instrucción en las disciplinas básicas, capacitando a cada alumno para entender, reflexionar, expresarse y convivir de acuerdo a su edad en orden al descubrimiento y cultivo de su vocación personal. Oportunidad para la cual los medios abundan, así como indefraudable en su sustento es la esperanza cifrada en el destino del que inmerecidamente hemos sido herederos, porque el bien es por naturaleza difusivo y por definición objeto de nuestras más caras apetencias. Empecemos por llamar a las cosas por su nombre dejando las añadiduras en manos de Quien corresponde, el Único que sabe y puede gobernar la restauración en el Verbo.

Pax tecum, ne timeas, non morieris

Notas:

[1] Chesterton, G.K.; What’s Wrong with the World; Ignatius Press; 1987 [1910]; 190 p.

Disertación presentada el 28 de noviembre de 2012 en el XXXVº Congreso de la Sociedad argentina de filosofía.


Fuente:  http://juangabrielravasi.wordpress.com/

28 de junio de 2013

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