Menendez Pelayo o la salvacion de la estetica

En la tradición judeocristiana, se entiende por salvación el resultado de un acto, generalmente sacrificial, que libra alguien de una condena o le redime de sus culpas. Se desliza en ello, de modo sutil, la idea e incluso el sentimiento de culpabilidad. Sin embargo en las acepciones latinas del término salvatio o del soterós griego ese sesgo no es tan fuerte y alude además a formas de conciencia y modos de vivir muy sugerentes para el analista actual de la cultura:

En el mundo grecolatino se tiene por salvación aquel proceder, no necesariamente sacrificial ni catártico, que evita a algo o a alguien los peligros que le acechan o que le otorga valor ante los demás o que, incluso, lo lleva a su paroxismo, a sus máximas posibilidades de ser evitándole la decadencia. Tal sería por ejemplo, la salvación de la memoria que hay en el proceder del erudito que indaga en la génesis histórica del presente y esclarece su actualidad; tal sería la salvación de la Lengua que procura el escritor cuando explora y explota las posibilidades expresivas de ésta, incluso las que nunca han sido utilizadas, o tal sería la salvación del arte que mueve al crítico a determinar los criterios de interpretación, los procedimientos narrativos o la arquitectónica conceptual que distinguen una obra.

Si la primera acepción del término salvación acusa la impronta decisiva que ha dejado en nuestra cultura la tradición judeocristiana, la segunda acusa la huella no menos importante del humanismo renacentista. Precisamente, a esa acepción humanista del término salvación se acoge de modo expreso José Ortega y Gasset en Las meditaciones del Quijote, obra con la que algunos consideran que se inaugura la filosofía española contemporánea, cuando afirma aquello tan conocido de yo soy yo y mis circunstancias y si no salvo las circunstancias no salvo al yo.

La Historia de las ideas estéticas en España de Menéndez Pelayo tiene, sin duda, bastante de salvación… ¿de qué? En primer lugar de la herencia católica e hispánica de donde parte su autor, pues a ello responden su espiritualismo (el goce artístico es espiritual), su ontologismo (la Estética constituye una teoría sólida que describe el orden matemático de la realidad, siendo por ello su discurso serio y científico), su pensamiento de identidad (la Estética y el propio arte se rigen por cánones o fundamentos e inquebrantables de carácter metafísico), su teleologismo histórico (hay una historia de la estética entendida como progreso en las concepciones del arte ), su antropología dualista (El arte es propio de un componente inteligible que es superior en el individuo humano), sus dicotomías estrictas entre ortodoxia-heterodoxia, entre lo verdadero y lo falso, entre lo acertado y lo erróneo, su retórica judicativa etc

Sin embargo a estos registros de la obra pelagiana los precede el propósito salvador como tal, algo que resistiéndose a su confinamiento en ellos, hará que en la Historia de las ideas estéticas en España, la salvación del arte prime sobre la salvación de la tradición católica de España. Por eso, aunque Menéndez Pelayo se exprese frecuentemente con los mismos registros ideológicos que utiliza la soteriología cristiana tradicional, con no menor frecuencia, entidad e influjo, prescinde de sus primitivos corsés intelectuales y más aún de cualquier idea de culpabilidad, expresándose y ejerciéndose como una salvación humanista: Para escribir sobre el arte, lo primero que se requiere es haber vivido en intimidad con el arte, haberle amado por él mismo… El Arte es acción no menos que contemplación y no puede ni debe aislarse de la vida. Precisamente el ideal supremo del artista consiste en infundir la vida en su obra, en crear…. El verdadero fin artístico es la vida, la total realidad.

Ya en el ciclo de conferencias dedicado por la Real Sociedad a Menéndez Pelayo y la novela del s.XIX el año pasado, se puso de manifiesto la clarividencia con la que D. Marcelino comprende el Realismo en sus elogios a La Regenta de Clarín y es que, cuando Menéndez Pelayo salva el arte, llega a sorprendernos con exámenes de objetos artísticos e incluso con hermenéuticas de conjunto decididamente modernos, en donde la salvación se rige, no ya por el propósito de ponderar o descalificar ideológicamente una obra o un autor determinados, ni siquiera por el de explicar o describir con asepsia historiográfica cuál ha sido el devenir del arte, sino por un propósito más importante: La reivindicación apasionada del ejercicio teorético que va asociado a todo ello, la Estética, entendida como la reflexividad que se propicia tanto en el tratamiento científico o examen justificado de obras y autores, como en el propio hecho artístico: Detrás de cada hecho, o más bien, en el fondo del hecho mismo, hay una idea estética, y a veces una teoría o una doctrina completa de la cual el artista se da cuenta o no, pero que impera y rige en su concepción de un modo eficaz y realísimo. No se aleja mucho esta opinión de aquella en la que Theodor W. Adorno, ochenta años después, todavía sostiene que: el contenido de verdad de las obras no es lo que significan, sino lo que decide sobre si la obra es verdadera o falsa, y esta verdad de la obra en si es conmensurable con la interpretación filosófica y coincide, al menos en la idea, con la verdad filosófica. Valga como ejemplo de la salvación humanista y filosófica del arte que exhibe el libro de Menéndez Pelayo, su entusiasmo creciente ante el pensamiento estético que descubre en autores como Lessing, Hegel, Heine o los Schlegel. Valga como ejemplo también, su aprecio por los aspectos más innovadores de la teoría kantiana del arte (de ningún modo deben ser rechazados in odium auctoris, sino recibidos e incorporados en todo cuerpo de doctrina estética) cuya cercanía a la estética salmanticense del siglo XVI recomienda tener en cuenta a los escolásticos antes de lanzar atropellados anatemas sobre todo lo que a sus ojos lleva el signum bestiae de espíritu moderno.

Sin embargo, y al igual que en la Teoría estética de Adorno, en la Historia de las Ideas estéticas en España de Menéndez Pelayo, la convergencia Arte-Filosofía, no significa que la legitimidad del arte consista en una teoría que lo interprete o explique, ni menos aún garantiza la legitimidad de cualquier discurso o doctrina relativa a él. Arte y Estética son máscaras de la verdad y si el primero se salva en su contenido teorético, la segunda se salvará en la credibilidad de su propio análisis y hermenéutica. La Estética, sea como disciplina o como ciencia o como ejercicio poético, además de salvar el arte, necesita a su vez salvarse… y a ello se aplica decididamente también la Historia de las ideas estéticas en España. El proceder de Menéndez Pelayo al respecto es claro: La salvación de la Estética, reside en la exactitud de sus fuentes, en el rigor documental de los juicios que expresa. La polémica, el disentimiento ideológico en incluso la atención al estilo son secundarios: No es libro de estilo, sino de investigación; y como la materia estaba virgen, todo lo he sacrificado al empeño de dar claridad a las doctrinas que expongo. El hacer frases sobre autores y libros, desconocidos en gran parte para mí mismo, hasta que empecé a escribir sobre ellos, me parecería un pecado de ligereza imperdonable. Por esta vez renuncio gustoso a deleitar, y me contento con traer a la historia de la ciencia algunos datos nuevos… no me he aprovechado de datos ajenos ni de trabajos de segunda mano por excelentes que sean.

Aunque este modo de entender la crítica admite matizaciones, sobretodo en lo referido a la importancia del estilo, en su nervio central, en su reivindicación del empirismo documental y en esa textualización del análisis que en último término refuerza el pathos realista del arte, opera una actitud innovadora y antideológica que confiere a la Historia de las ideas estéticas en España, una notable modernidad y autonomía.

Tal eficacia modernizadora se sostiene en dos factores principales: Una heurística minuciosa y un sostenimiento a ultranza de la sistemática pedagógica en la exposición, pues el libro está escrito a modo de introducción general a la Historia de la literatura española, que es obligación mía escribir para uso de mis discípulos. El rigor heurístico y la sistemática pedagógica del libro, explican la utilidad que tuvo para tantos estudiosos posteriores de la cultura española, incluso para aquellos que nunca lo declararon. Ese mismo rigor y sistemática explican también la eficacia con la que incardina lo español en la cultura europea, pues en lo relativo al arte, quiebra como ninguna el tópico de España como nación cerrada e impenetrable al movimiento intelectual del mundo, y muestra con claridad el enlace estrecho que nuestra cultura estética tiene con las ideas que sobre la misma materia han dominado en cada uno de los periodos de la historia general de la Filosofía. En la Historia de las ideas estéticas en España, el conocimiento riguroso de la Historia del Arte, la salvación de ésta en la Estética y la de la Estética en su ejercicio documental y expositivo, sirven de resorte intelectual para la regeneración del ethos colectivo.

La Historia de las ideas estéticas en España, con frecuencia apunta a una Teoría general del Arte o Teoría estética en Menéndez Pelayo que, sin embargo, nunca acaba de completarse. Sus estudios casi siempre son particulares, ofrecen recorridos históricos todo lo amplios y exhaustivos que se quiera pero, en una mentalidad sistemática como la suya, proveniente como se ha dicho de la metafísica de la identidad, tales recorridos equivalen a certificaciones que tan sólo introducen al crítico en el atrio de los hechos, mientras se demora la exploración decidida de su interior. Consta expresamente, por ejemplo, que la Historia de las ideas estéticas en España, se inscribe en un anillo epistemológico que precisa cerrarse con una reflexión general sobre el sentido de la Historia, pero ésta nunca se escribió. Aunque suele argüirse que la vida relativamente corta de Menéndez Pelayo fue el principal impedimento, parece más adecuado atribuirlo a su olfato y sagacidad intelectuales, pues a medida que sus estudios se completan, aparece ante él la creciente dificultad que entraña elaborar esa metafísica moderna y positiva del Arte y de la Historia a la que aspira. Quizás porque reconoce tal dificultad se acoge Menéndez Pelayo a la Poética de Aristóteles (La estética es al mismo tiempo una de las ciencias más modernas y más atrasadas todavía… no así la Filosofía del arte, que es conocida desde la más remota antigüedad, y produce ya un verdadero monumento en la Poética de Aristóteles). Recuerda en eso a lo que W. Benjamin describe como un recluirse de la cultura burguesa en el interieur de su propio apartamento frente a la hostilidad exterior. Refugiar la Estética en la Metafísica, aunque ésta sea la de Aristóteles, ha sido y es frecuente en la cultura contemporánea, pero como observa Theodor W. Adorno, para ello el pensamiento tiene que estar dispuesto a volverse contra sí mismo y esto supone un reto que quizás Menéndez Pelayo ni siquiera sospechaba que existía. El propósito salvador de su pensamiento no se completa, pero hoy sabemos que la Estética no se consuma tanto en una teoría científica, positiva y sistemática cuanto en los riesgos que el crítico y el artista son capaces de asumir para mantener la voluntad en tensión intelectual. Es ésta una actitud que F. Nietzsche siempre advirtió en sus maestros, en A. Schopenhauer por ejemplo y que se encuentra también en la Historia de las ideas estéticas en España.

Ninguna de las dificultades de su proceder analítico le impidió a Menéndez Pelayo reconocer su obligación de difundir y exponer de modo público sus puntos de vista. Entiéndase el término público en el más exacto sentido moderno e ilustrado de Kant: No es el crítico un propagandista de sus propias convicciones, sino un educador que las explica y trata de justificarlas en el ágora de las ideas necesarias que a todos nos incumben. No equivale el rigor heurístico a una gnosis para detentadores áulicos del saber, sino un esfuerzo de clarividencia cuya síntesis se somete cada día al juicio de la razón. La salvación de la estética ha sido una aspiración de la Filosofía moderna cuya importancia no ha dejado de crecer a lo largo del siglo XX. Como resultado de esa creciente importancia, el criterio estético se ve implicado hoy, no sólo en la vigencia del arte, sino en el nervio moral de la cultura, en la credibilidad social de cualquier discurso e incluso en la legitimidad del juego político.

El que ya en 1893 Menéndez Pelayo se percatara de ello, así como la intensidad y extensión con que lo hizo, no puede en modo alguno desvincularse del esplendor que adquirió la cultura hispánica en los años subsiguientes y en general durante el primer tercio del siglo XX. Tal es la salvación de la Estética que siempre podremos atribuir y ponderar en D. Marcelino Menéndez Pelayo.

Notas:

Fuente: http://www.eldiariomontanes.es/20080409/opinion/articulos/menendez-pelayo-salvacion-estetica-20080409.html

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