Modernidad de Agustin de Hipona

No sería yo quien descubriera ahora el inmenso valor de la obra agustiniana. Heidegger y Hanna Arendt han dedicado páginas y páginas a Agustín y la filosofía. Agustín se ha adelantado a Freud en el estudio de los problemas…

En el mes de febrero de 2003 recogí de la prensa francesa una noticia que, por su singularidad, al menos para mi, me sorprendió de una forma extraordinaria.

Dentro de la imponente y gótica arquitectura de Notre-Dame de París, Gerard Depardieu, esa magnífica máscara de la interpretación del teatro y cine transpirenaicos, había leído los libros X y XI de la Las Confesiones de San Agustín. Pero lo más sorprendente fueron las declaraciones que G. Depardieu hiciera en una entrevista a la prensa francesa.

“Al principio la lectura no fue fácil, pero las palabras de Agustín me cautivaron. Su reflexión me ha parecido sublime y me ha llevado a recapacitar sobre mi mismo, sobre mi propia trayectoria. Me he quedado materialmente pegado a ese libro que, desde entonces, no he abandonado y que leo todos los días. Durante veinte años he frecuentrado un psicoanalista y puedo decir que los libros X y XI de Las Confesiones ofrecen respuestas a nuestras preguntas más íntimas y calman nuestras interrogantes más dolorosas. Mi sueño sería leer fragmentos de San Agustín en el Muro de las lamentaciones de Jerusalén”.

En mayo de 1998 y en una separata de “30 Giorni”, la publicación mensual de espiritualidad cristiana que él mismo dirige, Giulio Andreotti decía que “Agustín fue un hombre que, antes de nada y en primera persona, conoció la experiencia del pecado, del alejamiento de Dios, de la duda, de la negación y, después, el don de la conversión, del retorno a la fe, el reconocimiento de la verdad reencontrada. Y es la fuerza de sus vicisitudes personales lo que hace convincente sus enseñanza. Agustín, perdido en su escepticismo, desilusionado del prevaler de la razón sobre la fe, insatisfecho de una imposición materialista de la vida, tal y cual aparece en la sugestiva narración de Las Confesiones, puede muy bien representar al hombre moderno en su crisis de ideales, en este fin del segundo milenio”.

Es curioso constatar como el hijo de un obrero metalúrgico francés, posiblemente privado de una educación cultural sistemática, a los 13 años ya había abandonado la escuela, aunque su curiosidad intelectual le llevara a “devorar” la lectura de los clásicos en un meritorio esfuerzo autodidacta, y un refinado político italiano, heredero del pensamiento de Maquiavelo, Guicciardini y el cardenal Mazzarino e hijo dilecto de las seculares enseñanzas de la Iglesia de Roma, coincidan en su admiración por Agustín de Hipona y propongan su obra como consuelo y, tal vez, sino como solución si como comprensión y ayuda para conllevar las tribulaciones del hombre moderno, del hombre de hoy.

Ello, quizás, demuestra los beneficios que una cultura abierta y sin prejuicios prestablecidos, aunque proceda de la tradición judeo-cristiana del Occidente, pueden tener, a nivel de masa, en un país de larga “oficialidad” laica y de estricta observancia tolerante, como lo es Francia y ese reconocimiento y respeto, histórico-intelectual, que el mundo político italiano, sin distinción de posiciones o banderías de izquierdas o derechas, siente hacia todo el legado que, en el curso de los dos últimos milenios ha ido dejando, destilado y sublimado, la romanidad cristianizada o si se prefiere el cristianismo romanizado, encarnado en el cuerpo de la Iglesia.

Y es que la obra de Agustín, el santo obispo de Hipona, es todo un monumento de la cultura del entero Occidente, un pilar sin el cual todo el entero entramado de nuestra civilización se tambalearía.

Sin Grecia, sin Roma, pero también sin Cristo, al igual que sin San Francisco de Asís, Dante, Cervantes o Shakespeare, o Santa Teresa, sin el Renacimiento o la Ilustración, sin Miguel Angel, Rafael o Velázquez, o sin Agustín, todos ellos empapados de sabor cristiano, hoy seríamos, me refiero al hombre occidental, sólamente, una tribu de bípedos impensantes, casi, casi, descerebrados y sin criterio de discernimiento, ignorantes incapaces de distinguir entre el bien y el mal.

No sería yo quien descubriera ahora el inmenso valor de la obra agustiniana. Si de ello hablo aquí es porque, con la modestia de estas líneas, quisiera que fuera noticia conocida el hecho, insólito hasta ahora y que yo sepa, que un país que aplica rígidamente la oficialidad de la religión mulsumana, como lo es Argelia, esté, ya desde hace algún tiempo, rindiendo homenaje público, con escritos, estudios y congresos, a la figura de su ilustre compatriota, el obispo de Hipona, nacido en Tagaste, pequeña localidad de Numidia (actual territorio de Argelia) en el año 354, durante la dominación romana del norte de Africa. Y no sólo por su figura de filósofo y pensador, sino como personalidad basilar y emblemática de la historia del Cristianismo.

Y también da un poco que pensar que mientras un país mulsumán rinde oficialmente homenaje a un cristiano, en un país, como el nuestro, cuya historia y cultura, quiérase o no, deben lo mejor y más grande de su brillante genialidad al hecho de haberse alimentado de la savia que le han proporcionado sus profundas raíces cristianas, se esté tratando e intentando desarraigar, -quisieran cancelarlo de la faz de su recuerdo civil y cultural-, todo aquello que el cristianismo, no sólo como religión u opción espiritual sino como saber, filosofía, ciencia y hasta estilo de vida y convivencia, ha aportado al Occidente, y por lo tanto a España, temiendo que el poder sociata, imperante y dominante, considere a nuestro país como parte integrante de Babia, que, por algo, es una comarca ubicada geográficamente en el norte de la provincia de León. Y esto a través de unas leyes educativas, que van de la escuela a la Universidad y que más que impartir sabiduría parece que van repartiendo ignoracia.

Yo no se si lo hacen adrede o porque no saben, si son tontos y tontas o, de verdad, tienen mala leche. Ya la misma mal llamada “Ley sobre la memoria histórica”, quitando y poniendo estatuas, borrando viejos rótulos de calles para sustituirlos por otros nuevos, haciendo un lío de callejeros que se tardará años en aprender, -hasta que vengan otros que vuelvan a cambiarlos-, sembrando el solar de España de cadáveres desenterrados y de huesos calcinados, en una esperpéntica carrera necrófila, es de una majadería tan patente como para caérserle a uno los palos del sombrajo.

Todo el prestigio que la Universidad española se ha ganado a lo largo de siglos de estudios, sabiduría y ciencia, con ingenios que la hicieron inmortalmente grande, ha quedado en entredicho, de la noche a la mañana, me figuro el cachondeo que se habrá montado en cualquier lugar donde se respete el Alma Mater, de Bolonia a Salamanca, de Oxford a la Sorbona, cuando un Magnífico Rector de una universidad madrileña, fuera de sus cabales o borracho perdido, ha tenido la peregrina y chistosa idea de autorizar la imposición del birrete y la toga y concesión de un pergamino de “Doctor Honoris Causa”, al matarife de Paracuellos. Al igual que la matemática ha sufrido un duro golpe !a lo mejor es innovación o genial descubrimiento! con la nueva enunciación que la ministra Bibí, nuestra siempre sorprendente miembra nacional, ha hecho de la regla de tres con ocasión de la propuesta de ley sobre el aborto fácil.

Por no hablar del nuevo texto que los ingenios-consejeros monclovitas, supuestamente pensantes, imponen como educación ciudadana, o lo que sea, en escuelas y colegios.

“Dos amores… uno social, el otro privado, el uno solícito para servir de utilidad común a la vista de la ciudad suprema y el otro siempre preparado para subordinar, incluso el bien común, al proprio poder a la vista de un arrogante dominio, uno súbdito y el otro rival de Dios, uno tranquilo y el otro turbulento, uno pacífico y el otro sedicioso, uno que prefiere la verdad a las alabanzas de quien pasa a su lado y el otro ávido de alabanzas a cualquier precio, uno amistoso y el otro envidioso, uno que desea para el prójimo aquello que desea para si mismo y el otro que quiere someter el prójimo a si mismo, uno que gobierna el prójimo para utilidad del prójimo y el otro que gobierna para su propia utilidad… ambos han fundado y hecho distinción de la dos ciudades”. Esto si que podría ser un buen texto para la “educación ciudadana”. Sobraría cualquier comentario ante estas líneas que forman parte de De civitate Dei, la magna obra que San Agustín redactaría entre los años 413 y 426 de nuestra Era Cristiana. Sublime monumento, ético y literario y de una actualidad sorprendente en todo cuanto se pueda decir sobre justicia social y empeño cristiano en el mundo de hoy.

Agustín ha sido el primero que se haya atrevido a contarse públicamente a si mismo, inventando, con sus Confesiones, la autobiografía y adelantándose, en un buen puñado de siglos, a Rousseau y a todos los otros que le han seguido. Ha sido el primero que se ha enfrentado al problema del tiempo, pensándolo bien un problema irresoluble: “el pasado ya no existe, el futuro aún no ha llegado, el presente se nos escapa como el agua entre los dedos de la mano”, de tal manera que cualquier libro sobre este argumento debe comenzar siempre por San Agustín, aunque acabe después en Proust o en Joyce y en toda una gran partre de la literatura moderna.

Se ha hablado mucho, se continuará hablando y escribiendo, de San Agustín y la ética, de San Agustín y la estética. Heidegger y Hanna Arendt han dedicado páginas y páginas a Agustín y la filosofía. Agustín se ha adelantado a Freud en el estudio de los problemas psicoanalíticos que atormentan la mente humana.

Albert Camus, otro argelino, otro pied noir como Agustín, se diría hoy, ha escrito sobre el obispo de Hipona: “Ha sido el único gran espíritu cristiano que haya mirado a la cara el problema del mal. Nos ha mostrado el terrible Nemo Bonus, nadie es bueno. Después de él, el Cristianismo sólo se ha limitado a dar soluciones provisionales a este problema”.

Hace pocos días atrás, en una fría y ventosa noche romana de este mes de marzo, paseaba por entre el columnado de Bernini, de frente a la imponente fachada de la Basílica de San Pedro y a la grandiosa cúpula de Miguel Angel, ambas iluminadas, con Miguel Angel Orcasitas, espíritu de refinada cultura -de quien tanto aprendo cada vez que con él me encuentro (a él le debo el haberme descubierto unos cuantos de los misterios que se encierran dentro del sublime recinto pétreo del Monasterio de El Escorial)- padre agustino, que ya fuera General de la Orden y Rector del Centro Universitario María Cristina de El Escorial, -uno de los mejores, pocos van quedando, centros educativos del país España-, y camino de la casa generalicia agustiniana, casi pegando a los muros vaticanos, conversábamos sobre la modernísima actualidad del pensamiento de Agustín de Hipona.

Y aunque no le gusta hablar de estas cosas, su profunda fe religiosa le impide el caer en el grave pecado del resentimiento, le dije que me contara algo de aquellos agustinos, algunos, chavales que aún no habían cumplido los diez y ocho años, a los que, en una noche fría, como la de este mes de marzo, sacaron, a la fuerza, del convento para acabar siendo arrojados a una fosa común en Paracuellos del Jarama. Ahora, una ley desmemoriada pretende cancelar el recuerdo de este sacrificio.

Cuando todavía era muy niño recuerdo haber visto, por alguna estantería de mi casa, una vieja edicción de Las Confesiones de San Agustín. Lo mismo que recuerdo a mis padres siendo padrinos de la primera misa de un fraile de la orden agustina en la iglesia dedicada al santo en Valladolid.

“El primero de los deberes es, sin duda, el de ser justos; el primero de los bienes es la paz de nuestros corazones”. Esta no es una frase ni de Santa Teresa, ni de San Juan de la Cruz, ni de San Agustín. La ha dejado escrita Voltaire quien, sin duda, había leído Las Confesiones.

Notas:

Fuente: http://www.estrelladigital.es/ED/diario/105547.asp

Toledo, Castilla-La Mancha, Spain. 17 de marzo de 2009.

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