Negatividad y diferencias salvajes: la ontologia antidialectica en Deleuze.

Comencemos con esta aseveración: «Hay negación». Tenemos frente a la vista, evidentemente, un mundo que rebosa en oposiciones, contradicciones, contraposiciones, límites, rivalidades. En una palabra, un mundo lleno de diferencias. Con izquierdas y derechas, ricos y pobres, paz y guerra, Oriente y Occidente, nuestra realidad entera parece estar pintada sobre la hilaza de una lógica dualista en la que cada extremo es, forzosamente, la negación de su contrario.

Decir, pues, que hay en nuestro mundo contradicciones, oposiciones, límites, es lo mismo que decir que hay negación. Esta perspectiva sería, no obstante, la de una lógica simple como la de Aristóteles. ¿Dónde queda aquí el asunto del tiempo, por ejemplo? Pues bien, el pensamiento de Hegel tiene el reconocido mérito de temporalizar la lógica y hacer de la negación el motor del movimiento. La lógica de Hegel es, en suma, una lógica dialéctica que cala no sólo en las entrañas de nuestro pensar sino en el de la realidad toda y su perpetuo devenir.

Es una lógica ontológica en toda la extensión de la palabra, es decir, la lógica misma de la realidad. Una lógica sobre la que cabalga todo lo que es, pues es en el propio Ser, en su más profundo seno, donde la negación surge y provoca la constante oposición de la realidad consigo misma. De esta constante oposición de la realidad consigo misma es de donde nace el devenir.  Es como si todo presente estuviera preñado de un futuro que pugna constantemente por salir a la luz. Este retoño de futuro es el vástago de la negatividad.

Movimiento y negación se conjugan, por tanto, en la dialéctica hegeliana, de modo que se entiende por ésta la teoría general que afirma que es en virtud de alguna negación que podemos explicar el carácter intrínsecamente móvil o cambiante de la realidad.  El presupuesto de esta insólita lógica es –véase bien– la racionalidad de lo real. “Todo lo real es racional, todo lo racional es real” nos dice Hegel. De aquí que lo lógico, rasgo cardinal de todo lo racional, pueda explicar a la realidad entera en su devenir.

Pero la negación lógica hegeliana es sólo uno de los varios momentos involucrados, pues eventualmente habrá que «superar» cualquier negación (y «conservarla» al mismo tiempo) para producir el siguiente momento, esta vez positivo, mismo que a su vez sufrirá nuevamente el trabajo de lo negativo para superarse también en otro momento… y así ad infinitum. Tesis, antítesis y síntesis, o mejor, como diría el propio Hegel, afirmación, negación y negación de la negación. Vemos aquí pues cómo la afirmación (esto es, el momento de la positividad) es el producto de una doble negación, es decir, el producto de una original oposición.

Así, para Hegel, la historia avanza de negación en negación. Realidades como lo fueron la caída del Imperio Romano, la Revolución Francesa, la Primera y Segunda Guerras Mundiales o la Guerra de Independencia de México son positividades que, vistas más de cerca, fueron el resultado de contradicciones internas más profundas en el seno de la propia realidad que hicieron posible el surgimiento de su superación, todo ello a través de la desgracia y la desesperación que supone todo conflicto, toda oposición en la negatividad. Así pues, “lo finito se contradice a sí mismo y se supera”, nos dice Hegel, pero entiéndase bien que aquello que se supera no se suprime por completo sino que de algún modo se conserva, se rememora, se carga sobre los propios hombros de manera que no puede haber nunca marcha atrás. La gran memoria histórica nunca olvida.

Pero, ¿es ésta una teoría que le es fiel a la realidad? Para el filósofo francés Gilles Deleuze la dialéctica hegeliana es poco menos que una superchería creada con apariencias abstractas. Veamos por qué. Para Hegel la negatividad –que está puesta en juego en relaciones entre términos opuestos o contradictorios– podía explicar toda nuestra realidad, sin duda poblada o, mejor dicho, configurada por un incontable número de sucesos o acontecimientos diferenciados, ya sean estos políticos, artísticos, filosóficos o de cualquier otra índole.  Así las cosas, adviértase que todo ese incontable número de diferencias en cuanto a pensamientos políticos, corrientes artísticas, filosofías, etc., de todo tipo, es un subproducto o un derivado de la negatividad, que está primero, puesto que la cadena de acontecimientos humanos derivan unos de otros siempre de manera lineal y desde una inicial oposición.

La negatividad constitutiva de esta interminable cadena de oposiciones es lo que para Hegel representa la matriz del cambio y, por ende, de la diferencia; la negatividad es así el verdadero motor de la realidad. Pero Deleuze nos insta a preguntarnos qué se esconde realmente detrás de cada oposición, de cada límite, de cada contradicción. Su genial respuesta consiste en afirmar que todo el mundo de oposiciones y de límites entre las cosas supone un ámbito real más profundo que la mera negatividad. Supone un pulular de diferencias, un pluralismo de las diferencias libres y salvajes, esto es, diferencias no mediadas por ninguna original oposición; un hormigueo de singularidades heterogéneas sobre la cual están burdamente talladas las oposiciones y los límites entre las cosas.

Algo difícil de concebir, sin duda, dado que el pensamiento de la diferencia en Deleuze exige romper con muchos hábitos de pensamiento profundamente arraigados en nuestra mentalidad occidental (mas no por ello Deleuze estaría abogando a favor de algún tipo de orientalismo o cosa semejante). En todos los casos –nos dice Deleuze– la profundidad de la diferencia está antes que todo el mundo de oposiciones, de límites y contraposiciones.

El espacio y el tiempo sólo manifiestan oposiciones y límites en la superficie, pero suponen en su profundidad real diferencias mucho más independientes, afirmadas y distribuidas, que no se dejan reducir a la simpleza de lo negativo. Esto se da en todo espacio, ya sea físico, biopsíquico, social o lingüístico, lo que nos pone en la interesante perspectiva de ver en lo negativo la imagen de la diferencia, sí, pero su imagen invertida y desnaturalizada. Los combates que se libran en la “profundidad” de la negatividad resultan no otra cosa sino fenómenos de una falsa profundidad, bajo la cual aparece el espacio de juego de una multiplicidad de diferencias salvajes.

Así pues, según Deleuze, es la oposición lo que supone a la diferencia y no al contrario. La oposición no conduce a la diferencia hasta su fundamento sino que la traiciona y la adultera. La diferencia, en suma, no se deja reducir y llevar hasta la contradicción pues es más profunda que ésta. La negatividad sería entonces un subproducto de la diferencia, no al revés. Además, la diferencia –sostiene Deleuze– es esencialmente afirmativa y nada tiene que ver en principio con la negación.

Nuestro filósofo critica con ello la característica de la dialéctica hegeliana consistente en conservar siempre aquello que es negado (Aufhebung). Efectivamente una dialéctica como la hegeliana, que encabalga diferencia sobre diferencia en el trenzado de la negatividad, tiene la particularidad de serle estrictamente necesario el conservar en su memoria histórica todo el encadenamiento de momentos pasados, de tal manera que el presente, el último eslabón de la cadena, pueda tener algún sentido.

Esta necesidad de conservar tiene como consecuencia inmediata un impresionante conservadurismo del pensamiento en donde nada nuevo puede ser creado en sentido absoluto. Por ello, de acuerdo a Deleuze (que aquí sigue a Nietzsche), cualquier pensamiento que se articule al modo hegeliano nunca podría abrirse paso mucho más allá de los valores y pensamientos ya establecidos.

Cabalgará, en cambio, sobre un camino ya tendido, muy trabajado, muy trillado. No se cuestionará por los valores y pensamientos dominantes sino que se dedicará a darles su venia y justificación. Nietzsche fue el primero en darse cuenta de esto y por ello llamaba a Kant y a Hegel «obreros de la filosofía». Seguían siendo esclavos de lo negativo en cuanto que se dedicaban solamente a inventariar y conservar una masa de juicios de valor ya en curso. Dios, el Estado, la Moral, todo estaba en orden, todo estaba justificado y sólo faltaba rendirle nuevos honores (aunque en el caso de Hegel este asunto sería un poco más complejo).

Es por esta y muchas otras razones que el pensamiento de Deleuze es un pensamiento intempestivo, revolucionario y creador. La afirmación de la diferencia no mediada por la negación es todo lo contrario de la negación hegeliana y la dialéctica que ella conlleva. Cuando ésta semeja un desdichado burro excesivamente cargado en su lomo con todos los momentos de la negatividad conservados, la diferencia deleuziana parece ligera y afirmativa, aérea y danzante.

Este primado ontológico de lo afirmativo sobre lo negativo tiene amplias repercusiones en nuestra concepción del recinto entero de la realidad humana. Una de las principales es la de permitirle al pensamiento humano librarse de la necesidad implicada en el curso lineal lógico que la negatividad le impone para liberar la fuerza extraordinariamente creadora del pensamiento.

La historiografía, la filosofía, las artes, la ciencia, la política, todo cobra nueva vida; todo se despereza y reanuda su febril movimiento, provocado éste no por la negatividad, sino por el infinito germinar de diferencias continuamente afirmadas en la capa más profunda de lo real. Así por ejemplo la historia –nos dice Philippe Mengue, comentador de Deleuze- deja de ser esa secuencia de largos periodos, de continuidades toscamente encabalgadas y semipetrificadas, para volverse una proliferación de ínfimos o minúsculos devenires secretos, singularidades históricas rebeldes por debajo de aquello que se nos presenta como tradición o herencia.

La filosofía, otro ejemplo, se vuelve aquella disciplina que en rigor es la encargada de crear conceptos siempre nuevos que nos permitan cambiar nuestra manera de pensar, de sentir y, en definitiva, de vivir. Esta idea, que se debe pensar en todo orden, es la gran lección que el legado de Deleuze nos deja para que lo experimentemos y lo desarrollemos.

Muchos son ya actualmente los filósofos, artistas, científicos y teóricos de lo político y lo social que están prestando oído atento a los planteamientos de Deleuze, quien dedicó gran parte de su vida a desarrollar no sólo una ontología muy original sino a pensar sus implicaciones en la estética, la política, la ética y hasta en la clínica psicoanalítica y la cinematografía.

No sabemos si aquellas palabras escritas por Michel Foucault en su Theatrum philosophicum en el sentido de que «algún día, tal vez, el siglo será deleuziano» las haya pensado seriamente o si, como lo dijo el propio Deleuze después de enterarse del asunto, se haya tratado de una enorme broma entre amigos.

Lo cierto es que sumergirse en el pensamiento de Deleuze se nos presenta hoy como algo imprescindible si queremos comprender los movimientos culturales contemporáneos que ya se han puesto en marcha y aquellos más remotos que ya se asoman en el horizonte.

Carlos Béjar

1979, Estudiante de la Maestría en Filosofía en el Área de Ontología y Metafísica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM
Twitter: @Carlos_Bejar

Notas:

Fuente: http://unbloc.it/2011/11/negatividad-y-diferencias-salvajes-la-ontologia-antidialectica-en-gilles-deleuze/

Texto publicado en el Número 11 de la Revista Consideraciones del mes de Octubre-Noviembre del 2011 que actualmente se encuentra en circulación.

29 de noviembre de 2011

Hay 1 comentarios

January 12, 2012 - 9:20 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Si me lo permites, cometes una imprecisión muy común (y muy hegeliana) en tu artículo. La contradicción no es el compendio de “dos términos opuestos”. Así visto, contradictorios vendrían a ser dos términos que limitan el uno con respecto del otro, cosa que es falso. Contradicción no es lo mismo que oposición, eso sería algo así como atenuar la contradicción a una sucesión de contrarios; contradicción por contra es A y no-A dados SIMULTÁNEAMENTE, o lo que es igual, ser y no ser al mismo tiempo en el mismo lugar. Así pues, si respetamos esto, la diferencia deleuziana no puede proponer mucho más que una verdadera contradicción.
Por lo demás, se me hace francamente difícil entender a qué cosa te refieres por diferencia “positiva”. Una cosa es afirmar la diferencia y otra muy distinta decir que ésta sea positiva. ¿Cómo va a ser la diferencia positiva? Si lo fuera no diferiría consigo misma, sencillamente sería un ente finito!!
Un saludo y enhorabuena por el blog


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