Nociones cientificas en el pensamiento filosofico de Jose Vasconcelos

Según Vasconcelos, sus estudios iberoamericanos y su teoría de la raza cósmica tenían bases científicas: resulta difícil sostenerlo

Presentación

José Vasconcelos es, sin lugar a dudas, uno de los primeros filósofos del siglo XX en México. De formación inicial en el positivismo, nunca cejó en el empeño de crear un sistema monista de filosofía, una metafísica estética. Para conseguir dicho propósito, escribió y publicó poco más de una decena de textos filosóficos en el transcurso de cuatro décadas, los cuales se pueden clasificar en tres periodos de su biografía intelectual, siguiendo la propuesta que hace Ortega y Gasset de las edades de las generaciones y que nosotros presentamos de esta manera:

Un primer conjunto de textos, que denominaremos textos de preparación y tentativas para su sistema y fueron publicados entre la adolescencia y la primera madurez, comprenden: Don Gabino Barreda y las ideas contemporáneas (1910), Monismo estético (1918), Estudios indostánicos (1920), Pitágoras. Una teoría del ritmo (1916 y 1921) y La revulsión de la energía (1924). Un segundo conjunto de textos, que corresponden propiamente a su sistema filosófico y fueron publicados entre su primera y su segunda madurez, comprenden: Tratado de metafísica (1929), Ética (1932), Estética (1935) e Historia del pensamiento filosófico (1937). Finalmente, un tercer conjunto de textos, que denominaremos de divulgación, correcciones, modificaciones y complemento a su sistema filosófico y fueron publicados entre su segunda madurez y su senectud, comprenden: Manual de filosofía (1940), Realismo científico (1943), Lógica orgánica (1945) y Todología y/o Filosofía estética (1952).

No obstante su empeño, su «ansia de absoluto», como él dijera de sí mismo en varias ocasiones, tampoco dejó de lado sus lecturas y su afición a la ciencia. De hecho, en uno de sus primeros textos, texto fundacional para él y los de su generación, dice: «Generalmente los postulados y las aserciones del sistema filosófico no sólo se apoyan en la ciencia del tiempo en que se producen, sino que la hacen avanzar, según su espíritu racional. Para conocer cuál sea la ciencia verdadera, bastará atenerse a su acuerdo con los hechos y a los servicios positivos que los hombres deriven de sus afirmaciones y sus hipótesis»{1}.
Asimismo, en otro, uno de los últimos, apunta: «La contribución más señalada de nuestra época es el conjunto de noticias que derivamos de la ciencia positiva experimental. El estado a que ha llegado dicha ciencia no sólo permite, sino que obliga al intento de ligar sus apreciaciones, primero a la Filosofía, después al Saber Supremo que es la Revelación»{2}.

He aquí la tesis que queremos sostener en la presente comunicación: más allá de que su filosofía sea considerado como uno de sus peores fracasos (José Joaquín Blanco) o él mismo sea considerado como un pensador original (José Gaos), lo que nosotros sostenemos consiste en que fue congruente con la idea planteada anteriormente y que nunca dejó de tomar en cuenta los resultados de la ciencia para la elaboración de su textos filosóficos.

Lejos de hacer una crítica interna de los textos, en el sentido de demostrar si Vasconcelos realizó una lectura y una interpretación pertinentes o no de sus fuentes, y lejos aún de explicar las teorías científicas a las que alude, nuestro propósito consiste en señalar y exponer algunas nociones científicas contenidas en algunos textos filosóficos de los antes indicados.

Para conseguir dicho propósito primero exponemos brevemente su sistema filosófico y, posteriormente, las nociones científicas al interior de su teoría de las revulsiones de la energía, sus ideas en torno a las finalidades éticas, su teoría del a priori estético y de lo que él denomina «Todología». Finalmente, presentamos algunas conclusiones.

El sistema filosófico: del monismo estético a la filosofía de la coordinación

Dos características de la evolución del pensamiento filosófico de José Vasconcelos son, a nuestro parecer, las siguientes: un propósito constante de construir un sistema, no obstante el avance vertiginoso de las ciencias particulares; y, una búsqueda, también constante, de un nombre apropiado para su sistema.

Con respecto a lo primero, en uno de sus textos de juventud, dice: «Fui educado en la creencia de que ya no es posible construir nuevos sistemas de filosofía. La escuela inglesa, empirista, evolucionista y plagada de cabezas menores de ensayistas, nos condenaba a concebir el mundo, como una sucesión de hechos, que deben ser expresados en estilo narrativo y detallista»{3}.

Y más adelante, retadoramente, anuncia: «Contradiciendo todo esto, mis escritos tienden a organizar un sistema. Si la época pasada, por su fuerza crítica, dejó minadas todas las doctrinas tradicionales, a tal punto que en ningún sentido es posible una reacción completa, no por eso destruyó, ni nada puede destruir, la intuición de la síntesis, esa eterna fuente de sistemas, incompletos, equivocados, pero sistemas» (pág. 10).

Con respecto a lo segundo, en un primer momento, en la época de juventud, el nombre que le asigna a su sistema es el de «Monismo estético». Un monismo, dice, parecido al de Plotino, por un lado, y, por otro, semejante a la Ética de Spinoza, pero que se derive del juicio estético kantiano; o, más precisamente, del pathos especial de la belleza. Posteriormente, en los textos de madurez y en los de la senectud, tal denominación la cambia por el de filosofía estética, el de «Todología» y el de filosofía de la coordinación.

Con relación a este asunto, en su estudio sobre el filósofo mexicano, Francisco J. Carreras, dice: «Concluimos que el nombre más acertado para su filosofía es Filosofía de la Coordinación, ya que eso encierra su término todología (…) No nos parece acertado denominar su filosofía todología, por los equívocos a que se presta un término tan genérico. Pero tampoco consideramos acertado el término filosofía estética, porque no refleja la esencia verdadera de su pensamiento, sino sólo parte de él»{4}.

Una cuestión ligada a ésta y que también es una característica de la evolución de su pensamiento, consiste en algunos cambios sobre la noción de filosofía. Según estos cambios, en un primer momento, concibe a la filosofía en estrecha relación con el arte, la religión y la mística, en la que sobresalen sus estudios indostánicos. Posteriormente, afirma que el filósofo es un poeta con sistema; y, finalmente, concibe a la filosofía en relación con la noción de sabiduría hebrea, rechazando de tajo todo el hinduismo inicial.

Una última característica que queremos señalar consiste en los componentes de su sistema. En este sentido, vistas sus obras en conjunto e identificando cada una de sus partes con libros específicos, podemos decir que su sistema está compuesto, en efecto: a) por una filosofía de la física o una metafísica desde un punto de vista intelectualista, b) por una ética o una filosofía de la vida o de la existencia como acción, c) por una estética o una filosofía del espíritu; y, d) por algo que primeramente alude y posteriormente anuncia como teodicea, pero finalmente denomina «Todología».

«Cronológicamente y también por natural secuencia –dice Vasconcelos en el prólogo de esta obra–, es este volumen el término de una escala que comienza en mi Pitágoras, se continúa en la Metafísica y la Ética; adopta configuración en la Estética y descubre su método en la Lógica orgánica. El proceso de toda la obra se aclara en el presente volumen, según los capítulos dedicados a lo que he llamado: método de la coordinación»{5}.

Algunas nociones científicas

De acuerdo a las partes del sistema aludidas anteriormente, ahora pasamos a exponer partes de cuatro textos en concreto, a saber: Tratado de metafísica, Ética, Estética y Todología. Del primero, destacamos «La revulsión de la energía»; del segundo, el tema de «Las finalidades éticas»; del tercero, «El a priori estético»; y, del cuarto, algunas notas sobre «La armonía». Asimismo, al interior de éstas, destacamos algunas nociones científicas o, mejor dicho, algunas obras y científicos a los cuales alude: Joseph John Thomson (1856-1940), Jacques Loeb (1859-1924) y Herbert Spencer Jennings (1868-1947), para lo primero; Jean Henri Fabre (1823-1915), para lo segundo; Eugéne Gley (1857-1930), para lo tercero; y, Manuel A. Pulido Méndez, para el cuarto.

Antes de continuar, sin embargo, queremos señalar, a manera de síntesis y muy esquemáticamente, que en el primer libro, Tratado de Metafísica, el filósofo de la raza cósmica trata tres asuntos: la epistemología desde un punto de vista intelectualista y con respecto a las formas en las cuales se manifiesta la realidad, la teoría cosmológica denominada las revulsiones de la energía y una clasificación de las ciencias.

En la Ética, los asuntos también se dividen en tres: la epistemología, una epistemología en la cual se introduce, además de la inteligencia, la noción de voluntad, y con respecto a la realidad o la existencia como acción –con respecto a la vida-; asimismo, en este texto se trata el asunto del bien, el mal, el libre albedrío, los valores y las emociones, entre otros; y, por último, dos clasificaciones de la ética: una que versa sobre las éticas biológica y humana; y, una más, que lo hace con respecto a las maneras de la ética humana, a saber: la terrestre, la metafísica y la revelada.

Al igual que en las dos obras anteriores, la Estética se divide en el mismo número de apartados: la gnoseología estética, misma que podemos considerar como una epistemología desde el punto de vista de la emoción y en relación con el mundo del espíritu –la filosofía, el arte y la religión–, en primer lugar; en segundo lugar, el a priori estético, en el cual aborda y define las categorías de la belleza, las direcciones del devenir estético, la axiología, el objeto y los sentidos estéticos; y, finalmente, en tercer lugar, la clasificación general de las bellas artes.

Con respecto al cuarto texto, el motivo primordial por el cual nuestro autor lo titula Todología consiste en que no se atreve a ponerle Tratado teológico. Pero, en realidad, aborda esta temática. Para esto, Vasconcelos inicia clasificando las filosofías entre analíticas y sintéticas, continua con una exposición sobre el ser y sus variantes (el ser como yo, el ser en los otros, el ser y el cuerpo, el ser y la multiplicidad), lo que él denomina la tabla de la existencia, algunas reflexiones metafísicas y termina con la filosofía del mito y la teología de San Pablo. Al interior de este último tema, Vasconcelos habla sobre la transfiguración, la revelación, el cuerpo glorioso, la creación, la resurrección, la trinidad y el amor a Dios: «una visión del universo, que comienza en la onda magnética y termina en la trinidad que definió San Pablo, esto es lo que procura captar el presente libro» (pág. 9.).

La revulsión de la energía

Según el diccionario soviético de filosofía, «La teoría de la evolución emergente surgió en la década de 1920 en contraposición a la dialéctica materialista. Su objetivo era «explicar» el hecho de que el desarrollo se produjera en forma de cambios bruscos, la aparición de lo nuevo. Los teóricos de la evolución emergente interpretan los procesos de transformación como actos irracionales, incomprensibles desde un punto de vista lógico, y en última instancia llegan al reconocimiento de la divinidad. Esa teoría conduce a la negación de la sujeción natural e histórica a ley. Para Lloyd Morgan, toda la naturaleza tiene espíritu: no existe lo físico sin lo psíquico. Alexander declara que el «espacio-tiempo» inmaterial constituye la base primitiva de la naturaleza y que la materia es derivada respecto a dicha base. Para él, sirven como elementos primeros de la naturaleza «impulsos-elementos» inmateriales. Broad defiende sin rodeos el vitalismo y la transmigración de las almas»{6}.

Según Patrick Romanell{7}, José Vasconcelos utiliza a estos teóricos para hablar sobre la revulsión de la energía, sin embargo, el filósofo mexicano acota: «Examinemos, por ejemplo, el nuevo proceso al amparo de la tesis que Morgan llama: Evolución emergente. En el curso de la evolución aparecen nuevos factores que aumentan su complejidad. En nuestra tesis, esta aparición de novedades no es sorprendente, sino obligada y resultado del proceso general de transformaciones para la transfiguración de la energía. Se trata por lo mismo, no de aparición de novedades, como dice Morgan, sino de revulsiones creadoras, cambios de orientación de la corriente dinámica que prosigue su destino»{8}.

¿Qué es, entonces, la teoría de la revulsión de la energía de José Vasconcelos? ¿En qué consiste? Según el monismo de nuestro autor, todo es energía; una energía en constante devenir y que se manifiesta en tres ciclos correspondientes a los ciclos de la existencia: lo físico, lo biológico y lo espiritual. Al primer ciclo, lo caracteriza el acto repetición; al segundo, el acto finalidad; y, al tercero, el acto creación.
Para explicar y justificar el salto de un ciclo a otro de la energía, Vasconcelos alude los aportes de la física y la biología de su tiempo. Con respecto a la física, después de comentar que algunas teorías como las de los electrones, los iones y los fluidos electromagnéticos aun están en estado provisional, señala: «En un principio, los teóricos del átomo afirmaban que la vibración de éste era una resultante del acarreo de sustancias que tiene lugar a partir del núcleo; se aceptaba la hipótesis de que la disminución o el aumento de energía se operaba de una manera uniformemente graduada, es decir, en serie numérica (…) Posteriormente se modifica este concepto de acuerdo a la teoría del cuantum, según la cual, las ondas vibratorias de la luz y en general de los fluidos, no se propaga de manera uniforme, sino más bien por saltos parecidos justamente a las notas de la escala» (págs. 329-330).

Con respecto a la biología y lo biológico en su teoría de la revulsión, citamos otra vez en extenso, dice: «A fin de de precisar las circunstancias esenciales del movimiento en este nuevo orden de la existencia, seguiremos brevemente el proceso de la vida, tal como aparece en las observaciones de los naturalistas empíricos. Tanto Loeb como Jennings ven las cosas más o menos como sigue: lo mismo que la energía física, la vida aparece dispersa en estructuras simples: apariciones misteriosas, presencias conmovedoras que irrumpen en el seno de las corrientes dinámicas ordinarias, en el seno de los elementos. Desde luego se advierte que tales estructuras y los rudimentos de organismos que de ellas proceden están animados de una dirección que va a ser el origen de todo un orden peculiar de fenómenos, estrechamente emparentados; un nuevo orden de existencias con relación al físico. Después de la estructura meramente dinámica, el rudimento de organismo, y el organismo» (pág. 535.)

Posteriormente, después de seguir explicando algunos otros aspectos, sintetiza: «Separemos de las conclusiones de Jennings la que para nosotros es la más importante: la verificación de un dinamismo autóctono en la célula, la existencia de un autodinamismo celular y orgánico. Digamos entonces que la corriente de la energía general, tal como se revela en los elementos, luz, calor, etc, se corta y de pronto en determinados puntos emerge cambiada de orientación, desintegrada en unidades autónomas que emprenden nuevos sistemas de integración y de acción. El momento en que esto ocurre marca un nuevo ciclo y da comienzo el orden de la vida» (pág. 541).
Enseguida, se pregunta por la ley y el sentido de los organismos, estos nuevos conglomerados de la energía general del universo. Siguiendo a Loeb, responde: «los organismos son máquinas químicas constituidas esencialmente de materia coloidal que posee la particularidad de desarrollarse, preservarse y reproducirse de una manera automática» (pág. 544).

Finalmente, con respecto al paso de la energía del ciclo biológico al espiritual, señala: «Lo que no puede hacer la célula, transformar la energía más allá de la vida y mejorarla, eso es la labor que se ensaya en el laboratorio de la conciencia humana: la más importante de las labores internas» (pág. 545).

Las finalidades éticas

Vasconcelos ubica a la ética más allá de los límites habituales: «desde el ciliolo de la amiba, que busca sustento, hasta la voluntad iluminada de razones, que pesa y vacila antes de decidirse»{9}. Por esta razón, en el apartado de las finalidades éticas, Vasconcelos concibe una ética biológica. Al principio de ésta señala: «La idea de buscar en la vida de las plantas normas menos brutales, más humanas que las derivadas de la zoología por el evolucionismo, me ha movido a emprender las investigaciones del presente ensayo, que incorporo a mi tesis, interpretando libremente la historia natural, que no conozco a fondo, y que, por otra parte, apenas comienza a ser conocida de los mismos especialistas» (pág. 983).

En este sentido, después de exponer algunas clasificaciones de la biología y la morfología y algunos que otros apuntes de la evolución de la vida y de los animales, considera y especifica el comportamiento de la planta a partir de la obra de Jean Henri Fabre: «La planta joven, observa Fabre, obra como si fuese capaz de ver y de elegir, como si pudiese percibir la capa en que su raíz ha de hundirse y el aire en que su tallo ha de crecer. Y concluye: ‘Hay en la planta un oscuro vestigio del instinto propio de los animales’. Confirma también Fabre la experiencia de Bose cuando asegura que la sensitiva no solo es susceptible al ruido, a la conmoción de la chispa eléctrica, a la luz, al calor, a la influencia de los ácidos y los narcóticos, sino que, además revela poseer los caracteres del hábito» (pág. 1015).
Cabe señalar en este momento que uno de los propósitos de Vasconcelos al circunscribir la ética a todo lo que es vida consiste en considerar aquellos comportamientos que hay tanto en plantas como en animales para efectos de definir los comportamientos propios del hombre. O, más específicamente, como dice Vera y Cuspinera: «Los seres sub-humanos llevan a cabo un comportamiento moral en la medida en que es posible inscribirlos en los fines del hombre, en cuanto le sugieren una conducta laudable o colaboran en su tarea aunque sea de manera involutaria»{10}.
Al final de este apartado, Vasconcelos reconoce y aclara: «A primera vista, parece un odioso fantaseo todo este capítulo; en realidad supone una investigación muy importante (…): precisar el grado y la manera en que el devenir físico y biológico pueden coincidir en el devenir voluntario. Solo mediante tal ensamble pueden el mineral, la planta y el animal adquirir un valor que les dé sentido del plan general del espíritu»{11}.
El a priori estético
Hasta ahora nos hemos ocupado de lo físico y lo biológico, en términos generales. Asimismo, de las lecturas que Vasconcelos consideró para su sistema filosófico, sin profundizar demasiado en éste. Para efectos de entrar a la estética, el filósofo mexicano advierte: «Algo de las tres etapas cósmicas se repite abreviadamente en el vivir de nuestra conciencia»{12}.
Las partes que constituyen el tema del a priori estético son: a) la imagen, b) el ritmo, la melodía y la armonía, en tanto elementos del conocimiento emotivo o un conocimiento artístico de la realidad, a diferencia del conocimiento intelectual y empírico de la misma, c) lo apolíneo, lo dionisiaco y lo místico, en tanto que categorías de la belleza, d) los valores estéticos y e) los cinco sentidos pre-estéticos.
La cuestión a reseñar en este apartado consiste a lo que atañe al capítulo que denominó «El órgano estético». En éste, Vasconcelos apunta que se han estudiado bastante los fenómenos de la conciencia que proceden de la sensibilidad externa, pero no se han explorado las condiciones de la sensibilidad interna. «Nosotros –dice enseguida– lo hacemos valiéndonos de una de esas hipótesis legítimas en la ciencia empírica, o sea suponiendo que es el alma un ser concreto, hecho de plasma imponderable y espiritual, que se nos presenta estructurado en conciencia, así como el plasma vegetal se organiza en células» (pág. 1375).

Para esto, Vasconcelos recurre al fisiólogo Eugene Gley, específicamente, al tema de las sensaciones de equilibración, las cuales se dividen en las que suspenden las funciones y las que las ejercitan. Entre las primeras están las que regulan las necesidades (hambre, sed, respiración, entre otras) y entre las segundas se encuentra el sentido de orientación.

«Lo que interesa al teórico de la estética –dice Vasconcelos– es recoger esta información sobre el funcionamiento del órgano especial del equilibrio y el rumbo» (pág. 1376). Y, más adelante, especifica: «La estética ha marchado por divergentes sendas, dispersa entre impresiones de ojos, oídos o de tacto, sospechando apenas que hay un sentido de conjunto, pero sin poder localizarlo. El fisiólogo nos dice que el sentido de orientación es el necesario recolector y reconstructor de todas las sensaciones externas» (pág. 1377). Y termina Vasconcelos: «Todos los caracteres de lo estético dimanan del sentido de orientación, o con él concuerdan: el ritmo, la melodía y la armonía, la proporción, el equilibrio, la simetría, el valor de las percepciones en relación con los movimientos» (pág. 1377).

La armonía

Como complemento del sentido de la orientación, ponemos lo que Vasconcelos trata en el capítulo que denomina «La etapa de la armonía». Después de reseñar algunas ideas de un médico venezolano, Manuel A. Pulido, con respecto al ritmo que hay en los cuerpos, lo cita: «‘Sin desconocer la unidad del funcionamiento cerebral, hay que aceptar regiones a cuya actividad competen actividades particulares’»{13}. Y más adelante, lo vuelve a citar: «Este es el momento, dice Pulido, de apreciar la magia de la emoción, forma tan cercana de las ideas formadoras de mundo, lo metapráxico, la unión del alma y del espíritu que es la experiencia más íntima y al propio tiempo más objetiva que podamos lograr sin llegar enteramente en esta tierra a poseer su diáfano arcano» (pág. 189).
Vasconcelos termina este capítulo aludiendo al mismo autor, pero ahora en el sentido de afirmar que la armonía es una nueva etapa de la filosofía, después del idealismo de Husserl y el existencialismo de Heidegger. Y más todavía: que la verdadera armonía es un «Christus Musicus»: «‘La trinidad es el concierto absoluto, la armonía infinita, la música esencial’. Muy bien hasta cierto punto, porque como ya se expresa en esta obra, la filosofía estética no se detiene en un mundo de músicos, sino que va más allá de la música cuando acaba de recorrer el camino que ya insinuó Platón: el camino jerárquico que va del Logos a la armonía y de ésta al Eros» (pág. 190). Con esto, Vasconcelos prepara su capítulo dedicado a la teología de San Pablo.

Conclusiones: del itinerario científico al filósofo itinerante

Uno. José Vasconcelos escribió y publicó sus textos filosóficos entre 1910 y 1952. Si tomamos en cuenta los años de nacimiento y muerte de los autores que menciona y de los que damos cuenta, además de otros, como por ejemplo: Nicolás Léonard Sadi Carnot (1796-1832), Joseph John Thomson (1856-1940), Jacques Loeb (1859-1924), Herbert Spencer Jennings (1868-1947), Hugo de Vries (1848-1935), Jean Henri Fabre (1823-1915), Jadish Chandra Bose (1858-1937), Eugéne Gley (1857-1930) y Manuel A. Pulido Méndez, podemos constatar que Vasconcelos era un lector asiduo y un aficionado a la ciencia de su tiempo, con las teorías que iban saliendo. Lo que es más, fue coherente con la idea planteada al inicio en cuanto que la filosofía debía sustentarse, en parte, en los resultados que arrojara la ciencia misma.

Dos. El itinerario científico: Dijimos al inicio que no pretendíamos hacer una crítica interna de los textos de Vasconcelos, sin embargo, si habría que señalar que parte de sus citas no tienen una referencia bibliográfica. Esto no quita, de cualquier modo, que podamos trazar el itinerario científico de Vasconcelos: los científicos antes señalados son físicos, biólogos, botánicos, químicos, genetistas, fisiólogos, endocrinólogos, entomólogos. O, para decirlos con otros términos, son personas que hicieron contribuciones a estas ciencias. Además del itinerario disciplinar por el que pasó Vasconcelos, también lo podemos hacer desde la perspectiva de las nacionalidades: estadounidenses, británicos, franceses, holandeses y un venezolano. O, para darle cierto realce, también lo podemos hacer desde esta otra perspectiva: uno de los que menciona, Loeb, fue varias veces nominado al premio Nobel, pero nunca lo ganó; otro, J. J. Thompson, el que descubrió el electrón en 1897, ganó el Nobel en 1906.

Tres. El filósofo itinerante: ¿Lo anterior significa que todos los libros o casi todos los libros de estos científicos fuera moneda corriente en México? No necesariamente. Aquí es pertinente volver al inicio en cuanto a las características, pero ahora de su biografía. José Vasconcelos, por motivos políticos la mayoría de las veces, estuvo exiliado. En estos exilios, vivió o estuvo de visita en España, Francia, Estados Unidos, Argentina, Inglaterra. Por otro lado, ¿lo anterior significa que Vasconcelos haya tenido una admiración por países con un alto desarrollo científico o tecnológico? No necesariamente. En este sentido, habría que volver los ojos a otros de sus libros: La raza cósmica (1924), Indología (1925), Bolivarismo y monroísmo (1934). O, más específicamente, habría que volver los ojos al título de una conferencia dictada en Argentina, en 1933: «Hispanoamérica frente a los nacionalismos agresivos de Europa y Estados Unidos». Entre la primera y la segunda respuestas, media una cuestión significativa: Vasconcelos se concebía como un Ulises, y así tituló su autobiografía: Ulises Criollo (1935). Pero no solamente eso, en su libro de pedagogía, oponía dos modelos: el de Ulises y el de Robinson. Dice en éste: «El título del libro indica ya el propósito de superar el empirismo miope de los últimos tiempos y la posibilidad de reemplazarlo con un sistema que merecerá el nombre de clásico si logra dotarse de hondura, fuerza, unidad y totalidad. Es esto lo que he querido expresar con el título… simbolizo en Robinson el método astuto, improvisador y exclusivamente técnico que caracteriza la era anglosajona del mundo. Época eficaz, pero desprovista de genio, en tanto que el latino rejuvenece y se decide a no caer con el derrumbe de quienes temporalmente nos dominaron (…) Pasada la embriaguez del mal vino, volvemos al vino bueno de nuestra tradición y resucitamos a Odiseo para oponerlo al simplismo de todos los Robinsones»{14}.

Cuatro. Según Vasconcelos, sus estudios iberoamericanos y su teoría de la raza cósmica tenían bases científicas. Resulta difícil sostener esta cuestión ahora. Había, eso sí, implícitamente, muchas cuestiones de carácter ideológico y político. Sin embargo, sí podemos sostener que estos representan una respuesta a no pocas «teorías» sobre la superioridad de las razas puras, que, por cierto, no dejaban de tener implícita y explícitamente, cuestiones de carácter político, ideológico e, incluso, económico… Pero, esto, en fin, es tema para otro trabajo…


Notas
{1} José Vasconcelos, «Gabino Barreda y las ideas contemporáneas». En Obras Completas. México, Libreros Unidos Mexicanos. Tomo I. 1957 p. 53. Queremos aclarar que utilizaremos principalmente las Obras Completas. 4 Tomos. México, Libreros Unidos Mexicanos. Tomo I, 1957. 1819 pp. Tomo II, 1958. 1777 pp. Tomo III, 1959. 1744 pp. Tomo IV, 1961. 1723 pp. En caso de que utilicemos otras ediciones, lo haremos saber en su momento.
{2} José Vasconcelos, Todología: Filosofía de la coordinación. México, Ediciones Botas, 1952. p. 5
{3} José Vasconcelos, «Monismo estético». En Obras Completas. Tomo IV. p. 9
{4} Carreras, Francisco J.; José Vasconcelos: filosofía de la coordinación. Puerto Rico, Ediciones Anaya, 1970. p. 360.
{5} José Vasconcelos, Todología: Filosofía de la coordinación. México, Ediciones Botas, 1952. p. 6.
{6} Diccionario Soviético de Filosofía (En línea) Disponible http://www.filosofia.org/enc/ros/evo.htm (consulta 18 de Agosto de 2009).
{7} Cfr. La formación de la mentalidad mexicana (panorama actual de la filosofía en México). México, El Colegio de México, 1954, pp. 109-150. (Presentación de José Gaos, trad. De Edmundo O´Gorman).
{8} José Vasconcelos, «Tratado de metafísica». En Obras Completas. Tomo III. p. 555.
{9} José Vasconcelos, «Ética». En Obras Completas. Tomo III. p. 775
{10} Vera y Cusnipera, Margarita. El pensamiento filosófico de Vasconcelos. México, Extemporáneos, 1979. p. 135
{11} José Vasconcelos, Op. Cit. p. 1020
{12} José Vasconcelos, «Estética». En Obras Completas. Tomo III. p. 1136
{13} José Vasconcelos, Todología: filosofía de la coordinación. México, Ediciones Botas, 1952. p. 189.
{14} José Vasconcelos, «De Robinson a Odiseo: Pedagogía estructurativa». En Obras Completas. Tomo II. p. 1497.
 

Nociones cientificas en el pensamiento filosofico de J. Vasconcelos
Raúl Trejo Villalobos
Según Vasconcelos, sus estudios iberoamericanos y su teoría de la raza cósmica tenían bases científicas: resulta difícil sostenerlo

Presentación

José Vasconcelos es, sin lugar a dudas, uno de los primeros filósofos del siglo XX en México. De formación inicial en el positivismo, nunca cejó en el empeño de crear un sistema monista de filosofía, una metafísica estética. Para conseguir dicho propósito, escribió y publicó poco más de una decena de textos filosóficos en el transcurso de cuatro décadas, los cuales se pueden clasificar en tres periodos de su biografía intelectual, siguiendo la propuesta que hace Ortega y Gasset de las edades de las generaciones y que nosotros presentamos de esta manera:

Un primer conjunto de textos, que denominaremos textos de preparación y tentativas para su sistema y fueron publicados entre la adolescencia y la primera madurez, comprenden: Don Gabino Barreda y las ideas contemporáneas (1910), Monismo estético (1918), Estudios indostánicos (1920), Pitágoras. Una teoría del ritmo (1916 y 1921) y La revulsión de la energía (1924). Un segundo conjunto de textos, que corresponden propiamente a su sistema filosófico y fueron publicados entre su primera y su segunda madurez, comprenden: Tratado de metafísica (1929), Ética (1932), Estética (1935) e Historia del pensamiento filosófico (1937). Finalmente, un tercer conjunto de textos, que denominaremos de divulgación, correcciones, modificaciones y complemento a su sistema filosófico y fueron publicados entre su segunda madurez y su senectud, comprenden: Manual de filosofía (1940), Realismo científico (1943), Lógica orgánica (1945) y Todología y/o Filosofía estética (1952).

No obstante su empeño, su «ansia de absoluto», como él dijera de sí mismo en varias ocasiones, tampoco dejó de lado sus lecturas y su afición a la ciencia. De hecho, en uno de sus primeros textos, texto fundacional para él y los de su generación, dice: «Generalmente los postulados y las aserciones del sistema filosófico no sólo se apoyan en la ciencia del tiempo en que se producen, sino que la hacen avanzar, según su espíritu racional. Para conocer cuál sea la ciencia verdadera, bastará atenerse a su acuerdo con los hechos y a los servicios positivos que los hombres deriven de sus afirmaciones y sus hipótesis»{1}.

Asimismo, en otro, uno de los últimos, apunta: «La contribución más señalada de nuestra época es el conjunto de noticias que derivamos de la ciencia positiva experimental. El estado a que ha llegado dicha ciencia no sólo permite, sino que obliga al intento de ligar sus apreciaciones, primero a la Filosofía, después al Saber Supremo que es la Revelación»{2}.
He aquí la tesis que queremos sostener en la presente comunicación: más allá de que su filosofía sea considerado como uno de sus peores fracasos (José Joaquín Blanco) o él mismo sea considerado como un pensador original (José Gaos), lo que nosotros sostenemos consiste en que fue congruente con la idea planteada anteriormente y que nunca dejó de tomar en cuenta los resultados de la ciencia para la elaboración de su textos filosóficos.

Lejos de hacer una crítica interna de los textos, en el sentido de demostrar si Vasconcelos realizó una lectura y una interpretación pertinentes o no de sus fuentes, y lejos aún de explicar las teorías científicas a las que alude, nuestro propósito consiste en señalar y exponer algunas nociones científicas contenidas en algunos textos filosóficos de los antes indicados.

Para conseguir dicho propósito primero exponemos brevemente su sistema filosófico y, posteriormente, las nociones científicas al interior de su teoría de las revulsiones de la energía, sus ideas en torno a las finalidades éticas, su teoría del a priori estético y de lo que él denomina «Todología». Finalmente, presentamos algunas conclusiones.

El sistema filosófico: del monismo estético a la filosofía de la coordinación

Dos características de la evolución del pensamiento filosófico de José Vasconcelos son, a nuestro parecer, las siguientes: un propósito constante de construir un sistema, no obstante el avance vertiginoso de las ciencias particulares; y, una búsqueda, también constante, de un nombre apropiado para su sistema.

Con respecto a lo primero, en uno de sus textos de juventud, dice: «Fui educado en la creencia de que ya no es posible construir nuevos sistemas de filosofía. La escuela inglesa, empirista, evolucionista y plagada de cabezas menores de ensayistas, nos condenaba a concebir el mundo, como una sucesión de hechos, que deben ser expresados en estilo narrativo y detallista»{3}.

Y más adelante, retadoramente, anuncia: «Contradiciendo todo esto, mis escritos tienden a organizar un sistema. Si la época pasada, por su fuerza crítica, dejó minadas todas las doctrinas tradicionales, a tal punto que en ningún sentido es posible una reacción completa, no por eso destruyó, ni nada puede destruir, la intuición de la síntesis, esa eterna fuente de sistemas, incompletos, equivocados, pero sistemas» (pág. 10).

Con respecto a lo segundo, en un primer momento, en la época de juventud, el nombre que le asigna a su sistema es el de «Monismo estético». Un monismo, dice, parecido al de Plotino, por un lado, y, por otro, semejante a la Ética de Spinoza, pero que se derive del juicio estético kantiano; o, más precisamente, del pathos especial de la belleza. Posteriormente, en los textos de madurez y en los de la senectud, tal denominación la cambia por el de filosofía estética, el de «Todología» y el de filosofía de la coordinación.

Con relación a este asunto, en su estudio sobre el filósofo mexicano, Francisco J. Carreras, dice: «Concluimos que el nombre más acertado para su filosofía es Filosofía de la Coordinación, ya que eso encierra su término todología (…) No nos parece acertado denominar su filosofía todología, por los equívocos a que se presta un término tan genérico. Pero tampoco consideramos acertado el término filosofía estética, porque no refleja la esencia verdadera de su pensamiento, sino sólo parte de él»{4}.
Una cuestión ligada a ésta y que también es una característica de la evolución de su pensamiento, consiste en algunos cambios sobre la noción de filosofía. Según estos cambios, en un primer momento, concibe a la filosofía en estrecha relación con el arte, la religión y la mística, en la que sobresalen sus estudios indostánicos. Posteriormente, afirma que el filósofo es un poeta con sistema; y, finalmente, concibe a la filosofía en relación con la noción de sabiduría hebrea, rechazando de tajo todo el hinduismo inicial.

Una última característica que queremos señalar consiste en los componentes de su sistema. En este sentido, vistas sus obras en conjunto e identificando cada una de sus partes con libros específicos, podemos decir que su sistema está compuesto, en efecto: a) por una filosofía de la física o una metafísica desde un punto de vista intelectualista, b) por una ética o una filosofía de la vida o de la existencia como acción, c) por una estética o una filosofía del espíritu; y, d) por algo que primeramente alude y posteriormente anuncia como teodicea, pero finalmente denomina «Todología».

«Cronológicamente y también por natural secuencia –dice Vasconcelos en el prólogo de esta obra–, es este volumen el término de una escala que comienza en mi Pitágoras, se continúa en la Metafísica y la Ética; adopta configuración en la Estética y descubre su método en la Lógica orgánica. El proceso de toda la obra se aclara en el presente volumen, según los capítulos dedicados a lo que he llamado: método de la coordinación»{5}.

Algunas nociones científicas

De acuerdo a las partes del sistema aludidas anteriormente, ahora pasamos a exponer partes de cuatro textos en concreto, a saber: Tratado de metafísica, Ética, Estética y Todología. Del primero, destacamos «La revulsión de la energía»; del segundo, el tema de «Las finalidades éticas»; del tercero, «El a priori estético»; y, del cuarto, algunas notas sobre «La armonía». Asimismo, al interior de éstas, destacamos algunas nociones científicas o, mejor dicho, algunas obras y científicos a los cuales alude: Joseph John Thomson (1856-1940), Jacques Loeb (1859-1924) y Herbert Spencer Jennings (1868-1947), para lo primero; Jean Henri Fabre (1823-1915), para lo segundo; Eugéne Gley (1857-1930), para lo tercero; y, Manuel A. Pulido Méndez, para el cuarto.

Antes de continuar, sin embargo, queremos señalar, a manera de síntesis y muy esquemáticamente, que en el primer libro, Tratado de Metafísica, el filósofo de la raza cósmica trata tres asuntos: la epistemología desde un punto de vista intelectualista y con respecto a las formas en las cuales se manifiesta la realidad, la teoría cosmológica denominada las revulsiones de la energía y una clasificación de las ciencias.

En la Ética, los asuntos también se dividen en tres: la epistemología, una epistemología en la cual se introduce, además de la inteligencia, la noción de voluntad, y con respecto a la realidad o la existencia como acción –con respecto a la vida-; asimismo, en este texto se trata el asunto del bien, el mal, el libre albedrío, los valores y las emociones, entre otros; y, por último, dos clasificaciones de la ética: una que versa sobre las éticas biológica y humana; y, una más, que lo hace con respecto a las maneras de la ética humana, a saber: la terrestre, la metafísica y la revelada.

Al igual que en las dos obras anteriores, la Estética se divide en el mismo número de apartados: la gnoseología estética, misma que podemos considerar como una epistemología desde el punto de vista de la emoción y en relación con el mundo del espíritu –la filosofía, el arte y la religión–, en primer lugar; en segundo lugar, el a priori estético, en el cual aborda y define las categorías de la belleza, las direcciones del devenir estético, la axiología, el objeto y los sentidos estéticos; y, finalmente, en tercer lugar, la clasificación general de las bellas artes.

Con respecto al cuarto texto, el motivo primordial por el cual nuestro autor lo titula Todología consiste en que no se atreve a ponerle Tratado teológico. Pero, en realidad, aborda esta temática. Para esto, Vasconcelos inicia clasificando las filosofías entre analíticas y sintéticas, continua con una exposición sobre el ser y sus variantes (el ser como yo, el ser en los otros, el ser y el cuerpo, el ser y la multiplicidad), lo que él denomina la tabla de la existencia, algunas reflexiones metafísicas y termina con la filosofía del mito y la teología de San Pablo. Al interior de este último tema, Vasconcelos habla sobre la transfiguración, la revelación, el cuerpo glorioso, la creación, la resurrección, la trinidad y el amor a Dios: «una visión del universo, que comienza en la onda magnética y termina en la trinidad que definió San Pablo, esto es lo que procura captar el presente libro» (pág. 9.).

La revulsión de la energía

Según el diccionario soviético de filosofía, «La teoría de la evolución emergente surgió en la década de 1920 en contraposición a la dialéctica materialista. Su objetivo era «explicar» el hecho de que el desarrollo se produjera en forma de cambios bruscos, la aparición de lo nuevo. Los teóricos de la evolución emergente interpretan los procesos de transformación como actos irracionales, incomprensibles desde un punto de vista lógico, y en última instancia llegan al reconocimiento de la divinidad. Esa teoría conduce a la negación de la sujeción natural e histórica a ley. Para Lloyd Morgan, toda la naturaleza tiene espíritu: no existe lo físico sin lo psíquico. Alexander declara que el «espacio-tiempo» inmaterial constituye la base primitiva de la naturaleza y que la materia es derivada respecto a dicha base. Para él, sirven como elementos primeros de la naturaleza «impulsos-elementos» inmateriales. Broad defiende sin rodeos el vitalismo y la transmigración de las almas»{6}.

Según Patrick Romanell{7}, José Vasconcelos utiliza a estos teóricos para hablar sobre la revulsión de la energía, sin embargo, el filósofo mexicano acota: «Examinemos, por ejemplo, el nuevo proceso al amparo de la tesis que Morgan llama: Evolución emergente. En el curso de la evolución aparecen nuevos factores que aumentan su complejidad. En nuestra tesis, esta aparición de novedades no es sorprendente, sino obligada y resultado del proceso general de transformaciones para la transfiguración de la energía. Se trata por lo mismo, no de aparición de novedades, como dice Morgan, sino de revulsiones creadoras, cambios de orientación de la corriente dinámica que prosigue su destino»{8}.

¿Qué es, entonces, la teoría de la revulsión de la energía de José Vasconcelos? ¿En qué consiste? Según el monismo de nuestro autor, todo es energía; una energía en constante devenir y que se manifiesta en tres ciclos correspondientes a los ciclos de la existencia: lo físico, lo biológico y lo espiritual. Al primer ciclo, lo caracteriza el acto repetición; al segundo, el acto finalidad; y, al tercero, el acto creación.

Para explicar y justificar el salto de un ciclo a otro de la energía, Vasconcelos alude los aportes de la física y la biología de su tiempo. Con respecto a la física, después de comentar que algunas teorías como las de los electrones, los iones y los fluidos electromagnéticos aun están en estado provisional, señala: «En un principio, los teóricos del átomo afirmaban que la vibración de éste era una resultante del acarreo de sustancias que tiene lugar a partir del núcleo; se aceptaba la hipótesis de que la disminución o el aumento de energía se operaba de una manera uniformemente graduada, es decir, en serie numérica (…) Posteriormente se modifica este concepto de acuerdo a la teoría del cuantum, según la cual, las ondas vibratorias de la luz y en general de los fluidos, no se propaga de manera uniforme, sino más bien por saltos parecidos justamente a las notas de la escala» (págs. 329-330).

Con respecto a la biología y lo biológico en su teoría de la revulsión, citamos otra vez en extenso, dice: «A fin de de precisar las circunstancias esenciales del movimiento en este nuevo orden de la existencia, seguiremos brevemente el proceso de la vida, tal como aparece en las observaciones de los naturalistas empíricos. Tanto Loeb como Jennings ven las cosas más o menos como sigue: lo mismo que la energía física, la vida aparece dispersa en estructuras simples: apariciones misteriosas, presencias conmovedoras que irrumpen en el seno de las corrientes dinámicas ordinarias, en el seno de los elementos. Desde luego se advierte que tales estructuras y los rudimentos de organismos que de ellas proceden están animados de una dirección que va a ser el origen de todo un orden peculiar de fenómenos, estrechamente emparentados; un nuevo orden de existencias con relación al físico. Después de la estructura meramente dinámica, el rudimento de organismo, y el organismo» (pág. 535.)

Posteriormente, después de seguir explicando algunos otros aspectos, sintetiza: «Separemos de las conclusiones de Jennings la que para nosotros es la más importante: la verificación de un dinamismo autóctono en la célula, la existencia de un autodinamismo celular y orgánico. Digamos entonces que la corriente de la energía general, tal como se revela en los elementos, luz, calor, etc, se corta y de pronto en determinados puntos emerge cambiada de orientación, desintegrada en unidades autónomas que emprenden nuevos sistemas de integración y de acción. El momento en que esto ocurre marca un nuevo ciclo y da comienzo el orden de la vida» (pág. 541).

Enseguida, se pregunta por la ley y el sentido de los organismos, estos nuevos conglomerados de la energía general del universo. Siguiendo a Loeb, responde: «los organismos son máquinas químicas constituidas esencialmente de materia coloidal que posee la particularidad de desarrollarse, preservarse y reproducirse de una manera automática» (pág. 544).

Finalmente, con respecto al paso de la energía del ciclo biológico al espiritual, señala: «Lo que no puede hacer la célula, transformar la energía más allá de la vida y mejorarla, eso es la labor que se ensaya en el laboratorio de la conciencia humana: la más importante de las labores internas» (pág. 545).

Las finalidades éticas

Vasconcelos ubica a la ética más allá de los límites habituales: «desde el ciliolo de la amiba, que busca sustento, hasta la voluntad iluminada de razones, que pesa y vacila antes de decidirse»{9}. Por esta razón, en el apartado de las finalidades éticas, Vasconcelos concibe una ética biológica. Al principio de ésta señala: «La idea de buscar en la vida de las plantas normas menos brutales, más humanas que las derivadas de la zoología por el evolucionismo, me ha movido a emprender las investigaciones del presente ensayo, que incorporo a mi tesis, interpretando libremente la historia natural, que no conozco a fondo, y que, por otra parte, apenas comienza a ser conocida de los mismos especialistas» (pág. 983).
En este sentido, después de exponer algunas clasificaciones de la biología y la morfología y algunos que otros apuntes de la evolución de la vida y de los animales, considera y especifica el comportamiento de la planta a partir de la obra de Jean Henri Fabre: «La planta joven, observa Fabre, obra como si fuese capaz de ver y de elegir, como si pudiese percibir la capa en que su raíz ha de hundirse y el aire en que su tallo ha de crecer. Y concluye: ‘Hay en la planta un oscuro vestigio del instinto propio de los animales’. Confirma también Fabre la experiencia de Bose cuando asegura que la sensitiva no solo es susceptible al ruido, a la conmoción de la chispa eléctrica, a la luz, al calor, a la influencia de los ácidos y los narcóticos, sino que, además revela poseer los caracteres del hábito» (pág. 1015).

Cabe señalar en este momento que uno de los propósitos de Vasconcelos al circunscribir la ética a todo lo que es vida consiste en considerar aquellos comportamientos que hay tanto en plantas como en animales para efectos de definir los comportamientos propios del hombre. O, más específicamente, como dice Vera y Cuspinera: «Los seres sub-humanos llevan a cabo un comportamiento moral en la medida en que es posible inscribirlos en los fines del hombre, en cuanto le sugieren una conducta laudable o colaboran en su tarea aunque sea de manera involutaria»{10}.

Al final de este apartado, Vasconcelos reconoce y aclara: «A primera vista, parece un odioso fantaseo todo este capítulo; en realidad supone una investigación muy importante (…): precisar el grado y la manera en que el devenir físico y biológico pueden coincidir en el devenir voluntario. Solo mediante tal ensamble pueden el mineral, la planta y el animal adquirir un valor que les dé sentido del plan general del espíritu»{11}.

El a priori estético

Hasta ahora nos hemos ocupado de lo físico y lo biológico, en términos generales. Asimismo, de las lecturas que Vasconcelos consideró para su sistema filosófico, sin profundizar demasiado en éste. Para efectos de entrar a la estética, el filósofo mexicano advierte: «Algo de las tres etapas cósmicas se repite abreviadamente en el vivir de nuestra conciencia»{12}.
Las partes que constituyen el tema del a priori estético son: a) la imagen, b) el ritmo, la melodía y la armonía, en tanto elementos del conocimiento emotivo o un conocimiento artístico de la realidad, a diferencia del conocimiento intelectual y empírico de la misma, c) lo apolíneo, lo dionisiaco y lo místico, en tanto que categorías de la belleza, d) los valores estéticos y e) los cinco sentidos pre-estéticos.

La cuestión a reseñar en este apartado consiste a lo que atañe al capítulo que denominó «El órgano estético». En éste, Vasconcelos apunta que se han estudiado bastante los fenómenos de la conciencia que proceden de la sensibilidad externa, pero no se han explorado las condiciones de la sensibilidad interna. «Nosotros –dice enseguida– lo hacemos valiéndonos de una de esas hipótesis legítimas en la ciencia empírica, o sea suponiendo que es el alma un ser concreto, hecho de plasma imponderable y espiritual, que se nos presenta estructurado en conciencia, así como el plasma vegetal se organiza en células» (pág. 1375).

Para esto, Vasconcelos recurre al fisiólogo Eugene Gley, específicamente, al tema de las sensaciones de equilibración, las cuales se dividen en las que suspenden las funciones y las que las ejercitan. Entre las primeras están las que regulan las necesidades (hambre, sed, respiración, entre otras) y entre las segundas se encuentra el sentido de orientación.

«Lo que interesa al teórico de la estética –dice Vasconcelos– es recoger esta información sobre el funcionamiento del órgano especial del equilibrio y el rumbo» (pág. 1376). Y, más adelante, especifica: «La estética ha marchado por divergentes sendas, dispersa entre impresiones de ojos, oídos o de tacto, sospechando apenas que hay un sentido de conjunto, pero sin poder localizarlo. El fisiólogo nos dice que el sentido de orientación es el necesario recolector y reconstructor de todas las sensaciones externas» (pág. 1377). Y termina Vasconcelos: «Todos los caracteres de lo estético dimanan del sentido de orientación, o con él concuerdan: el ritmo, la melodía y la armonía, la proporción, el equilibrio, la simetría, el valor de las percepciones en relación con los movimientos» (pág. 1377).

La armonía

Como complemento del sentido de la orientación, ponemos lo que Vasconcelos trata en el capítulo que denomina «La etapa de la armonía». Después de reseñar algunas ideas de un médico venezolano, Manuel A. Pulido, con respecto al ritmo que hay en los cuerpos, lo cita: «‘Sin desconocer la unidad del funcionamiento cerebral, hay que aceptar regiones a cuya actividad competen actividades particulares’»{13}. Y más adelante, lo vuelve a citar: «Este es el momento, dice Pulido, de apreciar la magia de la emoción, forma tan cercana de las ideas formadoras de mundo, lo metapráxico, la unión del alma y del espíritu que es la experiencia más íntima y al propio tiempo más objetiva que podamos lograr sin llegar enteramente en esta tierra a poseer su diáfano arcano» (pág. 189).

Vasconcelos termina este capítulo aludiendo al mismo autor, pero ahora en el sentido de afirmar que la armonía es una nueva etapa de la filosofía, después del idealismo de Husserl y el existencialismo de Heidegger. Y más todavía: que la verdadera armonía es un «Christus Musicus»: «‘La trinidad es el concierto absoluto, la armonía infinita, la música esencial’. Muy bien hasta cierto punto, porque como ya se expresa en esta obra, la filosofía estética no se detiene en un mundo de músicos, sino que va más allá de la música cuando acaba de recorrer el camino que ya insinuó Platón: el camino jerárquico que va del Logos a la armonía y de ésta al Eros» (pág. 190). Con esto, Vasconcelos prepara su capítulo dedicado a la teología de San Pablo.

Conclusiones: del itinerario científico al filósofo itinerante

Uno. José Vasconcelos escribió y publicó sus textos filosóficos entre 1910 y 1952. Si tomamos en cuenta los años de nacimiento y muerte de los autores que menciona y de los que damos cuenta, además de otros, como por ejemplo: Nicolás Léonard Sadi Carnot (1796-1832), Joseph John Thomson (1856-1940), Jacques Loeb (1859-1924), Herbert Spencer Jennings (1868-1947), Hugo de Vries (1848-1935), Jean Henri Fabre (1823-1915), Jadish Chandra Bose (1858-1937), Eugéne Gley (1857-1930) y Manuel A. Pulido Méndez, podemos constatar que Vasconcelos era un lector asiduo y un aficionado a la ciencia de su tiempo, con las teorías que iban saliendo. Lo que es más, fue coherente con la idea planteada al inicio en cuanto que la filosofía debía sustentarse, en parte, en los resultados que arrojara la ciencia misma.

Dos. El itinerario científico: Dijimos al inicio que no pretendíamos hacer una crítica interna de los textos de Vasconcelos, sin embargo, si habría que señalar que parte de sus citas no tienen una referencia bibliográfica. Esto no quita, de cualquier modo, que podamos trazar el itinerario científico de Vasconcelos: los científicos antes señalados son físicos, biólogos, botánicos, químicos, genetistas, fisiólogos, endocrinólogos, entomólogos. O, para decirlos con otros términos, son personas que hicieron contribuciones a estas ciencias. Además del itinerario disciplinar por el que pasó Vasconcelos, también lo podemos hacer desde la perspectiva de las nacionalidades: estadounidenses, británicos, franceses, holandeses y un venezolano. O, para darle cierto realce, también lo podemos hacer desde esta otra perspectiva: uno de los que menciona, Loeb, fue varias veces nominado al premio Nobel, pero nunca lo ganó; otro, J. J. Thompson, el que descubrió el electrón en 1897, ganó el Nobel en 1906.

Tres. El filósofo itinerante: ¿Lo anterior significa que todos los libros o casi todos los libros de estos científicos fuera moneda corriente en México? No necesariamente. Aquí es pertinente volver al inicio en cuanto a las características, pero ahora de su biografía. José Vasconcelos, por motivos políticos la mayoría de las veces, estuvo exiliado. En estos exilios, vivió o estuvo de visita en España, Francia, Estados Unidos, Argentina, Inglaterra. Por otro lado, ¿lo anterior significa que Vasconcelos haya tenido una admiración por países con un alto desarrollo científico o tecnológico? No necesariamente. En este sentido, habría que volver los ojos a otros de sus libros: La raza cósmica (1924), Indología (1925), Bolivarismo y monroísmo (1934). O, más específicamente, habría que volver los ojos al título de una conferencia dictada en Argentina, en 1933: «Hispanoamérica frente a los nacionalismos agresivos de Europa y Estados Unidos». Entre la pri
sistema que merecerá el nombre de clásico si logra dotarse de hondura, fuerza, unidad y totalidad. Es esto lo que he querido expresar con el título… simbolizo en Robinson el método astuto, improvisador y exclusivamente técnico que caracteriza la era anglosajona del mundo. Época eficaz, pero desprovista de genio, en tanto que el latino rejuvenece y se decide a no caer con el derrumbe de quienes temporalmente nos dominaron (…) Pasada la embriaguez del mal vino, volvemos al vino bueno de nuestra tradición y resucitamos a Odiseo para oponerlo al simplismo de todos los Robinsones»{14}.

Cuatro. Según Vasconcelos, sus estudios iberoamericanos y su teoría de la raza cósmica tenían bases científicas. Resulta difícil sostener esta cuestión ahora. Había, eso sí, implícitamente, muchas cuestiones de carácter ideológico y político. Sin embargo, sí podemos sostener que estos representan una respuesta a no pocas «teorías» sobre la superioridad de las razas puras, que, por cierto, no dejaban de tener implícita y explícitamente, cuestiones de carácter político, ideológico e, incluso, económico… Pero, esto, en fin, es tema para otro trabajo…


Notas

{1} José Vasconcelos, «Gabino Barreda y las ideas contemporáneas». En Obras Completas. México, Libreros Unidos Mexicanos. Tomo I. 1957 p. 53. Queremos aclarar que utilizaremos principalmente las Obras Completas. 4 Tomos. México, Libreros Unidos Mexicanos. Tomo I, 1957. 1819 pp. Tomo II, 1958. 1777 pp. Tomo III, 1959. 1744 pp. Tomo IV, 1961. 1723 pp. En caso de que utilicemos otras ediciones, lo haremos saber en su momento.
{2} José Vasconcelos, Todología: Filosofía de la coordinación. México, Ediciones Botas, 1952. p. 5
{3} José Vasconcelos, «Monismo estético». En Obras Completas. Tomo IV. p. 9
{4} Carreras, Francisco J.; José Vasconcelos: filosofía de la coordinación. Puerto Rico, Ediciones Anaya, 1970. p. 360.
{5} José Vasconcelos, Todología: Filosofía de la coordinación. México, Ediciones Botas, 1952. p. 6.
{6} Diccionario Soviético de Filosofía (En línea) Disponible http://www.filosofia.org/enc/ros/evo.htm (consulta 18 de Agosto de 2009).
{7} Cfr. La formación de la mentalidad mexicana (panorama actual de la filosofía en México). México, El Colegio de México, 1954, pp. 109-150. (Presentación de José Gaos, trad. De Edmundo O´Gorman).
{8} José Vasconcelos, «Tratado de metafísica». En Obras Completas. Tomo III. p. 555.
{9} José Vasconcelos, «Ética». En Obras Completas. Tomo III. p. 775
{10} Vera y Cusnipera, Margarita. El pensamiento filosófico de Vasconcelos. México, Extemporáneos, 1979. p. 135
{11} José Vasconcelos, Op. Cit. p. 1020
{12} José Vasconcelos, «Estética». En Obras Completas. Tomo III. p. 1136
{13} José Vasconcelos, Todología: filosofía de la coordinación. México, Ediciones Botas, 1952. p. 189.
{14} José Vasconcelos, «De Robinson a Odiseo: Pedagogía estructurativa». En Obras Completas. Tomo II. p. 1497.

Bibliografía:

Carreras, Francisco J.; José Vasconcelos: filosofía de la coordinación. Puerto Rico, Ediciones Anaya, 1970. 379 pp.
Diccionario Soviético de Filosofía (En línea) Disponible http://www.filosofia.org/enc/ros/evo.htm (Consulta 18 de Agosto de 2009).
Romanell, Patrick. «El monismo estético de José Vasconcelos». En La formación de la mentalidad mexicana (panorama actual de la filosofía en México). México, El Colegio de México, 1954, pp. 109-150. (Presentación de José Gaos, trad. De Edmundo O´Gorman).
José Vasconcelos, Obras completas. 4 vols., México, Libreros Mexicanos Unidos. vol. I, 1957, 1810 pp., vol. II, 1958, 1777 pp.; vol. III, 1959, 1744 pp.; vol. IV, 1961, 1723 pp.
Todología: filosofía de la coordinación. México, Ediciones Botas, 1952, 252 pp.
Vera y Cusnipera, Margarita. El pensamiento filosófico de Vasconcelos. México, Extemporáneos, 1979. 246 pp.

Notas:

Fuente:  http://www.nodulo.org/ec/2012/n119p13.htm

El Catoblepas • número 119 • enero 2012 • página 13

SPAIN.  5 de febrero de 2012

Hay 0 comentarios

Deja tu comentario


¿Eres humano o robot?, escribe el código de arriba: