Occidente anudó el amor y el sufrimiento

Entrevista a la filósofa Roxana Kreimer autora de “Falacias del amor”

¿Qué utilidad tienen la filosofía en lo cotidiano?

Sócrates decía que la vida reflexionada es la única que vale la pena ser vivida. La filosofía

Hace más de dos mil años Epicuro afirmó que los argumentos de la filosofía son vacuos si no mitigan ningún sufrimiento humano. La filosofía no siempre consistió en el postulado de teorías abstractas ni en la exégesis de textos, sino en el cultivo de un arte de vivir asociado a los problemas más inmediatos de la vida cotidiana. Sócrates y sus discípulos se sorprendían de que las personas miren una y otra vez los objetos materiales que compran, mientras examinan tan poco sus vidas.

En contraste con esta perspectiva y por efecto del paradigma científico, en los últimos siglos la filosofía devino una disciplina exclusivamente académica, hiperespecializada y tributaria de un culto fetichista a la personalidad. Mientras cualquier esoterismo teórico goza de antemano de los atributos de seriedad y relevancia científica, lo que atañe a la vida cotidiana despierta rápidamente la sospecha de banalidad. En el mundo moderno el filósofo por lo general ha cultivado un lenguaje abstruso y oscuro que desvinculó a la filosofía de la sociedad y ganó el favor de quienes adoran venerar lo que no comprenden. El filósofo huye de la vulgaridad pero escribe en un jeringozo inextricable. Todo lo que no encaje en esa matriz de espinas corresponderá a “simplificaciones abusivas” propias de fast-thinkers. El resultado de esto es que buena parte de las personas creen que la filosofía es demasiado abstracta e inútil para no languidecer, carente de vida.

En los últimos años ha comenzado a tomar cuerpo en distintas partes del mundo una corriente vinculada con la filosofía práctica que busca devolver el conocimiento filosófico al espacio público, estableciendo un canal que le permita salir de la cerrazón en que lo mantiene la academia para contribuir de diversas maneras al bienestar social y personal.


¿Hablando de tu libro FALACIAS DEL AMOR; Por qué crees que Occidente anudo el amor y sufrimiento ?


A diferencia de otras culturas, Occidente anudó de manera muy estrecha el amor al sufrimiento. Parece lógico pensar que siempre que se ama la posibilidad de sufrir está presente. Sin embargo, de allí a considerar que el sufrimiento es condición necesaria y suficiente para probar la existencia del amor, o que el sufrimiento por amor puede llegar a ser algo virtuoso en sí mismo hay un largo camino en el que la particularidad del amor parecería ser la de tornar indistinta la felicidad de la desdicha.


¿Cómo se construye la concepción que exalta el sufrimiento por amor? Buena parte de los libros que han mencionado este tema, entre los cuales uno de los más recomendables, y cuya línea seguí en este trabajo es Amor y occidente, de Denis de Rougemont, postulan que la exaltación del sufrimiento por amor nace en la Edad Media con la aparición de una forma particular del amor llamada amor-pasión. Creo haber encontrado gran cantidad de ejemplos como para constatar que esta relación tan estrecha entre amor y sufrimiento ya está presente en la mitología griega. No niego que en la Edad Media surja una forma de amor característica de Occidente por su correlación con el sufrimiento. Sin embargo, creo que la investigación en torno a este tema hunde sus raíces en los inicios de la cultura occidental y no en el arquetipo del triángulo amoroso propio del fin amour medieval.


Falacias del amor aspira a profundizar la investigación en torno a este tema con el fin de estudiar la incidencia que estas concepciones pueden tener en el mundo contemporáneo. La literatura jugará aquí un papel fundamental, dado que buena parte de nuestras concepciones sobre el amor han sido construidas y reflejadas por la literatura, al punto en que en francés romance y novela se dicen con la misma palabra (roman). La estrecha relación entre la novela y el amor-pasión es evidente por la importancia que adquiere para ambas la introspección y el sondeo de los mil y un matices del universo de los sentimientos. En Occidente la historia del amor forma parte de la historia de la idea de yo entendida como espacio de la introspección. (por ello definimos al amor más como un sentimiento que como una relación.


Pensar el amor es un verdadero reto en tiempos en que los cambios de hábitos y los cambios científicos se tornan vertiginosos. La aceptación de las múltiples orientaciones sexuales, la escisión entre sexualidad y reproducción, el cambio de roles de género junto al quiebre de los modelos tradicionales y la aparición de los métodos de fertilización asistida plantean cambios que apenas alcanzamos a vislumbrar.

¿Qué es el amor desde tu visión?


En latradición filosófica encontramos dos tipos de definiciones sobre el amor: aquellas que lo asocian con la carencia y el sufrimiento, y aquellas que lo relacionan con la alegría y con la afirmación de la vida. Las que lo vinculan con el sufrimiento son las que mayor influencia han ejercido en nuestra cultura, básicamente porque anclan en el ideal platónico que cimentó las bases de la doctrina cristiana. Platón se hace eco de la concepción mítica, según la cual el amor es una enfermedad que suele generar efectos tan deliciosos como indeseables y, sin dejar de celebrarlo, lo define como una forma de locura que surge en ausencia del ser amado y en la carencia de las cualidades que el ser amado posee . Pero esto no siempre es así. A menudo amamos nuestros bienes presentes, gozamos de lo que no nos falta porque su presencia nos colma de alegría.


Sin embargo, en Occidente al amor se lo ha definido en innumerables oportunidades como una enfermedad, es decir, como una forma de sufrimiento que, aunque muy dulce, puede destruir todo aquello que el amante valora. Esta consideración parece referir al eros, enamoramiento, flechazo, pasión o amor-pasión (aquí aparecerán como sinónimos, a pesar de que podrían establecerse diferencias entre ellos), que en modo es la única forma posible de pensar el amor.
En sus Cartas a Lucilo Séneca define al amor como “una amistad llevada a la locura”. En Romeo y Julieta Shakespeare también presenta al enamoramiento como una forma de locura y como “la visita de un dios que hace inteligentes a los idiotas e idiotas a los inteligentes”, como “humo engendrado por el hálito de los suspiros, demasiado áspero, demasiado rudo, demasiado violento y pincha como el abrojo”. También Quevedo en su Soneto amoroso encuentra que el amor es “una herida que duele y no se siente”, “un soñado bien y un mal presente”, “un cobarde, con nombre de valiente”, y una “enfermedad que crece si es curada”. Roland Barthes define al amor como “algo que nace, crece, hace sufrir y pasa, exactamente como una enfermedad hipocrática”. Ambrose Bierce lo definió como “una insania temporaria curable mediante el matrimonio o alejando al paciente de las influencias bajo las cuales ha contraído el mal”.


Otros autores no han definido al amor por la carencia, ni por el dolor ni como una forma de locura. No parecen aludir al enamoramiento o flechazo, aunque si refieren a él lo trascienden, y definen un tipo de amor que no se agota en la efervescencia de los primeros tiempos. Es el caso de Aristóteles y Spinoza, que no asociaron el amor a la carencia ni al sufrimiento sino a la alegría. “Amar es alegrarse”, escribió Aristóteles, que identificó sin más el amor con el gozo. Y Spinoza: (el amor) “es la idea de alegría acompañada de una causa externa”. Alain hizo suya esta definición y la formuló en estos términos: “el amor es una suerte de alegría ligada a la presencia o al recuerdo de una persona”. Stendhal también definió al amor por la presencia y no por la ausencia: (amar) “es el placer de ver, tocar y conocer con todos los sentidos, lo más cerca posible, un objeto amable que nos es amable”. El amor aparece a veces como el más interesante de los temas por la felicidad que promete o que parece prometer. Alain dice que se teme un poco a esta alegría, ya que depende de otro, de una persona que puede llenarnos de felicidad y al mismo tiempo retirarnos toda felicidad. Los cambios de señales en el amor producirían una alteración de la que participaría el odio. Estas concepciones que definen al amor básicamente como una forma de alegría, que por cierto no son hegemónicas en los discursos amorosos de Occidente, admiten que esta alegría puede conllevar sufrimiento. Sin embargo, el sufrimiento no aparece en ellas como un elemento primordial y constitutivo del amor.


En tu libro hay una expresión de ALAIN: “ SE TEME AL AMOR YA QUE DEPENDE DEL OTRO, DE UNA PERSONA QUE PUEDE LLENARNOS DE FELICIDAD Y AL MISMO TIEMPO RETIRÁRNOSLA” . No es un planteo desde el egoísmo? Siempre la culpa obedece al otro?

No refiere a la posibilidad de culpar a otro sino a la complejidad del amor, y a la idea de que una sola persona nos puede colmar de felicidad.

Séneca define al amor como “una amistad llevada a la locura” . El papel del sexo en la amistad ¿ Hay amistad con sexo en el sentido que lo entendemos nosotros?

Creo que sí. Todas las variedades existen y son posibles.

Podemos separar lo sexual del amor?

Sí, muchos, aunque no todos, pueden.

¿Qué sostiene el amor en el tiempo?


Encuentro que una de las razones por las que Occidente, a diferencia de otras culturas, anudó tan estrechamente el amor al sufrimiento es que identificó el amor de pareja con esa “forma de locura” inicial conocida como flechazo, amor-pasión o enamoramiento. En la línea de pensamiento de Denis de Rougemont y André Comte-Sponville, diferenciaré el amor de la pasión, o en tal caso diferenciaré al amor-pasión de otras formas posibles de amor –el amor-acción, el amor-compañero-, y consideraré la posibilidad de que el amor continúe cuando la pasión -finita por definición- ha concluido, lo que no equivale a declarar el fin del deseo sexual por la pareja ni el fin de la posibilidad de gozar intensamente de su compañía. Como resulta claro en muchas de las definiciones que se han dado sobre el amor, la tradición filosófica y literaria tendió más bien a identificar el amor y la pasión, acentuando menos sus diferencias que sus correlaciones.


Diferenciaré el amor-pasión o enamoramiento, un dulce y exquisito estado de efervescencia de corta duración, basado en la idealización del otro y en su ausencia, del amor-acción o amor-compañero, un amor de más largo alcance que implica querer al otro porque se lo conoce y se goza de su presencia y no de su ausencia, una relación para la que el paso del tiempo puede convertirse en un dato a favor y no en contra, y para la que es posible sobrellevar los problemas que necesariamente alcanzan a toda relación humana duradera. En el amor-acción, la pasión o el amor-pasión pueden haber llegado a su fin, lo que no equivale a afirmar que ya no se ama a la pareja, ni que el deseo sexual ha desaparecido.

¿A través de los años crees que uno aprende concientemente sobre el amor o es un aprendizaje que se diluye y se renace distinto en cada ocasión?

Creo que el amor es un arte, se aprende, se perfecciona.

¿Crees qué el sufrimiento es inherente al amor?

No.


¿Cuál es la mayor falacia del amor?

Una falacia es un error de razonamiento. Difiere de un error fáctico, que es simplemente estar equivocado respecto a los “hechos” . Mientras las proposiciones son verdaderas o falsas, los argumentos son válidos o inválidos. Una falacia es un argumento inválido porque sus premisas no dan el sustento necesario a la conclusión.


Los significados diversos de la palabra amor con frecuencia conducen a un error de argumentación conocido como falacia de la ambiguedad, que se produce cuando en un razonamiento se utiliza una misma palabra con dos sentidos diferentes. Si bien la mayoría de las palabras son ambiguas, el contexto generalmente torna claro y unívoco el signficado. Esto no ocurre cuando se afirma que la pareja debe estar basada en el amor (en referencia a un concepto amplio que se nutre del lazo establecido por los bienes y males compartidos, de la atracción sexual, del compañerismo y la ternura), y que por tanto cuando uno de sus integrantes no ama (en referencia puntual a la efervescencia del enamoramiento), ya no vale la pena seguir juntos. Se incurre así en una falacia de ambiguedad, sustituyendo un sentido por otro. Como señalaba párrafos atrás, más allá de este razonamiento inválido, también suele identificarse sin más amor y enamoramiento: según esta concepción la pareja debería estar basada en el enamoramiento, y una vez que este estado desaparece, el vínculo amoroso debería disolverse.


Encuentro que una de las razones por las que Occidente, a diferencia de otras culturas, anudó tan estrechamente el amor al sufrimiento es que identificó el amor de pareja con esa “forma de locura” inicial conocida como flechazo, amor-pasión o enamoramiento. En la línea de pensamiento de Denis de Rougemont y André Comte-Sponville, diferenciaré el amor de la pasión, o en tal caso diferenciaré al amor-pasión de otras formas posibles de amor –el amor-acción, el amor-compañero-, y consideraré la posibilidad de que el amor continúe cuando la pasión -finita por definición- ha concluido, lo que no equivale a declarar el fin del deseo sexual por la pareja ni el fin de la posibilidad de gozar intensamente de su compañía. Como resulta claro en muchas de las definiciones que se han dado sobre el amor, la tradición filosófica y literaria tendió más bien a identificar el amor y la pasión, acentuando menos sus diferencias que sus correlaciones.


Diferenciaré el amor-pasión o enamoramiento, un dulce y exquisito estado de efervescencia de corta duración, basado en la idealización del otro y en su ausencia, del amor-acción o amor-compañero, un amor de más largo alcance que implica querer al otro porque se lo conoce y se goza de su presencia y no de su ausencia, una relación para la que el paso del tiempo puede convertirse en un dato a favor y no en contra, y para la que es posible sobrellevar los problemas que necesariamente alcanzan a toda relación humana duradera. En el amor-acción, la pasión o el amor-pasión pueden haber llegado a su fin, lo que no equivale a afirmar que ya no se ama a la pareja, ni que el deseo sexual ha desaparecido.


La falacia de la ambiguedad -el uso de una palabra con sentidos diversos en un mismo razonamiento- también es frecuente cuando se afirma que el amor “se da o no se da”, que se trata de un fenómeno espontáneo, irracional, loco e incontrolable, y que por tanto es el amor el que torna inevitable acostarse con la mujer del amigo. En el primer caso se alude al amor como sentimiento y, en efecto, los sentimientos suelen ser fenómenos espontáneos y poderosos, pero en el segundo se hace referencia a la relación amorosa, que incluye acciones y que por tanto no es extrínseca a la noción de responsabilidad individual.


El debate en torno al affaire Clinton/Lewinsky fue pródigo en falacias de ambiguedad. Mientras el presidente de Estados Unidos afirmaba no haber mantenido “relaciones sexuales” con su becaria (identificando la “relación sexual” con el coito), la prensa entendió que sí las había mantenido, identificando a la “relación sexual” con un conjunto de prácticas más amplias. El uso de estos dos sentidos diversos de “relación sexual” en un mismo razonamiento fue muy frecuente en las crónicas periodísticas de la época.


La falacia genética es un argumento que aspira a determinar la “esencia” de algo mediante su origen o mediante la causa que lo suscita. Las formas diversas que reconoce el amor desautorizan toda hipótesis en torno a la idea de que lo que entendemos por amor “siempre fue, es y será lo mismo”. Constituye una falacia genética afirmar que dado que se originaría en el deseo sexual, el amor no es otra cosa que el deseo de copular y el impulso de reproducirse” o, como pretende cierto idealismo, que “dado que se origina en una fuerza divina o propia del alma, el amor no es otra cosa que un impulso espiritual”. También es frecuente que se desautorice la relación sexual entre dos hombres o entre dos mujeres con el argumento de que los órganos sexuales masculino y femenino “están diseñados” para una complementariedad que no se da en las relaciones sexuales entre personas de un mismo género. En primer lugar, cabe cuestionar que en esta esfera el cuerpo humano tenga una función exclusivamente reproductiva. Fue lo que pretendieron demostrar algunos filósofos medievales, prescribiendo las relaciones sexuales sólo en función de la continuidad de la especie. En segundo lugar, el coito no es la única práctica que admite una relación sexual. Juzgar “antinatural” a una relación sin coito también constituye una falacia genética por cuanto presupone que las relaciones sexuales deben desarrollarse en conformidad con su supuesta “función reproductiva”.

La generalización indebida es una de las falacias más frecuentes de cuantas existen, y el discurso amoroso es pródigo en toda suerte de variedades de este tipo de argumentación. Veamos un ejemplo. Estar enamorado, es decir, sentir un entusiasmo exultante y pasar seis noches juntos maravillosamente bien, no evidencia que dos personas vayan a conformar una buena pareja (o, dicho en jerga romántica, que estén “hechos el uno para el otro”) . No sólo el enamoramiento no es prueba alguna de que la pareja vaya a funcionar, sino que constituye una situación excepcional y –en aras de la seducción- con frecuencia engañosa en la que se dejan de lado las diferencias, se es particularmente cariñoso, atento, cortés, dadivoso, buen amante y locuaz compañero conversacional. Algunas de estas cualidades pueden sobrevivir en el amor que perdura cuando el enamoramiento se ha extinguido. Sin embargo, lo más común es que muchas de ellas se atenúen o directamente desaparezcan, lo que lleva a muchas mujeres a cometer otra falacia de generalización indebida, la de suponer que si él ya no la colma de atenciones románticas su amor languidece. Aunque la ausencia de romanticismo pueda resultar dolorosa, no encuentro que necesariamente equivalga a la ausencia de amor, sino más bien a la valoración diversa que le asignan hombres y mujeres a este conjunto de rituales. No es infrecuente que para los hombres el romanticismo y la locuacidad obren exclusivamente como instrumentos de la conquista amorosa, y que desaparezcan tiempo después. Las mujeres aún somos educadas en el romanticismo y damos al amor una importancia más determinante en nuestras vidas que los hombres, así como todavía aspiramos más que ellos a que los rituales del romanticismo no desaparezcan con el tiempo. De modo que pretender que el entusiasmo de los primeros encuentros evidencie que dos personas conformarán una buena pareja es una falacia de generalización indebida que conduce al desencanto y al dolor a gran cantidad de personas.


También se produce una generalización indebida cuando se afirma que, dado que compromete una fuerza extraordinaria, el amor es todopoderoso. Sabemos, no obstante, que con el amor no basta. Sabemos, por ejemplo, que el amor no siempre alcanza para ser comprendido sin que sea necesario hablar. Juzgar al amor todopoderoso no sólo presupone una generalización indebida sino también la falacia conocida como wishfull thinking (pensamiento desiderativo), en la que se cree que algo es cierto sólo porque se desea que sea verdadero. El wishfull thinking ha sido defendido por el pragmatismo, según el cual la utilidad de una creencia es razón suficiente para adoptarla. Lugares comunes del romanticismo tales como “viviremos juntos por siempre jamás”, “eres todo lo que siempre soñé” (pronunciado al mes de conocerse) o “nunca nos separaremos” pueden manifestar la voluntad de compromiso o ser entrañables y “útiles” expresiones de deseo.


Sin embargo, aunque sea una buena razón para perseguirlo, el hecho de que deseemos que algo sea verdadero no da razón para creer que necesariamente será así ni para creer que no será así. Querer que algo se desarrolle de cierta manera no excede el marco de la voluntad ni constituye una certeza relativa al futuro. Aunque gane un millón de dólares por creer que los chanchos vuelan, de seguro que no volarán. “No por mucho madrugar amanece más temprano”, previene el dicho popular.


Corresponde también a la falacia de generalización indebida la idea de que si el amor no surge a primera vista (fulminante como el flechazo de la cacería), eso significa que no surgirá más adelante. Afortunadamente los caminos del amor son de lo más variados. No es raro que el agape (amor como donación) aparezca en primer término, que luego se convierta en philía (amor como amistad) y finalmente en eros (entendido como impulso sexual). A diferencia del enamoramiento (o amor-pasión), cuyo disparador con frecuencia es el llamado flechazo, el amor-acción o amor-compañero constituye menos un mecanismo que una narración. Su sustancia es el tiempo. El flechazo es un episodio hipnótico, un rayo fulminante, se “cae” enamorado , fascinado por una imagen. El mito del flechazo cosifica al amor, presupone que un ser puede brindársenos por entero ante la primera mirada. Cualquier cambio displacentero de aquel artículo de fe será percibido con penoso desencanto. El ser amado habrá quebrado una promesa, la de ser como aquella imagen primordial. Borges definía al amor como “una religión cuyo dios es falible”. Tal vez la ignorancia de ciertas particularidades del otro –y, por consiguiente, su idealización- sea funcional a la exquisita (aunque engañosa) intensidad del flechazo. El mero hecho de juzgar al amor como un fenómeno irracional –implícito en la idea de flechazo- constituye una falacia de generalización indebida. Si bien es claro que a veces predomina la esfera racional y otras la irracional, ambas están inextricablemente entrelazadas. Aún quien sostiene que la razón no sirve para nada está formulando una aserción racional. El apóstol del irracionalismo no puede eludir la paradoja del escéptico, que afirma un conocimiento cuando sugiere que nada puede ser conocido. Vale como ejemplo un caso citado párrafos atrás a propósito de la falacia de la ambiguedad. Quien se justifica por haberse convertido en amante de la mujer de su amigo aduciendo que el amor (o amor-pasión) es irracional, y que por tanto bajo sus efectos no somos en absoluto dueños de nuestras acciones, incurre en una falacia de generalización indebida, desvinculado al amor de la esfera de la acción y de la responsabilidad individual.


Un mecanismo irracional presupone la completa pasividad del amante, que juzga que no podrá hacer nada en favor de la aparición de un nuevo amor, así como entiende al amor como una forma de pasión que proviene exclusivamente del mundo exterior y deja al individuo inerme, a entera merced de los caprichos del sentimiento. Sin embargo, aunque las pasiones con frecuencia inclinen la balanza hacia lo que entendemos como “irracional”, lo racional y lo irracional están indisolublemente unidos en el ser humano, incluso cuando los amantes se justifiquen declarando lo contrario.
La generalización indebida es una de las falacias más frecuentes, dentro y fuera del ámbito de la pareja. Si me cruzo con una persona y no me saluda, puedo pensar que le caigo mal o que no me vio. Jugar con estas y otras hipótesis provisorias es imprescindible para orientarse en el mundo. Sin embargo, creer que se confirma una de las dos hipótesis sin evidencia suficiente es una operación falaz del razonamiento.


Otra falacia de generalización indebida característica del discurso amoroso en la que incurren principalmente las mujeres, consiste en suponer que si él no tiene tantos deseos de conversar como ella, su amor se ha extinguido. Como señalan con acierto los estudios de la linguista Déborah Tannen (Tú no me entiendes; hombres y mujeres en la conversación; Género y discurso), las mujeres desean antes que nada que sus parejas sean compañeros conversacionales. Sin embargo, pocos hombres comparten esta expectativa con las mujeres. La imagen que mejor representa la crisis corriente en la pareja es la escena de historieta en la que el hombre se sienta a almorzar con el diario tapándole la cara, mientras la mujer permanece detrás con deseos de conversar. Tannen parte de unos estudios que realizaron hacia fines de los setenta Andrew Hacker y la socióloga Catherine Kohler Riessman (Divorce talk), en los que la mayor parte de las mujeres entrevistadas -y muy pocos hombres- dijeron que la falta de comunicación había sido la causa principal de su divorcio. En sus propias investigaciones, las quejas de las mujeres en relación a sus maridos por lo general no focalizaban en problemas generales de convivencia ni en inequidades tangibles tales como la renuncia a una carrera para acompañar al esposo en la suya. En lugar de eso, las mujeres se referían a problemas en la comunicación: “El no me escucha”, “El no me habla”, eran las quejas más frecuentes. ¿Cómo es que las mujeres y los hombres tienen impresiones tan diferentes sobre la comunicación en el ámbito de la pareja? Al parecer parte del orígen de estas disimilitudes debería ser rastreado en la forma diversa en que juegan los niños y las niñas, en las estructuras organizacionales y en las normas interactivas de cada género. Para las mujeres, como para las niñas, la intimidad es la fábrica de las relaciones, y la conversación es el hilo con que se hilvanan. Las niñas crean y mantienen amistades a través del intercambio de secretos; en forma análoga, las mujeres encuentran en la conversación el pilar de la amistad.

La mujer espera que su pareja sea una nueva y mejorada versión de su mejor amiga. Lo que prevalece en importancia para ella no es tanto el tema individual acerca del cual se discute, sino el sentido de intimidad, de vida compartida que emerge cuando las personas dicen lo que piensan, lo que sienten y cuentan sus impresiones. Los vínculos entre niños varones pueden ser tan intensos como los de las niñas, pero están menos basados en la conversación que en el emprendimiento de actividades conjuntas. Como no consideran que la conversación sea el pilar de las relaciones, los hombres no suelen saber qué tipo de conversación desean las mujeres. Cuando conversan, los hombres estarían más interesados en ofrecer report (información), y las mujeres ofrecerían y requerirían raport (empatía y comprensión). La mujer que de noche le cuenta a su pareja lo que hizo durante el día no desea que se le ofrezcan soluciones a sus problemas -tal como hacen muchos hombres- sino simplemente ser escuchada y comprendida. La falta de voluntad de conversar que evidencian gran cantidad de hombres no equivale necesariamente al fin del amor. Sin embargo, aparece como una de las primeras causas de divorcio.

El gesto del abrazo amoroso parece cumplir por un momento con el sueño de unión total con el ser amado. La imagen mítica de las dos mitades que desean volverse a unir viene de antiguo y postula la incompletitud de los seres humanos, que buscarían afanosamente a su “media naranja” con el fin de completar esa carencia primitiva. Platón expone en El banquete lo que comunmente conocemos como la concepción de la “media naranja”, de las “almas gemelas” o del “amor de la vida”. Esta idea se basa en el antiguo mito griego del andrógino, que trata sobre un antepasado del ser humano que tenía dos cabezas, cuatro brazos y dos órganos genitales, masculino y femenino, y que poseía un poder descomunal porque sumaba las mejores cualidades atribuidas a cada sexo -fuerza y belleza-, y por ello se volvía tan altanero que Zeus decidió castigarlo partiéndolo por la mitad. Desde entonces el amor trata de hacer un individuo de dos: las mitades se echan de menos y cuando se reconocen se estrechan en un abrazo y vuelven nuevamente a ser una.


La concepción del amor basada en el mito del andrógino, modernamente conocida como de la “media naranja” o la de las “almas gemelas”, tendrá profundas consecuencias en el pensamiento occidental. Proviene de este antiguo mito la idea de no considerarse completo si no se está en pareja , la presunción de que una y sólo una persona está destinada a “hacernos felices” en el amor, y de que al reconocer esta unión previa -por lo general mediante la instantaneidad del flechazo- se producirá una fusión eterna. La de la “media naranja” es una bella metáfora. El problema sobreviene cuando aparece como una falacia de falsa analogía, que consiste en equiparar dos cosas por un rasgo accidental.

Aunque el abrazo amoroso evoque la imagen de dos mitades que se unen, no somos naranjas rebanadas por la mitad, no erramos en busca de una unidad originaria ni, mal que nos pese, existe nuestra “alma gemela”. Lo que existen más bien son personas afines pero distintas a nosotros a las que eventualmente podremos amar, y el desafío de seguir amándolas residirá justamente en nuestra posibilidad de conciliar las diferencias.


El discurso amoroso es fértil en lugares comunes que honran el mito del andrógino: “Yo sin tu amor no soy nada. Tú eres para mí el mundo entero, la luna, las estrellas y las constelaciones. Te lo ruego, dime que quieres estar conmigo porque si me dices que no la vida carecerá de sentido para mí. Vagaré por el mundo solo y desamparado, vacío y sin meta”. El sueño de encontrar a un amante ideal, la sensación de que la vida ya no tiene sentido sin la compañía de la persona amada, la confusión entre la pérdida de un amor y la pérdida de la capacidad de amar, hunden sus raíces en la mitología griega y en el discurso de Aristófanes en El banquete de Platón. La metáfora de la “media naranja”, tal como como la entendemos hoy, es una construcción que se desarrolló durante siglos y en modo alguno es atribuible en su totalidad a Platón. En El banquete se advierte el error de confundir la existencia del Amor con la de un amor particular. La belleza es un “extenso mar”, está esparcida en todo el paisaje humano, escribe Platón : creer que nuestro amado es la única persona que la encarna y la única que puede conmovernos nos reduce prácticamente a la esclavitud. (210ª)
En este contexto la falacia de la falsa analogía suele aparecer junto a la falacia de la falsa dicotomía (conocida también como la falacia del blanco y negro, o de todo o nada), que plantea mediante juegos de oposiciones dos alternativas, sin considerar que en realidad existen muchas más. Los suicidios pasionales suelen estar basados en esta falacia a través de la cual el amante razona “O permanezco junto a mi amor, o la vida ya no tiene nada valioso para ofrecerme”.


El vínculo amoroso no consagra la individualidad. Tampoco debería destruirla sino realzarla. No por estar juntos dejamos de estar solos. Distinto es pensar, con ciertas filosofías orientales y el neoplatonismo, que el amor es una profunda necesidad de ser uno con el todo y disolver en una unidad el tú y el yo. En este caso se trata de un “como si”, es decir, de la posibilidad de amar en una persona a todo lo amable que ofrece el universo, con el que estamos inextricablemente unidos.

Las falacias post hoc, ergo propter hoc (una cosa después de la otra, entonces una es causa de la otra), y cum hoc, ergo propter hoc, (una cosa junto a la otra, entonces una es causa de la otra) es muy frecuente en la etapa de la conquista amorosa, aunque no se limita exclusivamente a este período. El enamorado es un activo especulador, en particular cuando todavía ignora si su deseo es correspondido. Cada mueca, cada gesto, cada mínima inflexión en la voz del amado puede ser objeto de una plétora de conjeturas, glosas, sufrimiento o íntima celebración. Las sagradas escrituras no han sido descifradas tantas veces como descifra el amante la más remota señal que pueda revelar que su deseo ha llegado a buen puerto. Nada más lejos del deshojador de margaritas, que enhebra silenciosamente el azar. En la ardua empresa de interpretar los signos del ser amado, con frecuencia incurre en la falacia post hoc, ergo propter hoc (una cosa después de la otra, entonces una es causa de la otra), por ejemplo cuando se razona: “Como esa noche dije que prefería volver a casa porque estaba cansada, no me llamó durante tres días para hacerse el interesante”. El conocido refrán “Afortunado en el juego, desafortunado en el amor”, tomado por más de uno literalmente, constituye la falacia cum hoc, ergo propter hoc (una cosa junto a la otra, entonces una es causa de la otra), dado que no existe ningún nexo causal entre el juego y el amor, por más que la fortuna en el juego y el infortunio en el amor coincidan en el tiempo.


Otra de las falacias más comunes es la llamada falacia de afirmación del consecuente, que resulta más clara a través de un ejemplo cualquiera que en su definición: “Llueve, entonces la calle está mojada. Las calle está mojada, eso significa que llovió”. La falacia radica en que la calle puede estar mojada porque el encargado del edificio baldeó, o porque la policía reprimió a unos manifestantes, o porque unos chicos jugaron al carnaval. En la esfera específica del amor, esta falacia suele ser frecuente cuando alguien razona más o menos del siguiente modo: “Si amo, a menudo sufro. Sufro, por consiguiente, amo”. Aunque, despojado de toda particularidad relativa a una situación específica, este argumento parezca burdo, es muy común por cuanto las concepciones que se han vuelto hegemónicas en Occidente vinculan estrechamente el amor y el sufrimiento. Veamos entonces de qué modo ha sido definido el amor, a veces a partir de la alegría, y predominantemente a partir del sufrimiento, como para que esta falacia fuera posible.

Finalmente ¿quién contesto esta entrevista, una mujer que cree o no en el amor o en su defecto un ser humano decepcionado de el?

Una persona que cree en el amor y que desea que, como afirmaba Spinoza, el amor sea fundamentalmente una forma de alegría y no una forma de tristeza para la mayor parte de las personas.

Notas:

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=90070

SPAIN.  14 de agosto de 2009

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