Paul Ricoeur en tiempos de Emmanuel Macron

En un mundo en que la regla parecería ser el poder puro y duro de gobernantes cuya única razón de Estado es la descarnada y cruda realpolitik, resulta alentador y refrescante saber que ha ascendido a la presidencia de Francia un hombre que, como Emmanuel Macron, no solo ha tenido formación filosófica sino que, además, se enorgullece de ello y de que esta influya en el contenido de sus políticas y en la manera como se aproxima al accionar público. Y no hay que estar de acuerdo con Platón, para quien “mientras no sean reyes los filósofos, las ciudades no tendrán reposo de sus males”, pues es obvio que Kant parece tener más razón cuando sostiene que “no hay que esperar que los reyes filosofen ni que los filósofos sean reyes, como tampoco hay que desearlo porque la posesión del poder daña inevitablemente el libre juicio de la razón”. A esto hay que añadir que no basta con tener cuidado con los gobernantes que filosofan y con los filósofos que son gobernantes sino que también hay que estar prevenidos respecto a los gobernantes rodeados de filósofos, desde la Alemania de Hitler bajo el embrujo de Heidegger hasta los partidos y regímenes populistas y sus nuevos santos patrones de la razón populista encabezados por Laclau y compartes.

Lo cierto es que la tesis de Macron en la Universidad de Nanterre, donde se graduó en filosofía, fue sobre Hegel y su asesor fue el marxista Etienne Balibar, discípulo de Louis Althusser. A pesar de la influencia hegeliana, quien lo marca profundamente, sin embargo, es el filósofo Paul Ricoeur, cuyo libro “La memoria, la historia, el olvido” ayudó a corregir. Al terminar de completar las notas de esa obra de Ricoeur, Macron, con tan solo 24 años, le escribe una misiva al filósofo, en la que le manifiesta su deseo de seguirlo y compartir sus ideas, confesando que “soy como un niño fascinado a la salida de un concierto o de una gran sinfonía, que martiriza su piano para formar algunas notas.” Ricoeur agradeció a Macron por su “crítica permanente de la escritura y la puesta en forma del aparato crítico de esta obra”.

Quienes sostienen la influencia de Ricoeur sobre Macron –frente a quienes la niegan, como Michel Onfray, para quien el político fue simplemente un “corrector de pruebas” del filósofo- afirman que esta es más que evidente en su adscripción al pragmático paradigma ricoeriano de la superación de la lógica binaria del todo o nada por una lógica de “al mismo tiempo”. Por eso, Macron propone políticas de reducción del gasto público, eliminación de impuestos, flexibilización de la legislación laboral, unificación de los planes de seguridad social y fortalecimiento de la Unión Europea y, al mismo tiempo, aboga por la legalización de la migración en lugar de la expulsión y exclusión y asume la agenda de la igualdad de género, la inclusión social y la conservación medioambiental. El presidente francés, en la senda de John Rawls y Amartya Sen, es, si se quiere, partidario de lo que hoy se llama un liberalismo igualitario (Speranta Dumitru) y que antes conocimos como socialismo liberal (Norberto Bobbio).

Pero… ¿que propuso Ricoeur y que tan actual es su pensamiento para nuestros tiempos? Si pasamos por alto su breve coqueteo con las ideas fascistas en la época del régimen colaboracionista de Petain –que hay quien sostiene Ricoeur quizo ocultar posteriormente, al enfatizar la importancia del olvido como medio de reconciliación-, puede afirmarse, en la muy resumida síntesis a la que obliga el poco espacio de esta columna, y que constriñe a soslayar sus grandes aportes a la hermenéutica, que una de las ideas fundamentales de Ricoeur más actuales es que “la ideología tiene una función fundamental: modelar, consolidar y proveer orden a la acción.” Para muchos parecerá paradójico que, habiéndose proclamado hace décadas el “fin de las ideologías” (Daniel Bell) y en una época de posmodernismo light en donde señalar como “ideológica” una determinada opinión tiene una connotación peyorativa -lo que llevó al propio Ricoeur a afirmar irónicamente que “lo ideológico nunca es la posición de uno mismo; es siempre la postura de algún otro, de los demás, es siempre la ideología de ellos”-, se reivindique la importancia de las ideologías en el marco de sociedades democráticas conscientes de los estragos y muertes causados por las ideologías totalitarias durante más de un siglo. Aquí no hay contradicción entre el maestro Ricoeur y el discípulo Macron, como parecería inferirse de la reticencia del presidente francés a adscribirse a los polos de izquierda y derecha. En realidad, Macron ha dicho: “Yo creo en la ideología política. La ideología es una construcción intelectual que esclarece lo real dándole un sentido”. Más aún, “el animal político necesita darle sentido a su acción. Esta ideología debe ser puesta dentro de una técnica deliberativa, confrontada sin cesar con lo real, debe adaptarse, revisar permanentemente sus principios”. La cuestión radica entonces en elaborar deliberativamente la ideología que permita entender el mundo en que vivimos y modelar la acción necesaria para transformarlo en búsqueda de la democracia, la libertad, la igualdad y la solidaridad. Como se ha dicho repetidas veces en esta columna, quizás sea el momento, como recomienda Slavoj Zizek, de invertir la tesis 11 sobre Feuerbach de Marx (“los filósofos, hasta el momento, no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, ahora de lo que se trata es de transformarlo”) y, bajo el lema “!no actúes, solo piensa!”, pensar detenidamente y en toda su complejidad el mundo para luego poder transformarlo real y efectivamente. En otras palabras, tal vez es la hora de primero pensar, para luego marchar.

Notas:

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Fuente: http://hoy.com.do/paul-ricoeur-en-tiempos-de-emmanuel-macron/

29 de julio de 2017.

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