Platón contra los sofistas, o la filosofía en la plaza del mercado

Extracto de Los griegos en escena

Por suerte Platón habló de todo y las generaciones sucesivas y nosotros podemos reconstruir su época y hablar a su vez de todo. Pero ahora, en época de crisis, crisis de los valores, crisis del pensamiento, se impone una revisión, se instala el derecho a la sospecha. Existe una antigua deuda con los sofistas. Aquellos que se llamaron a sí mismos maestros de cultura, maestros de retórica, fueron desprestigiados ya desde la época de sus contemporáneos, Aristófanes, Platón, y otras voces repitieron sus ecos: Aristóteles y sus herederos, durante los siglos que lleva esta cultura. Una fuerza inmensa, la fuerza de los hechos ha dejado también sus huellas en la lengua. Sofisma: nada más que una voltereta de palabras; sofista :un charlatán; sofistiquería: algo vano, superfluo, enrevesado. Las vueltas de la vida del lenguaje que es vida social cristalizada han desembocado en una ridícula antinomia. Sofista, cuya etimología nos dice que viene de sophos: sabio,  ha devenido sinónimo de charlatán. Hubo por lo tanto que inventar otra palabra para el sabio que ya no sería tal. Filosofía como puro deseo y sofística aparecen como opuestos.  Sin embargo todos los hechos en la historia del lenguaje tienen su historia secreta y aquí comienza nuestra sospecha.

De las voces menores no nos ocuparemos, los ojos de la sospechan se clavan esta vez en Platón quien en diálogos varios acosa al sofista en la persona de sus representantes, a quienes por vez les dedica un diálogo con críticas o burlas de sus peculiares rasgos a Protágoras por sus discursos ampulosos y grandilocuentes, a Gorgias por el abuso de la retórica, a Hipias en razón de la amplitud y variedad de sus talentos y habilidades.    .

Pero hay un diálogo donde el tema se aborda desde lo genérico: El Sofista. Allí Platón como cazador obstinado sale a la captura del sofista para cercarlo en las redes de su definición.  Opera por subdivisiones de clases, se aproxima, lo envuelve, lo abandona por un sitio para avanzar por otro frente, se multiplican los avances y retrocesos , el resultado es el sofista exhausto, reducido e inmovilizado en la maraña del concepto y ello como producto del mayor despliegue del arte de la estrategia, las dotes sofísticas.

Dejemos por el momento la comprobación de tales dotes en Platón y veamos como quedó cercado el sofista como género. La definición se fue armando por subdivisiones de clases de arte, pues se trata de un arte, el arte de apropiarse de algo, de cazar y de clases de lucha en la especie de palabra contra palabra, que es controversia, discusión. El producto de esta orfebrería es un concepto abigarrado y barroco,  del cual es posible extraer el sumo de los siguientes atributos: cazador de jóvenes opulentos, traficantes de conocimientos, vendedor al menudeo, fabricante del saber que vende, atleta en los combates de la palabra, diestro en el arte de la discusión, purificador de los juicios, posee un saber aparente, charlatán que se dedica al arte de los simulacros o fantasmagorías.

En el transcurso de este excesivo acopio de determinaciones Platón se justifica y hace decir al extranjero que el sofista “...es un animal vario y que como dice el proverbio, no se deja coger con una sola mano.”.  Es posible hacer un poco de orden en esta enmarañada selva; agrupar estas determinaciones en un par de obsesiones platónicas, mañas o comportamientos del sofista que particularmente lo irritan. El sofista es un buscador resume Platón, un cazador de jóvenes opulentos para ejercer con ellos el tráfico de conocimientos, de esas cosas que atañen al alma, y esta profesión es ejercida como una especie de venta al menudeo, no de lo grande sino de lo pequeño, de lo nimio. Platón por cierto mira con ojos de aristócrata a quien hiere el espectáculo de la manipulación monetaria y el recurso del trabajo remunerado.

Estas acusaciones son recurrentes en la obra, en no pocas ocasiones Socrates su vocero alude con sorna al hecho de que los sofistas recibían pago por sus enseñanzas: si era de poca monta por que ello era índice de que el saber que transmitía era de escaso valor; si era mucha porque ello hablaba de su avidez y espíritu utilitario. El valor o disvalor de este tipo de conducta se decide además en el contraste con el maestro; Sócrates no recibe paga por sus enseñanzas. De esta actitud muy personal le hace hacer alarde Platón en los momentos más decisivos: en la Apología frente a los jueces atenienses y en otras varias ocasiones.  No es, por tanto detalle a desdeñar; pero sobre este detalle se van imprimiendo otras razones que recorreremos como conclusión para atar todos los cabos.

En segundo término Platón reconoce a los sofistas ser diestros en el arte de la discusión, un verdadero atleta en los combates de la palabra, Aristóteles los llamará más tarde “espadachines de la palabra” Pero sigue y sigue subdividiendo, para darle sitio, para sitiar al sofista. Porque este arte de combatir que forma parte del arte de adquirir, cuando se realiza a través de la palabra es la controversia, oposición de prolijos y extensos discursos o bien entreverado de preguntas y respuestas también llamada discusión. ¿No estamos acaso en el dominio de la dialéctica? Platón pasa por el costado, de refilón y apunta hacia una nueva subdivisión. De un lado queda la charla, “discusión a la que nos entregamos por gusto o pasatiempo, descuidando nuestros asuntos”,  del otro lado esta la discusión de estos asuntos “la que a causa de la imperfección del estilo es escuchada sin deleite alguno”. Platón sin duda teme al canto de las sirenas, prefiere la rusticidad de lo cotidiano a los peligros a que puede arrojarnos la seducción de la belleza.

Del otro lado quedan los sofistas quienes discuten para ganar dinero y entonces por cierto deben seducir, construir bellos discursos. Sin ni siquiera nombrarla ataca aquí Platón a la retórica. Debió haber hablado también de dialéctica, reconocer al sofista ser el inventor de la dialéctica, sobretodo a Gorgias el propio antecesor de Sócrates, el más hábil en el uso de esas armas. Pero para todo hay siempre un hada buena y un hada mala. Hace decir Platón al extranjero que esa tarea de que se ocupan, los buenos dialécticos se sobreentiende, consiste en el arte de seleccionar: separar lo malo de lo bueno, lo mejor de lo peor, es también el arte de la purificación de los juicios, el que separa de la buena semilla todos los elementos que estorban a la buena enseñanza, por ejemplo el creer que se sabe. Es el hada buena que acompaña a los personajes del diálogo, pero sobretodo al maestro Sócrates; la buena dialéctica, la buena retórica.

Porque resumamos de una vez, Platón concluye en este infinito juego de subdivisiones y selecciones: el arte de los sofistas es el arte de los simulacros, el arte de crear fantasmagorías pues su saber no es auténtico sino aparente, en suma son unos charlatanes que fabrican ellos mismos el saber que enseñan.

Y la estrategia de Platón es de una astucia sin límites porque habiendo sitiado al adversario y penetrado en su deconstruido territorio no depara en sustraerle sus ideas. Platón simula que él solo y gracias al arte de su buena dialéctica, habiendo demostrado la falsedad, el carácter puramente aparente y fantasmagórico del saber de los sofistas, llega a la conclusión de que el no ser, lo puramente aparente sin embargo es. La cuestión es sencilla: si el sofista existe debemos admitir que el no ser necesariamente es. Dice el extranjero: “¡Ah, verás, como de pregunta en pregunta, el sofista de cien cabezas nos ha obligado a reconocer a pesar nuestro que el no-ser es en algún modo” Y entonces se ha consumado el parricidio, reconoce el extranjero. “para defendernos nos vemos en la necesidad de someter a un severo examen el sistema de nuestro padre Parménides y violentándolo demostrar que el no ser es en determinado respecto, y que el ser no es en cierto modo.”

        Así termina la historia, salvada la evidencia porque ya no era posible seguir sosteniendo la unidad del ser y la inexistencia de la diferencia. Pese al parricidio queda bien determinado el concepto de sofista como cazador de jóvenes opulentos, traficante de saberes aparentes, diestro en los combates de la palabra, pero sólo para enseñar fantasmagorías, saberes que el mismo fabrica.

Pero ahora, terminada ya la hora de las hadas buenas y las hadas malas, decostruyamos nosotros a la vez el discurso de Platon para descubrirlo en sus intenciones no manifiestas, en su pura materialidad.

¿Por qué tanto encono, porqué tanto arrebato contra la retórica, una de las artes más preciadas por los griegos, luego elevada por Aristóteles al rango de de ciencia entre las demás ciencias. Es importante recordar como Platón pone en boca de Gorgias una explicación de sus virtudes en el diálogo que lleva su nombre: “(la rétorica) da a quien la posee no sólo libertad para sí mismo sino dominio sobre los demás en su patria (...) poder y facultad de persuadir mediante discursos a los jueces, del tribunal, a los senadores del Consejo, al pueblo en la asamblea y en toda otra reunión que sea reunión de ciudadanos”, “conforma opiniones sobre asuntos de la ciudad”, completa Gorgias a pedido de Sócrates quien es ahora el que subdivide y selecciona para dejar al sofista en el peor sitio.

Pero dejemos por el momento las artimañas platónicas de la división y enfoquemos en el asunto, el asunto de la retórica: la ciudad. Un arte entonces de la polis, un arma de la política, un arte que a través de lo bello, de los bellos discursos, persuade, cautiva.  Esta, la persuación no es un demonio como quiere satanizarla Platón por boca de Sócrates, calificándola como adulación, distracción placentera, fantasma de la política, Peithos fue para los griegos siempre una diosa, un arma también que Platón siempre supo usar con discreción.

Volvamos a nuestra pregunta ¿por qué tanto encono, por qué Platón hace de los sofistas objeto de polémicas y tantas burlas? Debió haber, sin duda, mucha pose tomada, mucho tono pretensioso y grandilocuente mucha presunción de habilidad e ingenio que irritaba a sus interlocutores. Pero también, y quizás esto provocaba las mayores resistencias, las de fondo, aquellas que se ocultaban disimuladas tras las broncas puramente aparentes, los remedos, las burlas referidas a los aspectos formales, los sofistas debieron haber sido identificados con la función de desacralización y desocultamiento del saber que generaciones anteriores habían mantenido en la zona de sombras donde sólo una reducida elite podía deambular.

El movimiento sofista supone divulgación, difusión y sobretodo actualización del principio de isonomía, igualdad para todos, cuya garantía es el saber que ellos brindan, cultura en el sentido de poder, poder de la palabra para todo uso, capacidad retórica que es igual a habilidad política, construir opinión para los asuntos de la ciudad.

Muchos no querían tal revolución, los platones, aristocrátas se sentirían obligados a salvaguardar el orden de la ciudad, las tradiciones, no era posible admitir que todas las opiniones eran válidas, que lo contradictorio tuviese lugar. El debate heraclito-parmenídeo que los sofistas reactivaran deviene en estas circuntancias también disputa política. Después de todo los sofistas fueron los primeros antes que Marx en darse cuenta y declarar que la verdad no es más que una convención salida de sus filas de la clase dominante y esto no podía hacerse manifiesto. Por eso la militancia tras las esencias inmóviles, iguales a sí misma, para siempre eternas. Por eso la división entre dos bandos, la reproducción del viejo debate, la resistencia contra esos personajes que atropellaban las buenas leyes de la razón y hacían vacilar todas las convenciones y hasta lo consagrado por la costumbre.

Esto lo observó primero Hegel y después Foucault. Dice Hegel que los sofistas fueron los primeros en comprender qué es la sabiduría: la capacidad del hombre para conocer qué es el poder entre los hombres y en el Estado. Frente a la religión que enseñaba que las fuerzas que gobiernan a los hombres eran los dioses o la moralidad, que reconocía el imperio de las leyes, los sofistas entendieron que poder era pensamiento general, filosofía especulativa, instrumento, medio que mueve la reflexión y que en forma de elocuencia mueve también las inclinaciones y pasiones para encontrarse con la propia convicción, algo dentro de sí. La elocuencia pone en marcha toda estas marcas subjetivas para destacar de una cosa los distintos puntos de vista y extraer entonces el más conveniente.

La elocuencia pues como clave de poder, el discurso como la cosa en sí, el imperio de la forma, la sabiduría del método. Para esto fue necesario transitar por tiempos de democracia, tiempos de movilidad, donde no hay nada fijo, ninguna verdad inconmovible, ninguna convención a salvo. Son los tiempos que tienen expresión en las palabras de Protágoras: “La materia es puro fluir, nada fijo y determinado en sí, sino que puede ser todo, es algo que varía según las distintas edades y los demás estados de sueño, vigilia, etc.” (Sexto Empírico, citado por Hegel,p.32)

Foucault también reivindica a los sofistas en tanto estos sustentan una práctica y teoría del discurso que subraya su valor estratégico y su vinculación con el poder. “la práctica del discurso -dice- es ejercicio del poder, es arriesgar el poder (...) conseguirlo o perderlo todo (...)  -y luego agrega- con Socrates y Platón eso se pierde, a partir de ellos el logos se transforma de ejercicio del poder en ejercicio de la memoria. Destaca Foucault la oposición que desde Platón se da entre retóricos y filósofos y se inclina por revalorizar la retórica, el discurso en cuanto lucha, como manera de vencer, de producir decisiones. . Acuerdo en todo con Foucault sin embargo su postura, su descripción de los hechos encierra una falla que le es inmanente. Es posible una crítica desde sus propios postulados. Si como dice Foucault todas son relaciones de poder, si verdad y poder están de tal modo enlazadas que no pueden ser uno sin la otra, ¿cómo sería posible el discurso de Platón desligado del poder? Cómo imaginar a Platón, un aristócrata de su tiempo, desligado de las redes del poder, desinteresado por la estrategia, y no olvidemos sus confesiones, su Carta VII donde admite que porque quiso el poder se vió obligado a los rodeos de la verdad.

No será la reminiscencia, su artimaña, esa necesidad de volver atrás, el casi un conservador al menos en las cosas de la ciudad. Recordemos que nos propone como justicia en su República, zapatero a su zapato. Probablemente le producía mucha inquietud tanto parloteo sofista ese desbande de las estanterías; el artilugio de la reminiscencia era apto para esa vuelta hacia atrás, el otro era el de las esencias cuanto más iguales mejor.

¿Podemos creer a Platón tan ingenuo como para renunciar a la retórica, no es acaso toda su obra un monumento de retórica, para colmo escrita, él para quien la escritura es letra muerta, que no responde? No hay indicio de que a Platón se le escape la verdad foucaultiana. Toda su obra es un ejercicio de poder; el contrincante maniatado por la retórica socrática. Todo es cuestón de forma de método, da cuenta de ello una frase recurrente en diálogos varios ” No es por tí por quien me preocupo sino por nuestro discurso”. El tema es el discurso mismo su materialidad, para fines de combate

La retórica entonces no es un vicio sofista sino la preocupación de la época. Los sofistas la inauguran pero no la agotan. en ella se ejercita Platón, luego Aristóteles recogerá la experiencia para sistematizarla, los famosos topoi, los lugares comunes, criterios y categorías para aprender a discutir, refutar sostener opiniones..

Mónica Virasoro

Escribió este documento en Cátedra de Estética del IUNA · Filosofía

Notas:

Obras citadas:

Platón:  El Sofista,  Gorgias, Protágoras.

Hegel:  Lecciones de Historia dela filosofía, México, F.C.E. 1955

Foucault: La verdad y las formas jurídicas, México, Gedisa,1986

Fuente:  http://monica.virasoro.com/post.cfm/platon-contra-los-sofistas-o-la-filosofia-en-la-plaza-del-mercado

2 de abril de 2013

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