Progreso, una relacion conflictual entre etica y metafisica

Breves reflexiones en torno a la noción de progreso a partir de algunos textos de Josep Ratzinger-Benedicto XVI.

Benedicto XVI: “Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, no es progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo”

«La idea de verdad ha sido eliminada en la práctica y sustituida por la de progreso». Esta constatación del entonces cardenal Joseph Ratzinger en una conferencia titulada «Conciencia y verdad [1]», de 1991, conserva toda su actualidad. En ella queda reflejada la relación conflictual, de ruptura,  entre ética y metafísica; «el punto verdaderamente crítico de la modernidad», como dirá en el mismo discurso.
 
Partiendo de la constatación del cardenal Joseph Ratzinger, y apoyándonos en otros textos del mismo autor [2], ahondaremos en las causas de esa ruptura que han conducido a la idea actual de progreso, para luego esbozar las consecuencias de la misma noción. Por último, se ofrecerá una orientación sobre la implicación real del concepto de progreso.
 
Causas
 
En la base de la concepción actual de un progreso privado de fundamento está el divorcio entre fe y razón.
 
Desde sus inicios, el mensaje cristiano se confrontó con las corrientes filosóficas de la época. Los Padres de la Iglesia comenzaron un diálogo fecundo, no siempre inmediato y fácil, con el legado de filósofos antiguos (cauteloso concretamente con los gnósticos). Algunos de los primeros pioneros de este encuentro positivo fueron san Justino, Clemente de Alejandría (quien llamaba al Evangelio «la verdadera filosofía») y Orígenes, el primero en elaborar una forma de teología cristiana. Un segundo momento de este encuentro fue el de los «Padres Capadocios», con Dionisio el Areopagita y san Agustín, a la cabeza. Al segundo se debe una síntesis del pensamiento filosófico y teológico en el que confluían corrientes de pensamiento griego y latino.
 

Un tercer momento fue el de la teología escolástica con personajes como san Anselmo de Canterbury y su interpretación del intellectus fidei. Dos características comunes con que se afrontó este diálogo con el pensamiento previo a la llegada del cristianismo fue la conciencia crítica de los pensadores cristianos y la capacidad de sacar lo que aún permanecía implícito en ese pensamiento, incorporando la riqueza de la Revelación.
 
En el marco de la teología escolástica, y no sólo, destaca la figura de santo Tomás de Aquino. El «apóstol de la verdad» supo dialogar también con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo además de armonizar fe y razón. Por este motivo «la Iglesia lo propone como maestro de pensamiento y modelo de hacer teología».
 
El nacimiento de las universidades propició una confrontación entre teología y otras formas del saber. Santo Tomás y san Alberto Magno reconocieron la sana autonomía entre la filosofía y las ciencias pero el espíritu racionalista de algunos llevó a la deriva de separación radical caracterizado por la destrucción del legado patrístico y, más adelante, por el positivismo, el nihilismo, el abandono de la búsqueda de la verdad y la separación entre la fe y la razón filosófica. En resumen: «lo que el pensamiento patrístico y medieval había concebido y realizado como unidad profunda, generadora de un conocimiento capaz de llegar a las formas más altas de la especulación, fue destruido de hecho por los sistemas que asumieron la posición de un conocimiento racional separado de la fe o alternativo a ella [3]».
 
El progreso, en adelante, no será más esa relación y diálogo entre formas de saber en torno a la autoridad de la verdad; será «un progreso del dominio creciente de la razón [4]» y de la libertad; será «la superación de todas las dependencias», incluso de la verdad; es más, el progreso será concebido como «la verdad».
 
La confrontación surgida en la baja Edad Media derivó, en definitiva, en una separación entre la fe y la razón filosófica y esto, paulatinamente, fue concebido como una forma de «progreso». No se negaba la fe, «pero queda desplazada a otro nivel –el de las realidades exclusivamente privadas y ultramundanas– al mismo tiempo que resulta en cierto modo irrelevante para el mundo [5]». De esta forma, la teología que también mostraba qué hacer quedaba en ruptura con la filosofía que dilucidaba el por qué. Ética y metafísica aparecían en ruptura por vez primera.
 
Es a partir de este momento que las categorías de razón y libertad ocuparán el centro de la noción de progreso [6] que impera hoy. Sus efectos serán fáciles de notar en el campo del derecho y de la medicina.
 
Consecuencias
 
Los diversos y variados descubrimientos que de un modo tan acelerado se suceden año con año ofrecerían la imagen de un mundo tecnificado cada vez más capaz y avanzado.
 

El acceso al sufragio universal, por lo menos en la mayoría de las democracias occidentales, ha regalado también la sensación de una participación ciudadana cuyas leyes serían el reflejo de esa cooperación.
 
Esos «logros» humanos son presentados como «avances», como el rostro concreto del «progreso». Sin embargo, no pocas de esas nuevas posibilidades técnicas plantean dilemas éticos (piénsese en la fecundación in vitro o en la subrogación gestacional, por poner sólo dos ejemplos); en el campo jurídico son aprobadas legislaciones que atentan contra la vida humana en su inicio, desarrollo o final natural. Esas leyes serían «incontestables» y presentadas como justas al proceder del consenso de una mayoría legítimamente representada.
 
En el discurso [7] preparado por Benedicto XVI para el encuentro en la universidad La Sapienza, de Roma, el Pontífice aborda estos dos puntos al hablar de la discusión entre saber y poder, entre teoría y praxis, «sobre la correcta relación entre conocer y obrar».
 
Refiriéndose a la facultad de medicina –nosotros podríamos aplicar lo dicho a la técnica en general– recordó que «el arte de curar estaba bajo la guía de la razón […] Curar es una tarea que requiere cada vez más simplemente la razón, pero precisamente por eso necesita la conexión entre saber y poder».
 
Una consecuencia de esa ruptura entre ética y metafísica en el «progreso» técnico ha tenido que ver con la posibilidad de profundizar en una mole de conocimientos cuyas aplicaciones prácticas, el «poder», derivaron en la creencia de que si se conoce, se puede disponer de aquello de lo que se conoce [8]. El conocimiento se convirtió en poder: «El conocimiento ha traído consigo poder, pero de una forma en la que, ahora, con nuestro propio poder somos capaces al mismo tiempo de destruir el mundo que creemos haber descubierto por completo [9]». De esta manera tenemos al poder como primera categoría que lo domina todo y se pone a la base del progreso; en palabras de Joseph Ratzinger, estamos ante una mera praxología, cuando los contenidos ya no cuentan y cuando la técnica se convierte en el criterio supremo.
 
Refiriéndose a la esfera del derecho, y apelando al pensamiento de Jürgen Habermas, Benedicto XVI constata que según la mentalidad actual «la legitimidad de la Constitución de un país, como presupuesto de la legalidad, derivaría de dos fuentes: de la participación política igualitaria de todos los ciudadanos y de la forma razonable en que se resuelven las divergencias políticas [10]». Pero, ¿es esto suficiente? A continuación responde: «los representantes de ese «procesos de argumentación» público son principalmente los partidos en cuanto responsables de la formación de la voluntad política. De hecho, sin duda buscarán sobre todo la consecución de mayorías y así se ocuparán casi inevitablemente de los intereses que prometen satisfacer. Ahora bien, esos intereses a menudo son particulares y no están verdaderamente al servicio del conjunto. La sensibilidad por la verdad se ve siempre arrollada de nuevo por la sensibilidad, por los intereses». En este segundo caso, una oscura interpretación de la libertad humana sería el punto de ruptura entre ética y metafísica.
 
Hacia una posible solución
 
Y entonces, ¿qué es verdaderamente el progreso? «¿El progreso mismo es la verdad?», dice el cardenal Ratzinger en el discurso citado al comienzo de este texto. Con esto estaría dicho mucho pero estaría explicado poco. ¿Qué es la verdad y cómo se le conoce? ¿Cómo traducir esto en el campo de la técnica o de las leyes? ¿Cómo ilumina la verdadera relación entre ética y metafísica?
 
Comencemos con lo primero. En el libro entrevista Luz del Mundo el Papa Benedicto XVI recuerda que el concepto

de progreso, en su origen, tenía dos aspectos [11]: por una parte estaba el aspecto del conocimiento y por otro el del bien. La pregunta por la verdad se convierte entonces en la pregunta por el bien: ¿qué es bueno? Y es así como nace la primera respuesta: es verdad lo que es bueno y es bueno lo que es verdad. Pero, ¿cómo se traduce esto en el campo técnico y legislativo? Usando palabras de Benedicto XVI en Luz del Mundo, «¿Se trata solamente de disponer sin más, o hay que plantear también la pregunta por los parámetros internos, por aquello que es bueno para el hombre, para el mundo?».
 
En Spe Salvi se nos subraya: «Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior (cf. Ef 3,16; 2 Co 4,16), no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo [12]». Con esto se nos presenta ya una traducción al campo de la técnica y de las leyes: la verdad se convierte en guía, en criterio ético fundamentado metafísicamente, «y esta cuestión, pienso yo, no se ha planteado de manera suficiente. Ésa es, en el fondo, la razón por la cual ha quedado ampliamente fuera de consideración el aspecto ético, dentro del cual está comprendida la responsabilidad ante el Creador. Si lo único que se hace es impulsar hacia delante el propio poder sirviéndose del propio conocimiento, ese tipo de progreso se hace realmente destructivo [13]».
 
De este modo, en conclusión, tenemos también la respuesta para la iluminar la relación entre metafísica y ética: si hay verdad, entonces sabemos quién es el hombre, cuál es su naturaleza y, en consecuencia, podemos dar forma y cauce a su libertad; la capacidad de poder, los conocimientos, y la libertad se abren a la verdad y a sus exigencias: «Si el progreso, para ser progreso, necesita el crecimiento moral de la humanidad, entonces la razón del poder y del hacer debe ser integrada con la misma urgencia mediante la apertura de la razón a las fuerzas salvadoras de la fe, al discernimiento entre el bien y el mal. Sólo de este modo se convierte en una razón realmente humana. Sólo se vuelve humana si es capaz de indicar el camino a la voluntad, y esto sólo lo puede hacer si mira más allá de sí misma. En caso contrario, la situación del hombre, en el desequilibrio entre la capacidad material, por un lado, y la falta de juicio del corazón, por otro, se convierte en una amenaza para sí mismo y para la creación. Por eso, hablando de libertad, se ha de recordar que la libertad humana requiere que concurran varias libertades. Sin embargo, esto no se puede lograr si no está determinado por un común e intrínseco criterio de medida, que es fundamento y meta de nuestra libertad [14]».
 

[1]  Recogida posteriormente en la obra Ser cristiano en la era neopagana, Encuentro, Salamanca 2006, p. 29-50.
[2]  Ya como cardenal, ya como Papa, ha tocado el tema del «progreso» en el discurso «Conciencia y verdad» (1991), en la Carta Encíclia Spe Salvi (2007, del n. 17 al 23), en el discurso no pronunciado para la lectio magistralis de inicio de curso en la Universidad Romana de La Sapienza (2008) y en el libro entrevista Luz del Mundo (2010, capítulo 4).
[3]  Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et Ratio n. 45. Los párrafos precedentes a esta cita siguen la cronología expuesta en los números 36 a 48 de la misma encíclica.
[4]  Cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Spe Salvi, n. 18.
[5]  Cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Spe Salvi, n. 17.
[6]  En Spe Salvi Benedicto XVI se detiene en dos etapas esenciales de la concreción política –y en cuanto tocan históricamente también a la revolución industrial, también técnica– del progreso: « la Revolución francesa como el intento de instaurar el dominio de la razón y de la libertad, ahora también de manera políticamente real» y el « salto revolucionario» propuesto por Karl Marx; « El progreso hacia lo mejor, hacia el mundo definitivamente bueno, ya no viene simplemente de la ciencia, sino de la política; de una política pensada científicamente, que sabe reconocer la estructura de la historia y de la sociedad, y así indica el camino hacia la revolución, hacia el cambio de todas las cosas» (cf. n. 19 y 20).
[7]  El discurso iba a ser pronunciado el 17 de enero de 2008.
[8]  En esta línea va también el discurso de Benedicto XVI a los educadores católicos de Estados Unidos (17 de abril de 2008) donde remachó que fue la división entre verdad y fe lo que llevó «a la tendencia de equiparar verdad y conocimiento y a adoptar una mentalidad positivista que, rechazando la metafísica, niega los fundamentos de la fe y rechaza la necesidad de una visión moral».
[9]  Cf. Luce dal mondo. El Papa, la Chiesa e i segni dei tempi, Libreria Editrice Vaticana 2010, p. 71.
[10] Cf. Discurso preparado por el Santo Padre Benedicto XVI para el encuentro con la universidad de Roma «La Sapienza», 17 de enero de 2008.
[11] Cf. Luce dal mondo. El Papa, la Chiesa e i segni dei tempi, Libreria Editrice Vaticana 2010, p. 70.
[12] Cf. Carta Encíclia Spe Salvi, n. 22.
[13] Cf. Luce dal mondo. El Papa, la Chiesa e i segni dei tempi, Libreria Editrice Vaticana 2010, p. 71.
[14] Cf. Carta Encíclica Spe Salvi, n. 23.

Notas:

Fuente:  http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=19401&id_seccion=11

28 de febrero de 2011

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