Saber liberarse y saber ser libre

Una breve reflexión sobre «Los himnos de la noche», de Novalis, a la luz de la «Fenomenología del espíritu», de Hegel y el Cristianismo. Un texto mínimo para recordar la grandeza y la pequeñez del humano, más acá de nuestros días.

La muerte de la muerte

Esta proposición: el hombre es un animal racional; que, al obrar de acuerdo con la razón, se eleva. Cuando está en la sima, como el fruto que está allí en lugar de la flor y de la planta que niega, levanta la vista por última vez, saliéndose de sí mismo. Ve lo Absoluto: la realidad de la que está cierto se le escapa de las manos. «Nada más accesible al espíritu que lo infinito», dice Novalis.

Y esta nueva proposición: el hombre es el ser abierto al Misterio. Es decir, una metáfora. O dicho de otra manera: «ser hombre es tanto como ser Universo» (Novalis). El hombre, entonces, es lo que es capaz de sí mismo. Y si ve el Misterio, es porque él mismo es trascendente, porque «Lo desconocido, lo misterioso, es resultado y comienzo de todo (conocemos solo lo que a sí mismo se conoce)» (Novalis).

Pero, para encontrarse divino, primero es necesario perderse. Después, en cada intervalo, en cada gesto de espera, debe que soportar la angustia, como en cada parto hay que soportar el dolor.

Según Hegel, el nacimiento del Espíritu Absoluto implicó la muerte de los estadios religiosos previos. A diferencia de otros filósofos, él no advierte, en el Cristianismo, la síntesis de formas de fe anteriores. Por el contrario, el hombre comprende que los dioses de sus antepasados devinieron cáscaras sin sustancia. Se volvieron dioses muertos, pura «forma».

La tragedia, la epopeya, el himno, la escultura, el objeto artesanal ya no son percibidos como reflujo divino, ni siquiera iluminados por su rayo. Son, simplemente, objetos de goce estético que suprimen, momentáneamente, el sufrimiento del ser.

En la comedia, los dioses terminaron de morir: se revelaron en su esencia teatral (la encarnación de los dioses griegos era solo artística). Hubo, pues, un momento en el cual el hombre estuvo solo.

Y en la soledad, el dios se volvió inaccesible. Por ello, el hombre se empequeñeció, como un niño que despertara de un sueño vistiendo el traje de un adulto. Se asustó de sí mismo: al perder a sus dioses, perdió su sustancia (la existencia objetiva) y su subjetividad (el sí mismo). Perdió el orden en dos niveles: el cosmos y la historia.

Jean-Louis Vieillard-Baron lo entiende así:

  Lo divino, que Hegel ha convertido en el principio epistemológico de su sistema, ha aparecido hasta este momento con las siguientes formas: la cosa sensible (la estatua), el lenguaje (el himno), la autoconciencia universal, la corporeidad humana, la representación poética, y finalmente, la certeza de sí mismo que se tiene por invulnerable.

De esta manera, pensando la desdicha, el hombre se hizo filósofo: pensó el dolor infinito como un momento y no como el todo; pensó en profundidad, pensó lo Absoluto como lo idéntico a sí mismo. Se pensó. Y la objetivación es una verdadera desdicha.

Estos son los momentos, o cadáveres, que el Espíritu debió atravesar para revelarse a sí mismo en su propia Unidad.

Con mayor o menor felicidad, el hombre reinventó la religión. Su mundo devenido caos se equilibró con la fuerza del amor; puesto que, para Hegel, la esencia de la religión es el amor. Por sinécdoque, entonces, Dios es amor.

Preciso lo anterior: el afecto, como cualquier sentimiento humano, necesita ser «en» una circunstancia. Es decir, ser contingente. En la contingencia, el Espíritu toma cuerpo. Al tomar cuerpo, Dios se hace hombre: la forma se llena de vida.

Según la terminología de Hegel, lo Absoluto se vuelve sujeto. En este sentido, la revelación del Espíritu como lo Absoluto puede comprenderse en sintonía con la relación amorosa de la Trinidad. Asimismo, el carácter dialéctico del Absoluto y el sufrimiento de Cristo podrían ser comprendidos de la misma manera.

En el amor, el hombre deja de ser cosa: Dios toma esa función. Sin embargo, al mismo tiempo, el hombre, para reconocer a Dios, debe olvidarse de sí mismo. La contradicción, se resuelve en la siguiente síntesis: el perdón que trae Cristo, negando nuestra propia nada.

Citando a Jean-Louis Vieillard-Baron de nuevo: «La autofenomenalización de Dios es el objeto único de la Fenomenología del espíritu, el lugar mismo en que ella encuentra y realiza su propia verdad».

La ansiedad, pues, desaparece al surgir el objeto deseado. Pero el hombre ya había internalizado el dolor como condición del filosofar, y, también, característica del dios que se humilla, el Dios cristiano. Cuando acepta esta verdad, la ansiedad y el dolor se trasladan al culto. Esto significa que se transforman en sentimientos que renacen ritualmente cada día, como Cristo en la hostia y el vino: «Hay que estar orgulloso del dolor; cada dolor es un recuerdo de nuestro alto rango» (Novalis).

Habitar y evitar el mundo

La aprobación de la vida que no implica la negación de la muerte, sino, al contrario, una exaltación de ella; la necesidad de transgresión que, por consiguiente, requiere de la prohibición, (¿es posible una anarquía del espíritu y del cuerpo que no disuelva la condición humana?); la necesidad de romper con la finitud; la violencia como medio para lograr lo anterior.

Todo un edificio se levanta para adorar el momento presente. Lo carnal, lo animal, lo irracional e individual. Otro se desmorona: el pasado que ya no es afín, y por lo tanto, tampoco el futuro.

Frente a la inestabilidad psíquica, la naturaleza se presenta como incorruptible, dentro de un contexto en el cual es hombre aparece como lo más corruptible. Saber liberarse no es nada; lo arduo es saber ser libre.

Notas:

@luciovpinedo


Fuente:  http://www.elciudadano.cl/2016/04/28/280747/saber-liberarse-y-saber-ser-libre/

1° de mayo de 2016.  CHILE

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