Todos éramos existencialistas

Sarah Bakewell dedica un libro al existencialismo (At the existentialist Café: Freedom,Being and Apricot Cocktails, London 2016) porque cree que esta importante corriente filosófica tiene mucho que decirnos en nuestros días, “nos recuerda que la existencia humana es difícil y que la gente a la vez que se comporta de modo horroroso también nos muestra lo grandes que son nuestras posibilidades”. Pero el estudio del existencialismo, o mejor de los autores existencialistas, sobre todo enseña que no hay filosofía sin biografía, lo que quiere decir que el pensamiento no se puede desgajar de quienes lo hacen, y que la mejor veste de la filosofía, antes por tanto que la metafísica o la teoría del conocimiento, es la ética. Esto es, la pregunta a hacernos no va sobre la esencia de las cosas, frente a su apariencia, ni sobre la misma posibilidad de su aprehensión, sino sobre lo que hacemos con las cosas, quiere decirse como nos comportamos en la situación en la que estamos. Hay, en suma, que salir de nuestra intoxicación con los conceptos y preguntarnos por su relación con los acontecimientos y las vidas de sus inventores.

El existencialismo habría salido de una conversación de café parisino, digamos que entre Sartre, Simone de Beauvoir y Raymond Aron, consumiendo una bebida de melocotón con algo más, que se proponen huir de la abstracción de la filosofía clásica, especialmente la kantiana, y recurren a la fenomenología alemana. Husserl les lleva a Heidegger, y a su entorno, o sea, sus discípulos, como Jaspers, Stein, después Levinas, o Arendt. El núcleo de los existencialistas franceses se extiende a Camus, Merleau Ponty o Genet.

El libro ofrece un recorrido por las aportaciones individuales de todos estos intelectuales : no tenemos pruebas de que Sarah Bakewell sea ella misma una gran pensadora, pero ofrece una idea rica de los temas de los principales autores considerados, así la noción del hombre (Das Man,They) en Heidegger, como el referente cultural e ideológico en el que cada uno nos encontramos; o el conocimiento de lo que son las cosas verdaderamente, esto es, lo que encontramos en la circunstancia, que se define despojado de lo irrelevante, en Husserl; o la vida como decisión de libertad, compatible con la asunción consciente del compromiso, en Sartre; o la necesidad de superar la vinculación a los mitos o la degeneración ideológica, como son los estereotipos sexuales en Simone de Beauvoir; o la existencia como batalla incierta e inconclusa contra el destino desconocido, en Camus; o, en el caso de Merleau-Ponty, la actividad del filósofo como indagación sobre los márgenes, y la ignorancia como destino fatal de todo conocimiento.

Pero sobre todo lo que encontramos en este libro es un tratamiento coral de la filosofía, que es el resultado no tanto del ensamblaje que pueda hacer el lector de las aportaciones de estos autores como del mismo diálogo entre ellos. Vemos así los episodios de la relación de Heidegger con Husserl, Jaspers y Arendt, a través de su correspondencia, pero también analizando la respuesta a los acontecimientos políticos que vivieron, esto es, en Alemania, el ascenso y la instalación del nazismo; en el caso francés el libro repasa la reacción de Sartre, Simone de Beauvoir, Aron o Camus ante la ocupación y su posición frente a los colaboracionistas.

La actitud de Sarah Bakewell es comprensiva siempre. Si se trata de Heidegger se denuncia su servidumbre nazi pero se sucumbe también ante los encantos de una filosofía misteriosamente irresistible y poética, atávica y embriagadora. Sarah entiende la postura de Hannah Arendt, que nunca resolvió totalmente el puzzle de Heidegger. “A veces condenó a su antiguo amante y tutor; y otras veces trató de rehabilitar su reputación o ayudar a la gente a entenderlo”. Tampoco subraya los desencuentros entre Sartre y Camus. Parémonos un momento en esta cuestión. Me parece aguda la contraposición entre la filosofía de Sartre y la de Camus que establece nuestra autora. Sartre no concibe naufragio o derrota, al menos absolutos, en la circunstancia, en la que siempre a pesar de todo se impone la capacidad del hombre de decidir con libertad. Quizás esto es lo que determina el activismo de Sartre, su desprendimiento, “las únicas cosas que guardaba eran su pipa y su pluma e incluso estas las perdía constantemente, así escribió: se exilian de mis manos”. A Sarah Bakewell no le parece mal el simplismo de la fórmula moral de Sartre: “si algo no es verdad a los ojos de los más desfavorecidos, es que no es verdad”. Incluso está dispuesta a aceptar el respaldo sartriano de la violencia, “su fetichismo de la violencia es sorprendente, sin embargo hay algo a admirar de su disposición a comprometerse a favor de los marginalizados y oprimidos de modo tan radical”. Camus no comparte el optimismo sartriano para imponer la decisión personal sobre la circunstancia, aunque eso no es obstáculo para luchar contra los condicionamientos que acucian al hombre: Sísifo (El mito de Sísifo) debe escalar la montaña aunque una y otra vez acabe en el punto de partida, Mersault (El extranjero) apuñala al árabe obedeciendo a un impulso incontrolable, Monsieur Rieux (La peste) se enfrentará a la epidemia de cólera sin saber si sus esfuerzos serán suficientes. De otro lado no hay compromiso político que pueda variar los límites éticos, sobre los que no cabe disposición: nunca la tortura, nunca el asesinato, al menos con la aprobación del Estado.

Las preferencias de Sarah Bakewell tienen dos claros destinatarios: Simone de Beauvoir y Merleau-Ponty. La obra liberadora de Simone (El segundo sexo) pone en evidencia la orientación práctica del existencialismo, como filosofía aplicada, como esfuerzo por mejorar la condición en la que efectivamente vive el hombre, en este caso, la mujer. “La situación de la mujer conspira en todos sus elementos para retenerla en la mediocridad, no porque sean inferiores por naturaleza, sino porque han de aprender a hacerse introspectivas, pasivas, irresolutas y super deseosas de complacer” A Sarah Bakewell, con razón, le resulta ejemplar la valentía lúcida de Simone mostrada con ocasión de la muerte de su compañero, Jean Paul Sartre, “Su muerte nos separa. Mi muerte no nos juntará de nuevo. Así son las cosas. Ha sido magnífico que hayamos podido vivir nuestras vidas en armonía durante tanto tiempo”.

De Merleau-Ponty le llama la atención su disposición a aceptar siempre la vida con alegría. Él era el filósofo que alternaba con Juliette Greco, y testimonia como nadie que la filosofía ayuda a vivir. Por lo demás el filósofo no ha de contemplar aislado al hombre, sino integrado, inmerso en el mundo y unido solidariamente a los demás.

En el volumen se dedica un inolvidable capítulo al comportamiento de los héroes del libro en el trance supremo de la muerte, y su reacción ante la desaparición de los compañeros. Quizás sobra la atención dedicada a las manifestaciones no propiamente filosóficas del existencialismo, por ejemplo en el cine, la música o la moda. Faltan en cambio otros ejemplos existencialistas, bien en el propio pensamiento filosófico, así Unamuno u Ortega, tan ligado aquel a la filosofía existencialista de Kierkegaard o dependiente de la huella heideggeriana en el caso del pensador madrileño. Pero también echo de menos la referencia a algunos desarrollos del existencialismo en la ciencia política o el derecho constitucional, así Carl Schmitt. Tampoco la influencia de Husserl es menor en la definición o delimitación de algunas categorías o tipos jurídicos, como el contenido esencial, que dice lo que verdaderamente es el derecho o la institución en cuestión.

Estimulante, en fin, este libro del que el lector interesado puede consultar reseñas, menos pegadas que esta al propio texto del libro, que he disfrutado en Kindle, del Times Literary Supplement (Sudhir Hazareesingh, la Literary Review (John Gray) o el New York Times. (Edward Mendelson). ¿Para cuándo la traducción al castellano de esta fascinante monografía?

Juan José Solozábal


Es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

Notas:

Fuente:  http://www.elimparcial.es/noticia.asp?ref=167586

1° de agosto de 2016.  ESPAÑA

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