Unamuno y el Quijote como retrato del carácter nacional (II)

Las interpretaciones psicológicas del Quijote (4). Segunda parte de la interpretación de Unamuno del Quijote en la línea de la psicología de los pueblos, que se cierra con un escueto tratamiento de la interpretación de Azorín en una onda similar

Miguel de Unamuno

Demolición de la historia y cultura españolas

Si se examina detenidamente, se verá que la interpretación del autor vizcaíno del Quijote como retrato del modo de ser español a la postre termina siendo una negra pintura de sus grandes defectos, una pintura tan negra, que la historia y cultura hechas por los españoles no serían sino un gran fracaso, del que sólo contadas excepciones se salvan. El veredicto de Unamuno no deja como balance sino una civilización en ruinas y el Quijote no sería sino el acta notarial que da fe de tan trágico desenlace. Al final, resulta ser tan fatalista como lo es esa casta castellana a la que culpa de este yerro. Veámoslo.

En el plano histórico-político, la España del pasado imperial y del descubrimiento de América se reduce al saqueo de América para enriquecer a los flamencos y al absolutismo ordenancista en el interior peninsular. Y todo por culpa del prurito de unitarismo conquistador e imperativo de Castilla con el que contagió a España entera y que nos ha legado la damnosa hereditas de las glorias castizas. En Vida de Don Quijote y Sancho mantendrá esta misma visión acerca de la España imperial y la conquista y gobierno español de América en perfecta sintonía con la leyenda negra antiespañola: «Te denuestan, pueblo mío, porque dicen que fuiste a imponer tu fe a tajo y mandoble, y lo triste es que no fue del todo así, sino que ibas también, y muy principalmente, a arrancar oro a los que lo acumularon; ibas a robar. Si sólo hubieras ido a imponer tu fe…» (pág. 221).

En el plano religioso y moral, todo se reduce a uniformidad católica de una religiosidad y moral ritualista y formularia, concebida como cemento social y base de la unidad social y política, que obliga a expulsar a judíos y moriscos; a fundar órdenes religiosas militares, como los jesuitas, para la cruzada interior; y a la imposición de la ortodoxia católica y a la cruzada contra los protestantes en el exterior; a misioneros de la palabra y la espada en América, a la hermandad entre sacerdotes y soldados o guerreros hasta el punto de unirse bajo la figura de los curas guerrilleros, como sucedió en la francesada o en las guerras carlistas; y, claro está, en este tétrico cuadro no podía faltar la mención de la Inquisición, la madre de todos los males que han afligido a España, a la que describe como una «aduana de unitarismo casticista», esto es, como un instrumento de preservación de la propia casta castellana, pero que ejerció un influjo mortífero sobre la cultura española, pues, obsesionada por el proteccionismo casticista para preservar la individualidad excluyente de la casta española, obstruyó el brote de la riquísima floración cultural de los países protestantes y sería la causa principal de la miseria cultural de España, a la que aisló del resto de Europa y, lo que es peor, ha creado en el español un espíritu de Inquisición latente, que se mantiene vivo hasta el presente; a pesar de todo, España se ha europeizado, pero esta europeización, muy superficial, no es más que pura cáscara sin sustancia.

Y todo por culpa del afán intolerante y fanático de catolización del mundo, un rasgo que, en último término, enraíza con el espíritu disociativo y polarizador de la casta castellana que la induce a volcarse a los extremos. A la manera como don Quijote se deja dirigir por un ideal que asume como algo absoluto, categórico y excluyente, que no admite conciliación alguna con otros ideales, los hombres de casta castellana concebían las ideas y doctrinas del catolicismo como una realidad categórica y excluyente frente a la cual las ideas y doctrinas luteranas sólo podían aparecer como malas ideas y doctrinas, de imposible conciliación, ante las cuales no cabía más opción que la condena, el auto de fe y la guerra.

Los ataques de Unamuno tienen como uno de sus principales blancos el teatro clásico del Siglo de Oro, especialmente el calderoniano, a lo que parece estimularle el hecho de que considera a los dramaturgos españoles, sobre todo, a Calderón como la quintaesencia del casticismo castellano. El teatro clásico español, que los románticos alemanes habían ensalzado como uno de los grandes logros del arte español, europeo y universal, colocando a Calderón apenas un peldaño por debajo de Shakespeare y que había sido alabado igualmente por Durán y Menéndez Pelayo, el cual veía en Calderón un «símbolo de la raza», cifra y compendio de las grandezas intelectuales y poéticas de nuestra Edad de Oro, sin negar sus defectos, se convierte ahora, en manos de Unamuno, en un símbolo, cifra y compendio de los defectos de la casta española, sin ninguna de sus grandezas.

La causa de ello reside en la anormal, patológica constitución de la mente castellana, que no sabe sino disociar y polarizar. Pues nuestro teatro castizo, del que sólo salva algo a Segismundo, considerado por el ensayista vasco como precursor de don Quijote, es una perfecta muestra del espíritu disociativo y dualista de los españoles, de la disociación entre el idealismo y el realismo, entre los sentidos y el intelecto, de la oscilación de sus personajes entre la hipertrofia de la voluntad y la sumisión o la resignación. La grandeza del Quijote frente a las obras teatrales es que en éste los rasgos fundamentales de la casta castellana se hallan representados como defectos, esto es, don Quijote y Sancho simbolizan perfectamente la propensión disociadora del alma española, pero a la vez contiene su crítica a través de la sátira a que son sometidos ambos personajes, crítica que culmina con la transformación final de don Quijote en Alonso Quijano, lo que equivale a reconocer los estragos que genera el impulso a los extremos, tal como la negativa a armonizar el idealismo con el realismo, el plano del ideal con el de la realidad y de la praxis humana.

Después del teatro le toca el turno a la teología escolástica, uno de sus blancos favoritos tanto en En torno al casticismo como en otros escritos suyos. Unamuno desdeña una teología que, según su punto de vista, porta impreso el sello de la mente disociativa de la casta castellana, pues los teólogos escolásticos se limitan a practicar una mera combinatoria de proposiciones dadas desconectada de los hechos, reduciendo así la teología a un asunto de intelecto o de pura agudeza de ingenio. En una línea similar en escritos posteriores, como «Sobre la filosofía española» de1904 (recogido en Almas de jóvenes, Espasa-Calpe, 5ª edición 1981), la filosofía escolástica se presentará como producto de un «esterilizador intelectualismo», del que hay que sacudirse, ya que es el principal obstáculo para que tengamos una filosofía española; es más, los intelectualistas de la escolástica de los siglos XVI y XVII son los verdaderos culpables de haber ahogado la posibilidad de que floreciese la filosofía española. Su desprecio a la escolástica llega a tal punto que no duda en afirmar, en «Sobre la lectura e interpretación del ‘Quijote’» de 1905 (incluido en el mismo libro citado antes), que en realidad no ha habido verdadera filosofía en España y a declarar al pueblo español retuso hasta ahora a toda comprensión verdaderamente filosófica.

Y por último, en cuanto a las ciencias, reprocha Unamuno los pobres frutos habidos, lo que le conduce a hablar de la escasa aptitud del pueblo o de la casta española para las ciencias naturales, ineptitud que relaciona con la ausencia de un sentimiento de aprecio de la naturaleza en los castellanos como clave explicativa.

De este panorama devastador sólo se salva la mística de santa Teresa y san Juan de la Cruz y el humanismo de fray Luis de León, en los que ve el fruto más granado del espíritu castellano y lo son porque en la mística de los unos y el humanismo del otro se percibe el esfuerzo por armonizar el idealismo quijotesco con el realismo sanchopancino, incluso se funden en un idealismo realista o empírico; destaca en santa Teresa y san Juan el haber conjugado su idealismo religioso con el conocimiento introspectivo o psicológico.

Ensalza particularmente a fray Luis, a quien retrata como una figura modélica del espíritu español por su humanismo universalista, por su sentimiento de la naturaleza, por su exaltación de la razón, por su apología de un cristianismo antibelicista y por ser un profeta, según lo pinta Unamuno, de la paz, la solidaridad y el concierto universales. Es difícil no ver en esto último la influencia krausista. De hecho no sólo en esto sino en toda la sobreestimación que hace de la mística es visible la huella del krausismo, al que del pensamiento español del Renacimiento nada les interesaba más que los místicos, quizás por la afinidad del propio pensamiento krausista con el de éstos. De hecho, el krausista Federico de Castro, en su Cervantes y la filosofía española (1870), de acuerdo con las tendencias de la metafísica de su escuela, considera a don Quijote como un místico del mismo género que los de carne y hueso como santa Teresa, san Juan y fray Luis de León. Unamuno, puesto que ha convertido a don Quijote en símbolo de nuestros defectos nacionales, de los que más vale renegar, no es a éste a quien coloca en primer plano, como Federico de Castro, al lado de los grandes místicos y de fray Luis, sino a Alonso Quijano, quien por haber colgado las armas, abjurado del imperialismo español y abrazado el pacifismo de la sosegada vida en su aldea al cuidado de su hacienda, es más afín al espíritu de aquéllos.

El predominio del espíritu de Sancho Panza en la sociedad española actual

Ahora bien, el alcance del castizo espíritu dualista de los españoles no es algo del pasado, sino que llega hasta la actualidad. En efecto, los males del presente, un presente de la España finisecular del siglo XIX, en vísperas del desastre del 98, en el que la sociedad española, según la dibuja Unamuno, atraviesa una honda crisis en todos los órdenes, son resultado igualmente de la tendencia disociativa o del instinto de los extremos característico del alma española, que no se ha corregido y que, como un lastre, como una dañina herencia de nuestro pasado, ahoga nuestro estado actual. De este modo, la polarización entre don Quijote y Sancho es el perfecto símbolo de la suprema disociación española que ha presidido no sólo la época de mayor esplendor de España, sino el conjunto de nuestra historia y cultura. Lo único que ha cambiado es el sentido de la polarización. Si durante la Edad de Oro la historia y cultura españolas estaban bajo el signo de don Quijote, esto es, se polarizaron hacia el idealismo quijotesco, de modo que el espíritu quijotesco anulaba al espíritu sanchopancesco, en el presente se encuentran bajo el signo de Sancho, prevalece el sanchopancismo del sentido común que causa estragos por su carácter antiespeculativo, antifilosófico y antiideal, de manera que ahora se han vuelto las tornas y el espíritu sanchopancino ha sepultado al quijotesco.

Y como Unamuno parece pensar que es mejor tener ideales, aunque no sean los más pertinentes, que no tenerlos, se lamenta de que la España sanchopancina haya perdido su fe en don Quijote y su esperanza en la ínsula Barataria. Ahora bien, habida cuenta de que es preferible frente al quijotismo el idealismo de Alonso Quijano, el del hidalgo contrito del pasado imperial y catolizador e impulsor de una España laboriosa, pacifista y tolerante, europeizada en un cristianismo interiorista similar al de los antaño enemigos protestantes, con cuyo contacto, nos dice, tendremos que renovar nuestra vida, Unamuno termina recomendando al pueblo español, a Sancho, que no vuelva a ser escudero de don Quijote, que podría llevarnos a incurrir en los errores del pasado, sino en criado de Alonso el Bueno, pues en contacto con el sano y regenerador idealismo de éste, sólo cabe esperar buenos frutos del sano sentido común del criado y por fin alcanzar la ansiada meta de la armonía entre el idealismo y el realismo o pragmatismo.

Así que, según el autor bilbaíno, la historia de España y de su cultura desde su origen hasta la actualidad ha estado marcada por la oscilación entre dos extremos polares como efecto de un carácter nacional disociador, que ha sido, según él, la raíz de todos nuestros grandes males y de todo lo cual el Quijote es la más cumplida alegoría, lo cual nos revela que Cervantes ha sabido ser la voz de su pueblo. Pero dicho esto, apelando a lo propios principios de Unamuno, cabe preguntarse si su confianza en que la unión entre el idealismo quijotesco o, si se quiere, de Alonso Quijano y el realismo sanchopancesco no es un mero deseo con poco fundamento. Pues si el pueblo español se caracteriza por un espíritu disociador y polarizador, ¿por qué en un próximo futuro habría de cambiar, lo que equivaldría a transformarse en un espíritu asociador? Si, como él sostiene, la propensión a polarizar es un producto de los contrastes polares del propio medio geográfico y este medio sigue siendo el mismo, parece que no cabe esperar sino que tal propensión no varíe y siga encarrilando la historia y la cultura españolas por la misma vía del vaivén entre los extremos por los que hasta ahora se ha guiado. De acuerdo con sus propios principios del determinismo geográfico, sólo una alteración del medio geográfico, en el que se suavizasen los contrastes, podría alterar la mente disociadora de los españoles convirtiéndose tal vez en asociadora y armonizadora.

Para terminar, hagamos una escueta referencia al enfoque unamuniano del Quijote como retrato de nuestro carácter nacional en sus grandes obras posteriores a En torno al casticismo. Primero de todo, hay que señalar que sigue concediendo mucho crédito a la psicología de los pueblos, incluso esboza la propuesta de convertir la psicología del pueblo español y de los pueblos peninsulares en una ciencia de base experimental, según manifiesta en su brevísimo escrito «El pueblo español» de 1902 (recogido en El porvenir de España y los españoles, Espasa-Calpe, 1912), donde, luego de arremeter contra la psicología de los pueblos fundada en una visión subjetiva de la historia, comentada «a sabor del que la trate» y en impresiones personales, bosqueja un programa de investigación de psicología diferencial de los pueblos, para escudriñar las diferencias entre éstos en cuanto a la sensibilidad o los sentidos, cosas tales como «el promedio del tiempo de reacción en cada pueblo, de la acuidad de cada uno de sus sentidos, de su afición a tales o cuales colores, de la intensidad de su atención, etc., estos y otros datos que la estadística provea servirá mucho más que todo lo otro» (op. cit., pág. 107). Ya hemos visto cómo el ensayista vascongado, a ojo de cubero se entregaba a especular sobre las diferencias de los castellanos con respecto al resto de los españoles y demás pueblos en alguno de los ítems aquí enumerados por él, tal como el tiempo de reacción necesario para darse cuenta de una impresión o una idea, en lo cual aquéllos son lentos, o en otros no mentados aquí, tal como la naturaleza de sus impresiones en general, no importa su origen sensorial, las cuales se caracterizan por ser tan recortadas, carentes de matices, como las tintas del paisaje de su tierra, uniformes y monótonas.

Pero Unamuno deja para otros este disparatado programa de psicología diferencial y él mismo se entrega a cultivarla siguiendo el método, que él mismo condena, basado en el comentario de la historia «a sabor del que la trate» y en sus impresiones personales. Así en Vida de Don Quijote y Sancho, en la onda de una psicología de los pueblos fundada en la historia de España y de su cultura, interpreta a don Quijote y Sancho como símbolos del carácter nacional. Ya no es don Quijote, como en En torno al casticismo, símbolo de los defectos nacionales y Alonso Quijano, de la virtudes; ahora el noble hidalgo es a la vez encarnación de los defectos, de lo peor de la casta española, y de sus virtudes, de lo mejor de esta casta. Para realizar esta operación, se vale de la distinción en el caballero manchego entre el quijotismo inmoral (unitarismo uniformador, actitud imperativa y afán de catolización del mundo con la cruz en una mano y la tizona en otra), raíz de nuestros pecados y grandes errores en la historia, que siguen siendo los mismos que hemos visto al ensayista denunciar en En torno al casticismo; y el quijotismo moral, enraizado en la bondad y generosidad del noble hidalgo, que es la base sobre la que se alzan los sublimes ideales religiosos y filosóficos de don Quijote.

La más importante novedad en cuanto al simbolismo de don Quijote, como encarnación del carácter nacional, con respecto a En torno al casticismo es que ahora, en Vida de Don Quijote y Sancho, queda en un segundo plano la presencia de don Quijote como retrato alegórico de la personalidad de los españoles en su dimensión histórica o política, y pasa a primer plano su presencia como retrato alegórico de su personalidad religiosa y filosófica. Don Quijote se erige ahora abrumadoramente como personificación de la religión y filosofía de su pueblo, en tanto el admirable caballero de la fe, una fe asentada en la inmortalidad del alma, comparte con su pueblo el ansia de sobrevivir, la cual, según Unamnuno, ha constituido «el más entrañado resorte de la vida de nuestro pueblo», un pueblo al que se le atribuye un culto a la muerte, que no es propiamente tal, sino culto a la inmortalidad del alma (op. cit., págs. 345-6). En esta misma línea cabe interpretar la aproximación a don Quijote en Del sentimiento trágico, donde el caballero es también ante todo un caballero de la fe, incluso el Cristo español, cuya alma religiosa, animada por un sentimiento trágico, justa réplica del mismo sentimiento trágico de la vida que anima a los españoles y que los distingue de los demás pueblos europeos, deviene la quintaesencia del alma religiosa del pueblo español:

«Y hay una figura, una figura cómicamente trágica, una figura en que se ve todo lo profundamente trágico de la comedia humana, la figura de Nuestro Señor Don Quijote, el Cristo español, en que se cifra y encierra el alma inmortal de este mi pueblo. Acaso la pasión y muerte del Caballero de la Triste Figura es la pasión y muerte del pueblo español. Su muerte y resurrección. Y hay una filosofía, y hasta una metafísica quijotesca…y una religiosidad –religiosidad católica española-quijotesca. Es la filosofía… es la religiosidad que he tratado de esbozar… en estos ensayos.» Op. cit., Tecnos, 2005, pág. 470.

Azorín y el Quijote como símbolo del alma de España

En una órbita muy próxima a la de Unamuno se sitúa Azorín, cuya interpretación condensamos en unas pinceladas. Como el vascongado, el autor levantino parte, por un lado, de que el medio geográfico ha esculpido el espíritu de las gentes de Castilla, de que Castilla hizo a España, de que es el núcleo de la nación española y de que, por tanto, los rasgos fundamentales del carácter del pueblo español y de su identidad histórica y cultural proceden del pueblo castellano; y, por otro lado, supone que Cervantes es un poeta nacional, que, habiendo escrito como representante de su pueblo, en el Quijote no puede habernos dado sino un retrato del modo de ser de éste.

Provisto de estos presupuestos, Azorín se lanza por los campos de la Mancha para recorrer la ruta de don Quijote, para descubrir el alma de España en el paisaje. Y la descubrirá, de lo que nos da cuenta precisamente en su libro de título homónimo al de su itinerario, La ruta de don Quijote (1905). Pero, en realidad, contra lo que sugiere el título, el viajero no va a realizar el recorrido completo de la ruta de don Quijote, pues deja fuera la ruta aragonesa y catalana y ni siquiera incluye todas sus andanzas por la Mancha y sus confines, como su viaje a Sierra Morena. De hecho, las andanzas de Azorín se circunscriben a los pueblos, villas y ciudades, que se disputan ser la patria chica de los personajes principales de la magna novela: Argamasilla, a la que presta atención especial como disputado lugar natal de don Quijote, Puerto Lápice, Criptana, que pretendía ser la patria de Sancho, el Toboso y Alcázar de San Juan; y, por supuesto, a la campiña del entorno de estos lugares.

El razonamiento tácito de Azorín se puede resumir así: la Mancha y sus gentes constituyen una especie de microcosmos o, si se quiere, una muestra representativa del conjunto de Castilla y de España; ahora bien, el paisaje que ha conformado el modo de ser de estas gentes se ha mantenido el mismo hasta el presente: «Todo el paisaje que ahora vemos es igual que el paisaje pasado; todo el paisaje pasado es el mismo que contemplaremos dentro de un par de horas» (op. cit., Cátedra, 2005, pág. 84); por tanto, cabe esperar que el paisaje de ahora, que es el mismo en cuya interacción y contemplación se conformó el alma de don Quijote, de sus contemporáneos y de sus antepasados, nos dé la clave de la psicología del glorioso hidalgo y de los españoles. Convencido de todo esto, un día de marzo de 1905 el escritor alicantino agarra la maleta, se monta en el tren y se dirige a Argamasilla, donde confía hallar en el ambiente campestre y paisajístico y en los menudos hechos de la vida cotidiana, en lo que Unamuno llamaría la vida intrahistórica de las gentes, el secreto de la manera de ser de los españoles según se retratan en el Quijote. El autor se considera tan facultado para esto, que, ya antes de salir de viaje, en el suspiro de una anciana castellana vestida de negro (la dueña de su posada en Madrid), un suspiro que dice haber oído muchas veces en los viejos pueblos de Castilla a otras ancianas vestidas de negro, encuentra nada menos que «una visión neta y profunda de la España castiza» (ibid., pág. 79).

Todo el proyecto azoriniano de psicología de los pueblos, que se ha de revelar a través del conocimiento del paisaje, su autor lo ha compendiado perfectamente hasta en los encabezamientos de dos de los cinco capítulos dedicados al entorno y a los habitantes de Argamasilla, el primero de los cuales se titula «Psicología de Argamasilla» y el segundo «El ambiente de Argamasilla», villa que, como decíamos, pretendía ser el lugar natal de don Quijote o de los modelos vivos en que supuestamente Cervantes se habría inspirado para crear su inmortal figura (don Rodrigo de Pacheco, Alonso Quijano). A la manera de Taine o de Unamuno, se trata de deducir la psicología de don Quijote y de los españoles del ambiente geográfico, transmutado, en la alquitara literaria del ilustre escritor, en campiña y paisaje, cuya presencia es omnipresente en numerosas páginas del libro y centro de sus reflexiones. Da por supuesto que el medio ha conformado el carácter castellano y de don Quijote, como símbolo del mismo. De ahí que no empiece por preguntarse si el ambiente ha hecho posible el nacimiento y desarrollo del alma castellana y del más grande de los caballeros andantes, sino qué hay en el ambiente o qué elemento suyo lo ha hecho posible. Azuzado por sus meditaciones la respuesta no se hace esperar: lo que hay es, como en Unamuno, un llano ancho, inmenso, infinito, monótono y uniforme cubierto por una bóveda celeste radiante, de intenso azul, igualmente inmensa, infinita. Este medio, no se nos explica por qué, ha configurado un pueblo constituido por hombres de voluntad poderosa, pero solitarios y anárquicos, de aventureros, conquistadores y místicos. Un medio así no es adecuado para que surja una nación de gentes volcadas al comercio y la industria, sino una nación orientada hacia la milicia y la religión.

Más adelante, Azorín atribuye a la influencia del medio las dos tendencias psicológicas básicas de los castellanos, representadas ejemplarmente por don Quijote: una positiva, el amor al ideal y la otra negativa, que es el ensimismamiento soñador, que impide concentrarse en las actividades prosaicas y en los pacientes pactos que hacen posible la marcha de los pueblos más interesados por la prosperidad. Tales son los rasgos que han caracterizado la personalidad de los españoles y su papel en la historia. Ahora bien, el tedio, la soledad, el silencio y la angustia generadas por la inmensidad y monotonía de la campiña pueden conducir a que la mezcla de anhelo del ideal y de entrega a la ensoñación aliente un idealismo exaltado, en que prevalece una fantasía loca, alucinada, a la manera de don Quijote. Y este idealismo exacerbado, que es el que azuzó a los conquistadores, guerreros y aventureros, a la España de las aventuras imperiales, es el que a la larga nos ha traído consigo la decadencia, pues, amén de desangrar la economía nacional, contribuyó a reforzar el desprecio por los trabajos mecánicos, el comercio y la industria.

He aquí una muestra, de gran belleza literaria sin duda, de la manera como Azorín engarza con el paisaje del entorno de Argamasilla tanto el ansia de altos ideales como la inclinación morbosa a las ensoñaciones quiméricas por parte de los castellanos:

«Y nosotros, tras horas y horas de caminata por este campo, nos sentimos abrumados, anonadados, por la llanura inmutable, por el cielo infinito, transparente, por la lejanía inaccesible. Y ahora es cuando comprendemos cómo Alonso Quijano había de nacer en estas tierras, y cómo su espíritu, sin trabas, libre, había de volar frenético por las regiones del ensueño y de la quimera. ¿De qué manera no sentirnos aquí desligados de todo? ¿De qué manera no sentir que un algo misterioso, que un anhelo que no podemos explicar, que un ansia indefinida, inefable, surge de nuestro espíritu? Esta ansiedad, este anhelo es la llanura gualda, bermeja, sin una altura, que se extiende bajo un cielo sin nubes hasta tocar, en la inmensidad remota, con el telón azul de la montaña. Y esta ansia y este anhelo es el silencio profundo, solemne, del campo desierto, solitario.» Ibid., pág. 114.

Unos rasgos que de los castellanos se traspasaron, en el proceso de conformación de España bajo la égida de Castilla, al conjunto de los españoles. Por eso Azorín concluye el libro considerando que en la patria del gran ensoñador don Alonso Quijano, en el pueblo manchego, está compendiada «la historia eterna de la tierra española».

Notas:

Fuente: http://www.nodulo.org/ec/2009/n093p09.htm

SPAIN.  30 de noviembre de 2009

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