Vida y filosofía

Una filosofía desmarcada de la vida o, todavía peor, que la afrenta y no la afronta, poco tiene que decir de la verdad y la realidad

Ortega

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«¿Qué es, como vivir, filosofar?... Bástame recordar que los griegos, como no tenían aún libros propiamente filosóficos, cuando se preguntaban ¿qué es filosofía? –como Platón– pensaban en un hombre, en el filósofo, en una vida. Para ellos filosofar era ante todo (1) bíos teoretikós. En rigor, los primeros libros filosóficos –no sólo como materia sino formalmente tales–que hubo fueron los libros de vidas de los siete sabios, biografías. Todo lo que no sea definir la filosofía como filosofar y el filosofar como un tipo esencial de vida es insuficiente y no es radical.» José Ortega y Gasset, ¿Qué es la filosofía?

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La relación entre la vida y la obra de los filósofos viene siendo tema de discusión desde el mismo nacimiento de la filosofía, con esa mezcla de erudición y curiosidad excéntrica que tienen estas cosas{1}. Para algunos psicologistas, todo se aclara analizando las entrañas sinuosas de la biografía del personaje, convirtiendo la historia de la filosofía en una variante retórica de aquel espacio televisivo «Esta es su vida», en la que a partir de anécdotas y pequeños episodios personales llegamos a desvelar, finalmente, el sentido último de las más intrincadas meditaciones. De esta suerte, la bibliografía se resume en la biografía. La sífilis de Nietzsche, sin ir más lejos, aclararía su desvarío trans-ético, así como feroz estilo de su escritura. Del mismo modo, el nacimiento de Rousseau, marcado por la desgraciada muerte de su madre como resultado del parto, provocarían sin remedio la turbada búsqueda de la inocencia primigenia en la especie humana y su peculiar preocupación por la penetrante culpabilidad. Y así todos los demás.

El otro extremo hermenéutico del asunto, defiende la absoluta independencia entre lo que el filósofo piensa, lo que vive o ha vivido, y lo que escribe y dice. Desde este segundo punto de vista, parece colegirse que la obra filosófica florece en la mente del autor como un prodigio esmeradamente espiritual, venturosamente desmaterializada, más allá del bien y del mal, más allá del tiempo histórico. De esta manera, la bibliografía se torna anónima, por así decirlo. La auténtica patria, casa y memoria de un autor, sería, entonces, el lenguaje, o, más exactamente, su obra, encerrada en sí misma, como en una campana neumática.

Sólo los hombres de Estado deberían ser juzgados por la historia; el resto de los hombres, por sus semejantes. Eso dicen también. De los políticos hay que guardarse… la cartera. Mas ¿de los sabios quién se ocupa? Parecen éstos demasiado cerca de los dioses como para ser juzgados por simples mortales, por oscilar su espacio entre la exención (o excepción) cultural y la elevación.

El asunto consiste, pues, en si considerar la vida de un filósofo como algo peculiar e identificador o como algo demasiado común para ser siquiera referido. Para empezar, considérense algunos interrogantes, que sirvan de base del asunto: ¿no marca de alguna manera, en la existencia y en el vivir de un pensador, haber abordado directa y cabalmente los entresijos de lo profundamente humano? ¿Acaso no sirve de nada ejercitar la reflexión, remontándose con la razón a las cimas (o descendiendo a los valles) de la sabiduría, para alcanzar así la plenitud y mejorar la vida humana, objeto éste que parece el reconocido como propio por los tratados de filosofía? ¿Dónde acaba la teoría y dónde comienza la praxis? ¿Cuándo triunfa la honradez intelectual y cuándo el cinismo moral? ¿Existe algo parecido a una vida filosófica y, en su caso, hay en ella algo distinto del resto de las vidas humanas?

Esta preocupación fue esencial entre los antiguos griegos, entre los cuales no hallamos sólo el ejemplo de la vida y de la muerte de Sócrates como caso paradigmático. A todos los denominados filósofos de entonces les inquietaba profundamente la excelencia de la vida humana, y trataban de captarla con el pensamiento para, en consecuencia, plasmarla en la propia existencia.

Inicial miniada de la obra de Platón que representa a Sócrates bebiendo la cicuta, siglo XV

El hecho de que Platón se instalara en la Academia de Atenas y Diógenes el Cínico en un tonel callejero no fue debido (o al menos no principalmente) a problemas de oferta inmobiliaria o de desigual nivel adquisitivo entre ambos filósofos. Reflejaba unos determinados modos de entender la vida y de vivir la vida. Entre lo que pensaban y lo que hacían había una cabal correspondencia, una coherencia vital, un interés por la verdad, no cabalístico o especulativo, sino práctico. Hoy el cinismo ya no es lo que era. Ni el más auténticamente cínico de los seguidores de la escuela griega puede confundirse con el «cinismo» actualmente vigente. ¿Por qué en la filosofía contemporánea se ha debilitado esta preocupación por la vida buena?

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Conciliar vida y obra en un pensador significa armonizar la existencia a partir de un posicionamiento moral y filosófico ante la vida que se supone de mayor alcance que el realizado ordinariamente. Si no fuera así, ¿qué mérito conceder, entonces, la obra de los pensadores? ¿Por qué les otorgamos, especialmente en los casos más meritorios, el título de maestros del pensamiento? Si la coherencia, la plenitud y el coraje vitales fueran indiferentes de la tarea intelectual, entonces ¿qué valor distingue la exploración del saber de otras aventuras intelectuales? ¿Mera retórica? ¿Entretenimiento retorcido?

También es cierto que, junto a este empeño filosófico y moral, hay otra manera de llevar a cabo el proyecto existencial: me refiero a la concepción estética de la vida. Entiendo por tal a esa suerte de vitalismo narcisista, exquisitamente refinado, en ocasiones excitado por un ansia de elevación entre mística y olímpica, y acaso levemente blasfema. El sujeto afectado de esteticismo busca también el disfrute gozoso de los placeres y traslada a los sentidos las terminales del contacto con el mundo, conformando un universo recreado que escapa a la realidad porque de ella se fuga.

De alguna manera, el esteticismo como modo de vida representa el fracaso del proyecto ético, que es reflexivo, racional, recíproco y, casi siempre, ay, escasamente gratificador para su protagonista. El prototipo del protagonismo en la acción ética es el héroe, mientras el símbolo de la representación artística en el gran teatro del mundo es el esteta. Dos modelos de vida opuestos a elegir. Aut-Aut. O lo uno o lo otro (S. Kierkegaard).

Christian Olavious, Soren Kierkegaard (1843)

La exigencia de dignidad y virtud no es, con todo, patrimonio exclusivo del filósofo, sino algo que incumbe a la totalidad de las ocupaciones y personas. También la higiene personal, en la que está incluida la limpieza esmerada de las manos, debe considerarse un hábito saludable para el conjunto de los individuos. No obstante, en el quehacer, pongamos por caso, de los cirujanos, esta sana costumbre debe considerarse una práctica más exigente y escrupulosa de lo común. Asimismo, afirmamos con razón que la rectitud, la imparcialidad y la equidad son comportamientos encomiables, convenientes a todas las personas, sin reserva pero no alguna distinción, pues tratándose de un magistrado o juez, el encarecimiento debe ser mayor que en el resto, en razón de su tarea y empeño profesional. Finalmente, por poner sólo tres ejemplos, citemos el caso de los políticos: tratándose de una actividad de dominio público, acumuladora de poder y que a la comunidad entera repercute, no parece abusivo ni arbitrio que, también derivado de la especificidad de las funciones y responsabilidades propias de la actividad, les sea exigida a quienes la ejercen una especial prudencia y diligencia en sus actuaciones, una mayor transparencia en sus actos, una rigurosa exigencia de responsabilidades, pues por sus manos (y carteras) pasan asuntos de interés general.

Higiene, equidad y prudencia son, entre otros, valores convenientes para cualquier persona, pero, debemos añadir, para unos más necesarios y exigibles que para otros. A propósito del filósofo (no hablo ahora del profesor de filosofía), ¿cuál el rasgo característico de su quehacer y por el cual juzgamos su posible valía y competencia?

Rafael, La Escuela de Atenas

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Si hay alguna actividad que provoque tantas polémicas y disgustos a la hora de definirse, ésa es, de seguro, la filosofía. Por lo tanto, evitaré de entrada atacar con una fulminante afirmación (que sin duda me fulminaría a mí a continuación), confiando en que la descripción que sigue muestre mi comprensión de la misma. Dejando, pues, de lado lo que el filósofo es, veamos lo que hace: el filósofo reflexiona y piensa en torno a ideas y conceptos que tratan, en instancia principal, sobre la condición humana y su circunstancia (o la circunstancia contemplada desde su condición). Su propósito es comprender lo real, para dejarlo como está o para intentar transformarlo, para ampliarlo o reducirlo, para racionalizarlo más o para cubrirlo aún más de dudas. Algo resulta, con todo, menos disputable: el filósofo frecuenta –y acaso pretende precisar mejor– conceptos como los de verdad, libertad, dignidad, virtud y justicia, dando como resultado que estas ideas, entre las otras con que opera, les son más conocidas, conocimiento que debería servirle más y mejor a que otros menos concentrados en la materia.

Un filósofo no se distingue porque tenga siempre razón, frente a otro que no la tenga, sino porque tenga siempre razones (o más razones) que ofrecer al demás. A diferencia del sacerdote o del monje (con los que a veces es confundido, y no siempre por culpa de éstos), el filósofo no aspira tanto a la gracia o la santidad como al saber y a la virtud: esta aspiración no le hace automáticamente más feliz o más virtuoso, pero, frente a lo que digan los cínicos de hoy en día, no por desarrollar esa búsqueda debería convertirse en más rufián o indigno. Dicho esto con todos los respetos a los sofistas.

La racionalidad filosófica le ofrece al individuo unas herramientas tales que, cuando se familiariza con ellas y las utiliza con habilidad y lucidez, le sitúa en un lugar más privilegiado para tratar sobre esas cuestiones que denominamos filosóficas. ¿No será justo, si ése es su cometido, que le exijamos, como a los demás, una labor bien hecha y una actitud en correcta consonancia con ella?

Una vida filosófica no puede vivirse de cualquier manera. Ninguna, podríamos añadir. Pero la filosófica menos, deberemos agregar. El sincero ejercicio del entendimiento comporta una nueva perspectiva de las cosas que no puede ser trivial ni banal; debe ser crítica y enriquecedora, los aprecie o no la sociedad.

Desgraciadamente, al quedar hoy refugiada la filosofía en los claustros y seminarios del mundo académico (incluso estas mismas expresiones nos retrotraen a sus antepasados escolásticos que tanto les van a marcar), los filósofos han pasado a convertirse en profesionales de la filosofía, profesores de filosofía, funcionarios de carrera, que en la mayoría de las ocasiones disertan sobre la teoría de la verdad o sobre la acción comunicativa con la misma profesionalidad que le daría a sus faenas un ingeniero industrial o un perito agrícola. Hoy, que un filósofo se presente en público simplemente como «filósofo» resulta pomposo, pretencioso o pedante. ¿Por qué será?

Este comportamiento particularizador, y notablemente singular, del que hablo no merece ser confundido con los modelos socializadores que imponen determinado modo de vida acorde con unas reglas o normas, algo más propio de las ideologías o de los protocolos de conducta sectaria, ni con concebir la existencia como el sacrificado acomodo a unos dogmas y creencias previamente aceptadas, lo que caracteriza más a las religiones. Pues, aquí hablamos de la vida en relación a la filosofía, y no a la ideología o a la religión. Tampoco a la literatura.

El escritor y filósofo Jean-Paul Sartre, refiriéndose a sí mismo, hizo la siguiente confesión a Simone de Beauvoir:

«no procuro proteger mi vida a posteriori a través de mi filosofía, lo cual sería canallesco ni acomodar mi vida a posteriori a través de mi filosofía, lo cual sería pedante, sino que de veras vida y filosofía son una misma cosa.»

Hermosas palabras. Excelente declaración. No obstante, conociendo la trasegada existencia existencialista de Sartre, su exhibicionismo patológico, su tendencia a la imaginación y la simulación, su gusto por la recreación y la ficción, su filotiranía –característica de «pensadores temerarios» (Mark Lilla)–, uno podría preguntarse si el autor de La náusea, escribía tales líneas más como literato que como filósofo. Mas el asunto de la vida y la literatura es otra historia.

Nota

{1} El presente ensayo vio las primeras luces de la imprenta en forma de capítulo del libro del autor, Razones para la ética. Ensayos de ética autónoma y de humanismo racional, Ediciones Alfons el Magnànim-IVEI, Colección Novatores, nº 2, Valencia, 1996, págs. 267. El título original del capítulo lleva por título «¿Qué es una vida filosófica?». Con ocasión de esta versión electrónica del texto, se ofrece al lector una nueva redacción del mismo.

Notas:

Fuente: http://www.nodulo.org/ec/2010/n097p07.htm

SPAIN.  29 de marzo de 2010

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