Actualizando a los clásicos

Cada vez que me preguntan por la utilidad de la Filosofía me reboto. Si una mirada, un poema, un gemido de gozo o una sonrisa pueden carecer de utilidad y, sin embargo, determinar el curso entero de una existencia, ¿a qué exigir a la Filosofía más utilidad que la de ayudarnos a entender que en esta vida no sólo lo útil es importante?

Actualizando a los clásicos

Convendría recordar a quienes desprecian el carácter inconcreto y abstracto de las cavilaciones filosóficas que el estudio de la historia de la Filosofía puede ayudarnos a aceptar nuestra insignificancia. Así como el universo no es sólo nuestro minúsculo planeta, nuestras preocupaciones habituales tampoco tienen mucho de original: hemos llegado a este mundo con el partido ya empezado y nos conviene conocer las reglas de juego antes de salir al campo o de pretender cambiarlas. Por mucho ombligo que tengamos, somos fruto de una secuencia evolutiva y generacional en la que las ideas y obras de artistas, científicos y pensadores han determinado el modo en que planteamos nuestras coordenadas vitales, incluso aunque lo ignoremos.

Tomemos, por ejemplo, la teoría del punto medio aristotélico, sea en la versión popular del refranero, allá donde «está la virtud», en su vertiente budista de El camino del medio o en su literalidad filosófica por la que el Estagirita nos recomienda prudencia en las decisiones o alaba las ventajas de no ser ni rico ni pobre. Así, en frío, sus palabras pueden ser redundantes o aburridas para un sufrido estudiante de Bachillerato y, sin embargo, yo las encuentro de palpitante actualidad a la hora de reconducir nuestra natural tendencia al extremismo.

Pienso en Aristóteles constantemente, sobre todo cuando observo qué difícil es el equilibrio entre el dar y el recibir, cómo el mundo se escinde entre gorrones y desprendidos, entre quienes avasallan con sus dádivas y los que nunca reciben lo bastante. O somos muy machos o demasiado sensibles, o acelerados o huevazos, chismosos o indiferentes, charlatanes o silentes, enfadadizos o apocados, empalagosos o impasibles… en fin, que lo del punto medio está fatal, dificilísimo de encontrar por mucho que haya llovido desde la Grecia clásica.

La «pasión fría», que decía no recuerdo quién. Esa capacidad para atender las emociones sin dejarse dominar por ellas expresaría el ideal de sabiduría que nos propone Aristóteles. Y ha sido a cuenta de un artículo titulado «La escuela saca suspenso en emociones» (El País, 5-9-08) cuando he vuelto a acordarme del Filósofo. No discutiré su tesis principal porque la comparto plenamente: los avances en psicología y neurociencias no dejan lugar a dudas sobre el papel de la inteligencia emocional en los procesos de aprendizaje, con las consecuencias que ello implica a la hora de motivar al alumno, afrontar los conflictos escolares y replantearse las estrategias docentes. Me he acordado de Aristóteles al leer el párrafo en donde, para concretar las excelencias de la educación emocional, se aludía a «los profesores que piden más disciplina y más mano dura porque aún no se han dado cuenta de que esa vía está equivocada».

Yo no lo tengo tan claro. No entiendo por qué se contrapone la vía emocional a la disciplina cuando, en mi opinión, lo adecuado sería una «disciplina emocional», hecha de consensos, negociaciones y compromisos que han de aplicarse con firmeza y rigor, si se prefiere evitar la expresión «mano dura». El atender las necesidades emocionales del alumnado no tiene por qué hacerse a costa de la disciplina. Habrá que explicar, comprender, medir, pautar y asimilar la necesidad de la disciplina escolar, de esos hábitos y automatismos que forjan el carácter, pero creer que los problemas del sistema educativo pueden solucionarse sólo a base de comprensión, diálogo y «buen rollito», además de falso, es un planteamiento que puede empeorar las cosas todavía más. Ay, Aristóteles, ¡qué consejos tan sencillos y difíciles de asimilar nos legaste!

Tomemos ahora a Platón, sí, el de la caverna, aquella primera versión del cinematógrafo en donde unos prisioneros vivían tan convencidos de que las imágenes y sonidos proyectados en el interior de su cueva componían la realidad toda, que se enfadaban contra quien pretendiera insinuarles que la vida auténtica trascurría al otro lado de la pantalla. Si el alma de Platón trasmigrara hasta nuestros días y entrara en nuestros institutos creyendo que entraba en su Academia, ¿acaso no se quedaría perplejo cuando los alumnos desdeñaran la ortografía porque Microsoft Word ya corrige sus fallos o cuando confundieran investigar alguna cuestión con oprimir la tecla de imprimir después de haber escrito en Google el nombre del asunto en cuestión?

Para no olvidar lo ya dicho sobre el punto medio, no seré yo quien desdeñe las excelencias de la informática ni cuestione su valioso potencial educativo. Ahora bien, vivimos tiempos de tanta fascinación por los soportes tecnológicos que, a veces, parecemos olvidar que no hay manejo de ordenador más potente que el de nuestra propia cabeza. Instrumentalmente, puede ser más eficaz el aparato, pero si eso nos lleva a no distinguir entre lo virtual y lo real, si fomentamos que niños y jóvenes prefieran habitar en el interior de las pantallas y despreciamos los modos tradicionales de la crianza, apaga y vámonos. Luego no nos asustemos cuando nos crezcan los marcianos. Es el caso, en mi opinión, de otro artículo educativo, «El ratón con pañales» (El País, 4-9-08), en donde se defienden las ventajas de iniciar en la informática a los niños a partir de los 18 meses. Nuevamente, los argumentos tienen gran matiz emocional: «les encanta», «piden un ratito más», «están extasiados delante de la pantalla», «mantienen la motivación», etcétera, como si las cosas fueran convenientes sólo por ser placenteras. Se argumenta, además, cómo los niños más torpes pueden realizar en ellos tareas que les suben la autoestima y se defienden unas virtualidades educativas que no soy quien para impugnar pero que me recuerdan a quienes, por decir que han utilizado juegos «educativos», ya dan por buenas todas las horas que pasan sus hijos frente al ordenador.

Yo tenía por evidente que todos los seres humanos nos sentimos atraídos por el despliegue lumínico y dinámico de una u otra pantalla. Es más, cuando oí a un abuelo decir que su nieto de un año era muy listo porque se quedaba clavado delante del vídeo, sinceramente, me quedé atónito. Ahora, leo algo semejante en boca de profesionales de la educación infantil y, vean ustedes qué deformación produce la filosofía, sólo se me ocurre pensar en el mito platónico y en un futuro próximo en el que los niños preferirán quedarse en la caverna informática convencidos de que no hay vida fuera de sus aparatos porque la realidad no brilla tanto como los colorines de sus pantallas. «¡Qué extraños prisioneros -dijo Glaucón-. Iguales que nosotros, respondí». (La República, libro VII, Platón).

VICENTE CARRIÓN ARREGUI

PROFESOR DE FILOSOFÍA

Notas:

Fuente: http://www.diariovasco.com/20081130/opinion/articulos-opinion/actualizando-clasicos-20081130.html

Domingo, 30 de noviembre de 2008

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