Algunas lecturas malignas

Libros recientes han indagado concienzudamente en el fenómeno de la literatura. De la lectura, más en concreto. De la influencia. Sylvain Gouguenheim con ‘Aristóteles y el islam’(Gredos) y Fernando Múgica con ‘John Stuart Mill, lector de Tocqueville’ trabajan en la falsedad o en lo cierto del camino de estas influencias, en la asunción de principios comunes o en las erradas interpretaciones. ‘Los libros del gran dictador. Las lecturas que moldearon la vida e ideología de Adolf Hitler’ (Destino), de Timothy W. Ryback, por su parte, bien podría titularse como el de Georges Bataille, ‘La literatura y el mal’ (Nortesur).

Casi todos los lectores leen menos de lo que querrían, y también peor de lo que deberían. Los que piensan que con más libros seríamos indudablemente mejores, los humanistas, no tienen más remedio que decir que Hitler, autodidacta, leyó mal. Muchas malas cosas, y malamente. Ryback ha repasado en su libro la biblioteca inmensa del führer como se ha hecho con las de Spinoza y Kant. Si con los filósofos se ha buscado el germen del genio, Ryback ha puesto una lupa sobre los rastros de la sangría. Bataille, en su selección de ensayos sobre la maldad esteticista, fundamenta una malignidad esencial en la belleza de ciertos hallazgos.

Georges Bataille habla sobre Emily Brönte, el marqués de Sade, Michelet, Kafka, Baudelaire, Jean Genet, Kakfa o Proust. Son ensayos compilados a principios de los años 50, publicados dispersamente en su origen. Son desiguales, y la noción de mal conoce aquí (entre texto y texto) serias variaciones como acepción. Son prosas tan libres como desparejas (también en calidad).
Cumbres surrealistas

“La generación a la que pertenezco es tumultuosa. Nació a la vida literaria a los tumultos del surrealismo”, empieza Bataille, heterodoxo (¡hereje!) de la secta de Breton, ídolo (tardío en edad) de muchos de la segunda mitad del siglo XX. El primer capítulo habla sobre ‘Cumbres borrascosas’, novela amada por el surrealismo (el “amour fou”). El hecho de que este romanticismo satanizante, que flamea maldad, haya sido concebido por una joven soltera apartada del mundo y de piadosa religiosidad potencia además su misterio.

“La sexualidad implica la muerte no sólo porque los recién llegados prolongan y sustituyen a los desaparecidos, sino además porque la sexualidad pone en juego la vida del ser que se reproduce”. Esta ansia necrófila de la libido conduce ineluctablemente a la infracción. Heathcliff es el mal absoluto. Sólo justificable en parte, de ahí el origen difuso de su conducta. Bataille habla del hombre malo sacrílego, emancipado de su comunidad… hasta donde pueda. Cita Bataille a Sartre (a quien sigue muy de cerca cuando habla de Baudelaire y de Genet):

“Hacer el mal por el mal es exactamente hacer a propósito lo contrario de aquello que se continúa considerando el bien. Es querer lo que no se quiere…Entre sus actos y los del culpable vulgar existe la misma diferencia que entre las misas negras y el ateísmo”. Desde luego, sólo una lectura religiosa permite hablar del mal absoluto como algo deseable. Amar el mal, según muchos, es una contradicción en los términos. De ahí el matiz un tanto esotérico de lo poético aquí. O de lo poético hecho vida. Como Sade y sus torturas, o Genet y su “propensión vertiginosa a la abyección”, su amor a la traición. Se cuenta que se enamoró (lo cuenta Genet en ‘Diario de un ladrón’) de un tal Armand que le dice:
Sade y San Genet

“¿Qué crees? Cuando es útil, yo, me oyes, no ataco viejos sino a viejas. No a los hombres sino a las mujeres. Y además elijo a las más débiles. Necesito la pasta.”. En otros autores, la propuesta estrictamente maligna parece un poco atemperada. Porque una cosa es el mal porque sí, y otra el mal que es bien camuflado, prófugo, defensivo, arrepentido… hay muchos matices. Pocos están a la altura de Sade o de “San Genet” (que lo llama Sartre). Sobre William Blake, trata el mal de sus visiones de tigres y fieros leones pero a través del miedo (que es un mal pasivo) y de la oposición activa, la alternativa:

“La religión que tiene la pureza de la poesía, la religión que tiene la exigencia de la poesía, no puede tener más poder que el diablo, que es la pura esencia de la poesía. Aunque lo quiera, la poesia no puede edificar; destruye, sólo es verdad cuando se rebela. El pecado y la condenación inspiraban a Milton; el paraíso, en cambio, le retiraba el impulso poético”.

La literatura que es fruto u origen del crimen planea por aquí. Entre el ocultismo, las memorias de guerra y Karl May y otras claves bibliófilas hitlerianas, Ryback encuentra clásicos del racismo de aquellas generaciones. Pero los autores de ‘La muerte de la gran raza’, de los ‘Ensayos alemanes’ o ‘El judío internacional: el principal problema del mundo’ no fueron más que germen de un crimen. Así, el salto entre Henry Ford y Hitler es inmenso. Al inconmensurable genio, como al inconmensurable malvado (Heathcliff, Hitler), le rodea el misterio (también en sus bibliotecas).

‘La literatura y el mal’
Georges Bataille.
Traducción: Lourdes Ortiz.
Nortesur,
2010.
Página 216.

Notas:

Fuente: http://www.elmundo.es/elmundo/2010/11/10/cultura/1289380000.html

SPAIN.  11 de noviembre de 2010

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