Apelar a la filosofía

El texto reproduce la conferencia dictada en el acto por el 60º Aniversario del Congreso Nacional de Filosofía de 1949, realizado en la Universidad de Cuyo.

El punto de partida de la conferencia pronunciada por el general Perón –en el Primer Congreso Nacional de Filosofía, realizado en 1949– tiene una singular actualidad. A fines de la década del ’40 se vivía, en palabras de Perón, “la crisis de valores más profunda” de la sociedad y del hombre.

Hoy podríamos repetir esa frase y no estaríamos equivocados. La crisis actual no es una mera crisis económica. Es la expresión de cambios muy complejos, profundos y veloces, que marcan el final de un ciclo de desarrollo del modelo capitalista y la apertura hacia senderos que por ahora aparecen rodeados de gran incertidumbre. En contextos de este tipo, las respuestas requieren, como lo hiciera Perón hace sesenta años, una apelación a la filosofía. La filosofía y, más específicamente aún, la ética, son las herramientas indispensables construidas por el ser humano para encarar los dilemas que plantean estos períodos de la historia.

Nadie puede negar que estemos atravesando un período histórico donde los diagnósticos sobre la sociedad, así como las respuestas a dichos diagnósticos, movilizan no sólo conocimientos científicos o técnicos, sino los sistemas básicos de valores de los ciudadanos y de los grupos sociales.

Existen múltiples maneras de evocar aquel Congreso de Filosofía y la conferencia del general Perón. Quisiera, entre todas ellas, recuperar dos aspectos centrales de aquel acontecimiento. Por un lado, la apelación a la filosofía social o a la filosofía política y, por el otro, la centralidad del debate sobre la cohesión social, la justicia y la construcción de la idea de comunidad.

Hoy, como hace sesenta años, el sentido de la acción social se define por la posición que se asuma frente a la cuestión de la justicia social. Construir una sociedad justa ha sido, y sigue siendo, el ideal que orienta las acciones de aquellos que se definen éticamente por valores de solidaridad, bien común, derechos humanos, paz y libertad. Pero si bien la justicia social está en el centro de nuestros debates, las formas para alcanzarla se han modificado sustancialmente.

Hacer justicia hoy es darles más a los que tienen menos, no lo mismo a todos. Pero no se trata sólo de dar “más”, sino de tener en cuenta el sujeto que existe de esa categoría general de “excluido”. En este sentido, todos sabemos que la educación anticipa el futuro, y si queremos construir una sociedad justa es fundamental que hoy construyamos una educación y una escuela justa.

Pero una escuela justa no se agota en los procesos institucionales de selección, evaluación, financiamiento y trayectorias de formación. Una escuela justa no puede ser neutral frente a los contenidos culturales que ella debe transmitir. En pocas palabras, una escuela justa debe ser capaz de brindar a todos una educación de buena calidad donde la adhesión a la justicia constituya un valor central.

La escuela universal y obligatoria, a cargo de maestros formados profesionalmente a través de instituciones educativas especiales, fue la respuesta a la demanda de formación del ciudadano para el Estado-Nación. ¿Será ésta la respuesta para las demandas de formación del ciudadano reflexivo que demanda el siglo XXI? Estas preguntas implican también un interrogante acerca de la formación de las elites. Si bien en una sociedad democrática la distinción entre los miembros de las elites dirigentes y el resto de la ciudadanía es una distinción dinámica, lo cierto es que la responsabilidad por las decisiones es mucho mayor en aquellos que manejan áreas más sensibles desde el punto de vista de las consecuencias de sus decisiones: los científicos, los dirigentes políticos, los dirigentes empresarios. Por último, estas decisiones ya no podrán ser limitadas espacialmente al ámbito del territorio local o nacional. La responsabilidad también asumirá una dimensión internacional y al nivel del género humano. Como toda etapa crucial de la historia, abre siempre la opción de la incertidumbre o la esperanza. Los educadores apostamos siempre por la esperanza.

Juan Carlos Tedesco

Ministro de Educación.

Notas:

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/universidad/10-122971-2009-04-10.html

ARGENTINA.  10 de abril de 2009

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