Carlos Castrodeza: conquistas darwinianas


Carlos Castrodeza y Charles Darwin

Hace unos días fallecía repentinamente en Madrid el que fuera mi profesor y amigo Carlos Castrodeza (1945), autor, entre otras obras, de La Marsopa de Heidegger (Dykinson), Nihilismo y supervivencia: una expresión naturalista de lo Inefable (Trotta) y, su libro más reciente, publicado en la editorial barcelonesa Herder, La darwinización del mundo.

Castrodeza fue un docente cercano y extremadamente carismático; siempre polémico en la exposición y contenido de sus tesis (que no ocultaba ni siquiera en el ejercicio de su profesión), intentaba inculcar en sus alumnos la necesidad de tomar en serio, de una vez por todas, el Origen de las especies. Sirva esta breve entrada como homenaje y acercamiento a su pensamiento.


Herder, 2009, 416 pp., 19,80 €.

«Nada es más fácil admitir en palabras –aseguraba Darwin en los primeros compases del capítulo III de su más célebre escrito– que la verdad de la lucha universal por la existencia, ni más difícil, al menos para mí lo ha sido, que llevar constantemente fija esta idea en nuestra inteligencia. [...] [N]o vemos u olvidamos que los pájaros que cantan ociosamente en derredor nuestro viven, en su mayor parte, de insectos o semillas, y que de este modo están constantemente destruyendo la vida».

Aunque no se trata, a juicio de Castrodeza, de llevar a cabo un estudio de fondo “melodramático” en torno a la figura del iglés, sí hemos de tener en cuenta que «la injusticia, el sufrimiento y la explotación de los unos sobre los otros sigue siendo moneda de curso legal» (La darwinización del mundo, p. 19). ¿A qué se refiere Castrodeza con la conjugación verbal “sigue siendo”? ¿Acaso aquella lucha o conflicto eterno de todos contra todos conoció algún descanso?

En absoluto. A pesar de ello sí es cierto que nuestra consciencia sobre lo que podríamos llamar “naturaleza irracional”, esa fulgurante e inextinguible pugna por obtener los recursos necesarios para la supervivencia, se ha visto mediatizada en distintos momentos de la historia del pensamiento y de la ciencia por dogmas e ideas que no siempre dejaron ver la realidad con los genuinos anteojos darwinianos: que todo cuanto existe lo hace en virtud de la casualidad, gracias a la aparición y desarrollo de elementos aleatorios que nada tienen que ver con los designios de un supraente providente que vela en cada momento por la satisfacción de nuestros intereses y deseos.

  La selección natural es el icono que representa la naturalización de la existencia, la concreción de que todo lo que existe, existe por una razón y esta razón siempre es banal, de Perogrullo. Se existe porque se dan las condiciones para existir, no porque haya habido un proceso neto de selección perfeccionante. Sí, existe un símil de perfección en los llamados productos acabados, pero una vez que se sigue el proceso de formación se constata que son la suerte, la oportunidad y la propia naturaleza (estructura) de la entidad en cuestión las que van ocupando nichos al mismo tiempo que los crean.

Carlos Castrodeza, La darwinización del mundo, p. 71


“Se producen más individuos de los que es posible que sobrevivan; tiene que haber forzosamente en todos los casos una lucha por la existencia”.

Un proceso que hemos llegado a tildar de milagroso, de providencial (como decíamos antes), en tanto que desconocemos los pormenores de su formación y despliegue. Castrodeza estaba convencido de que tras la quinta etapa que Robert J. Richards estableció al hilo de la recepción de los escritos de Darwin (en la que se hablaba de la conformación de una sociología de la ciencia), llegaría una sexta y quizás definitiva, que él mismo resumía de esta manera: «[una época] en la que no solo se procede a biologizar desde una perspectiva darwiniana dicha pose cultural que constituye la sociología del pensamiento científico (frente a las culturas humanista y científica propiamente dichas), sino que se potencia la biologización, siempre darwiniana, del pensamiento en general en sus tres directrices básicas: la ontoepistémica, la ético-política y la estética» (ibid., p. 17).

A juicio de Castrodeza, la principal intención de Darwin con su Origen de las especies habría sido demostrar que el fenómeno, tan inexplicable como constatable, de la adaptación no se hallaba propiciado por ningún tipo de divinidad, sino tan solo por causas naturales: «Su idea, naturalmente, igual que la idea ortodoxa actual, era que los que mejor se ajustan al medio, generacionalmente hablando, son los que mejor sobreviven y, por ende, se reproducen. Es decir, que existe una especie de diseño que se va propiciando aleatoriamente y mejora por causas naturales, y no por obra y gracia de un diseñador divino o una inteligencia superior extraterrestre» (ibid., p. 61).

Invito a todos aquellos interesados en teoría y filosofía de la ciencia, así como en la recepción de los escritos de Darwin en el panorama filosófico y científico español, a leer y estudiar las obras de Carlos Castrodeza –que a nadie dejarán indiferentes. En este enlace podréis escucharle en una breve entrevista:

http://www.infouma.uma.es/joomla/index.php?option=com_content&task=view&id=216&Itemid=50 ;

también aquí:
http://www.elcorreogallego.es/gente-y-comunicacion/ecg/carlos-castrodeza-ve-darwin-un-paradigma-genios-cientificos/idEdicion-2009-10-15/idNoticia-477397/ .

  La máquina humana quiere descubrir la piedra filosofal que a modo de llave maestra le haga, o bien acceder directamente a los recursos, o bien le haga emplear mejor sus propias fuerzas sabiendo a qué atenerse. La clave está en la ciencia y, específicamente, en la filosofía, porque la ciencia –sciencia para los latinos, episteme para los griegos– antes que ciencia fue filosofía en el sentido de afinidad con la sabiduría.

La Marsopa de Heidegger, Carlos Castrodeza, , pp. 33-34

Notas:

Fuente:  http://apuntesdelechuza.wordpress.com/tag/la-marsopa-de-heidegger/

23 de abril de 2012

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