Contexto, deconstrucción y sicoanálisis

Geoffrey Bennington, en su libro sobre Jacques Derrida, asevera que la deconstrucción no es esencialmente una filosofía de tipo kantiano y no puede conformarse con la idea de condiciones de posibilidad y todo lo que ella implica.

Centrándonos en el asunto del contexto, Bennington advierte de entrada que la tarea de restablecer un contexto, en teoría, es infinita y conduciría a las paradojas mostradas en el conocido cuento de Jorge Luis Borges, Funes el memorioso. “Todo elemento del contexto es, en sí mismo, un texto en su contexto que, a su vez (...), etcétera. O bien, todo texto (no) es (más que) parte de un contexto. No existen más que contextos, y no puede proceder a la distinción habitual entre texto y contexto si no se ha sacado ya el texto mismo fuera de (su) contexto, antes de exigir que vuelva a situarse en él”.

Si aceptamos lo que Derrida sostenía sobre la conciencia y la intención, que impide que en rigor se pueda decidir lo que (quiere decir) un texto, debemos aceptar “que toda exigencia de recolocación en el contexto es interesada y no puede ser neutral. Sin el recurso, en última instancia, a la intención (que se reconstituye a posteriori para justificar –siempre demasiado tarde– una lectura que ya se ha hecho), ya sea la intención de un inconsciente o un sujeto colectivo, incluso de un espíritu (del tiempo o del mundo), no se puede verdaderamente organizar o centrar un contexto”.

En palabras de Derrida: en la medida en que toda huella es huella de huella, ningún texto es suficientemente él para prescindir del contexto.

A posteriori, posterioridad, nachträglich, palabra de uso corriente en los textos freudianos. Usada a menudo por Freud en su forma sustantiva nachträglichkeit, lo que viene a demostrar (Laplanche y Pontalis) que, para él esta noción de “posterioridad” forma parte de su aparato conceptual. Palabra utilizada en sus textos en relación con su concepción de la temporalidad y de la causalidad psíquicas: experiencias, impresiones y huellas mnémicas que son modificadas ulteriormente en función de nuevas experiencias y que adquieren entonces un nuevo sentido. La base del siquismo, no hay que olvidarlo, es la diferencia incaptable entre las diversas huellas. Asunto de texto y contexto en el sentido derridiano.

Por tanto, no es por azar que Freud en un momento decisivo del arranque de su teoría recurra a modelos metafóricos que parten de una grafía exterior y posterior a la palabra. Freud apela con ella a signos que no vienen a transcribir una palabra viva y plena, presente en sí y dueña de sí. Freud no se sirve simplemente de la metáfora de la escritura no fonética; no considera conveniente mejorar metáforas escriturales con fines didácticos.

La metáfora sólo le es indispensable si le aclara, quizá de rechazo, el sentido de la huella en general y, articulándose con éste, el sentido de la huella en general y, en consecuencia, articulándose con éste, el sentido de la escritura en sentido corriente. Derrida encuentra que mediante la insistencia de su inversión metafórica, Freud vuelve enigmático, por el contrario, aquello que se cree conocer con el nombre de escritura.

Aunque en ningún momento se llama escritura en “El Proyecto”, al abrirse paso, las exigencias contradictorias a las que va a responder con su texto “El block maravilloso”, están formuladas en términos idénticos. “Retener aún permaneciendo capaz de recibir”. En este abrirse paso, Freud piensa al mismo tiempo la fuerza y el lugar.

Semejantes concepciones del siquismo humano se correlacionan con las reflexiones derridianas de la escritura, la diferencia, el tiempo, el texto y el contexto.

Deconstrucción y sicoanálisis, ambos caminos sinuosos en los que el tiempo atemporal, la huella, el no origen, el trazo, la escritura y los efectos de la posterioridad nos conducen a ver al ser sin ambages, sin falsos artificios, en su desamparo originario, con su dolor y finitud.

Notas:

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2008/08/15/index.php?section=opinion&article=a04a1cul

viernes 15 de agosto de 2008

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