Corrupcion y etica profesional

Al fondo del ojo, el punto de contacto con el niervo óptico provoca en ciertas condiciones lo que llamamos “el punto ciego”, que viene a ser la pérdida de visión de un objeto por instante. Casi nunca nos damos cuenta, pero se presenta en algunos momentos especialmente cuando miramos lejos. Los choferes de autos también conocen el fenómeno del “punto ciego” llamado también “ángulo muerto”: hay un instante corto, cuando el auto que te adelanta desaparece de la vista del retrovisor externo; y es un momento que puede ser peligroso.

Con este ejemplo, quisiera hacer una analogía entre la moral y la ética, la búsqueda del bien y la calidad de los servicios profesionales. Buscar el bien o la justicia exige una atención particular, un discernimiento, pero muchas veces, nos quedamos trabajando con los ojos fijos en el timón de la bicicleta, sin levantar la vista para apreciar el contexto complejo en el que nos encontramos, y se crea un “punto ciego” que no permite cumplir los criterios de lo que está bien y de lo que es justo. En otras palabras: cumplir el bien está en la voluntad, pero no siempre alcanzamos su realización, más que todo por ceguera.

En estas siguientes líneas, quiero contribuir con instrumentos de la ciencia ética en distinguir entre lo que es ética o moral, a fin de entenderlos mejor en el actual contexto peruano, donde se habla mucho de corrupción y de lucha anti-corrupción, de comisión ética -hasta en el Congreso Nacional donde algunos congresistas fueron rechazados de su banca-. Diferenciar para no confundir, revisitar los fundamentos de ¿qué es la moralidad? ¿Qué nos permite avanzar con inteligencia hacia el bien? y así tal vez, luchar contra la corrupción en su sentido amplio, yendo más allá del mero cumplimiento de la ley, sino a contribuir a que se mantengan los vínculos esenciales de la sociedad humana.

De algunas distinciones
Me parece importante definir unos términos antes de argumentar y espero no perder al lector ó lectora en el camino. Un comportamiento se dice moral cuando un sujeto o agente actúa por el bien, siguiendo una ley justa, respetando al otro como persona, con una vista a las consecuencias posibles de la acción. La ética es reflexión sobre el actuar o comportamiento humano. Los dos términos tienen el mismo significado, aunque la ética se enfoca más en el proceso de la deliberación en un primer momento, y después en la decisión; mientras la moral se orienta sobre la conformidad con los principios, el bien. Hay que considerar aquí también el deber, en el sentido moral: obedecer a los principios, a las reglas, a las normas, en búsqueda del bien y por otro lado cumplir tareas con un rol profesional que exige obediencia a normas específicas de un sector u otro, esto es el deber profesional. Idealmente no deberíamos separarlos, pero en la realidad son muchas veces disyuntivos. Por ejemplo, en la profesión de abogado a nivel penal, la deontología no permite develar algunos puntos oscuros del crimen de su cliente (el secreto); necesario si él quiere cumplir su tarea de defensa. Eso, en cierto caso, puede entrar en conflicto con valores morales propios. Si el abogado tiene problema de consciencia, tendrá que renunciar a la defensa. Si él está seguro que un inocente será condenado en lugar de su cliente, ahora sí, debería renunciar al cargo, pues la justicia sobrepasa la deontología de su profesión. Una película como “el abogado del diablo” ilustra bien esa situación.

Así mismo, un ingeniero no debe reducir la calidad del diseño y materiales hasta comprometer la seguridad de una obra. Este es ejemplo de la articulación entre calidad de trabajo (ética profesional) y moralidad (respeto a los destinarios).

Un político en un cargo gubernamental no puede develar todo de una negociación cuando la seguridad nacional está en juego, pero la exigencia moral va en dirección de la transparencia; sino la tarea del político irá rápidamente en dirección del autoritarismo.

El problema mayor en el Perú es que hay una “tradición” -así dicha pero en el mal sentido de la palabra- que los políticos reciben beneficios ocultos, coimas para “servir” a sectores económicos peculiares. Mejor dicho, se “sirven” ellos mismos en naturaleza… Desaparece la ética y la moral, la seriedad profesional, pues ellos están precisamente para buscar el bien público general y no el de ellos mismos o de un grupo de interés. No puedo sino felicitar la iniciativa de que el Congreso tenga ahora su comisión de ética.

Hagamos ahora un pequeño desvío, visitando tres corrientes éticos: la ética antigua de Aristóteles, la ética según Emanuel Kant, y también la ética clásica andina que desde siglos estableció las bases para manejar la vida en sociedad.

En búsqueda del bien y de la felicidad: Aristóteles (-384-322)
El sistema ético de Aristóteles se enfoca sobre la noción de bien como connatural al hombre que busca su realización personal y social en busca de la felicidad. Para cumplir esa meta, son las virtudes que juegan el papel central. Nadie puede ser feliz sin que se desarrollen virtudes a nivel intelectual como la prudencia o a nivel moral como la justicia, el coraje, la perseverancia, etc. Aristóteles es heredero de Platón y en esa línea, el bien es objeto de movimiento, orientación, alcance. La filosofía moral (o ética) organizada acerca de esa noción del bien está enraizada en la psicología y en la acción. La cuestión de la moralidad no funciona sin un ser humano que conoce, desea, está afectado. La idea que existe un bien objetivo, -realidad y orden- explica que haya también en el hombre una fuerte aspiración a la racionalidad y a la objetividad en término de valores. Esa idea corresponde a la intuición que es posible de juzgar el bien según criterios estables. Su ética refleja en verdad una gran parte del sentido común, pero su punto débil se notará en la historia humana: para alcanzar a la felicidad, cada uno, cada pueblo, pisará los pies del otro en nombre de su definición del bien, correspondiente a los intereses de su grupo particular, ya sea étnico o nacional.

En búsqueda del deber justo: Emanuel Kant (1721-1804)
Con sus críticas en contra de sus antecesores, Kant revolucionó la mirada ética. Él tenía la preocupación de fondo de ir más allá de los intereses peculiares, para considerar el acto moral en sí, y refundar así la fuente de la moral, mirando la acción moral como tal, su validez de punto universal (para todos), sin consideración del agente (de los intereses-deseos), ni a sus efectos inmediatos. La razón práctica es el verdadero instrumento de la ética, este es el origen de la acción ético-moral, de modo independiente de los deseos o inclinaciones. La demonstración de Kant es bastante larga, pero alcanza al famoso imperativo categórico, -principio de acción base de los derechos humanos modernos-, que motiva a actuar en dirección del justo, enfatizando el deber puro : “Obra de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como fin, y nunca sólo como un medio”. Mi propio deseo egoísta que pisa al otro no alcanza a pretender ser moral dicho en otra palabra!

Este autor distingue entre deber como constricción de la voluntad (obligación proveniente de afuera, tal como una orden militar) y el deber puro, generado por la razón práctica, de manera autónoma, por la libertad del sujeto que hace suya una ley guía, en forma de una máxima universal: “obra como si tu máxima debiera servir al mismo tiempo de ley universal para todos los seres racionales”. De ahí podemos derivar que la razón práctica es naturalmente legisladora, pues lo que manda la razón y la voluntad es un imperativo. Los derechos “morales” -que respetan las personas-, han nacido desde ahí.

El descentramiento propuesto por E. Kant tuvo como consecuencia directa de poner la acción y la persona en el centro de la preocupación ético-moral y no solamente la felicidad y las virtudes, con el interés inmediato correlacionado fácilmente con estas.

Los tres pilares de la ética andina
Hay tres reglas de comportamiento fundamentales en la comunidad tradicional andina (ayllu), expresados en formas negativas: no seas ladrón, no seas mentiroso, no seas ocioso. El punto común de esos principios éticos es que cuando son respetados, mantienen el equilibro de la balanza en favor del bien común y la reciprocidad. Caso contrario, si lo ilustramos con el robo, este trastorna el equilibrio en la posesión de bienes y ganado, peligra la vida de los miembros del ayllu y además afecta la justicia distributiva para la subsistencia de las personas. No robar -dicho de otra manera- es la norma que establece la reciprocidad en cuanto a la propiedad. De igual manera, no mentir establece la reciprocidad a nivel de la verdad, en el sentido de equilibrio en el intercambio de información que puede ser vital en una comunidad en estado de precariedad. No ser ocioso establece la reciprocidad con respecto al trabajo, a su cantidad proporcional en el ayllu con su valor reconocido. Esos principios rigen las relaciones no-naturales (fuera de la familia stricto sensu), pero tienen por lo tanto un carácter imperativo; así que podemos compararlos al nivel kantiano de los principios a priori con carácter universal. No robar puede ser ilustrado por el respecto o no al medio ambiente: si unas empresas sacan el mineral de la tierra, contaminando el agua, no es respetar el orden del cosmos, ni la justicia distributiva frente a comunidades pobres viviendo en tal región.

Luchar contra la corrupción
Ahora podemos retomar el hilo rojo de la reflexión iniciada en este artículo. ¿En qué sentido revisitar los pilares de la ética puede ser útil para generar una verdadera cultura ética fundada en el respeto al bien y a la justicia?

Las formas de corrupción son varias y -según el sector de actividad- cambian. No sólo afecta a los políticos, aunque tal vez son los más expuestos a eso.

No veo soluciones simples sino luchar constantemente contra el mal de la corrupción por el bien y el respeto al otro. No deberíamos oponer las concepciones éticas de Aristóteles (moral atractiva) y de Kant (moral deontológica) pues, en realidad ambas se complementan.

En cuanto a la ética profesional, cada sector tiene sus enfoques a un primer nivel de perfección técnica; y cuando alcanza a finalidades que implican personas humanas, estará regida por criterios morales propiamente dichos. El odontólogo puede molestar un poco a su paciente, pero si realiza un trabajo de calidad con sus dientes, no hay mayor problema ética: deber y excelencia se confunden, y el dolor se irá. Un profesor se presentará a la hora a sus cursos, atento a sus alumnos, preparando su materia, etc., si tiene ética.

En un país donde la religión juega un papel importante, hay que mencionar que según la ética de Jesús de Nazaret, más allá del deber puro o de las virtudes de la obediencia a una ley -fuese “divina”-, la fuente de la moral se fomenta a partir del amor recibido como don de Dios y compartido al otro, visto como el prójimo. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo” , llevando el reto más allá todavía, cuando él habla del amor de los enemigos (ver Mateo cap.5, 43-48). Sin embargo, siendo crítico, observo a menudo que muchos creyentes “economizan” la reflexión ética, pensando que “el amor es suficiente” como criterio de valor ético para dirigir la vida. De acuerdo, pero no hay que olvidar cuantas aberraciones/horrores fueron cometidas en nombre del amor divino: las hogueras de la Inquisición, la Conquista, la Evangelización forzada, por no hablar hoy en día de la crisis provocada por los sacerdotes pedófilos en varios países. Lastimosamente, el “pobre Dios” queda instrumentalizado más que creído y amado; el ser humano también…

En conclusión, si no queremos mantenernos en el “punto ciego”, necesitamos de dos ojos que trabajen simultáneamente. A nivel ético-moral los interpreto como el deber y la búsqueda de la felicidad. Esos dos ojos permiten discernir el bien del mal y dirigirnos en la vida sin caer en la trampa tan fácil de la corrupción. Finalmente, invito a meditar esas palabras de un sabio, Martin Buber (1878-1965):

« En el estricto sentido, entendemos por ética, esa dimensión abierta por el « sí » y el « no » que el hombre puede pronunciar frente a las actitudes y a las acciones que le son posibles. La ética es eso que permite al hombre discriminar (separar) entre posibilidades. Gracias a ella, la aceptación o el rechazo de un acto proceden de una concepción interna de valores, y no de un juzgamiento práctico, dictado por el interés o el peligro que este representa para el individuo y para la sociedad ».

Nicolás Margot

Es de nacionalidad suizo, es teólogo con maestría en bioética, ha sido docente en la IDECA de Puno, residente en el Perú. Contacto por e-mail: .(JavaScript must be enabled to view this email address)

Notas:

Fuente:  http://www.losandes.com.pe/Sociedad/20111211/58910.html

PERU.  11 de diciembre de 2011

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