Crítica literaria kantiana

La vida humana, a diferencia de las otras, está hecha de muchos estamentos, ya históricos, ya filosóficos. A unos los hemos llamado científicos y a otros morales. Tal diferencia es arbitraria, pero necesaria para comprender y aceptar el mundo.
Nadie desconoce que las pinturas son espejos de la realidad y que la música es un modo que tiene el espíritu para manifestarse. El espíritu, esa idea borrosa, poco transparente, llena de vaho, sale a flote nítida a causa del esfuerzo ingente que los verdaderos artistas hacen. Sí, arte es sobre todo esfuerzo, esfuerzo por sacar a la luz la realidad humana, que ya muy poco tiene que ver con la materia.

Leyendo hoy al viejo Kant, al sabio Kant, al Kant de afanes estéticos, razoné que debajo de toda estética hay una lógica, pero una “trascendental”, “simbólica”. ¿Qué será lo “trascendental”? Los filósofos que han estudiado a Kant, por cierto, no se ponen de acuerdo en ello, por lo que tendré que esgrimir una definición provisional, esto es, una grosera honestidad: “trascendental” es lo que no depende de la materia, mas tampoco de la realidad. Dirían los señores Dámaso Alonso, Ludwig Wittgenstein y Thomas De Quincey que lo “transcendental” no es “ni materia ni espíritu”, sino algo “inclinado”, “perspicuo”, “angular”.

Atrás o debajo de un verso hay una lógica, pero siempre una adjetivada, cualificada, ora romántica o naturalista, ora ilustrada o idealista; y debajo de ésta hay una “sensibilidad”, con la cual se conocen los objetos. La lógica de un Madero, que estudió en París y en Berkeley, fue independentista, luego, su obra plasmó tal valor y fue ella misma independiente; la lógica de Byron fue individualista, por lo que ésta forjó tal valor con versos y fue ella misma poética singular. El arte es “organon”, síntesis, aunque tiene “forma” y “fondo”.

Sigamos medio explicando la estética de Kant. Los objetos, nos dice, que hieren a la “sensibilidad”, son pensados por el “entendimiento”, que con ellos crea “conceptos”. Un verso, veámoslo así, es un “concepto” tratante de espiritualidades, es “forma” que recoge o reúne lo disperso, lo regado, lo lejano; es arca, “nave”, diría Dámaso Alonso.

Así la cuestión, vislumbramos el nacimiento de la metáfora, que es el acto de acercar o englobar dos entes distantes. Podemos acercar un ente real, como una mujer, a un ente imaginario, como lo es el mar, y obtener así un drama condigno de la imaginación de Virgilio; podemos, además, adunar dos quimeras, Democracia e Igualdad, y crear un mito, un razonamiento falaz y pintoresco; y podemos fusionar dos cosas reales, un caballo y un hombre y hacer, así una fábula caballeresca. Del primer movimiento nace el drama; del segundo la épica y del tercero la lírica.

Es necesario, enseña Kant, que los filósofos sepan cuáles son conocimientos analíticos, naturales, producto de Dios, digamos, y cuáles son sintéticos, artificiales, producto del artificio del siempre misterioso lenguaje humano. El árbol es natural y también lo es la manzana que de él pende. El árbol, como todo, tiene su forma y su materia, su silueta y sus colores. Del árbol, por ser natural, debe observarse primero su “substancia”, su “química”, su “color”, y luego su “forma”. De la daga, en cambio, antes nos será interesante la “forma” y luego su “substancia”, el acero que es pendenciero solamente en siendo daga.

La misión del crítico consiste en desbrozar o en exponer (“expositio”) el proceso por el cual sucedió una obra de arte. Borges, que ha dispensado el ejemplo de la daga, pues recordé su “Evaristo Carriego”, que me recordó su nota llamada “Examen de metáforas”, incluida en su libro “Inquisiciones”, ha escrito: “El idioma es un ordenamiento eficaz de esa enigmática abundancia del mundo. Lo que nombramos sustantivo no es sino abreviatura de adjetivos y su falaz probabilidad, muchas veces”. Atendiendo a nuestro autor sacamos en limpio que el acero, “sustantivo”, deja de serlo al volverse daga y que el árbol deja de ser árbol al volverse mero color. ¿Qué representa una enorme mancha verde salpicada de café? ¿“El jardín de las delicias”, de El Bosco? ¿Qué el “capricho de hembra” sin espada para ahitarse de carne del libro de Job? ¿Qué es el acero sin forma? ¿Qué un millón de árboles que no están juntos?

Tales preguntas rayan en lo incoherente, lugar mental donde se practica, según mi maestro Leopoldo Alas, la “crítica recreativa”, ardid lúdico que a nada lleva, arte ácrata. La “materia” del árbol, distinguida y signada por su verdor y altor, es pensada como parte del tiempo, pues perdura, pues más fácilmente hay verde sin árbol que árbol sin verde; la “forma”, en cambio, signada por líneas y por la posición, es entendida como parte del espacio, pues más fácil es figurarse un árbol usando líneas que usando texturas y sombras. Lo temporal, dicta Kant, es interior, parte de la conciencia, aparentemente, en tanto que el espacio es exterior, condición necesaria para tener cualquier experiencia. Las dos categorías, la de espacio y la de tiempo, contienen la “lógica” sobre la que descansa el arte.

El arte es una como especie de escarificación que se hace sobre la piel del espacio, que es retenido y saturado, discernible y observable merced a la idea del tiempo. He querido meditar muy someramente este asunto porque he leído últimamente varios articulejos de sendos críticos de arte de más embuste que fuste, artículos donde hay más “recreación” que crítica, artículos que hacen gala de picardía pero que no llevan al lector al conocimiento de los fundamentos del arte, que debe explicarse, a decir del Leopoldo Alas de 1889, con “originalidad”, sí, pero con más “fuerza de argumentación”, “mas no ya referida al filósofo de la estética y al crítico del arte, sino al mismo artista”. Sólo el artista de verdad es capaz de explicar cómo sucede una obra de arte, fenómeno que acaece en su pecho día tras día, hora tras hora.

Notas:

Fuente:  http://www.todoliteratura.es/noticia/7219/PENSAMIENTO/Critica-literaria-kantiana-por-Edvardo-Zeind-Palafox.html

11 de julio de 2014.  ESPAÑA

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