Dejad que los libros hablen

Mis vivencias y mis recuerdos los fui guardando en cada relato que leí, en cada cuartilla que escribí, en cada imagen que percibí; signos que me enseñaron que cada sueño tiene su lugar exacto en el tiempo, en ese reloj de arena en el que hemos convertido nuestra conciencia; imágenes que nos permiten seguir viviendo en el pulso insomne de nuestro destino, hasta llenar de silenciosa armonía nuestra alma.

Quizá sea por esta razón por la que siempre he sentido una atracción inconfesable por la sentencia que se recoge en uno de los diálogos que Platón transcribe en su obra Fedro, aquellos en los que se sostiene que la escritura no puede enseñar, la lectura no puede conducir al conocimiento, sino a la vana apariencia de sabiduría, a la memorización de lo aprendido. Sólo la sabiduría del diálogo permanece, porque «el que piensa que al dejar un arte por escrito deja algo claro y firme, rebosa ingenuidad».

Este fragmento, o este enigma del creador de la Academia, ha provocado mi reflexión desde mi época de estudiante, seguramente porque, como todo gran libro -como en toda parábola-, se formulan preguntas que anidan en el interior de otras preguntas, aquellas que, como en el Edipo Rey de Sófocles, nos van descubriendo, de forma gradual, las consecuencias de nuestros actos, aun cuando éstos nos horroricen. Después de estos años, creo advertir en los atrayentes y misteriosos diálogos de Platón -como en los de Jenofonte- un intento por comprender la figura y el legado que nos dejó el filósofo griego: el contemplar la vida como un ejercicio de aprendizaje, como un diálogo permanente entre tu verdad y la Verdad, entre la lógica y el argumento, entre la idea y el sentimiento, el mismo que le llevó a sostener -en su Apología- que «una vida sin examen no tiene objeto vivirla».

Así, en la torpeza de mi pensamiento, no creo que el propósito que pretenda legar Platón a las generaciones futuras sea que éstas abandonen el placer que envuelve toda escritura para entregarse al cálido abrazo de la imagen y de la palabra, sino el que busquen en esa realidad sin límites que es el saber, respuestas a aquellas voces que viven, como soledad sonora, entre el sueño y la vigilia, entre la metáfora y la razón, y sin las cuales nuestra memoria, como nuestro tiempo, caería en el olvido.

Este legado a las generaciones futuras lo hallamos en la famosa sentencia recogida en el Protágoras: conócete a ti mismo. Toda una ofrenda de la sabiduría antigua, que hace que cada palabra sea una pregunta dirigida a alcanzar nuestra más honda verdad, aquella que nos enfrenta a la vida y a la Historia, al ser y al deber, y que nos enseña a amar a Aquél que débilmente se insinúa.

Únicamente me cabe desear que mis jóvenes alumnos asuman como propios los razonamientos del viejo maestro, que aprendan a dialogar con los libros, con la palabra que define y consuela, que es raíz y razón, y quizá así no se conviertan, como sostuviera María Zambrano, en corazones maduros de sombra y ciencia.

GESI (http://www.fundacionuniversitas.org)

JUAN ALFREDO OBARRIO MORENO

PROFESOR TITULAR DE LA UNIVERSIDAD DE VALENCIA

Notas:

Fuente: http://www.lasprovincias.es/prensa/20091220/opinion/dejad-libros-hablen-20091220.html

SPAIN.  20 de diciembre de 2009

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