Democratizar, por ejemplo, la educación

Se pueden democratizar la educación, el agua, la salud, junto con el derecho a elegir y ser elegido.

Leí hace uso días un análisis del programa de un candidato presidencial escrito por dos colombianos, estudiantes de doctorados en economía y en desarrollo en universidades muy prestigiosas del Reino Unido. En ese texto se criticaba el uso inadecuado del concepto de democracia. La crítica ‘teórica’ de estos dos jóvenes expertos afirmaba, desde una postura bastante soberbia, que la democracia es exclusivamente un sistema de organización política, y que hablar de democratizar la tenencia de la tierra, el saber, los impuestos u otros aspectos del orden social, y en especial de la economía, es ambiguo y poco riguroso.

Me da vergüenza controvertir a estos jóvenes, tan bien preparados, pero los poco rigurosos son ellos. Lo que define la noción de democracia, desde muchas concepciones diferentes a lo largo de siglos, es la idea de desconcentración del poder, no la de un método para elegir gobiernos. Aunque la democracia incluye procedimientos para decidir entre opciones, limitarla a lo electoral es un planteamiento reciente.

Hace pocas décadas, el economista Joseph Schumpeter quiso quitarles a las teorías políticas clásicas la “contaminación” de la idea de la voluntad popular como fuente del gobierno para reafirmar que el mercado es el asignador esencial de los recursos, y no los acuerdos sociales. Pero las teorías democráticas contractualistas o centradas en el análisis de la legitimidad de los poderes han evolucionado desde Aristóteles hasta Max Weber y Norberto Bobbio, y la pretensión neoliberal de borrarlas de un plumazo, por fortuna, es una idea poco afincada.

Dentro de la propia idea de democracia política, sin que se cuelen comunismo ni castrochavismo alguno, cabe una democracia sustantiva en la que se construye un acuerdo sobre el bien común y se juega un orden social que va mucho más allá de reglas para una competencia entre mayorías y minorías. Existen ideas como la de democracia de ciudadanos, acogida por las Naciones Unidas, que implica que sin derechos no hay ciudadanía y sin ciudadanía no hay poder legítimo. Y, por lo tanto, puede haber elecciones limpias y libres sin democracia. Lo cual pasa por entender la garantía de los derechos como elementos constitutivos del orden democrático, incluyendo derechos económicos, sociales, culturales, colectivos y del ambiente.

Por supuesto que, entonces, se puede democratizar la educación (y harta falta que nos hace), o el agua potable, o el ambiente sano, o el acceso a la tierra, o la salud, junto con el derecho a elegir y ser elegido, que tampoco es que esté completamente democratizado en Colombia (seguimos buscando que las mujeres lleguen a los cargos políticos, que se cuenten bien los votos y que no se paguen con aguardiente). Para ponerlo de modo sencillo, vivimos contándoles a nuestros estudiantes en los colegios que Colombia es un Estado social de derecho y no solamente un Estado de derecho, un principio básico que tal vez no les explicaron a nuestros futuros doctores en cuestión.

Pero la cosa va más allá. La idea del bien común ha estado siempre en la esencia del pensamiento democrático. En casi todos los sistemas antiguos que buscaban superar los autoritarismos, el consenso primaba en las decisiones, entendiendo que construir acuerdos es más importante que elegir representantes. Y en los albores de la Modernidad, Rousseau reivindicó la noción de contrato social, y los filósofos liberales contemporáneos más influyentes, como Jürgen Habermas, John Rawls o Amartya Sen, buscando la máxima libertad, han coincidido en la necesidad de pactar una idea mínima de justicia para poder construir democracia.

Las ideas de democracia deliberativa, de democracia local y hasta de democracia en la familia implican que por el camino del reconocimiento de las personas en su diversidad se construye un orden comunicativo y empoderante, sin el cual los poderosos seguirán dominando eternamente. Por eso, los medios de comunicación, las relaciones de género, los procesos de organización comunitaria parten de democratizar la vida cotidiana, ofreciendo educación igualitaria (democrática), reflexionando colectivamente sobre los poderes económicos y culturales y generando mecanismos de discriminación positiva en favor de los débiles, y no solo yendo a elecciones.

Alguien podría decir que los economistas no tienen por qué saber de filosofía ni de política. Y no. Para ser buen economista se debe tener una mirada integral de las ciencias sociales, ya que esta disciplina influye en todas las decisiones sobre la sociedad. Pero, incluso desde la pura disciplina económica (y en una perspectiva clásica ortodoxa), hay conceptos esenciales, como el de bienes públicos, que tendríamos que revisar. Recuerdo los ejemplos de libro de texto sobre bienes públicos: el aire limpio, el valor de la moneda, la justicia y la educación. Los bienes públicos son aquellos que no se pueden dividir o cuyo disfrute solo es posible cuando todos acceden libremente a ellos, es decir, cuando se democratizan.

Óscar Sánchez


Es Coordinador Nacional Educapaz @OscarG_Sanchez

Notas:

Fuente: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/oscar-sanchez/democracia-en-educacion-el-agua-y-la-salud-201274

5 de abril de 2018.  COLOMBIA

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