Ecos de una visita memorable

A Francis Fukuyama le está ocurriendo lo que a muchos pensadores contemporáneos que se atreven a desafiar los intelectualismos de moda: quienes deberían apoyar sus tesis no las entienden, y quienes deberían negarlas por completo, so pena de incoherencia, las defienden parcialmente, dándole un crédito del que van a terminar arrepintiéndose.

Ciertamente, de todas las cosas que se han dicho o escrito a raíz de la reciente visita de Fukuyama al país, las más sorprendentes provienen de la izquierda. Sin darse cuenta que, en esencia, están aceptando por válidas las concepciones más importantes del politólogo estadounidense, algunos marxistas criollos han batido palmas al oírle hablar de “agenda social” o “distribución de la riqueza”.

Pareciera que jamás leyeron una línea entera de Fukuyama, enemigo declarado del estatismo, el asistencialismo y la elefantiasis burocrática, así como promotor (excesivamente entusiasta, en mi opinión) del consenso economicista de Washington. De haber analizado con atención las palabras del ilustre visitante, la izquierda nacional de raigambre comunista habría tenido que reconocer, con dolor, que ninguna injusticia del pasado justifica las andanzas socialistas.

En su famosa “predicción” de 1989, Fukuyama hizo una apuesta poco novedosa: si entendemos la historia como la ruta irreversible hacia el socialismo, Hegel y Marx estuvieron siempre equivocados. Esto es así porque los seres humanos tenemos un agudo sentido de la recreación (algo que hoy se cristaliza en los avances tecnológicos) y porque bulle, en nuestro interior, un irreprimible afán de reconocimiento. Ambas fuerzas, en opinión de Fukuyama, no pueden conducir a la humanidad hacia el socialismo, y menos al “paraíso” comunista, puesto que necesitan de la libertad para desarrollarse en plenitud. Y esa libertad práctica, ya lo sabemos, sólo la otorgan las democracias liberales.

Pero aunque no fuera original —bastaba darse una vuelta por los principales libros de la Escuela Austriaca de Economía para intuirlo—, el aporte central de “El fin de la historia” (que de artículo provocador pasó a provocador ensayo en 1992) inició un constructivo debate alrededor del éxito indiscutible del libre mercado, el Estado de Derecho y el individualismo solidario. Las naciones más prósperas del planeta (con la única excepción de ese híbrido trágico que es China continental), suscriben hoy el razonamiento principal de Fukuyama: el camino humano, si evita las tentaciones populistas y centralizadoras, conducirá siempre en el sentido contrario del anacrónico historicismo marxista.

Desde mi punto de vista, las únicas objeciones válidas que cabe hacer todavía al polémico ensayo de Fukuyama sólo pueden brotar del liberalismo. Pero han sido contados los autores liberales que dan con la debilidad esencial de la tesis del fin de la historia: su esperanza radical en el sentido común del hombre.

Los cincuenta años de castrismo en Cuba (con la vergonzosa complacencia de la ONU y la OEA), la cínica expansión (ya revertida en Honduras) del petro-chavismo y los abiertos ataques a la libertad que sufren bolivianos, ecuatorianos, nicaragüenses y argentinos, son efectos de una causa que se encuentra en lo profundo de la naturaleza humana: el inconformismo extremista que también deriva —¡qué paradoja!— del afán de reconocimiento.

Peca de un optimismo ingenuo Fukuyama cuando percibe las amenazas socialistas como simples obstáculos en el amplio sendero hacia el universalismo de la democracia liberal. La historia del mundo, en ese sentido, quizá nunca termine. Crisis liberales las habrá siempre y en todas partes, en tanto los hombres creamos necesaria la instauración de utopías o aprobemos (a veces de buena fe) las interpretaciones mesiánicas del Estado.

Con respecto a El Salvador, por cierto, Fukuyama cae en un imperdonable error de apreciación: vino a decirnos que nuestro país es un “pequeño milagro” porque siguió al pie de la letra las directrices del Consenso de Washington, cosa que, sobre todo si fuera cierta, debería ruborizarnos. ¿Por qué? Porque ni aquel formulismo económico era infalible, ni debemos los liberales aceptar recetarios jamás, por muy venidos del Norte que sean.

Yo prefiero al Francis Fukuyama que defiende —eso lo hace en su segundo libro, “Trust” (Confianza)— la importancia de las instituciones, tradiciones y relaciones culturales que modelan en el tiempo a las sociedades. Es allí donde, me parece, el politólogo de Chicago ha dado en la médula de nuestra verdadera tragedia actual, que consiste en creer caducadas las formas de perpetuación de valores más decisivas que ha tenido la humanidad desde hace milenios: familia, escuela y religión.

Sin necesidad de afiliarse a credo o sistema trascendente alguno, el autor de “El fin de la historia” tiene el suficiente coraje de advertir que, sin duda, la civilización puede llegar a su término, a menos que aprendamos a identificar y sanear sus instituciones básicas. Es ahí donde Fukuyama, con más filosofía y antropología que ciencia política, seguirá avivando el gran debate de nuestra época. Bien por él.

Notas:

Fuente: http://www.elsalvador.com/mwedh/nota/nota_opinion.asp?idCat=6342&idArt=4442920

EL SALVADOR.  20 de enero de 2010

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