Ejemplaridad sin elitismo

A falta de creencias y costumbres colectivas que moldeen al ciudadano, en la sociedad actual se hace más difícil que antes el proceso de socialización. Bajo el disfraz de la liberación, es fácil abandonarse a la vulgaridad ética, en vez de aspirar a un ejercicio más elevado de la libertad. Frente a ello se intentan remedios que van desde la educación para la ciudadanía hasta la proliferación de leyes y la extensión del Código Penal. Otra vía es confiar en el poder persuasivo de la ejemplaridad pública, que es lo que propone Javier Gomá en un libro de este título que ha despertado gran interés.

Javier Gomá (Bilbao, 1965), doctor en Filosofía y letrado del Consejo de Estado en excedencia, casado, con cuatro hijos, es actualmente director de la Fundación Juan March. Con el primer libro de su proyecto filosófico, Imitación y experiencia, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo 2004. Ejemplaridad pública (Ed. Taurus) es el tercer libro publicado de lo que se presenta como una trilogía sobre la “experiencia de la vida”.

— No es muy habitual en la filosofía de estos tiempos que un autor despliegue un proyecto intelectual unitario a lo largo de varias obras. ¿Lo pensó así desde el principio? ¿Cómo se inscribe este nuevo libro en su proyecto?

— He denominado a mi proyecto de cuatro libros “el teorema de la experiencia y la esperanza”. Ejemplaridad pública completa la trilogía de la experiencia, entendida ésta como experiencia de la vida, acumulación de experiencias, modelos y ejemplos en nuestra biografía, que nos sirven para desarrollar un arte de vivir. Resta una monografía sobre la esperanza religiosa que se titulará Necesario pero imposible. Soy un escritor vocacional, dedicado exclusivamente y con intensidad a un nudo de intuiciones que se presentaron muy pronto en mi vida. Pero esa vocación temprana, surgida a los 15 ó 16 años, tardó mucho en madurar.

Mi primer libro, Imitación y experiencia, lo publiqué a los 38 años. Fueron veinte años de ansiedad, en los que uno soporta la emoción absorbente que le producen ciertas ideas antes de tener la capacidad de definirlas. Pero cuando llegó el momento de dar forma a esa intuición originaria, ya ésta se me hizo evidente en toda su complejidad. No es que uno se levante por la mañana y diga: “Voy a escribir una tetralogía”, como ningún soldado diría a sus padres al despedirse: “Adiós, me voy a la Guerra de los Cien Años”. Pero es cierto que desde la primera línea del primer libro está ya latente y presupuesta la obra completa en su conjunto, que pude dividir, ya con serenidad, en cuatro entregas, de lectura autónoma e independiente.

Casa y trabajo

— En su libro defiende que, para adquirir la auténtica ciudadanía y lograr la realización individual, es decisiva la “doble especialización”: la constitución de una familia y el desempeño en el trabajo –casa y oficio–, que permitirán al hombre reformar la vida vulgar. Hoy día se valora, se busca y se premia la excelencia en el trabajo. En cambio, aunque casi todos consideran la familia un valor importante en su vida, da la impresión de que en una sociedad igualitaria ningún tipo de familia sería más ejemplar que otro. Son solo distintos “modelos”. ¿Cabe esperar que el esfuerzo por fundar una familia eleve al ciudadano a un nivel superior, si no hay un ideal familiar por el que esforzarse? Cuando algo sale mal en la familia, ¿no se tiende más bien a cambiar de pareja que a hacer el esfuerzo de cambiarse a uno mismo?

— En mi segundo libro, Aquiles en el gineceo, sostengo la tesis de que el verdadero enigma de la vida humana –abstrayendo ahora de su dimensión trascendente– es el intrigante proceso de socialización personal, cómo el yo halla la propia y más auténtica individualidad en los elementos de su socialización, de su conversión en un ciudadano socializado, miembro productivo y útil de la comunidad.

Para mí, ese proceso no es sólo psicológico, sociológico o educativo, sino, más profundamente, un proceso existencial, ontológico, en el que está en juego el propio ser: el paso de un estadio estético, en el que el niño-adolescente se autodiviniza, se cree eterno y disfruta de una ociosidad subvencionada por sus padres o por las instituciones, a un estadio ético presidido por el principio del deber, que obliga a ese joven a asumir las limitaciones y las inhibiciones inherentes a una civilizada vida en común.

Pues bien, ese proceso se realiza por medio de la doble especialización, la del corazón y la del oficio. Lo decisivo es elegir casa y trabajo en una forma que nos constituya como individuos, como ciudadanos. Es cierto que hoy se busca el trabajo y no tanto fundar una casa, pero el diagnóstico es el mismo, porque ese buscar el trabajo no es, en la mayoría de los casos, una forma de pasar a la responsabilidad del estadio ético, sino sólo una forma de obtener recursos económicos para consumir y prolongar, por otros medios, la autodivinización complaciente del estadio estético, entregado a los propios deseos y a una espontaneidad instintiva que se resiste a la civilizada vida en común. Por eso la vulgaridad en el terreno laboral y profesional no es menor hoy que la vulgaridad más obvia de las relaciones sentimentales y afectivas. El hombre moderno en ambos casos vive en sociedad, pero no socializado.

Libres antes de aprender a serlo

— Casa y trabajo para abandonar la adolescencia y vivir para los demás en la sociedad. Paradójicamente, los sociólogos hablan hoy de una adolescencia prolongada, de un retraso en la asunción de responsabilidades: estudios cada vez más largos, jóvenes que encadenan contratos laborales temporales, retraso en la edad del matrimonio y en la llegada de los hijos. Hay relaciones, pero cuesta el compromiso. ¿Puede hacer algo la sociedad para cambiar estas tendencias que no parecen favorecer la responsabilidad ciudadana?

— Aquiles en el gineceo estudia el mencionado “proceso de socioindividuación” de una forma intemporal, mientras que Ejemplaridad pública se interroga si las actuales condiciones históricas y culturales están impidiendo, estorbando o retrasando su normal realización. Mi análisis es que, en efecto, la cultura dominante no ofrece estímulos atractivos al adolescente para avanzar hacia el estado ético de la vida, sino que parece que todo conspira para que detenga su natural evolución y prorrogue artificialmente el estadio estético.

Durante siglos, durante milenios, la conjunción de creencias y costumbres colectivas fuertes y vinculantes, articuladas en una sociedad muy jerarquizada, dirigida por una minoría dotada de poderes coactivos que se proponía a sí misma como modelo y como pauta social para la mayoría de la población, era suficiente para que el joven doblegase su tendencia espontánea a la autoafirmación y acabara aceptando participar en el bien común. Desde la Ilustración el hombre ha luchado por ampliar la esfera de su libertad frente a las opresiones tradicionales, culturales, ideológicas, sociales y económicas; esa esfera ha llegado últimamente a un máximo de ampliación, ya vivimos en una sociedad liberada.

Lo esencial es ahora no seguir con el discurso de la libertad sino preguntarse cómo hacer un ejercicio cívico, responsable, social y virtuoso de esa libertad ampliada. La libertad es el presupuesto de la ética pero no la ética misma. El problema hoy es que, por la inercia de una lucha de varios siglos, seguimos lamentablemente anclados en el lenguaje de la liberación, que se ha convertido en la cultura dominante, en la imagen natural del mundo, y en nuestra época postideológica, carecemos de creencias y costumbres colectivas que favorezcan, como antes, la masiva y natural socialización del individuo.

¿Cómo convencer ahora a un joven para que elija formas civilizadas de vida si el modo en que comprende el mundo y se comprende a sí mismo es el que se resume en fórmulas de la ya anacrónica liberación como: “mi vida es mía”, “cada uno es libre de hacer con su vida, con su cuerpo, etc, lo que quiera y nadie tiene derecho a opinar”, “yo vivo a mi manera”, “sé libre, sé distinto, sé rebelde, sé auténtico, sé tú mismo”? Hoy la excentricidad romántica se ha generalizado a todos los hombres, y los niños la aprenden en el seno de su madre. Son libres antes de haber aprendido a serlo. ¿Y cómo gobernar una sociedad compuesta por millones y millones de seres excéntricos que se consideran a sí mismo por encima de las reglas comunes? ¿Qué se puede hacer?

No hay más remedio que tratar de influir en esa imagen natural del mundo hoy dominante en la conciencia colectiva y reformarla a largo plazo para que sea compatible con la virtud y el uso cívico de la libertad. De ahí la importancia de los libros de filosofía, de la meditación filosófica.

Por convicción y sin coacción

— Antes la socialización se basaba en una serie de creencias colectivas comunes –religión, patriotismo, moralidad…–, que daban una idea del hombre. Ahora hay una gran variedad de creencias, y además muchas veces ni la familia ni la escuela ni el entorno social se consideran capacitados para dar criterios que civilicen a los jóvenes. ¿Cómo es posible en la sociedad actual esa ejemplaridad igualitaria que usted defiende, que nazca de la red de influencias mutuas?

— La situación actual es hoy para mucha gente de una vulgaridad, inmoralidad y anarquía insoportables. Hay tres posibles reacciones ante ello. La primera, tradicionalista, añora el orden autoritario antiguo que ofrecía seguridades y certidumbres, y en el fondo le gustaría dar un puñetazo en la mesa y decir: “Ya basta, la modernidad es en conjunto un gran error.” Para mí esta reacción es tan pueril como pretender imponer el latín medieval como lengua contemporánea de comunicación o adornarse el cuello con las golas de los caballeros renacentistas pintados por el Greco.

La segunda reacción sería la de los que dicen, como se suele de la democracia, que éste es el menos malo de los sistemas posibles, que hay que conformarse con él y tratar de disfrutar de lo positivo que ofrece. Implica, en suma, la renuncia al ideal, lo que es grave, porque cada época debe tener un ideal que la inspire y movilice sus fuerzas.

En Ejemplaridad pública adopto una tercera vía: la aceptación gozosa pero no incondicional ni acrítica de nuestra época, con su igualitarismo y su vulgaridad, y al mismo tiempo la presentación de un ideal –la ejemplaridad– con capacidad de atracción y transformación, que muestre de forma convincente y persuasiva formas superiores de libertad, y mueva al hombre, por convicción y sin coacción, a reformar su vulgaridad ética. Para ello es imprescindible limpiar al concepto de ejemplaridad de las adherencias elitistas y aristocráticas que históricamente ha tenido y probar la posibilidad de una ejemplaridad plenamente igualitaria.

En este sentido, estimo que el capítulo “El universal vivir y envejecer” de mi libro es muy importante para comprender cabalmente éste, porque en él desarrollo una teoría de la subjetividad igualitaria, contrapuesta a la excéntrica hoy vigente, incompatible ésta última con la ejemplaridad, porque la ejemplaridad encierra siempre una pretensión de imitación, de la generalización de conductas en los demás, lo cual es inviable si cada cual se considera único, distinto, irrepetible, sin nada en común con sus semejantes.

El atractivo de la ejemplaridad

— En la introducción del libro reconoce que es “una especie de milagro” que el hombre, para lograr su emancipación moral, inhiba sus instintos, aplace la gratificación inmediata y subordine su libertad individual al servicio de la comunidad. Sin embargo, luego parece muy optimista al confiar en el valor de la ejemplaridad pública, en una sociedad que iguala a todos en la misma condición y que no reconoce verdades absolutas. ¿De dónde nace su optimismo? ¿Cómo convencer al ciudadano de que tiene el deber de “reformar su vida” por su misma dignidad de persona?

— Nuestro tiempo es particularmente propicio para la ejemplaridad. Porque durante siglos la socialización del individuo se ha producido por la coacción física o moral administrada por una sociedad elitista que, a través de una pluralidad de medios materiales y espirituales, imponía a sus miembros una determinada pauta de conducta. Hoy esa sociedad autoritaria, jerárquica y coactiva se ha desmoronado irreversiblemente a impulsos de un proceso de liberación del yo, que ya no tolera intromisiones ilegítimas en su vida.

Por consiguiente, la coacción antigua debe ser sustituida por la persuasión como nuevo instrumento de socialización. Y si la ejemplaridad existe es siempre por la evidencia de su atractivo, por el idealismo que propone, que transforma los corazones, y no sólo la libertad externa, como hacen las leyes coactivas. Los padres, las madres, los profesores, los educadores, los poderes públicos, conocen la importancia cotidiana de la ejemplaridad. Queremos para nuestros hijos ejemplos positivos que moldeen su conciencia, que se rodeen de compañeros y amigos que produzcan en él una influencia fecunda. La ciudad pone nombre a calles, plazas, instituciones, erige monumentos y esculturas, en honor de ciudadanos ilustres cuyas vidas exhortan de mil maneras a la virtud.

La autoridad coactiva que antes se imponía por decreto ahora tiene que legitimarse en la ejemplaridad personal de quien la ejerce. Antaño la paternidad era un hecho biológico al que venían asociados unos poderes casi omnímodos sobre la mujer, los hijos, los siervos. Ahora, en cambio, no es eficaz aquello de “esto lo haces porque lo digo yo”, o “tú haces lo que yo digo porque soy tu padre”, si quien dicta esa orden carece de ejemplaridad, de “uniformidad de vida”, de coherencia íntima y vital con su propio mandato. La paternidad es un hecho moral más que biológico, que se merece por la ejemplaridad de su poseedor.

Lo mismo los políticos: la ciudadanía retira su confianza en ellos si su conducta desmiente la ejemplaridad que se les supone por ocupar cargos públicos. El deber de ejemplaridad brilla ahora en todo su esplendor, más que en ninguna época anterior. Pero es un ideal, no una realidad, una brújula que señala el Norte, sin que nadie llegue nunca a ese Norte, que se aleja tan pronto uno avanza hacia él, pero nunca deja de guiar al caminante.

El legado de la secularización

— Durante muchos siglos una de las fuerzas más influyentes para lograr que el hombre reformara su vida ha sido la inspiración religiosa. En su propuesta parece que esta influencia ya no es posible en la sociedad actual, al menos en Occidente. ¿La esperanza religiosa no tiene nada que aportar a esa ejemplaridad pública, al aplazamiento de la gratificación inmediata?

— Lo que sobre la esperanza religiosa tengo que decir me propongo hacerlo en mi próximo libro, Necesario pero imposible. Adelanto que, a mi juicio, el proceso de secularización moderna, rectamente entendida, sin sesgos distorsionados, representa una oportunidad positiva para la fe. Porque la secularización nos ha enseñado lo que no es Dios pretendiendo serlo. Los poderes públicos, las instituciones políticas coactivas, la administración de justicia, los patíbulos, las guerras, las conquistas de países subdesarrollados y la apropiación de su riqueza, se legitimaban muchas veces invocando el nombre de Dios para obtener obediencia. Todas estas cuestiones no son “santas”, son sólo humanas y deben dirimirse por procedimientos humanos.

Éste es para mí el legado principal de la secularización: nos previene contra la idolatría, libera el nombre de Dios de su compromiso con una antigua teocracia y sitúa el acceso a Dios en el verdadero ámbito, que es la conversión del corazón. Hay una ejemplaridad de naturaleza religiosa (cristológica) que sobreviene al hombre tocando su corazón y transformándolo. Este es un hecho individual, íntimo de conversión, no político o social.

Con esto no pretendo decir que la conversión inducida por la apertura a una esperanza religiosa carezca de efectos en la esfera pública. Pero no será por acción de una minoría creyente que recupera el poder político y consigue imponer a la mayoría social leyes conforme a sus particulares convicciones (como a veces se pretende cuando el grupo de creyentes se agrupa políticamente), sino justamente por vía del ejemplo. Si esa minoría observa de verdad un estilo de vida ejemplar, acaso algún día logre generalizar su ejemplo y conformar una nueva mayoría social, a imagen de esos cristianos de la comunidad primitiva que “alababan a Dios y se ganaban el favor de todo el pueblo” (Hechos de los Apóstoles 2, 47).

Ejemplaridad pública
Javier Gomá.
Taurus.
Madrid (2009).
274 págs.
20 €.

Notas:

Fuente: http://www.cope.es/cultura/16-01-10—ejemplaridad-elitismo-125248-1

SPAIN. 16 de enero de 2010

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