El crepusculo de los lideres.  Juan Villoro

Ante la crisis mundial de liderazgo, Twitter apareció como el reino utópico en el que aún es posible tener seguidores (aunque sería más apropiado hablar de “cómplices”, “víctimas” o “enemigos leales”).

Las masas conservan vigencia estadística, pero su impacto se ha diluido. En Facebook, 500 millones de personas se definen como “amigos”. En la limitada realidad, las manifestaciones son una molestia o, en el mejor de los casos, una inusitada alteración de la costumbre.

Las multitudes conviven mejor en Internet, lo cual no quiere decir que estén de acuerdo, pues cada quien busca algo distinto.

Arengar a las multitudes es una tarea de otro tiempo: Fidel ha pasado del uniforme de Comandante en Jefe a los pants de convaleciente.

También la percepción de las masas ha cambiado. En 1927, en su película Metrópolis, Fritz Lang retrató a la muchedumbre como un todo definido. El cine y la televisión abierta brindaron una imagen unitaria del pueblo y contribuyeron al surgimiento de una forma de carisma que no alcanzó a estudiar Max Weber: la telegenia. Quien dominara los medios, dominaría la ciudad.

Pero la percepción de la masa ha cambiado por completo. El pintor David Hockney comenta al respecto: “Si filmas una multitud con una cámara, retratas una masa, pero si la filmas con 18 cámaras, se convierte en un conjunto de individuos [...] El mundo de la masa está muriendo a causa de la tecnología”.

La manera de captar la realidad se ha fraccionado. Cada persona es un fotógrafo. Además, la oferta visual se ha pulverizado en centenares de canales y sitios web. La celebridad se ha abaratado. ¡Bienvenidos a la era de la atención dispersa!

Hitler y Stalin pudieron ver Metrópolis como un hipnótico escenario, habitado por una colectividad en espera de ser dominada. Hoy en día resulta muy difícil establecer liderazgos mediáticos, pues no hay una oferta informativa unitaria ni un grupo que se defina como la masa.

Los políticos se han vuelto actores de reparto en una película sin protagonistas. Angela Merkel tiene éxito local y repudio global; en su confusa emulación de Kennedy, Obama busca un Vietnam a su medida; Hollande ha convertido su ineficacia en la mayor virtud de su predecesor; Peña Nieto y Rajoy gobiernan con la inercia de los autómatas que desconocen, no digamos las ideologías, sino la vida interior; Artur Mas se postula como el “presidente del día después”, que empezará a gobernar cuando inaugure otro país; Maduro y Cristina Kirchner fracasan en mejorar la realidad con populistas dosis de folklore…

En este panorama, una figura autoritaria como Putin ha podido erigirse como mediador ante la ilusión imperial de Obama en Siria. La confusión es tan grande que las declaraciones más esperanzadoras provienen de una institución feudal: al preferir a la virgen María sobre los obispos y al encomiar las libertades individuales, el Papa Francisco inauguró el siglo XVIII en el Vaticano.

El mundo no carece de liderazgos sin fisuras. El deporte es la última reserva del caudillismo, según lo revelan la FIFA, el Comité Olímpico Internacional o el Consejo Mundial de Boxeo, y los comercios legales e ilegales imponen leyes incontrovertibles. Tanto Carlos Slim como la piratería china podrían pagar el sueldo de todos los presidentes del planeta.

Ante la falta de liderazgos políticos, surge una pregunta: ¿de veras los necesitamos? El Guía de Hombres pide respaldo unánime. Borges dijo, famosamente, que la duda es uno de los nombres de la inteligencia. Por suerte, cada vez resulta más difícil aceptar una idea, un programa, un representante. La multiplicidad de estímulos nos tiene en estado de déficit de atención. Sin ser filósofos, estamos suficientemente distraídos para concentrarnos en el discurso único de un líder.

La fragmentación de los mensajes dificulta el ejercicio de un poder central. Al mismo tiempo, inhibe energías de participación que sólo surgen al contacto con los demás. El cibernauta tarda en tomar la calle. Pero la red permite otra clase de consensos y no es ajena a la idea de autoridad. Estamos ante un posible viraje en los procesos para percibir y elegir representantes.

Lichtenberg lamentaba que los votos se contaran y no se pesaran, pues no todos valían lo mismo. En la red, las palabras gravitan de distintos modos. Un tuit importa por sus réplicas. Ahí la opinión pública no depende de escuchar a una figura, sino de multiplicar activamente las preferencias. Los carteros deciden los mensajes.

Tal vez en el futuro la política no dependerá de llegar al poder a través del proselitismo, sino de ganar autoridad a través de las opiniones compartidas. Como toda especulación admite su reverso, también es posible que surja una nueva demagogia, la era del cibermesías capaz de predicar en 140 caracteres, el profeta en Twitter que tendrá, él sí, fanáticos seguidores.

Notas:

Fuente: Periodico Reforma.  http://busquedas.gruporeforma.com/reforma/Documentos/DocumentoImpresa.aspx

27 de septiembre de 2013

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