El filósofo del contrarrelato

Hace filosofía desde la incomodidad y la “disonancia”, sin temor a la polémica. Ha enseñado a Foucault y a Deleuze con la misma libertad con la que escribe sobre fútbol, televisión o política. En su nuevo libro, “La lechuza y el caracol”, se opone al pensamiento único del kirchnerismo al que define aquí como “una estafa ideológica que usa recursos de la culpa.”


Pensar algo distinto es difiícil, dice Abraham, sea sobre Shakespeare o sobre fútbol.

El estudio de Tomás Abraham en gran medida representa su espíritu y su obra: abierto, una gran mesa central repleta de libros desparramados, fotos, esculturas, objetos, películas y más objetos. Esa marca de la disonancia y lo contaminado como forma de hacer filosofía –la única posible– se torna evidente al llegar. Hay en el discurso de Abraham una vehemencia y visceralidad, en términos de pulsión, que reclama ese espacio como propio, con independencia. Abraham piensa la filosofía como la siente, es corporal y epidérmica: no hay opción ni elección. Ya Friedrich Nietzsche en su prólogo a la Gaya ciencia hablaba de la filosofía como “malentendido del cuerpo”. Es decir, como un problema de los pensadores anteriores a él mismo, que no supieron dar cuenta de su deseo. Nueva imagen la nietzscheana: el cuerpo del filósofo en primer lugar. En La lechuza y el caracol. Contrarrelato político , su nuevo libro y disparador de este encuentro, Tomás Abraham hace notoria esta idea. Artillería de la disonancia, marcada por las figuras de Sócrates y Diógenes ya presentes desde el prólogo: el búho que ve en la noche y el caracol que carga consigo mismo su casa sin tener nada más. El pensamiento de Abraham siempre ha tenido esa pervivencia de lo nuevo a ser escuchado, como un ejercicio de la libertad y de lo bajo: una cuña, un tábano socrático, una reivindicación de la matriz de este oficio. Esa práctica de la polémica al modo de la interpelación es palpable en esta entrevista y en su visión de la crisis política –“El que se vayan todos comenzó en la década del setenta, no en 2001”–, o bien en el supuesto retorno de los jóvenes a la militancia –“El juvenilismo es una estupidez, los jóvenes inteligentes más bien se sienten viejos”–, así como en su mirada del relato político en términos de victimización: “El kirchnerismo es una estafa ideológica que usa recursos de la culpa”.

Así es como la conversación con Tomás Abraham nos llevará de la política a la Academia y de los territorios para ejercer la filosofía al fútbol, a los maestros y los discípulos. Pero también, veinticinco años atrás, los que se cumplen de la publicación de Pensadores bajos , su primer libro, y a aquel comienzo, para verificar qué sigue igual o qué se ha modificado en primera persona. Pareciera que ciertas líneas de aquel primer libro abrían constantes en el modo de hacer filosofía de Abraham, y que remitían a los pensadores a los que adscribía con una vigencia inclaudicable. Serán los Sartre, Foucault, Deleuze y Gombrowicz, pero no comentados al modo de una exégesis de lo alto , sino, tal como señala el propio autor en el prólogo a la edición del año 2000, un bajar la democracia a la tierra. Testimonio de sus trabajos filosóficos de 1978 a 1985, Pensadores bajos puede leerse como una declaración de principios y como una apertura insólita en la filosofía argentina, que desconocía por completo esas nuevas voces que Abraham introdujo. Y sobre todo, un modo de hacer filosofía desde lo excéntrico e incómodo.

En el prólogo de “La lechuza y el caracol” menciona, a partir de Sócrates y Diógenes, al filósofo como figura de la disonancia. ¿Cómo lo piensa hoy en la Argentina?
Yo creo que el que se dedica a esto que yo llamo filosofía, que no es una ciencia, no es una religión ni un mito ni es literatura, a esta experiencia del pensamiento como trabajo, encuentra un comienzo histórico y una proyección que es la disonancia. Los filósofos que conocemos si no hubieran sido disonantes no hubieran sido conocidos. Si no producís una disonancia no hay marca. No hay ninguno que sea funcional. Si Descartes no hubiese sido disonante del espíritu escolástico no hubiera ido al exilio. Es un exilio de pensamiento también. La tarea del pensamiento se impone como algo disonante. Si no, es creencia. Si no, no existe como tal. No hay ninguna tarea de pensamiento si no es una necesidad. Nietzsche lo pensó bien: entre pensar y comer no hay gran diferencia. El pensamiento se impone porque hay un obstáculo, una resistencia, algo que no funciona. Cuando no se puede seguir adelante, cuando hay un tropiezo, hay una imposición de pensar. Pensamiento y disonancia es lo mismo. No tiene que ver con ser un “contrera” o un rebelde. No tiene nada que ver con si es sísmico o edificante. La tradición de la lechuza y el caracol son imágenes o ejemplos de cuando la filosofía se constituye como tal: el hombre en la polis , en la comunidad. Que no es un solitario ni un profeta ni un vidente, que no es un delegado de ningún poder, sino que es parte de la comunidad y que interpela en ese mundo común en donde su palabra es disonante como lo fue la de Sócrates, por eso lo llevaron a un juicio, o como Diógenes, que no fue funcional a Alejandro Magno.

En ese sentido es interesante su idea de “contrarrelato”. ¿Cómo ve hoy esa tensión entre relato y contrarrelato?
Relato es una palabra que impuso la corporación cultural K. Al no hablar más de ideología, no supieron qué hacer con la ideología y utilizaron un término que piensa el análisis del discurso como narrativas. Y hasta la Presidenta apuntó el término. Este relato tiene una serie de temas por los que transitó todos estos años. Temas que tienen que ver con las ideologías, los intelectuales, la batalla cultural, la juventud, el enemigo interno, el sistema político del uno y la una y su antecedente, que es el socialismo nacional de los setenta. El contrarrelato no pretende ser un “relato contra”, lo que sí pretende es responder a cada una de las posiciones de esta temática, responder a estas temáticas del pensamiento único. No es un libro anti K, es un libro anti relato, donde también figura el discurso de la oposición que es reactivo, y que es la otra cara de la misma moneda. Yo siempre en mis libros traté de no referirme a un poder, sino a la sociedad, al poder distribuido, no al poder concentrado en el Estado, porque eso es lo más fácil de todo y además no es interesante. Esta sociedad, la nuestra, no está a favor ni en contra de un poder, lo ejerce.

¿Y qué sucede con los intelectuales que no son disonantes en función de determinado relato?
Yo creo que es vano, impúdico y hasta ridículo disputar quién es más disonante. Quiero decir, la sinfonía tiene de todo. Hay todos los tonos. Yo no pretendo saber quién es disonante ni darle un valor positivo a la disonancia. Cada uno dice lo que piensa. Lo que pasa es que en estos últimos años ha habido un discurso que justifica un poder, que lo legitima sobre la base de una visión de la historia argentina y yo discuto con eso. Yo creo que ese discurso es destructivo, que es una estafa ideológica porque usa recursos de la culpa, la figura de la víctima, del dolor y la muerte para justificar un poder que no es liberador, sino que marca la continuidad de un ejercicio de la política en la Argentina, que es apropiarse del Estado con fines privados. Y la figura de la víctima, basándose en lo que pasó en décadas anteriores con la dictadura militar, le ha dado una legitimidad moral. Este sistema de culpas es lo que yo quiero pensar sin culpa. Los derechos humanos han funcionado como una deuda de la sociedad en boca de algunos que han sido más deudores que los que se pretende acusar. Es un sistema que se basa en la juventud maravillosa de los setenta y ha encontrado un gran consenso en ciertos hombres de la cultura, intelectuales, periodistas, académicos, que pertenecen a una época en que el discurso de la violencia había sido prioritario, y el “que se vayan todos”, que no nace en 2001 sino en el setenta, ha despreciado y degradado un modo de hacer política que llevó a un baño de sangre y que hoy se trata con mucha frivolidad. Contra ese sistema de los setenta he tratado de pensar a través de este libro.

Exaltar cierto resurgimiento de la militancia en los jóvenes es central para el relato actual y casi una bandera del kirchnerismo. ¿Qué opinión le merece ese juvenilismo?
A los jóvenes los quieren todos. Los quiere el Pro, el socialismo. El kirchnerismo tiene más. Ahora, ser joven no es un valor, es una fase transitoria de la vida, y la valoración de la juventud la hacen los viejos. Los jóvenes, si son inteligentes, no se sienten jóvenes, más bien se sienten viejos. Porque ser joven es todo un problema. Eso está muy bien en Paul Nizan. El juvenilismo es una estupidez y más si sus portavoces son jóvenes. El joven es símbolo de porvenir o futuro. Hoy la juventud está adscripta a gente que tiene cuarenta años. Joven o viejo, lo que está en el centro es el tema de la responsabilidad. Y el ser joven, en todo caso, puede dar una sensación de energía desbordante pero no de irresponsabilidad. Me interesa en todo caso el tema de la educación y de la formación, de la responsabilidad del joven en la sociedad. ¿Tienen conciencia de lo que es estudiar? ¿Qué hacen con ese trabajo que es estudiar? ¿Tienen conciencia de que el estudio es una labor? ¿O es demagogia populista por la cual reparten netbooks y ahí se termina el asunto?


En el libro se plantea la diferencia de la juventud de su generación y la actual, dónde pareciera no haber una autoridad contra la cual chocar o a la cual criticar.
En mi época estábamos bajo custodia. En casa nos custodiaban, porque nos imponían cosas. Y esa custodia iba después por la religión y los pastores. Desde la higiene y la alimentación hasta la sexualidad, es decir, la represión. Era un régimen de obediencia: los menores respetaban a los mayores. Nosotros vivimos la censura y había un consenso acerca de la necesidad de la censura a través de la tutela de los militares y la policía. Había un sistema de castigos, por lo tanto, nosotros lo que queríamos era rajar, eso nos asfixiaba. Por eso hubo una contracultura, un mayo del 68, el rock; por eso existió un poeta Allen Ginsberg, hasta el Club del Clan; y la gente decía: “Ay, pobre tango”, pero lo que queríamos era zafar de todo eso. Nosotros queríamos rajar, por lo tanto nos tuvimos que golpear contra la pared. Hoy lo que yo veo es que no hay pared. La pared la impone la vida, por supuesto, pero el tema es que no existe el sistema de autoridad. Y este sistema de autoridad es siempre dinámico. Es decir, si no hay resistencia no hay libertad. Hoy día ante la decadencia de los sistemas de autoridades, lo que respetamos es el poder, que no es lo mismo. La autoridad se legitima con una veracidad que tiene que ser creíble, el poder basta con que dé miedo o fuerza o goce. Entonces, hay una intemperie, en donde los que pueden la pasan mejor que los que no pueden. Y hoy los jóvenes no tienen contra qué golpearse la cabeza, no hay transgresión. Los de mi generación y los que hoy tienen cincuenta y cuarenta años, tienen responsabilidad por eso. Hoy la gente no cree en nada y es territorio fértil para buscar ídolos y mitos. Cuando se buscan ídolos de todo tipo, llámese Messi o Néstor, es porque nadie cree en nada.

Incluso cuándo se habla en términos de ‘El’, es como una itologización al exceso.
Cuando hay pensamiento no hay adoración. Nosotros necesitamos pensar, no creer. Pensar en todo, con total libertad. Es muy difícil hacerlo donde se crea un clima de guerra, donde todo se lee como lealtad o traición. Es típico de los regímenes fascistas. Te preguntan qué sos, no te preguntan qué hacés o qué pensás. Para que el debate se abra hay que combatir esta idea donde todo se lee en términos de trincheras.

Este año se cumplen veinticinco de la edición de “Pensadores bajos”, su primer libro, ¿Cuál es su mirada sobre ese texto hoy?
Lo bajo es un modo de la disonancia. Para mí la filosofía nunca podía ser elevada, hay una gran falla ahí. Yo por eso trabajé casi veinte años en una empresa textil. No sólo para asegurarme mi independencia económica, sino porque sabía que hay que estar abajo, pero abajo no es ni pobre ni malo ni vil: es la tierra de Nietzsche. Para pensar hay que estar ahí. Yo en un momento dado en mi vida, fisuré y me fui a la mística que es lo más alto que hay. Me fui a la India y Japón. Pero me encontré con eso, no lo fui a buscar. Esa mística salvacionista yo sabía que tenía pies de barro. Tenía que empezar otra vez de abajo. Y es muy duro el abajo. Imaginate: del Himalaya a una fábrica textil en Palermo. Ahí era el lugar del pensamiento. Y tuve mis maestros: Gombrowicz, que bien sabía de lo que es el abajo, lo que es ser un irreverente y disonante, ver la pose cultural, que en la Argentina es un espectáculo: la solemnidad, la literatura, la creatividad. Pero también, Sartre, el más joven, y Foucault; Marx, Nietzsche y Freud, como clásicos, Antonin Artaud, con lo desgarrador por buscar algo no sublime. En La lechuza y el caracol están los pensadores bajos. Lo bajo es eso donde se juntan deseo, emoción y escritura. Todo fue un proceso de búsqueda y extravío. Precisamente, eso de lo bajo es lo que me hace escribir sobre cualquier tema. No hay temas elevados y temas bajos. En el fútbol, un programa de televisión o un libro de Heidegger hay un mismo desafío para el pensamiento. No hay varias cabezas, es una sola.

Estamos hablando de una forma de hacer filosofía no restringida a lo académico. ¿Ese fue un proyecto suyo de modo consciente o no?
Yo entro en la universidad a los 37 años, en 1984. Nunca antes. Y había cargado una mochila muchos años. Cuando llegué y la descargué se armó el quilombo. Llegué con mi Foucault, había catorce ejemplares de La verdad y las formas jurídicas y yo tenía dos mil alumnos. Cuando empiezo a buscar gente para formar la cátedra nadie conocía el nombre de Foucault. Había gente formada tradicionalmente y los marxistas. A los dos les parecía raro. Para los marxistas era un francotirador anarco y para los otros, algo que no entendían. Empezamos a estudiar Foucault varios años. Ahí empezó el tema de la pederastía en Grecia, de la sexualidad. Con los libros que Foucault había publicado ese año. Jorge Telerman traducía El uso de los placeres que yo daba en la facultad de psicología y el ciclo básico. Cuando empieza el lío con mi cátedra me doy cuenta de que dentro de la universidad con la filosofía analítica y con la burocracia que venía de la dictadura iba a tener corta vida, porque ellos hacían los concursos y nombraban los jurados. Y yo quería hacer filosofía: enseñar y constituir un grupo de trabajo colectivo. Tenía mucha necesidad de tener un público: estuve doce años solo en mi casa estudiando. Me puse a dar clases como un loco ante muchos alumnos. Siempre quería masividad, la necesidad de exponerme y decir lo que pienso con total libertad. Y al mismo tiempo con el Colegio Argentino de Filosofía y con la cátedra, que luego fue el Seminario de los jueves, trabajar con vocación. En el ciclo básico encontré un lugar donde me dejaron trabajar, doy lo que quiero. Sigo siendo profesor ahí pero no busqué ni me dieron otro espacio. Fundamentalmente, lo que me interesa a mí es el grupo de investigación, no me interesa sentarme y hablar horas y horas. Un grupo de gente donde estudiamos en un ambiente muy relajado y riguroso al mismo tiempo. Pero son todos cotos para académicos. Con la Academia es un asunto de libertad y productividad. En el Seminario de los Jueves nos ponemos a trabajar. Tiene que ser productivo, no es ni para vivir mejor ni para ser feliz. Es un laburo, un oficio. Y uno siempre piensa su vida, su presente y su sociedad. Eso no lo vi posible en la universidad donde hay una forma de hacer filosofía de modo enciclopédico y donde se reproducen círculos políticos.

Quiero volver a algo que dijo hace un momento. ¿Pensar el fútbol o la televisión requiere de verdad para usted el mismo esfuerzo que pensar a Heidegger?
La década del 90 fue muy buena en TV, con el nacimiento del cable. Había humor político y era bueno. Había telenovelas también muy buenas. Era un descubrimiento para mí la televisión. El fútbol sí me interesa. Cuando algo me interesa es la misma energía. Para escribir sobre fútbol tenés que saber sobre fútbol; yo sé. Yo puedo decirte que no soy erudito en filosofía, no sé griego ni alemán, dos idiomas clásicos de la disciplina que no manejo. Para escribir de fútbol no tengo que saber griego. Pensar algo distinto que no fue pensado es muy difícil, hay algo que te tiene que llamar la atención, algo que por el interés que ponés en eso, pensás. Es decir, escribir sobre un entrenador como Marcelo Bielsa no requiere meses de estudio como hacerlo sobre Shakespeare, pero sí es la misma exigencia de pensamiento. Tengo que encontrar algo que siento que me ofrece una resistencia o un obstáculo y que es un desafío. Si me aparece Heráclito mezclado con Bielsa, es así. No es que la filosofía sea un lenguaje que aplico. La escritura produce pensamientos. Todo se juega en el envión. Y el envión te lo da la práctica de la libertad. Si yo estoy viendo qué digo, qué no digo, cómo queda, no hay envión. El impulso es el acto de libertad que vos te diste para empezar. Pero eso es paralelo a una práctica constante, comprometida de estar ahí día tras día. El envión no es espontaneidad sino que nace con el trabajo.

Es recurrente la pregunta de si existe o no una filosofía argentina. ¿Qué piensa usted?
Yo no lo veo en el tema de las naciones. Quizá es más propio en la literatura que hay más un color. En términos de filosofía no le veo color local. La filosofía es un invento universal: nació en Grecia, siguió en Alemania, Francia e Inglaterra. El que no toma de eso, ¿de qué, de dónde toma? Hubo centros imperiales de filosofía que han creado la tradición. Además, hay filósofos. ¿Wittgenstein qué es, austríaco? Qué va ser austríaco, es Wittgenstein. Nietzsche es alemán, ¿pero qué tipo de alemán? Uno que vive en Sorrento y que le gusta Bizet. Esa localía es propia de comunidades que se sienten humilladas, yo no me siento para nada humillado. Creo que vivir en la periferia no te quita la posibilidad de hacer, sino al revés. Además, la filosofía es interesante porque tiene un tinte personal, una característica personal. La filosofía tiene más que ver con el arte que con la ciencia. Hay un cuerpo de un autor. ¿A mí en qué me ayuda pensar que Foucault es francés? Qué se yo. Si la filosofía es interesante es porque existe un Deleuze, un Foucault, un Sartre, un Heidegger, son todos nombres propios. La filosofía se juega en lo personal, y lo personal siempre dice lo universal, no se agota en el yo privado, es hablar desde sí.

Ahora está interesado en el pensamiento del estadounidense Richard Rorty. ¿Qué otros filósofos está estudiando?
En general, yo escribo libros para no hablar ni estudiarlos más. Rorty ya es parte de mi cultura, de mi pensamiento, ese libro es la conversación que tuve con él. Creo que es un gran filósofo, pero hay cosas que no forman parte de su cultura, y se nota cuando habla de Foucault o Nietzsche cierto puritanismo muy anglo. Los ve casi como figuras contraculturales. Hay otros que siempre vuelven: Foucault y Deleuze. Siempre me falta algo y les encuentro algo que no me dijeron. Pero no me pasa con muchos. Ya con Nietzsche no me pasa. No lo leo. Ahora estoy a fondo con Giorgio Colli. Vos podés elegir un filósofo para no pensar o para construir tu propio pensamiento. Mirá lo que han hecho con la biopolítica de Foucault, ¿cuánta gente vive de eso? No hay lecturas verdaderas: hacer algo con un filósofo no es ser un comentarista, es incorporarlo. No hay discípulos. Nadie tiene discípulos, hay maestros. El discípulo es el que se considera a sí mismo como discípulo de un maestro. No hay dueños de la sucursal. Uno se juega, trabaja. Para mí Foucault es una máquina de producción de ideas: me abrió enormes perspectivas.

¿Cree que hay invariantes en toda su obra, obsesiones o cuestiones que se repiten?
He escrito cosas muy distintas. Hay una necesidad de libertad y de decir lo que quiero, como quiero. Porque para mí el cómo y el qué es lo mismo. La página en blanco es mía: eso lo veo como una constante. Eso lo dice muy bien Deleuze: “Hay que arrasar antes de sembrar”. La nada. Por eso Deleuze es alguien cuya música está en mí. Disonancia, disidencia o “lo bajo” demuestran que hay un lugar que no tiene nombre, que no es un territorio. Es un modo de moverse. Todo eso es sinónimo de pensamiento. Y que no es lo mismo que orar ni comulgar ni creer, ni tampoco es el conocimiento científico. Eso está en la raíz de la forma de hacer filosofía.

Notas:

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/filosofia/Entrevista-Tomas-Abraham_0_694730528.html

5 de mayo de 2012

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