El hereje y el cortesano

El título es de Matthew Stewart, quien lo utilizó en un libro, de manufactura relativamente reciente, sobre las vidas y las ideas de dos grandes filósofos del siglo XVII: Benito Spinoza y Gottfried Leibniz.

Se trata de un texto muy generoso en inspiración para entender los inasibles días que por ahora corren bajo nuestros puentes.

Spinoza decía que una vida sin reflexión no merecía la pena. Leibniz estaba convencido de que las burbujas son la semilla de todo cuanto existe. El primero fue un hereje, el segundo un cortesano. Spinoza vivió de pulir lentes. Leibniz inventó el cálculo.

El libro de Stewart gira alrededor del único encuentro que sostuvieron estos dos hombres. En noviembre de 1676, en la ciudad de La Haya, el hereje y el cortesano compartieron sus diferencias.

Es probable que el encuentro haya sido posible porque dentro de todo cortesano hay un hereje y viceversa. Y también porque una identidad o la otra terminan por decantarse en cada espíritu humano.

Dos fueron los ejes del contraste entre Spinoza y Leibniz: el que gira alrededor del poder y el que lo hace alrededor de las ideas. Respecto al poder, Spinoza no fue un filósofo interesado en el statu quo. En cambio Leibniz vivió para defenderlo.

El primero tuvo la desgracia (o quizá la fortuna) de ser un doble exiliado: judío de ascendencia portuguesa entre los holandeses y apóstata expatriado entre los judíos. No hubo clase, estamento, casta o corte poderosa que le acogiera.

Comenzó siendo un hereje porque negó en la sinagoga la existencia de Dios. Tenía 22 años cuando lo expatriaron de su comunidad. Aquel momento sería sólo el principio de un largo recorrido por la épica de sus razonamientos heréticos.

Leibniz, en cambio, dedicó la mayor parte de su inteligencia para agradar a los círculos del prestigio y el poder. Gastó su vida calculando cómo podía ligarse a la autoridad. Fue discípulo de catedráticos destacados y a todos aduló. Por el mismo camino obtuvo la gracia de condes, duques, una reina y un emperador.

Para entrar y salir de las diversas cortes que lo acogían, Leibniz se paseaba vestido con los ropajes del gran conciliador. Su retórica era diestra a la hora de convencer a unos y otros de la inexistencia de las diferencias políticas, religiosas o ideológicas.

Para Leibniz las contradicciones entre los poderosos sólo eran una cuestión de estilo, de forma, de modales, de cortesía (valga la redundancia). Luterano de nacimiento, este hombre de cuna alemana argumentaba que podría reunir —gracias a sus atributos de conciliador— a las iglesias católica y protestante.


No obstante, el principal objetivo de este cortesano era entrar y salir libremente de todas las cortes, y no tanto resolver los acertijos de la polarización. (Sin ruptura no hay necesidad de conciliadores y por tanto, tampoco de cortesanos).

Así como jugó al artífice del concilio, Leibniz también supo acomodar la interpretación de la realidad que él promovía con las conveniencias muy particulares de su ruta personal de vida. Inventó peligros (burbujas) donde no los había, y confeccionó planes de guerra para usar a terceros como pretexto en la reunificación religiosa de Europa.

Stewart recuerda que Leibniz llevó a la Corte de París la idea de hacer una guerra santa contra Egipto. Esto con el propósito de que protestantes y católicos volvieran a sentirse tan comúnmente cristianos como antes de la reforma luterana.

Desde cualquier punto de vista aquello era una locura, pero la propuesta dio más frutos de lo que Leibniz hubiera sospechado. Con el Plan Egipto bajo el brazo, este filósofo alemán se hizo apreciar por Luis XIV y, aún más, por su consejero Juan Bautista Colbert.

Mientras esto sucedía, Spinoza dejó de ser un hereje ninguneado para convertirse en un hereje perseguido. Sus reflexiones a propósito de la política y sobre la condiciones que permiten pensar con libertad y también ser escuchado libremente, hicieron que fuera señalado como un hombre sedicioso e impío. Leibniz dijo de su adversario que era un peligro para la religión.

La forma como se relacionan con el poder no es la única de las diferencias entre el hereje y el cortesano. La otra frontera que les divide es la que se produce con respecto a las ideas.

Mientras el hereje prefiere hacer preguntas, el cortesano gasta su tiempo en formular respuestas. Spinoza escribió un tratado sobre el complicado arte del entendimiento. A la inversa, Leibniz se esforzó —hasta el agotamiento— escribiendo discursos para convencer a los poderosos sobre sus puntos de vista, y también para que éstos pudieran luego convencer a los demás cortesanos.

Las ideas son imprescindibles para el hereje. Para el cortesano, en contraste, son utilitarias. A diferencia del hereje que suele ser acusado de ingenuidad, los cortesanos argumentan tener una relación pragmática con sus convicciones.

Los cortesanos son en realidad practicantes del relativismo. Trazan las fronteras de lo posible en función de sus muy particulares conveniencias, y no a partir de las ideas que importa poner en marcha. Su relativismo radica en que estiman más valioso permanecer en la corte, que salir de ella para defender lo justo.

Una última distinción que puede ser tratada aquí es la que el hereje y el cortesano establecen con los prejuicios. Mientras a Leibniz le preocupa mucho lo que se diga o piense de él, a Spinoza los únicos prejuicios que le interesan son los que se instalan dentro de su propia cabeza; aquellos que no le dejan mirar libre y nítidamente al mundo.

Alguien parecido a Spinoza y también a Leibniz vive hoy dentro de cada uno de nosotros. Nada de qué sorprenderse: ellos fueron fundadores de la civilización a la que pertenecemos.

Con todo, hay sociedades que poseen un potentísimo magnetismo para sacar al cortesano que llevamos dentro. Las hay también las que liberan al hereje para que participe en la confección del espacio público.

Tengo para mi tristeza que hoy en México, por razones cuyo tratamiento necesitaría de más espacio, abundan los Leibniz y escasean los Spinoza.

Ricardo Raphael

Analista político

Notas:

Fuente: http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/40639.html
2 de junio de 2008

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