El malestar de la cultura

El estrechamiento de miras «de la matriz espiritual, social y material del proceso creativo tiene su perfecto correlato en el desplazamiento general de lo individual hacia lo colectivo» -G. Steiner-, por ello la figura del artista como creador prometeico, del compositor o del escritor que practica su misterio en una atmósfera de heroísmo y sufrimiento es muy incómoda en nuestros días, y mucho más mostrarla en público.

De ahí que las políticas culturales que buscan el interés general, de la gran masa, olviden estas pulsiones vitales que se perciben como estímulos emancipadores del ‘yo’ y retornen, se dice que por la demanda, a las mercancías de exhibición, que es el proceso más fácil, y alienante de contentar y contener al ser humano, bien ante su televisor viendo los consabidos programas basura o, lo que también preocupa ya que proviene de las instituciones públicas, la pura exhibición de específicas obras pseudo-culturales no relacionadas con las tradiciones profundas de los pueblos y naciones (folk-culture) ni tampoco con las vanguardias o el punto de vista del creador-erudito que propiciaría, como oposición a tanta estulticia, el debate y el verdadero foro de opinión democrática.

Las investigaciones sobre el consumo cultural dicen, la mayoría de las veces, que no existe plan estratégico ideal que satisfaga a unos u otros, sobre todo cuando los datos sobre el crecimiento de población y el mestizaje, las nuevas tecnologías y la deshumanización del sistema educativo, son, la mayoría de las veces, causas negativas emergentes a tener en cuenta. Pero asumiendo que ‘lo cultural’ va más allá de lo que se diseña en oficinas y dependencias de programadores, la trayectoria cultural de una sociedad o grupo debería diseñarse desde la participación democrática de la demanda cualitativa, ordenando la cuantitativa en un conjunto de realidades a llevar a cabo o modificar. A este respecto el investigador Tulio Hernández dice que hay que distinguir muy claramente entre el sistema cultural y las políticas culturales. El sistema cultural, para seguir las conceptualizaciones J.J. Brunner, es la cultura real y concreta de una sociedad, que nunca se reduce a las intervenciones de Estado y sus instituciones, ni a las del mercado y sus operaciones, y se conforma a la manera de un ‘ecosistema’ en donde se entrecruzan, conviven y se recrean productos, mensajes y prácticas culturales tan diversas como las provenientes de los massmedia, los fenómenos contraculturales, la memoria popular tradicional, la creación en estado puro, etc. En contra, sigue apuntando Tulio Hernández con el refuerzo de Edgar Morin, las políticas culturales son intervenciones conscientes, intencionadas, formales, racionales, realizadas desde el Estado o desde la iniciativa privada para tratar de incidir sobre un determinado sistema cultural, apuntando a corregir sus fallas, compensar sus carencias o reforzar sus potencialidades. Nada es nuevo y todo tiempo pasado no fue mejor. Freud, vuelve a señalar en su obra El malestar en la cultura, que «el ser humano cae en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad en aras de sus ideales de cultura». El dilema, o el debate, está servido desde hace tiempo y se sabe, también desde Aristóteles, que la cultura efímera, de lo instantáneo, propone una erosión del tejido social a la vez que niega la verdadera valoración del proceso cultural.

No vale la justificación de cultura del ocio, del entretenimiento, eso es otra cosa y debe de alejarse de las políticas culturales públicas, la mercadotecnia cultural o pseudo-cultural ya se encarga de este cometido.

«El consumo organizado de belleza, goce y dolor, se ha convertido en parte integrante de la administración sociocultural del individuo», escribió Marcuse allá por los sesenta y debería recuperarse para esos ‘nostálgicos’ de la caverna platónica, pues ante naderías aún sirve como tractatus (Wittgenstein) o principio de identidad cultural.

Notas:

Fuente: http://www.laverdad.es/albacete/20081116/opinion/malestar-cultura-20081116.html


ESPAÑA.  16 de noviembre de 2008

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