El miedo a saber

Hacia 1600, John Donne sostuvo que el hombre duerme en el carro que lo conduce del nacimiento al cadalso. Siglos antes (400 a.c.), el filósofo Aristocles, más conocido por Platón (ancho de hombros), estimaba que una existencia no examinada no merece ser vivida. Conjugando ambas sentencias obtendremos un buen marco referencial, destinado a indagar uno de los más patéticos olvidos de la especie a la que pertenecemos, operación cuya extensión no tendría cabida en el espacio de una nota.


No obstante, sin quitar la mirada del horizonte, algo puede aventurarse.

Rechazar, por ejemplo, las grandes obras y profundos pensamientos de creadores, por temor o incomprensión, es propio de cerebros infecundos, anémicos, distraídos como están por el transcurrir de la costumbre y frivolidades (la mayoría dispensadas por una abultada porción de la T.V.) un frágil y compulsivo apetito de “diversión” o, lo que es peor, por ejercer profesiones que limitan un entendimiento embretado en los carriles de la especialidad. Indagar en el ser humano, en la vida propia y en las pautas de la civilización en la que se respira, es considerado “pérdida de tiempo”.

No hace mucho oí un disparate que por provenir de un magistrado lo consideré un chiste. Luego, al caer en la cuenta de que hablaba en serio, experimenté, como suele decirse, vergüenza ajena. El magistrado confesó incómodo y con rabia, haberse desprendido olímpicamente de toda una biblioteca de novelas y piezas teatrales (para mi sosiego, no mencionó autores), porque no le servían para nada. Rechazaba así, justamente lo que eleva, despeja el camino de la imaginación y esclarece las nebulosas de una cultura intoxicada (además de arrancar caretas de la imagen idealizada tras la cual se oculta el verdadero rostro del ser humano, objeto de los dictámenes de la Justicia). Es de esperar que este modelo sea sólo una excepción, pues aquel magistrado se revela como miembro de la mediocridad.

Todos somos mediocres en algún aspecto de lo social. Pero aquí hablo de mediocridad como totalidad. José Ingenieros consideraba al mediocre como sombra de la sociedad, “perfectamente adaptado para vivir en rebaño (...). Su característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena e incapaz de formar ideales propios”.

Una bifurcación de lo anterior, lleva a pensar que resulta del todo imposible saber quién es uno. Tal conocimiento, ni siquiera sumando los actos, escapa de las manos. Dicho criterio parecería contradictorio relacionado con el acto como definitorio, pero ocurre que un matiz se nos escapa. Un matiz inefable.

El “por sus obras los conoceréis”, se equipara a “el hombre es lo que hace”. Ambos principios, sometidos a una teoría crítica, se vislumbran como parciales, pues el hacer no siempre responde, ni siempre es consecuencia de una interioridad. A menudo, el acto es motivado por intereses o pulsiones “opuestos” o sin conexión ética con las bondades y consecuencias del acto mismo. Si construyo una casa o salvo a un niño de morir ahogado, manifiesto sólo, para decirlo de algún modo, un “segmento” de lo que soy. Si nadie ha escarbado en mí, el enjuiciamiento en razón de mi proceder, omite mis ocultamientos, que por otra parte nunca saldrán del todo a la luz.

En el yermo panorama donde reposa el miedo a saber, el estruendo y la soledad infecunda intercambian sus réplicas. Platón iba más allá del remanido “conócete a ti mismo”. Su apotegma incluía la orfandad que supone carecer de una visión del mundo, lo que incluye indagar en qué hacemos aquí y qué sentido tiene, si es que lo tiene. La simple curiosidad enervaría el adormecimiento de conciencias a la deriva, multitud en apariencia “inofensiva”, pero momificada por la costumbre de lo establecido, lo reglamentario burocrático y las fatigosas redundancias, en contraste con la imaginación y libertad del hombre “irregular”, creativo y enemigo de cadenas mentales, atributos que no le hace mucha gracia a la “normalidad”, consagrada a dar forma y “contenido” al maravilloso mundo en que vivimos.

Cuando se pregona que un país anda mal, los remedios surtirían efecto aplicados a individuos que se resisten a beber el amargo trago de ser parte del país y abandonar su eterno papel de víctimas quejosas: personas que nunca han hecho nada ni se han comprometido con problemas sociales o políticos, pero que han aprendido a cacarear el estribillo de “íqué barbaridad!”, y ahí, en el estrecho ámbito de sus guaridas, muere la cosa.

Si de tiranicidio se trata, lo primero a liquidar sería la tiranía del Error y la Ignorancia. Evitaré el equívoco de pensar que me refiero a todo el mundo. Hablo de nosotros que, por circunstancias de “clase”, no padecemos angustias económicas. Kenneth Galbraith, en “La sociedad opulenta”, sostiene que “sin lugar a duda, la riqueza constituye un implacable enemigo de la inteligencia. El hombre pobre siempre tiene una visión precisa de su problema y de su remedio”. Quienes, como el que suscribe, pueden darse el lujo de escribir, consideran una estrategia básica el no dejarse entrampar por el canto de las sirenas contemporáneas, para lo cual a veces es necesario atarse al mástil de las sencillas verdades pisoteadas y decir nuestra palabra aunque los huracanes de la civilización que nos toca vivir, las dispersen como humo.

Siempre es posible provocar cierto malestar en el organismo de la sociedad “normalizada”, puesto que la reacción aviva el deseo de aferrar con más fuerza lo que está cayendo y esto, ya de por sí, constituye una enfermedad.

Existe una línea en el horizonte donde el cielo se asienta sobre el mar. Una línea difusa que nadie ha atravesado aún. Algunos locos legendarios vaticinan que del otro lado las estrellas se apagan, la luna desaparece, las brújulas paralizan sus agujas, los relojes callan. El ambiente es dominado por un silencio nuevo. Sólo se oye el latir del corazón humano. La transparencia del agua incendia el universo. El problema reside en que a medida que uno se acerca, la línea avanza, se aleja, desaparece y otro lejano horizonte se perfila ante nuestros ojos. Los hombres concientes, aquéllos que se han liberado de cilicios, insisten y siguen navegando empecinados, una y otra vez, hasta el cansancio, entregados a una aventura sin destino.

Notas:

Fuente: http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2008/11/01/opinion/OPIN-02.html
Domingo 02 de noviembre de 2008. Santa Fe - Argentina

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