El olvido del tiempo

A los humanos nos consume la prisa. Pasamos nuestra corta vida, enloquecidos por conseguir cosas que, en la mayor parte de las ocasiones, no valen para casi nada. El ansia de almacenar posesiones, riqueza o pertenencias materiales, se lleva una parte importante de nuestro existir. El recuerdo de lo que realmente importa, si llega, lo suele hacer a una edad tardía, cuando nos damos cuenta del tiempo torpemente invertido en correr por un camino que no era el bueno.

La busca de nuestra identidad, perdida en el bosque infantil de las normas educativas, naufragada en el mar de los errores juveniles, equivocada por traspiés adolescentes; comienza a inquietar nuestra consciencia cuando la serenidad de una madurez ansiada invade la conciencia de lo que somos.

La condición humana debiera estar marcada, a fuego, por el espíritu que anima el cuerpo que nos sostiene. La carne, débil y caprichosa, imprime, sin embargo, la fatalidad de sus necesidades, banales y engañosas, a las ansias del alma. El vacío de nuestra intimidad consciente, es la respuesta a la permisividad con la que nos dejamos vencer por lo aparente y lo superfluo.

De la mano de Proust, podemos recorrer una vida sin haberla vivido, aún. No importan el tiempo, ni la época, ni las costumbres de entonces y las de ahora, porque la naturaleza del hombre es la misma. Importa la medida del Tiempo, el valor que no damos a lo único que no podemos comprar: el Tiempo.

Einstein nos enseñó que, hasta él, el Tiempo, no era lo que pensábamos. Pero de nada sirve saber que la Relatividad impone su ley a nuestras horas, la certeza de poder asumir que no siempre un día tiene porque tener veinticuatro de ellas, no impide que la velocidad de nuestras vidas sea incapaz de alterar el número de segundos que conforman un minuto de nuestros días.

El tiempo que “Albert” halló, no es el mismo que el que “Marcel” perdió. Pero nosotros vivimos los tiempos de Combray, que no, por desgracia, en los de Aquiles, el de los pies ligeros, en los que héroes, hombres y dioses hacían de cada uno de los días vividos, una razón para desear no morir en el siguiente.

Cuando nuestra alma contemple nuestro cuerpo inerte, se preguntará, probablemente: ¿para qué tanta prisa? Aquí, sin poder añadir una sola brizna de angustia más, a su repleta alacena, yace el que sostuvo mi terrenal andadura. Y, ¿ahora qué? Soy yo, la que he de dejar que Caronte me lleve para olvidar lo que fui, cuando me pierda en la oscuridad de un mañana que ya no será, allá, al otro lado del río, desnudo, frío y oscuro.

El tiempo de pensar es el tiempo de vivir. Sólo existimos mientras sentimos. Nada de lo demás importa tanto como eso, nada, en absoluto. Si pudiésemos darnos cuenta, a tiempo, que no se debe olvidar el Tiempo, nuestra vidas serían otras.

En la cuna de la santería cubana, Guanabacoa, a dos compases cortos de La Habana, un anciano inmemorial me ofreció un amuleto. No contra el mal de ojo, la infelicidad o el desamor, no. Me tendía, sobre su mano hirsuta y cansada, un talismán para no olvidar el Tiempo.

Quisiera regresar a la caverna de Platón para, una vez que me hubieran liberado de mis cadenas y pudiese volver los ojos del alma, los únicos con los que me gustaría poder “ver”, hacia el mundo exterior que me rodease, escribir en mi espíritu, entonces limpio como la “tabula rasa” de Aristóteles, recomenzar a escribir, sin olvidarlo, mi Tiempo. Me gustaría, pero no sé como hacerlo

Notas:

Fuente: http://www.diariodejerez.es/article/opinion/675575/olvido/tiempo.html

SPAIN. 12 de abril de 2010

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