El optimismo de la desesperación

Una lección del triunfo de Donald Trump: la nula importancia de los medios. El candidato republicano superó a la opinión pública generada por la prensa, la radio, internet y la televisión. Su racismo, su misoginia y sus delirios de grandeza escapan al sentido común y son tan cuestionables como su corte de pelo. Los sectores ilustrados lo descartaron como un payaso, un fenómeno del show business, un populista de derecha. Nunca se le atribuyeron méritos para convertirse en lo que ahora es: un jefe de Estado.

Después de cada debate, los analistas y los focus groups daban la victoria a Hillary Clinton, candidata mucho más informada, que transmitía un innegable profesionalismo. Los comentaristas juzgaban el contenido del debate sin tomar en cuenta que millones de votantes no buscan principios ni planes de gobierno, sino repudiar lo existente. Una frase de Trump apelaba a esa masa inescrutable y silenciosa: “Ella tiene más experiencia, pero es mala experiencia”.

Hillary representaba a un sistema inoperante y era rehén de intereses tan poderosos como Wall Street y el Pentágono. El oportunismo con que ha cambiado de posturas, su dificultad para decir la verdad y su dinástica relación con Bill Clinton, recordaban a la astuta y sibilina protagonista de la serie House of Cards. Ocho años antes ya había perdido. Su candidatura se explicaba, ante todo, por la dificultad de renovación de los demócratas.

Su rival se definía como un outsider dispuesto a sacudir la mafia en Washington. Y a hacerlo de mala manera. Trump nunca ha firmado un contrato con la simpatía. A esto hay que agregar su sentido casi delictivo de la discrepancia: “Puedo disparar en la Quinta Avenida y no perdería votos”.

En nombre de la cordura, infinidad de columnistas juzgamos que su discurso carecía de atractivo. Pasamos por alto que sus votantes no necesitaban identificarse con él sino con su furia: no querían a uno de los suyos, sino a un superhéroe casi irreal, el billonario que viaja en su propio avión y soluciona problemas a patadas. Las filtraciones sobre sus desfiguros sólo contribuyeron a exaltar su diferencia. Los malos modales no afectan a Batman.

Los encuestadores (grandes bufones de la gesta) dijeron que los dos candidatos eran considerados igualmente desagradables por el 54 por ciento de la población. No se votaba por adhesión, sino por repudio.

Al comenzar su larguísima cobertura del martes fatal, CNN hizo enlaces en ambos campamentos electorales. El enviado al frente de Clinton dijo que reinaba una absoluta confianza en la victoria; en cambio, la enviada a la Trump Tower advirtió que sólo un milagro daría el triunfo al magnate. En forma equivalente, el New York Times pronosticó que Hillary arrasaría. Los medios construyeron un relato basado en sus expectativas, no en los hechos, pero sus opiniones no importaron: la comentocracia mundial sufrió un revés abrumador. Hablé al respecto con Rubén Aguilar, especialista en el tema y ex vocero de Vicente Fox: “Lo que se dice en la pantalla se ha vuelto mucho menos importante que el hecho de aparecer ahí”. ¡Bienvenidos a la era de la superficialidad escénica, donde lo único relevante es mostrarse! Trump sólo necesitaba a los medios para estar presente. Su discutible cabello se volvió icónico, como el sombrero de Napoleón, y su mensaje fue pura gestualidad: la mirada arrogante, la trompa de indignación, la mano que sube y baja de manera impositiva, el grito de quien amenaza a la realidad con jubilarla. ¿Qué había detrás de esa actuación? Dinero, éxito, sexo, los ejes de la sociedad del espectáculo. En el crepúsculo de la comunicación discursiva, triunfó el primitivo ademán de la afrenta.

¿Queda alguna esperanza? Sí, la de la desesperación, como ha señalado el filósofo Zizek. Hillary era la opción “correcta” del sistema. Trump es un agente desestabilizador de elevada irresponsabilidad. En forma aterradora, dispone de acceso a la bomba atómica y puede emular al vaquero que en El Doctor Insólito se lanza de un avión montado en un arma nuclear. Pero si el fin del mundo no ocurre, también el improbable habitante de la Casa Blanca puede sacudir las raíces de un modelo agotado y, sobre todo, provocar que sus opositores busquen una mejor alternativa para combatirlo que apoyar a una cómplice del poder imperial.

Notas:

Fuente:  REFORMA.COM

12 de noviembre de 2016.  MÉXICO

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