El pasado, la furia

I

San Agustín de Hipona, en las “Confesiones” (397-398), subraya que, en la noción del tiempo humano, se impone como rasgo central la consideración del presente: “(...) quizás sería mejor decir que los tiempos son el presente del pasado, el presente del presente, y el presente del futuro” (...) “... el presente del pasado es la memoria, el presente del presente es la intuición, el presente del futuro es la espera…”.


El filósofo francés Henri Bergson (1859-1941) refiere que, en esta reflexión, “para el individuo, el tiempo consiste en la duración del presente”. Borges, en “Nueva Refutación del tiempo” (1952), ha escrito que “cada momento que vivimos existe, no su imaginario conjunto”.

II

Nietzsche retoma, de la consideración del tiempo como un proceso “cíclico”, presente en culturas arcaicas y el mundo greco-romano, la doctrina del “eterno retorno”. El superhombre, dice, es aquel que vive como si todo hubiese de retornar. La idea del tiempo cíclico, para el filósofo alemán, implica la consideración de que, en un proceso de fases recurrentes, nada sucede por casualidad y todo debe repetirse, exactamente. A diferencia de la visión cíclica tradicional del tiempo (y alejado de la concepción lineal cristiana), en la concepción de Nietzsche no se trata de ciclos ni de repeticiones que incorporan nuevas combinaciones u otras posibilidades, sino que los mismos acontecimientos se volverán a repetir, en idéntico orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación. Una interpretación posible de esta exposición, que ha sido comentada en innumerable cantidad de ocasiones (desde novelas como “La insoportable levedad del ser”, de Kundera, a los ensayos de Borges) se vincula con una lectura “moral” que podría traducirse de la siguiente manera: el hombre debiera obrar de tal forma que no lo intimide o inhiba la posibilidad de un retorno infinito; la necesidad de vivir con un horizonte tal que, si hubiésemos de vivir de nuevo la vida, lo haríamos de la misma manera.

III

Menos filosófico, más poético; menos universal, pero con la “lírica del asfalto” que alguna vez se le atribuyó a Baudelaire, Enrique Cadícamo escribió, en 1942, una letra extraordinaria para “Los mareados”; y, en particular, pergeñó una frase a la que, aun a costa del escándalo al que pueden llamarse los doctos en filosofía, puede atribuírsele una honda resonancia metafísica: “Hoy vas a entrar en mi pasado”. La (en apariencia) sencilla construcción del poeta porteño encuentra parte de su notable peso en los tres tiempos concentrados que porta: “Hoy/ vas a entrar/en mi pasado”. Ello amén de la categórica aseveración; de la certeza de que ello no puede sino suceder, como un destino fijado en letras de molde que espera, latente, a la brevedad, para ejecutarse.

Toda la letra es bella en su tragedia, porque también trasunta en ella un sentimiento que, a costa de parecer doloroso en demasía, puede decirse así: ¿quién no ha sentido alguna vez, atravesado por un momento de flacura que -menos que presente del presente, como dijeran los filósofos de arriba sobre la percepción humana del tiempo-, somos más bien pasado, que hoy vamos a ser pasado, que vamos hacia adelante menos como expectación del acontecer que para engordar un pasado ya de por sí espeso y fatigante por la belleza de otrora?
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Notas:

Fuente: http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2009/04/05/opinion/OPIN-05.html

Santa Fe, Argentina. Domingo, 05 de abril de 2009

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